Ponerle puertas al campo del conocimiento libre

Ponerle puertas al campo del conocimiento libre

Cuando Richard Stallman ideó las bases del movimiento del software libre, allá por 1983, lo tenía muy claro: todo programa informático debe poder usarse para cualquier propósito, estudiarse para adaptarlo a otras necesidades y distribuirse sin restricción alguna, incorporando esas posibles modificaciones. Parece un consenso generalizado que estas cuatro libertades son las que han hecho posible la popularización de un sistema operativo –GNU/Linux– que se reconoce como el más seguro, sobre el que corren miles de programas y que constituye un modelo de negocio –el del open source o código abierto– que satisface tanto a pequeñas cooperativas como a gigantes tamaño Google, pasando por comunidades hackers. Para asegurar que estas libertades no chocan con las normativas de propiedad intelectual, la Free Software Foundation presentó las licencias GPL (licencia pública general, en inglés) en 1989. Desde entonces han aparecido numerosas versiones de licencias libres, que se ofrecen para que desarrolladores informáticos o creadores de cualquier trabajo intelectual puedan expresar fácilmente cómo quieren permitir que se utilicen sus obras. En otras palabras, una declaración pública sobre cómo han decidido administrar y ceder sus derechos de autoría.

Las licencias libres llevan dos décadas facilitando la distribución de software y cultura, pero el debate sobre la necesidad de evitar usos y abusos no está resuelto.

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