1.- El siglo XI en primera persona (Adaptación).

Normas que debe seguir el historiador.

Torres BermejasSólo las palabras que salen del corazón van derechas al corazón ajeno. Nada podemos esperar de un arquero que tiembla, ni de un interlocutor temeroso, ya que la timidez procede del temor, y el temor de la desconfianza.

     El que desconfía no puede razonar bien, y el que es presa del miedo no ve clara su vida, y nunca podrá tener una opinión fundada y lógica.

    Conviene que el que habla o escriba no siga sus impulsos, se deje arrastrar por la pasión, pues si así lo hace, querrá imponer sus argumentos sin saber desecharlos, sería edificar sobre arena. Incluso es una manera de darle la razón al oponente. Trate, pues, de ir derecho a su fin y alcanzar su propósito, sin perder su reputación y beneficiar a sus enemigos. Cualquier exposición que no alcance el objetivo propuesto no es más que inútil charlatanería.

    También se suele alabar en el que compone un libro o narra un hecho histórico su talento literario ya que, partimos del hecho de que el precursor no ha dejado al continuador ningún hecho nuevo que contar.

    Puede que algún lector eche de menos la detallada relación de algunos sucesos notorios y acuse al narrador de incapacidad, tratándose de otros factores que no pueden ser precisados. Pero eso sucederá, tan solo, cuando no se trate de un relato que exija del autor el deber de ponerse de parte del protagonista.

Necesidad de la instrucción y de la experiencia

La razón necesita de la instrucción, esta nada vale sin la experiencia y esta última no se logra sin esfuerzo y afán. Es condición humana dejar las cosas para más adelante y contentarse con decir “tal vez” o “quizá”, y sólo si se ve obligado a tomar una resolución, es cuando el hombre abrirá los ojos y adquirirá enseñanzas.

El azar en historia. El caso de Almanzor.

¿Qué diferencia encontraremos entre un necio afortunado y un hombre hábil y embaucador? Consideremos el caso de al-Mansur ibn Abi Amir. A pesar de su condición modesta, al comienzo de su carrera; de que no pertenecía a la familia real, lo que le hubiera procurado el poder por herencia; pero también a los pocos recursos materiales de que disponía.

1. Primeros pasos de la monarquía Zirí

1. Venida de los Ziries a al-Andalus.

    Abrigaba al-Mansur el temor de que sus tropas regulares, las cuales formaban al principio un grupo homogéneo, se pusieran de acuerdo para tratar de arruinar su poderío, o se coaligaran para resistirle, cuando les ordenaba algo que habrían de cumplir de buena o mala gana. Tras examinar este hecho con cuidado, llegó a la conclusión de que sus tropas deberían de estar compuesta de gentes de diferentes tribus y de elementos heterogéneos, para que, si uno de los grupos intentaba rebelarse, pudiera reducirlo apoyado en los demás. Por otro lado, sentía la necesidad de reformar su ejército y acrecentarlo con el mayor número posible de soldados, para poder penetrar en territorio enemigo y sembrar en él la devastación cuando quisiese.

     Movido por estas razones, hizo venir a al-Andalus aquellos señores, guerreros y soldados bereberes de cuyo espíritu militar y valor tenía noticia. Al mismo tiempo, difundida entre las gentes la noticia de la guerra santa, acudieron a reunirse con él desde la Barbería oriental caballeros cuyas hazañas, virtudes y valentía son harto notorias, y con los cuales pudo al -Mansur organizar contra los cristianos campañas en las que ellos formaban el núcleo más sólido del ejército; núcleo en el que, llegado el momento del combate y del encarnizamiento de la lid, podía depositar mayor confianza. Entre estos jefes bereberes, de los que tenían una inteligencia más sutil y unas miras más elevadas eran Záwí ibn Ziri y su sobrino Habús ibn Maksan. Ellos daban siempre su opinión, cuando se les consultaba en los asuntos, y, además, tenían jurisdicción sobre los demás elementos del ejército, que les estaban subordinados.

