3.- El siglo XI en primera persona (Adaptación).

Normas que debe seguir el historiador.
Normas que debe seguir el historiador.
2. Reinado de Badis ibn Habus
2. Reinado de Badis ibn Habus

3. Reinado de Badis ibn Habus (II) Desde la muerte de Ibn Nagrela hasta el final.

1. Conspiración contra ibn Nagrela

Como era costumbre en las cortes de tradición persa (y Granada lo era), los arenes de los distintos príncipes competían entre si, para ver quien entronizaba al suyo. Ya que su coronación repercutía de forma beneficiosa para todo el harén, lo cual explica el fervor con que cada harén hacía suyo los intereses de su príncipe. De modo que, Palacio se había vuelto lugar conflictivo y peligroso.

Estas conspiraciones no eran beneficiosas para Nargela, pues como judío que era se encontraba totalmente desplazado de las mismas. Además su señor había intimado tanto con al-Naya que eso también pujaba contra sus intereses. Al-Naya tenía claro que para la persecución y logro de sus intereses era fundamental la eliminación de Nargela.

El cual, consultó el problema a los sabios de su comunidad, que le aconsejaron que pusiera tierra por medio. Nargela no vio posibilidad en esa política, pues, en todo momento su Señor podría pedir su extradición al señor donde él se refugiara, y no dudaba lo más mínimo de que dicha extradición sería concedida. Entonces, de acuerdo con el parecer de los sabios, buscó la alianza con algún príncipe que ambicionara el sultanato. Pensado esto, lo intento con Ibn Sumadih, ya que parecía ser el soberano más indicado, por su vecindad y supuesta facilidad para poder obtener cualquier auxilio de su parte, en caso de ser necesario.

murallas-castillo-de-almunecar-entradaDado que Granada era una ciudad muy fortificada y fuertemente protegida por tropas. Y eso sin tener en cuenta la gran influencia y poderío de los Sinhaya, Nargela hizo todo lo posible para que estos fueran dispersados por todo el emirato, designándole mandos en distintas fortalezas. Y, culpando del nombramiento al Emir, intentó granjearse el apoyo de los desplazados. Así hizo salir a Musakkan ibn Habus al Magrali para Jaén, a Yahya ibn Ifran para Almuñecar y a otros para cabezas de partido. El Sultán dio su visto bueno, siguiendo los sabios consejos de su consejero Nargela.

Una vez debilitada la ciudad de esta forma, informó del hecho a Ibn Sumadih. Advirtiéndole de la cantidad de tropas que quedaban y de su voluntad de abrirles las puertas de la ciudad.

Había dejado en el mas completo abandono a los castillos que no eran importantes, con lo que dejo de aprovisionarlas y guarnecerlas. Esto llevó al desmantelamiento de alguno que otro. Las tropas de dichas guarniciones, viendo que ni cobraban ni recibían ningún tipo de atención y disciplina, llegaron a la conclusión de que el Sultán había muerto, instalándose en el emirato el desorden total. Lo cual les llevó a la deserción y a la rapiña. Circunstancias aprovechadas por los hombres de Ibn Sumadih para ocupar dichas fortalezas, este fue el caso del castillo de Cabrera (Qabira), cerca de Granada y en el camino de Guadix. Al-Nayra animó a Ibn Sumadih para que avanzara sobre Granada. Pero este tuvo miedo.

