Cómo el Go se convirtió en el juego favorito de anarquistas y libertarios

Cómo el Go se convirtió en el juego favorito de anarquistas y libertarios

Un juego donde se persigue «ganar libertades» y donde construir un espacio propio es más útil que buscar el enfrentamiento con el contrario, tenía que gustar necesariamente a los libertarios de todo signo. Pero más allá de las metáforas, la historia de la llegada del Go al mundo libertario nos descubre conexiones insospechadas entre algunas de las grandes figuras intelectuales del siglo XX.

alan turingCuando la Asociación Británica de Go se propuso fundar una estrategia de promoción del juego y encargó un estudio sobre su imagen, el resultado resultó sorprendente: el Go era calificado en las respuestas como demasiado «difícil», demasiado «intelectual» o simplemente «fuera del alcance» de los encuestados. Parte de esta imagen puede deberse a que su introducción en Europa y EEUU estuvo protagonizada por matemáticos, físicos e ingenieros ligados a la vanguardia científica y a las universidades de élite. Una imagen radicalizada por el cine norteamericano en el que el Go es ese juego en el que incluso genios como John Nash se ven superados, incapaces de asumir la «naturaleza caótica del universo» que supuestamente el juego reflejaría.

Lo interesante es que algo de verdad hay. A fin de cuentas, el causante de la extensión del juego en Inglaterra no fue otro que el mismísimo Alan Turing. Mientras dirigía el famoso equipo que descifraría la máquina Enigma y crearía Colossus, el primer ordenador de la historia, jugaba casi diariamente. La escena de Turing estudiando frente al goban o invitando a otros a jugar, se tornó tan común que hoy en Bletchley Park su antiguo despacho está decorado con un tablero y dos cestos de piedras. Fue allí donde enseñó a jugar a un joven matemático de Oxford : I. J. Good, que seguiría trabajando -y jugando- con Turing después de la guerra en el famoso estudio de Manchester donde nacerían el Baby y el Mark 1, los primeros ordenadores civiles.

goodConsiderado el continuador de la obra de Turing, a Good debemos cosas tan importantes como la transformada rápida de Fourier, seguramente el algoritmo más usado de la historia. Más allá de la informática y la estadística bayesiana, la verdad es que tuvo una vida interesante que incluye hitos como la primera teorización de la «singularidad tecnológica» y haber asesorado a Kubrick sobre la HAL y los sistemas informáticos de «2001: Una odisea en el espacio».

Pero en realidad, Good se hizo popular entre los jóvenes estudiantes inquietos unos años antes de la película, cuando en su columna del New Scientist del 21 de enero de 1965 publicó un artículo llamado «The mistery of Go». Hoy la Asociación Británica de Go reconoce aquel artículo como el verdadero comienzo de la difusión del juego en las islas y toda una generación de jugadores lo sigue recordando como el punto de partida de su atracción por el juego.

Memoirs_of_a_DervishLa curiosidad despertada por el artículo se materializó en decenas de clubs, casi todos ligados a ambientes universitarios en los que se gestaban los movimientos estudiantiles del 68. El famoso arabista Robert Irwin cuenta en sus memorias como «la locura del Go estaba entonces en su apogeo» y su alter ego, Harvey, estrella del momento en la «Oxford Anarchist Society» le enseña a jugar y utilizar el shi, la lógica del cerco, como forma de enfrentar discusiones de todo tipo.

El Go en mayo del 68

El Go está saltando de las facultades de ciencias a las de sociales y de las islas al continente. En 1965 un profesor de matemáticas, Chevalley, que se ha iniciado en el juego a raíz del artículo de Good, enseña a jugar a Jacques Roubaud, uno de los fundadores del grupo Oulipo que aunque pasará a la historia como escritor, es matemático de formación. Pronto se unen dos miembros más del grupo: Pierre Lusson y el gran Georges Perec. Perec queda capturado por el juego y en pleno 1968 escribe «La Disparition» donde introduce no pocas metáforas a partir de situaciones del tablero y en 1969, con Lusson y Roubaud, el famoso «Petit traité invitant à la découverte de l’art subtil du go».

go-vs-ajedrezAunque ya se habían publicado algunos manuales en francés, el libro desata el interés de los jóvenes intelectuales franceses de la época que toman el Go como símbolo de la alteridad, de lo opuesto al pensamiento del poder tradicional simbolizado por el ajedrez.