Así fue como Ibn Abi Amir llevó a cabo su reforma militar, realzó el prestigio del Califato, subyugó a los politeístas y exhortó a todos los musulmanes a participar en sus campañas. Los súbditos de las tierras de al-Andalus se declararon, sin embargo, incapaces de participar en ellas, haciendo valer ante Ibn Abi Amir que no se hallaban preparados para combatir y, por otra parte, que su participación en las campañas les impediría cultivar la tierra. No eran, en efecto, gente de guerra, y, en vista de ellos, Ibn Abi Amir los dejó emplearse en la explotación del suelo, a cambio de que todos los años, previo acuerdo y a satisfacción de todos ellos, le entregasen de sus bienes los subsidios necesarios para equipar tropas mercenarias que los sustituyesen. Les fijó, pues, tributos, ingresó en las cajas del Tesoro aquellas sumas y les sacó todo el dinero que podían darle, con lo cual equipó su ejército. Dichos tributos continuaron pesando sobre los andaluces … y así Ibn Abi Amir pudo así lograr el fin que se había propuesto.

Hasta entonces la población había podido vivir tranquilamente, sin más que pagar el azaque sobre sus bienes, ya que consistiesen en numerario, o en cereales o en ganado, azaque que era distribuido entre los menesterosos de cada localidad, sin que los gobernantes tomasen nada de él, a no ser para el sostenimiento de los ejércitos y la organización del gobierno, sin los cuales nada subsistiría en el mundo, porque si los soberanos no protegiesen y defendiesen a sus súbditos no encontrarían gusto a la vida ni les sería agradable vivir fijos sobre un determinado territorio. Todo iba, pues, perfectamente en el país, donde reinaban el orden y el bienestar. Al-Andalus, tanto en lo antiguo como en lo moderno, ha sido siempre un país de sabios, alfaquíes y gentes de religión, que eran a quienes estaban confiados todos los negocios, salvo lo concerniente al séquito, esclavos y milicias del soberano. Podía éste sacar dinero a los unos y dárselo a los otros, con objeto de constituir un ejército y elegirlo entre lo mejor para ofrecer a los musulmanes la conveniente defensa, tanto más cuanto que tales sumas que le entregaban no pesaban sobre los bienes raíces ni sobre las ganancias de sus súbditos, y estaban destinadas únicamente a velar por el interés de los musulmanes. Las injusticias de que éstos podían ser víctimas, así como las diferencias, que podían ser víctimas, a sí como las diferencias que podían surgir, y en general todos los litigios, se resolvían conforme a la Zuna y eran de la competencia del cadí del lugar.

Carmen del Rey     Cuando concluyó la dinastía ámiri y la población se quedó sin imán, cada caíd se alzó con su ciudad o se hizo fuerte en su castillo, luego de prever sus posibilidades, formarse un ejército y constituirse depósitos de víveres. No tardaron estos caídes en rivalizar entre sí por la obtención de riquezas, y cada uno empezó a codiciar los bienes del otro. Ahora bien: si era difícil de resolver un asunto entre dos personas, ¿cuánto más no había de serlo entre múltiples soberanos y pasiones contradictorias?

2. Establecimiento de los Ziries en Elvira a petición de sus habitantes.

Cuando vieron los señores de Sinhaya y de los Banu Zirí que cada emir había creado un feudo personal en el país, y que ellos ya no gozaban del prestigio e influencia de antes, decidieron volver a Berbería, a sus antiguos territorios. Con lo que, después de múltiples avatares, llegaron en un acuerdo para planificar el regreso.

La ciudad de Elvira, que está situada en una llanura, había alcanzado tal nivel de no convivencia, entre sus vecinos, que había personas que se habían hecho construir delante de sus casas un oratorio y unos baños para no tener que tropezar con sus vecinos. No querían someterse a nadie, ni aceptaban las decisiones de un gobernador, pero por otro lado no eran gente guerrera y temían por la suerte de su ciudad, con lo que necesitaban contratar a mercenarios para protegerles. Viendo la situación de Al-Andalus y las luchas intestinas que había en su interior. Enviaron al mencionado Záwí ibn Ziri un mensajero que le expuso la crítica situación en que se encontraban: “Si vinisteis para hacer la guerra santa, nunca tendréis mejor ocasión que ésta, ya que no os faltaran almas que devolver a la vida, casas que defender y honra que ganar. Estamos dispuestos a asociarnos con vosotros, con nuestras personas y bienes, nosotros pondremos el dinero y la residencia y a cambio, nos protegeréis y defenderéis.”