Todos lo anterior repercutía en el abandono de las ciudades y de sus habitantes, lo cual llevaba al descontento de la población contra sus gobernantes, y en este caso al-Nayra era el blanco de la protesta. Temiendo a la sublevación de la población en su contra, se traslado de su casa a la alcazaba. Y esto fue peor, pues aumentó el descontento. El pueblo ya estaba muy disgustado con la construcción de la fortaleza de la Alhambra, que era donde había pensado refugiarse. No hay que olvidar que la nobleza granadina nunca lo había tenido en estima, con lo cual, todos estos hechos, pergeñaban su caída. Una noche, que se supone que había invitado a unos cuantos conspiradores para terminar con el Emir, estos se pusieron en su contra llamaron al pueblo y aquello origino, no solo la muerte por linchamiento de ibn Nayra, sino de bastantes ciudadanos de religión judía, uniéndose los odios por el poder, las frustraciones del pueblo y la envidia por lo que otros poseía. No ha sido ni la primera de la última vez, por desgracia, que la historia contempla hechos de este tipo. La comunidad judía de Granada, dejó de existir como tal y todas sus riquezas fueron repartidas. Los que sacaron beneficio de estos tumultos fueron los Sinhaya, pues se convirtieron en visires y ocuparon los altos puesto del Estado. Frente a estos hechos Al-Muzaffar, entre que se fiaba más del Visir que había sido linchado que de sus sustitutos y la edad, había tenido una postura totalmente pasiva.

Mientras tanto, Musakkan se había hecho fuerte en Jaén, ya que había conseguido hacerse con Maksan, lo cual le daba una cierta ventaja con respecto a los otros visires. Tener a un hijo de un soberano siempre es una baza segura. Y en nombre del hijo del Sultán estuvo gobernando la ciudad y se hizo cargo de todo, quedándose con todo el capital de la comunidad judía de dicha ciudad.

2. Reconquista del emirato granadino

Era tal el caos y desorden del emirato, que llegado un momento, al -Muzaffar no tuvo más remedio que abandonar su pasividad, gastar el dinero que tenía atesorado, reunir sus ejércitos y mandarlos a la guerra. Comenzó con la recuperación de la ciudad de Málaga, para esta campaña dio el mando supremo del ejército a Yahya ibn Ifran. alcazaba-malagaEste era uno de los notables de Talkata y cabeza de los levantiscos Sinhaya, muchos problemas ocasionaba al Sultán, pero era su mejor general. En dicha conquista le hizo dos grandes favores al Sultán, que no lo quería nada, uno fue la conquista de la ciudad, y el otro fue morir en el ataque, con lo cual desaparecía alguien que podría destituirlo. De hecho, cuando le llegó al Sultán la noticia de la muerta, exclamó: “En un mismo día hemos tenido dos alegrías; una, la muerte de Yahya,y la otra, la conquista de Málaga”. (El Siglo XI en 1ª Persona. Las memorias de Abd Allah, último Rey Zirí de Granada. Traducidas por Lévi-Provençal y Emilio García Gómez, Alianza Tres 1980).

Terminada esta campaña asedió Guadix, que estaba en manos de Ibn Sumadih. Para fortalecer su ejército contra los levantiscos e invasores, había firmado una alianza con el señor de Toledo, Ibn Di-l-Nun, comprometiendo éste su ayuda a cambio de una plaza fuerte de las que liberara. Su aliado se incorporó justo cuando estaban preparando el asalto final a la población. Los asediados vieron en ello la oportunidad de poder rendirse y salvar sus vidas. De modo que se pusieron en contacto con Ibn Di-l-Nun y le prometieron Almería a cambio de sus vidas. Este, viendo la posibilidad de aumentar sus tierras, intercedió ante al Muzaffar. De modo que los sitiados desalojaron la alcazaba que fue ocupada por las tropas granadinas.

Con el final de la  guerra, Ibn-Di-l-Nun reclamó la promesa – acuerdo hecha por al-Muzaffar y exigió la ciudad de Baza. Este no tuvo más remedio que cumplir lo pactado, de modo que ordenó la evacuación de sus tropas de dicha ciudad y la entrega de la misma al toledano.