El Go se convierte en algo alternativo y cool. Hasta una joven escritora norteamericana de ciencia ficción, Ursula K. Leguin, lo incluye en su última novela, «La mano izquierda de la oscuridad», ganadora de los premios Hugo ese año (y de los Nebula del siguiente, 1970).

Años despues, Deleuze y Guattari que habían visto por primera vez un goban en casa de Perec, recogerán esta idea pereciana y sesentaiochista de la alteridad del Go, en uno de los libros más importantes para el pensamiento libertario europeo del fin de siglo «Mil mesetas» (1980):

Guattari-DeleuzeEl ajedrez es un juego de Estado, o de corte, el emperador de China lo practicaba. Las piezas de ajedrez están codificadas, tienen una naturaleza interna o propiedades intrínsecas, de las que derivan sus movimientos, sus posiciones, sus enfrentamientos. Están cualificadas, el caballo siempre es un caballo, el alfil un alfil, el peón un peón. Cada una es como un sujeto de enunciado, dotado de un poder relativo; y esos poderes relativos se combinan en un sujeto de enunciación, el propio jugador de ajedrez o la forma de interioridad del juego.

Los peones del go, por el contrario, son bolas, fichas, simples unidades aritméticas, cuya única función es anónima, colectiva o de tercer persona: «Él» avanza, puede ser un hombre, una mujer, una pulga o un elefante. Los peones del go son los elementos de un agenciamiento maquínico no subjetivizado, sin propiedades intrínsecas, sino únicamente de situación. También las relaciones son muy diferentes en los dos casos. En su medio de interioridad, las piezas de ajedrez mantienen relaciones biunívocas entre sí, y con las del adversario: sus funciones son estructurales. Un peón de go, por el contrario, sólo tiene un medio de exterioridad, o relaciones extrínsecas con nebulosas, constelaciones, según las cuales desempeña funciones de inserción o de situación, como bordear, rodear, romper. Un sólo peón de go puede aniquilar sincrónicamente toda una constelación, mientras que una pieza de ajedrez no puede hacerlo (o sólo puede hacerlo diacrónicamente).

La vie au grand air - MagritteEl ajedrez es claramente una guerra, pero una guerra institucionalizada, regulada, codificada, con un frente, una retaguardia, batallas. Lo propio del go, por el contrario, es una guerra sin línea de combate, sin enfrentamiento y retaguardia, en último extremo, sin batalla: pura estrategia, mientras que el ajedrez es una semiología. Por último, no se trata del mismo espacio: en el caso del ajedrez, se trata de distribuir un espacio cerrado, así pues, de ir de un punto a otro, de ocupar un máximo de casillas con un mínimo de piezas. En el go, se trata de distribuirse en un espacio abierto, de ocupar el espacio, de conservar la posibilidad de surgir en cualquier punto: el movimiento ya no va de un punto a otro, sino que deviene perpetuo, sin meta ni destino, sin salida ni llegada.

Espacio liso del go frente a espacio estriado del ajedrez. Nomos del go frente a Estado del ajedrez, nomos frente a polis. Pues el ajedrez codifica y descodifica el espacio, mientras que el go procede de otra forma, lo territorializa y lo desterritorializa (convertir el exterior en un territorio en el espacio, consolidar ese territorio mediante la construcción de un segundo territorio adyacente, desterritorializar al enemigo mediante ruptura interna de su territorio, desterritorializarse uno mismo renunciando, yendo a otra parte…). Otra justicia, otro movimiento, otro espacio-tiempo.