Arco de las Orejas     Los bereberes Sinhaya aceptaron la proposición, satisfechos de tal deferencia y contentos de apoderarse de esta ciudad mejor que de ninguna otra, viendo además que en la oferta no podía haber engaño, ya que los habitantes de Elvira no estaban unidos y no tenían en su comunidad grupos étnicos o familiares de quienes se pudieran temer coalición hostil. En consecuencia, una vez reunida toda la tribu, se encaminaron a Elvira y acamparon en su llanura. Los habitantes le hicieron regalos y donativos. Al mismo tiempo, respondieron a la misma llamada de protección gran parte de castillos de la región, como Jaén y sus distritos, e Iznájar.

Una vez sometido el territorio, los Ziries acordaron repartírselo, echándolo a suerte, así ninguno podía envidiar la parte que la había tocado al otro. En este reparto correspondió Elvira a Zawi, e Iznájar y Jaén entraron en el lote de su sobrino Habus. Quedaron concertados para que, en el caso de que alguien atacara el territorio de uno de ellos, todos los demás asistirían en su ayuda.

3. Reacción en al-Andalus ante la creación del Estado Zirí.

Cuando en el resto de al-Andalus se enteraron de estos hechos cundió la alarma, ya que con esta medida se habían reforzado los bereberes, cuya animosidad conocían de sobra, y podían querer ampliar sus territorios. De modo que se concertaron para lanzarse en una ofensiva y destruirlos, para lo que se unieron y nombraron jefe a un señor que al llamaron al-Murtada y lo proclamaron Califa, con lo cual pensaron que volvía a renacer la autoridad general. Se formó un ejército que fue a acampar cerca de los dominios de los ziries.

Pero los ziries, informados con mucha antelación de las intenciones del enemigo y, antes de que estos comenzaran la concentración de tropas, ya habían reunidos a los vecinos de Elvira y les habían convencido, tras asegurarse su lealtad, de la necesidad de abandonar Elvira y trasladarse a un lugar más propicio para la defensa.

Los Sinhaya acordaron con los habitantes la reducción de tributos si fortificaban la ciudad y reclutaban una milicia entre sus ciudadanos, que servirían como auxiliares en materia de vigilancia y espionaje.

Arco de Fajalauza    Al fina se decidió cambiar la ciudad de lugar, para poder defenderla mejor. Un lugar que dominase el territorio y con mejor posición estratégica. Por lo cual demolieron Elvira.

Después de estudiarlo, decidieron trasladarse a la antigua ciudad Romana no lejana a Elvira, pero con una situación estratégica incomparable: cercana a una gran llanura llena de arroyos y arboledas, regados por el río Sanili (Genil) situada en un monte y que era el centro de toda la comarca, pues tenía delante la Vega (al-Fahs), a ambos lados los términos de al-Zawiya y de al-Sath y a sus espaldas el distrito del Monte (nazar al-Yabal). En dicho lugar, si el enemigo venía a atacarlos, no podría ponerle sitio, ni impedir el aprovisionamiento de sus habitantes. Con lo cual, con las mismas piedras de Elvira, reconstruyeron la nueva ciudad.

4. Desastrosa campaña de al-Murtada

Poco antes de que estuviera terminada las fortificaciones de la ciudad, se presentaron los enemigos, enviando por adelantado a Zawi, portador de una carta en la que pedían y ordenaban a los Ziries que se retirasen, gozando de aman, ya que no podían permanecer allí. Esta carta, la interpretaron los Ziries como una excusa para no darles cuartel.

     Leía la carta de al-Murtada, Zawi mando reunir a sus hombres, enviando recado a su sobrino Habus, este al recibo del mismo se reunión con su tío. Esto lo hizo en presencia del enemigo, así se juntaron en Granada (que es como se llamaba dicho asentamiento) un millar de Sinahya, enfrente, según crónicas, había unos 4000.

     Una vez reunida la tropa, Zawi envió recado a al-Murtada, era un mensaje escrito y decía: “Os preocupa el ansia por acrecentar vuestras riquezas y hasta visitáis los cementerios para contar los muertos. Perfectamente. Ya sabéis. Y una vez más: perfectamente, ya sabéis (CII-1/4)”.