Ibn Sumadih le envió mensajeros solicitando la firma de la paz y presentando excusas por todo lo sucedido e hizo recaer todas las culpas en al-Nayra. Como resultado se firmó una alianza entre ambos reinos. Una vez terminadas las campañas de consolidación, el Sultán perdono a los habitantes de las ciudades que se habían levantado contra su mando, pues si castigaba a los culpables de sedición se habría quedado sin población y los primeros habrían sido los alfaquíes y lectores alcoránicos. A los que, no solo no castigó sino que, a los mismos que el viernes anterior a la recuperación de la ciudad habían hecho el sermón en nombre del señor revoltoso, les subió el sueldos. Pero demostró ser una sana y juiciosa política, pues consolidó el reino y recobró todo el dinero gastado, aumentando el rendimiento de los tributos.

3. Nombramiento de nuevo Visir

Terminada la campaña de Guadix, a la altura de Fiñana, quiso el Sultán pedirles cuentas de gastos a los dos generales que habían llevado el asedio, ya que había sido muy oneroso. Fue una investigación contable muy rigurosa, en presencia de ambos generales y de sus respectivos secretarios contables.

Uno de ellos, Al-Naya, ya había previsto estos hechos, con lo que desde el principio no había querido tocar para nada el presupuesto, dejando esta labor a su compañero Abd Allah ibn al-Qarawi, el cual se había tenido que hacer cargo de toda la contabilidad. Así lo expuso ante el Sultán y como era demostrable, toda la cólera del mismo recayó sobre ibn-Qarawi, al cual desterró. Las tropas regulares no tenían ningún cariño a al-Naya, en cambio si respetaban a Abd Allah. Con lo que dicho destierro originó una fuerte protesta. La noche del destierro gran parte de los notables Sinhaya abandonaron los reales y se pasaron al desterrado. Todos esperaban que el Sultán los perdonaría, cosa que no hizo. “Nada he de ganar con la vuelta de estas gentes, pues eso no haría más que fomentar su rebeldía y acostumbrarlos, siempre que quisieran amotinarse, a adoptar una actitud parecida. Ninguna necesidad tengo de retenerlos. Por el contrario, si se van, gano en botín y en tranquilidad”. Pensó.

Los disidentes se dispersaron en bandadas, unos se unieron a los de Jaén, otros se retiraron hacia el Levante de al-Andalus y no pocos regresaron a hurtadillas a Granada, como si la cosa no fuera con ellos.

Al-Muzaffar dejó Fiñana y volvió a Granada sin haber tenido ningún otro problema, le acompañaron el resto de las tropas. Al llegar nombró a al-Naya visir, en busca de tranquilidad y consolidar su poderío.

Pero en seguida la llegaron noticias que rompieron esa tranquilidad. Maksan se había apoderado de Jaén, y le acompañaba Musakkan, esto no gusto al Sultán pero al Visir lo asustó sobremanera. Siempre había una posibilidad de que los bereberes de Jaén concertaran alianza con los de Granada y entregaran al poder a Maksan.

Castillo_de_Jaén_IIIAl-Muzaffar no quería recurrir a la fuerza, quería llegar a la negociación, pues hacer la guerra, en este caso, sería motivo de deshonra y daría pie a murmuraciones. Y que se podría interpretar que su villanía era tal que no había dudado en hacer la guerra a su propio hijo. De modo, que dejó las cosas como estaban para intentar arreglarlo de otra manera.

En cambio su Gran Visis, Al-Naya se esforzaba en terminar con aquella situación, comenzó a buscar la forma de sobornar a los magribíes de la alcazaba de Jaén.

En la ciudad Musakkan tenía totalmente marginado a Maksan, era el detentador de todo el poder y riquezas. Maksan no dejaba de ser una carta en el juego que se traía entre manos. Y Maksan no tenía alternativas, ya que carecía de partidarios, y además le estaba agradecido por haberle salvado la vida.

Como Al-Naya no cesaba en su empeño, acabo comprando a todos los magribies de la alcazaba. Al mismo tiempo Maksan no cesaba de recibir cartas de grupos de Sinhaya, en las que proclamaban el afecto que le tenían, como así manifestaban en fiestas y reuniones, tanto privadas como públicas, ya que pensaban que el gobierno de este príncipe sería, para ellos, mucho mejor que el verse mandados por Abid, judíos o gentes del mismo jaez. Estaban ansiosos por su caída.