La era de Internet

En los ochenta y noventa, en Europa y EEUU, el Go ya no dependía de personas concretas para desarrollarse. Era un elemento cultural minoritario dentro de una minoría. Pero esa minoría excéntrica, muchas veces erudita, casi siempre universitaria y amante de la tecnología, estaba fermentando en algo nuevo: la cultura hacker, que a su vez iba a dar forma a buena parte del nuevo mundo que vendría con Internet. Cuando en la segunda mitad de los noventa el html y la recién nacida World Wide Web abren la espita de la socialización masiva del nuevo medio, el Go gana una súbita visibilidad simplemente porque el porcentaje de internautas jugadores es muy superior al de la media de la población.

bozulichRobert Bozulich, autor de algunos de los libros sobre el juego más conocidos en Occidente, es un buen ejemplo de ese entorno y esa evolución. Estudió en UCLA y se graduó en Matemáticas en Berkeley en el 66. En el 68 marcha a Japón donde crea su primera editorial -en inglés- especializada en Go, Ishi Press, a la que sucederá, en los noventa, Kiseido. En el 2000, cuando aparecen los primeros servidores de partidas, crea, desde Kiseido, KGS el espacio de juego e intercambio sobre Go usado por más jugadores occidentales. Residente en Japón, se convierte en una referencia en el mundo del activismo libertario online, en el que se involucra al punto de aparecer como candidato por varias formaciones testimoniales, la última el Partido de la Libertad Personal. No es el único. Para 2003 ya era relativamente corriente encontrar voces que clamaban por una «estrategia Go» en las periferias libertarizantes del republicanismo. Un discurso que fue calando en ese entorno hasta el punto de normalizar las referencias al juego entre los estrategas electorales.

The go’ing insurrection

goinginsurrectionEn la vertiente insurreccionalista y colectivista del anarquismo se daba un fenómeno parecido, aunque con referencias constantes a la idea del Go enunciada por Deleuze y Guattari. En la segunda mitad de los noventa aparecen ya los primeros grupos que empiezan a pensar en el Go como metáfora para teorizar alternativas libertarias que incorporen Internet y el software libre a su diseño. Pero será con la crisis, a partir de 2010, cuando las metáforas estratégicas basadas en el Go se multipliquen.

Y así, en noviembre de 2013 aparece «The Go’ing insurrection», el librito de moda entre los aficionados en este momento. Anónimo, su título es un homenaje a «La insurrección que llega» (o viene, según la traducción), el famoso y polémico texto post-Tiqqun atribuido a Joulien Coupat, a quien sin embargo, debe poco más que algunas citas: la idea de que en política, como en el Go, el territorio es un concepto relacional, no espacial ni paisajístico, no arranca de Coupat, sino que es moneda corriente en el pensamiento no nacionalista europeo desde Walter Benjamin. En cualquier caso, el resultado son cuarenta páginas muy sugerentes y recomendables para cualquiera con independencia de su ideología.

El Go y la vida interesante

La idea del Go como una escuela o al menos como un lenguaje estratégico para pensar en términos de libertades y resolución de conflictos, seguramente haya ganado más personas para el Go que para las ideas libertarias.

Lo cierto es que el juego del Go es un terreno en el que se plantean constantemente nuevas situaciones y problemas de una manera intelectualmente elegante. Resolverlos, aprender, generar conocimiento por el placer de conocer, es sin duda un móvil más que suficiente por sí mismo. Según Desmond Morris, aprender, descubrir, es el placer que la evolución nos enseñó a disfrutar para que pudiéramos adaptarnos al medio sin tener que esperar millones de años para ver si las mutaciones respondían mejor o no.

El ethos libertario de todas las épocas ha intuido que es en ese placer donde reside el sentido de la existencia. También los totalitarios y paternalistas de todas las épocas, claro, pero ellos para rechazar la frivolidad de ese «conocimiento vacío» que dispersa a la sociedad del sueño -su sueño- de un objetivo único.

Seguramente esa sea la verdad bajo el viejo tópico chino de que «no existe un jugador de Go que sea mala persona». Un juego tan abstracto, que genera un tipo de conocimiento tan difícilmente instrumentalizable, necesariamente plantea una contradicción entre la voluntad política de imponerse a otros y el placer personal de una vida interesante. Hay que tener algo de anarquista para poder incorporar el Go a tu vida. Y si te gusta porque has hecho del deseo de aprender el motor de tus actos, es más que probable que además tengas mucho de minimalista y no te interese demasiado disputar bienes o riquezas a nadie.

Por cierto, que a ese placer en el aprendizaje y el descubrimiento en serie es a lo que Desmond Morris llamaba felicidad.

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