El enemigo admiró el ingenio de la respuesta y entendió que no estaba dispuesto a someterse, ya que se creía con capacidad para defenderse, confiando en los suyos. Con lo que, sin más tardanza, dieron la orden de atacar.

Los Sinhaya se lanzaron contra el enemigo y, fue tal su rabia en el ataque, que con gran rapidez pusieron al enemigo a la fuga, ocasionando una gran matanza y saqueo entre ellos.

Esta batalla consolidó el poder de los Sinhaya en el valle y montañas. La población les cobró miedo, aumentando el número de vasallos, pues también sometieron a los vasallos de los derrotados.

5. Zawi b Ziri parte para Ifriqiya

A pesar de dicha consolidación militar, Zawi ib Ziri sabía que eso no implicaba una seguridad para los ziries, ya que los derrotados andaluces, podían reorganizarse y sustituir las bajas para volver al combate, mientras que las bajas ziries no eran tan fáciles de sustituir, y además el enemigo contaba con la simpatías de la población, que no era su caso.

Al mismo tiempo, le llegó noticias de la muerte de Badis ibn Mansur, rey de Qayrawan y padre de al-Muizz, al ser este solo un niño, pensó que era un momento bastante oportuno para cruzar el estrecho e intentar hacerse con el poder.

De modo que dejando al mando de Granada en manos de sus jeques principales se trasladó a Qayrawan para ver qué sucedía en dicha ciudad. Siendo su excusa el ofrecimiento a al-Muizz del principado zirí de al-Andalus. Antes de partir hizo jurar a sus jeques lealtad a él mismo y a su familia.

Apenas había salido de Granada cuando los jeques enviaron cartas al sobrino Habus ibn Maksan, criticando la decisión de Zawi e invitándole a hacerse cargo del mando de la ciudad. Y así evitar que cualquier otro se hiciera con el mando. Habus llegó en seguida y los Sinhaya le rindieron pleitesía. Zawi fue envenenado a su llegada a Ifriqiya.

6. Habús ibn Maksan

Habús intentó cumplir sus funciones de la mejor manera. Delegó en cadíes de su tierra la impartición de la justicia, y él se abstenía de intervenir, jamás cometió ningún acto prohibido ni pidió dinero a los súbditos. Consiguió seguridad en los caminos y un cierto grado de paz interior, cosa bastante extraña en la dicha época.

Dividió el territorio en circunscripciones militares , y ordenó a los cadíes que reclutaran tropas en proporción a la densidad y capacidad del territorio de cada uno. Con lo cual incrementó de forma considerable el ejército regular, reforzando la disciplina militar.

Cada uno de los Cadíes era el sultán del territorio asignado, gozando en el mismo de poder absoluto y del mando de las tropas. Habús nunca tomo ninguna decisión sobre algún territorio sin contar con el beneplácito de su sultán. Cuando hacía consejo de gobierno con los sultanes nunca los hacía en la ciudad, sino en las afueras, así no se sentían humillados ni cabía la posibilidad de engendrar resentimientos. “Los Sinhaya – solía decir – son para mí como los dientes de mi boca, porque si me quedo sin uno, ya no podré recuperarlo”.

Habús ibn Maksan tenía un sobrino llamado Yaddayr, al cual prefería sobre sus propios hijos, pues lo veía muy inteligente, ya que era muy aficionado al trato de los juristas y a los libros, y al que encargó de recibir a los embajadores. Era tal la relación que tenía con Habús que este, llegó a intimidar con su secretario, Abúl Abbas, y a través de este adquirió gran influencia sobre los Sinhaya.

El hijo mayor de Habús ibn Maksan, Badis ibn Habús, era muy orgulloso y de un temperamento muy duro y resultaba difícil que confraternizara con alguien. Como resultado, muchos de los cortesanos se alarmaron por su conducta, recelando de su comportamiento en el caso de que llegara al poder, se inclinaban al ya citado Yaddayr.

La competencia entre ambos primos por el trono hizo que se crearan facciones que apoyan a uno u otro. Yaddayr llegó a poner de su parte al hermano uterino de Badis. Y aunque Yaddays intentó malquistar a Buluggin contra su hermano, no lo consiguió.

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