Al-Naya tuvo éxito y los magribíes de la alcazaba se alzaron contra Maksan. Que tuvo que darse a la fuga, Musakkan hubo de escapar, abandonándolo todo. Ambos, lo único que querían era salvar la vida, y no tenían la más remota idea de qué era lo que sucedía. Sólo que una gran multitud se había alzado contra ellos y a favor de al-Muzaffar. Así volvió la taifa de Jaén al emirato granadino.

Al-Muzaffar le alegró mucho la terminación del conflicto, cosa que no sucedió con su Gran Visir, pues los dos elementos principales se habían escapados con vida, con lo que podrían volver a incordiar en otro lugar. Pero a esto le contestó el Emir: “Lo que les ha pasado es peor que la muerte, ya que han tenido que abandonar sus residencias y se han visto obligados a emigrar con sus familias en busca de alguien que los quiera tomar a su servicio, les dé monturas y los aposente. Al lado de esta situación, la muerte les hubiera servido de descanso.” (ibid)

Maksan se encaminó a Toledo, donde fue muy bien acogido por Ibn Di-l-Nun, que le confió un puesto en el ejército. Musakkan recorrió diferentes reinos ofreciendo sus servicios militares.

cobertizo-toledoGracias al éxito en la recuperación de la taifa de Jaén, aumentó el poder de al-Naya, que humilló a los Sinhaya y les mostró todo su odio, era el pago del odio mostrado por estos y también por la hostilidad manifiesta contra el hayib, en beneficio del hijo de este. Para contrarrestar a estos distinguió y favoreció a los Banu Birzal, partidarios suyos, a los que colmó de regalos. Eran estos bereberes del grupo Zanata, que ocupaban en el Norte de África los territorios de al-Msila y del Zab (al oeste de Constantina). Habían venido a la península como mercenarios en tiempos de Hakam II, ocuparon la fitna, las tierras de Carmona, Écija y Almodóvar del Río, llegaron a fundar una pequeña dinastía, pero fueron destronados por Mutadid de Sevilla, que se anexionó el principado. Entonces los Banu Birzal se pasaron al servicio de los Ziríes granadinos, enemigos tradicionales de los Abbadíes. En cuanto al sultán, volvió a sus quehaceres favoritos…

4. Baeza

Encontrándose al-Naya con todo el poder, se vio en la necesidad de hacer algún acto notable que le diera renombre y fama pública. Y le pareció que lo más oportuno sería una campaña por territorios ajenos, o ganarlos mediante la intriga. Y se decidió por la ciudad de Baeza, perteneciente al hijo de Muyahid. “Tengo ganado a parte de la población”. Le decía a al-Muzaffar. “No emprendas nada contra ellos, ahora que estamos tranquilos. ¿Cómo va a parecerme bien gastar en eso dinero y perder hombres, sin sacar ninguna ventaja?”. Más al-Naya le pintó el negocio con tan bellos colores y le insistió tanto, que el sultán acabó por acceder a lo que le pedía, y ordenó que se pusieran en camino las tropas bajo su mando.

Pero la empresa no resultó ser tal como la pintaba al-Naya, y tuvo que hacer frente a una serie de complicaciones que casi le obligan a abandonar la aventura. Además, el Sultán, cansado ya de los gastos, dejó de enviarle dinero. Para complicar más la situación, había en el consejo regio un secretario, llamado Ibn Adha, que incordiaba todo lo que podía contra al-Naya, llegando a falsificar datos y vender el botín, que enviaba al- Naya, a bajo precio, para aumentar el coste de la campaña y demostrar al Sultán la inutilidad de la misma.

Pero pese a todo, consiguió seguir con el sitio, para lo cual contó con el apoyo de los jeques de Jaén, que le prestaron víveres en abundancia. Tenía claro que, si no alcanzaba su objetivo, no volvería a Granada. Al fin se rindió Baeza y pudo regresar a Granada en triunfo y con gloria, con lo que confundió a sus detractores, fue muy honrado por el pueblo y por el sultán, con lo que amenazó a sus acusadores y les demostró públicamente su superioridad.

