ESPAÑA: EL ESTADO CONTRA LOS CIUDADANOS

ESPAÑA: EL ESTADO CONTRA LOS CIUDADANOS

LAVAPIÉS 4

Hace unos días, afirmé que participar en el desahucio de un enfermo crónico, con una incapacidad laboral permanente, constituía un acto de terrorismo. Alabé a los vecinos del barrio de Lavapiés, que intentaron frenar el desahucio y consideré una hazaña épica la expulsión de la policía, hostigada con piedras, macetas, latas y otros objetos. Algunos vecinos patearon los furgones policiales. Su gesto está tipificado como delito, pero yo lo considero digno de elogio, pues surge de un legítimo deseo de resistencia contra la tiranía de los bancos, verdaderos amos del mundo. La gesta de Gamonal y de los barrenderos de Madrid ha demostrado que el poder sólo retrocede, cuando los contenedores y las lunas de los bancos sufren la justa ira de un pueblo humillado y pisoteado por un capitalismo cada vez más desalmado. Hace unos días, recibí el mensaje de un policía que se justificaba alegando que se limitaban a cumplir órdenes. No me convence ese argumento, pues ser policía no es una obligación forzosa, sino una elección y, en teoría, el papel de las Fuerzas de Seguridad del Estado es proteger al ciudadano y garantizar el ejercicio de sus derechos. Sin embargo, todos sabemos que eso no es cierto, pues la policía y el ejército siempre han actuado como perros de presa de las oligarquías, recurriendo a la tortura y a los asesinatos extrajudiciales cuando la subversión del orden establecido se perfilaba como algo real y posible.

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Argentina, Chile, Guatemala, El Salvador, Colombia, Honduras, Bolivia o España son ejemplos históricos que revelan el instinto homicida de unos cuerpos instruidos en la represión de las libertades y los derechos del pueblo trabajador. Si un policía se baja la visera para que nadie descubra sus lágrimas durante un desahucio, debería plantearse desobedecer, pues las órdenes inmorales no deben ejecutarse jamás. Los pobres, los parias, los enfermos, no pueden ser maltratados, con el pretexto de no infringir los principios de disciplina y obediencia. Los nazis ya explotaron esa pobre argumentación y la Historia, lejos de absolverlos, los envío a la horca. Pienso que todos los policías que desahucian a las familias y apalean a los activistas sociales obran como Adolf Eichmann, un burócrata escrupuloso que organizó la deportación de millones de personas a los campos de exterminio nazi. “No es posible reinar de modo inocente”, afirmó Saint-Just, jacobino ejemplar. Su frase puede modificarse ligeramente, sin traicionar su sentido: “No es posible colaborar con las iniquidades de un sistema injusto y ser inocente”. Hace pocos días, una mujer de 56 años fue hospitalizada en Valladolid con pronóstico grave, después de sufrir una brutal agresión policial. Se trata de una militante de Stop Desahucios que protestaba a las puertas de un restaurante donde unos dirigentes del PP comían tranquilamente, disfrutando de esas dietas que les permiten organizar banquetes pantagruélicos, mientras su política de austeridad condena a las familias a ponerse en la cola de los comedores sociales o a husmear en los cubos de basura, no sin exponerse a una aberrante multa. La víctima se llama Encarna y, según el parte hospitalario, sufre una lesión cerebral y una hemorragia interna. Al parecer, los golpes en la cabeza le han provocado un derrame y un ictus. ¿Un nuevo Iñigo Cabacas, si bien el joven vasco ni siquiera participaba en una manifestación y recibió el pelotazo de espaldas y en la nuca, mientras auxiliaba a una muchacha lesionada por la Ertzaintza? Las autoridades han reaccionado desalojando la planta donde se halla ingresada Encarna y acordonando el hospital con efectivos policiales. La Consejería de Sanidad ha presionado al Hospital, enviándole instrucciones para “gestionar” la información y no crear alarma social. Algunos dicen que los policías consumen cocaína para estimular su agresividad e inhibir el miedo. Puede que sólo sea un rumor, pero yo he escuchado a un guerrillero de Cristo Rey, relatando con orgullo que la Policía Armada les invitaba a una copa de coñac en los sótanos de la DGS de Madrid durante los años de la inmodélica transición. Además, les facilitaban cascos, escudos, porras, cadenas y coordinaban sus intervenciones para machacar a los melenudos que pedían amnistía y libertad. Era la época de Mari Luz Nájera, Arturo Ruiz, Yolanda González y los abogados de Atocha. Perdí la pista de ese energúmeno cuando aprobó unas oposiciones de inspector de trabajo. Han pasado casi 40 años, pero las cloacas del régimen siguen desprendiendo el mismo hedor homicida.

Valladolid_CargaPolicial

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