Para regresar a Granada, impuso al sultán como condición innegociable la expulsión de Ibn Adha. El hayib pensó que el destierro de Ibn Adha no era nada comparado con un posible motín del ejército, así que ordenó su expulsión, previa multa y afrenta. Este personaje volverá a aparecer más adelante vinculado a la historia de esta dinastía.

baeza5. Conjura

Con la toma de Baeza, la envidia, el disgusto y la indignación de los otro visires y de buena parte de los Abid alcanzaron unos niveles que no presagiaban nada bueno para al-Naya. Con esta victoria había ganado grandes honores y mayor autoridad, se decía que aspiraba a ser el sultán en lugar del sultán, y no se podía olvidar que contaba con el apoyo de los Banu Birzal. Con lo que, algunos gobernantes de comarcas, entre los que figuraban Walad al-Qadi, señor de Priego, Ibn Ya’is, señor de Cabra, Wasil, señor de Guadix, e Ibn al Hasan al-Nubahi, cadí de Málaga, se coaligaron para asesinarlo en cuanto visitara un de estas regiones y a continuación llamar a Maksan y transferirle el poder, con o sin el acuerdo de su padre. Esta fue la idea inicial, pero en una reunión que tuvieron los principales conspiradores, vieron que algo podía salir mal, era una apuesta muy fuerte para ellos. De modo que discutieron la manera de simplificar el asunto y quitarse ellos de en medio. Después de meditarlo, llegaron a la conclusión que lo mejor era que ajusticiara a al-Naya, Wasil, señor de Guadix, pues era renegado y no los implicaba a ellos directamente. Así, si algo salía mal, el Sultán castigaría a un liberto, y ellos quedarían libres de toda sospecha. Para animar a Wasil le prometieron el cargo que dejaría libre, y que arreglarían el asunto con el sultán. Fue tal la capacidad de convicción de los conspiradores, que Wasil lo vio todo lógico y convincente.

Poco tiempo después surgió la necesidad de que el soberano, o alguien en su nombre, viajara a Guadix. Se trataba de comprobar las cuentas e investigar ciertas posibles apropiaciones indebidas. Como se lógico, el enviado fue al-Naya, Wasil había subido a donde se encontraba por la ayuda de al-Naya, que no había dudado lo más mínimo en colmarlo de favores. Lo cual no parecía impedir su participación en la conjura. En Guadix era conocido y manifiesto el propósito de Walid de asesinar al visir. Posteriormente, un personaje le comentaría al emir Abd-Allah: “Yo le advertí de estos rumores y le aconsejé que no fuera a casa de Wasil, porque una persona como él no debía hospedarse en dicha casa; pero él me contestó: ‘Lo que queréis es quitaros de encima las sospechas que pesan sobre vosotros, y hacerlas recaer sobre la persona que me es más leal’.

Partió para Guadix y paró en casa de Wasil, quien lo recibió con unas muestras de respeto y consideración mayores que las que le había dado nunca, con lo que se confió y despidió a su guardia personal. Pasada buena parte de la noche, y cuando ya estaba borracho, Wasil se acercó con su lanza y lo traspasó de tal manera y con tanta fuerza, que la lanza dejó una marca en la pared. A continuación le cortó la cabeza y la mandó pasear por toda la ciudad pregonando: “Este es el castigo de quien ha inspirado a lo que no le concierte.”

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Cuando la noticia llegó a Granada, la estupefacción fue la nota general, nadie sabía qué hacer, a qué carta quedarse. El rumor que corrió decía que era el sultán quien había inducido el asesinato, ya que parecía imposible que Wasil se hubiera arriesgado a hacerlo por si sólo. En cambio el sultán no dudó ni un momento que el asesinato era una conjura contra su persona. Pasó toda la noche en vela y con gran confusión. Pero ante las gentes se mostró firme, aplacó al ejército regular, y envió su amán a Wasil, ordenándole que viniera a verlo y dándole las gracias por lo hecho; todo era un intento de aplacar el conflicto, y ver como se desarrollaban las cosas.

La confusión aumentó con la llegada del asesino a Granada, pues proclamó públicamente: “No he sido yo sólo el que ha puesto mano en este asunto, sino que me han ayudado en él personas que están por encima de cualquier ataque.” Para a continuación exigir su nombramiento como visir. Walad al Qadi habló en su favor a al-Muzaffar diciéndole: “Si bien este siervo ha cometido un crimen contra ti, asesinando a tu visir, lo ha hecho sólo movido del afecto que te profesa y para crecer en tu favor. En realidad lo merece, puesto que es hechura tuya.” Asimismo, los demás cortesanos se interesaron por él y solicitaron su perdón. Fue entonces cuando al-Muzaffar se dio cuenta de todo; tuvo la certeza de que la trama no era otra cosa que una conjura urdida en contra suya, y ya se veía destronado sin remedio, tanto más cuanto que los conjurados, tras el asesinato de al-Naya, habían mandado buscar a Maksan a Toledo, enviándole el anillo de la víctima, para que así se cerciorara de su muerte, y diciéndole: “Ya no hay en Granada quien se te oponga ni te haga frente”, pero Maksan decidió no comparecer hasta tener seguro como podía terminar aquello. El hayib guardó para si su cólera, puso buena cara todo el mundo, hizo como que le encantaba el crimen de Wasil , mientras pensaba: “Este es un fuego ardiente del que no me libraré más que viendo tranquilamente cómo he de apagarlo”. Y dio órdenes de poner a Wasil al frente de la caballería.

6. Reaparece Maksan ibn Badis

Los cortesanos y el harén se confederaron para intrigar a favor de Maksan, para que volviera a Granada y destronar a al-Muzaffar a favor del hijo.

Conociendo la situación perfectamente el sultán, y como había perdido al hombre de máxima confianza, llamó a Abu-l-Rabi el cristiano, que anteriormente había sido secretario en el ejército mercenario, había conocido al judío y había trabajado a sus órdenes. La negociación entre el sultán y el cristiano se llevó en el mayor secreto, las cartas las hacía el sultán de su puño y letra. Pero se enteró Walad al-Qadi, tuvo una conversación con al-Muzaffar, en la que dijo: “Si te decies a hacer venir a Abu-l-Rabi, nos nos quedaremos a tu lado, y no encontrarás a nadie a tu alrededor.” a lo que el soberano respondió: “!Ojala dios no deje a ninguno de vosotros¡” En esta ocasión había perdido totalmente la paciencia, principalmente por saber que su soberanía sobre Priego, plaza en poder de su interlocutor, era prácticamente nula. Sus palabras impresionaron mucho al señor de Priego y al resto de los cortesanos. Con lo que el ambiente se cargó mucho más. La sedición crecía, el señor de Priego se concertó con el de Cabra, pues eran antiguos amigos.

Alcazaba de MálagaAbu-l-Rabi vino procedente de Denia, vivía allí desde que murió su “protector”. A al-Muzaffar le faltó tiempo para descargar sobré él todo el peso de los asuntos y le informó de todo lo que estaba sucediendo. A lo que Abu-l- Rabi le respondió: “Estoy seguro de que estas gentes han llamado a tu hijo, y que nadie se le opondrá. En tales condiciones tú no puedes luchar al mismo tiempo con la plebe y con la aristocracia. A mi juicio, la industria de que has de usar es contemporizar y enviar a buscar a tu hijo, escribiéndole de tu puño y letra que le perdonas, que le prefieres a cualquier otro hombre de gobierno que te convendría, y que lo nombrarás en primer término para sucederte y heredar tu trono. Si haces esto, aplacarás los corazones de esta gente y te ganarás su simpatía. Y luego, una vez que tengas a tu hijo delante, podrás elegir lo que ha de hacerse con él y proceder con calma con este respecto. En todo caso, soportarlo de cerca es mejor que soportar sus maldades desde lejos, porque, sea cualquiera el sitio a que vaya, no estarás a cubierto de sus engaños.”

Este consejo le pareció muy oportuno a al-Muzaffar con lo que, inmediatamente, envió en busca de su hijo. Mandó en su nombre a un alfaquí viejo, para que le hiciese llegar su amán, lo tranquilizara y la transmitiese las buenas disposiciones de su padre y su deseo de hacerle nombrar su sucesor, ya que no había en toda la familia real una persona más indicada que él para dicho puesto. Al mismo tiempo escribió a Ibn Di-l-Nun pidiéndole que lo dejase partir. Estas disposiciones llenaron de alegría a todo el mundo.

Por fin llegó Maksan, su padre lo acogió bondadosamente y el prodigó de dinero, pero buscando que perdiera el favor de los que le amaban. Le dio los peores consejos que pudo. Lo instruyó para que se mostrase duro y cruel. Le provocó el odio hacia los Sinhaya, murmurando todo lo que pudo sobre ellos y su mala conducta para con la familia real: “Tú sabes bien lo que he tenido que sufrir con ellos desde la muerte de mi padre Habus. Trátalos, pues, con rigor, para que te teman, porque, fuera de ti, no hay en la familia real más príncipe que los hijos de tu hermano y todavía son unos niños pequeños.

No eran secreto para nadie la necedad, irreflexión y falta de inteligencia de Maksan. Pero en esta ocasión supero todo lo esperado. Los consejos del padre coincidían con sus intenciones, con lo que no cejó de maltratar, insultar y burlarse de todo el mundo. Y contra los que demostró más odio y maltrato eran precisamente contra los que más habían trabajado y conspirado para su regreso. Tales ataque hizo a su honor y tantas obligaciones imposibles les impuso, que todo el mundo pasó a odiarlo y descubrió el poco seso que tenía. Con lo que concluyeron que nada bueno podrían esperar de él.

Como su prima hermana Umm al-Ulu, mujer muy influyente en la familia y que gozaba de gran simpatía entre las mujeres de los militares del ejército regular, había mostrado deseos de casarse con él. Le dio por ultrajarla e insultarla, con lo que aumentó la animosidad y hostilidad contra él, aún si cabe.

La esposa de al-Muzaffar, que había intrigado bastante para que mataran a la madre de Maksan, y que ahora estaba decididamente de su parte. No veía con buenos ojos que Maksan se casara con su prima. Temía que esta la podía apartar y reducir en su posición. Lo mismo le ocurría a Wasil y a su mujer, que le dijeron a la esposa de al-Muzaffar: “Ningún beneficio puede venirte de este matrimonio de Umm al-Ulu. Lo mejor que puedes hacer es dar a Maksan una muchacha de las criadas por ti, gracias a la cual podrás dominar en su casa.” Y así hizo la esposa del soberano, enviándole, con dinero, una de las muchachas de su séquito, y, para que el sultán no la echase de menos en palacio, le hizo creer que había muerto, confundiéndola con otra muchacha que efectivamente había fallecido.

Todos estos manejos indignaron a la prima de Maksan, que se puso a intrigar contra este junto a las mujeres de los bereberes. Sembró la cizaña entre la mujer de Wasil y la esposa del soberano. Hasta tal punto tuvo éxito en la misma, que no solo las hecho a pelear, sino que le prohibieron la entrada en palacio a la mujer de Wasil y fue desdeñada por su marido. Esta en venganza se presentó ante el cristiano Abu-l-Rabi y le dijo: “Yo soy la esclava de al-Muzaffar. Que mire por si mismo, porque se trama contra él de tal y cual manera…” Y explicó con detalle todas las intrigas que se urdían. Abu-l-Rabi no tardo en comunicar al soberano toda la conversación.

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