5.- El siglo XI en primera persona (Adaptación).

5. Problemas internos en el Reino de Granada hasta la llegada de los Almorávides

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1. Destitución del Visir Simaya. Abd Allah decide gobernar por si mismo.

Al firmar la paz con al-Mutamid y alcanzar una tregua con el rey cristiano, esto mediante el pago de un tributo anual, se calmó la situación y se consolidó el reino de Granada. El emir granadino decidió conocer la situación de sus tierras, y lo hizo de forma directa, sin visires por medio. Cuando sus cortesanos lo advirtieron, se dedicaron a rivalizar entre ellos para ver quien era más obsequioso y le daba el consejo más sabio. Pero el emir, en principio, intentó no casar con ninguno, con lo cual tomaba todas las informaciones y las pasaba por el filtro de la meditación y el tiempo. Partía en que tales informaciones se basaban mucho en las envidias de los unos con los otros y en deseos de venganzas.

El primero en sentirse ofendido por esta investigación fue su Gran visir, Simaya, que se resistió todo lo que pudo a la investigación y se quejó ante sus contríbulos.

Nuestro único deseo – les dijo entre otras cosas – ha sido hasta ahora dominar a este príncipe y tener en las manos el gobierno, mientras ha sido joven, es decir, de cortos años. Ahora, sin embargo, no tenemos ya manera de impedir que gobierne por sí mismo, porque no contamos con partidarios que nos guarden las espaldas, ni hay manera de aducir ante el vulgo que lo tenemos apartado por su poca edad y su inexperiencia, sobre todo cuando lo que se propone es ver cómo anda su reino e investigar su situación.” “No podrás hacer otra cosa – les contestaron – que procurar conciliártelo, proporcionarle sus deseos y llevarle lo menos posible la contraria, para que tus enemigos no se apoderen de ti y no se ceben en ti tus émulos. Si vé que tú le das cuanto desea, no tardará en aburrirse de cuidar por sí mismo los negocios del gobierno y en volver a confiarte el poder, con lo cual, cuando esté distraído y entregado a sus placeres, podrás hacer lo que te plazca. Procúrale, pues, mujeres y apresúrate a comprarle esclavos, porque no estamos seguros de que no te guarde rencor por haberlo tenido hasta ahora apartado de los placeres, y creemos que de él no hay que pensar otras cosas que las propias de sus años.(Cap VI Ibid)

Simaya procedió tal como le habían aconsejado, con lo cual contribuyó a afianzar la ambición del sultán de gobernar por sí mismo. Intentó entorpecer al máximo a base de intrigas, el lugar donde mayor fuerza alcanzaron fue en la ciudad de Almuñecar. Al mismo tiempo lo incitaba a divertirse y salir al campo, así le demostraba consideración y miramientos.

Era el visir un hombre muy reflexivo y estudiaba las consecuencias de cualquier acto. Ya había pasados malos momentos a partir de una serie de cartas anónimas que habían llegado a grupos de Sinhaya. Cartas que circulaban como si se trataran de ordenes del sultán, en las que se ordenaba la muerte del visir. Los conspiradores fueron encontrados y ejecutados, así como algunas mujeres del harem de Badis, sospechosas de intervenir en la conjura.

Pero estos últimos actos de su gobierno resultaron ser los prolegómenos de su destitución. Cuando, por consejo del visir, el sultán decidió una expedición sobre Guadix, el sultán hizo el siguiente razonamiento:

Este hombre está acostumbrado a ejercer como quiere la autoridad, y ve con malos ojos que yo me haya puesto al frente del gobierno. Todo lo que ahora hace no es por su gusto, y, como todas las cosas que el hombre hace a la fuerza, no hay que fiarse de que no vuelva a lo contrario, y se eche para atrás y cambie de conducta, en cuanto esté a seguro de que no ha de ocurrirle nada desagradable. Por tanto, siempre tendré que sufrir de él cosas inconvenientes. Si dejo pasar esta ocasión, seré como el que, advertido y puesto en guardia en un asunto, se hunde, sin embargo, en las calamidades. Si ahora hago la vista gorda, cuando vuelva a las andadas y yo vea que no me obedece, tendré, no obstante, que aguantarme, porque entonces las precauciones de que se haya rodeado serán más eficaces que mi decisión, y ésta tendrá que ser tomada de improviso, sin haberla sopesado y pensado largamente en ella. Las ocasiones, en efecto, pasan deprisa como las nubes por el cielo. Ahora que estoy en libertad de hacer con él lo que quiera, no voy a esperar que sea él quien esté en libertad de hacer lo que quiera conmigo.(Cap VI Ibid)

Simaya quería que la noticia de su destitución se publicara en la capital. Pero el sultán decidió, que le convenía más publicarla, estando fuera de Granada. Así el efecto sería mayor y cortaría toda esperanza de sublevación. En Granada, Simaya hubiera controlado más a situación a su gusto.

Cuanto llegó el sultán a Guadix hizo publicar un bando en el que comunicaba a sus ciudadanos que podían denunciar todos los desmanes cometidos por el gobernador de a ciudad, Ibn Abi Yus, como consecuencia de las denuncias, lo mandó encarcelar.

Esto ocasionó que la gente desaprobara al visir principal, y fue aprovechado por el sultán para convocar al pueblo y a todos los visires. Y delante de todos fijó los límites exactos de sus atribuciones, y eliminó a todo intermediario entre él y sus súbditos. Simaya recibió la orden de dedicarse a sus negocios personales.

La medida fue tomada con agrado por el resto de los visires, ya que los ponía en pie de igualdad y les daba libre acceso a la cámara del sultán, sin intermediario. Los súbdito también se alegraron.

También ordenó la destitución de cualquier sospechoso de traición, enviando nuevos gobernadores a todos los territorios, y así renovó todo el gobierno. Los parientes del visir depuesto quedaron destituidos de los castillos que tenían, algunos se habían anticipado a dicha destitución pues ya habían abandonado sus puestos, dejando a las guarniciones sin mando. Todo se hizo sin conflictos, salvo en Almuñecar, el gobernador, primo de Simaya, no pensaba dejar el cargo, pero se previno el conflicto por denuncia del propio Simaya, pues tuvo miedo de que el sultán creyera que él había animado al primo a la desobediencia y fuera víctima de represalias.

Así concluyó el visirato de Simaya, el sultán le concedió amán para su persona y lo dejó en posesión de todos sus bienes salvo el oro y la plata, le concedió un feudo y le ordenó la asistencia asidua al Consejo. Este aceptó su nueva situación y se sometió a todos los deseos del sultán. Durante bastante tiempo cumplió con lo ordenado y fue un súbdito obediente.

Al tiempo, los funcionarios que habían ayudado a la caída del antiguo visir, le cogieron miedo, pues recelaban de que pudiera volver a su antiguo puesto. Con lo que no cejaron de murmurar en su contra frente al sultán y de acusarle de todas las maldades del mundo. El hostigamiento alcanzó tal grado que el sultán llegó a temer que se sublevara, con lo que no encontró manera de que siguiera viviendo en la ciudad.

Pensaban los murmuradores que lo condenaría a muerte, en parte debido a la condena que lanzó contra algunas mujeres de la familia real. Pero el sultán no podía hacer eso, pues si lo condenaba a muerte por ese suceso, también tendría que hacer lo mismo con algunos jefes Talkata, con lo cual la situación se podría comprometer bastante. El sultán creía que no valía la pena promover nuevos tumultos en el reino para sancionar un crimen ya pasado.

Con lo que llegó a la conclusión, que la mejor política en este caso, lo más acertado, era que se fuese sencillamente, sin más complicaciones y sin excederse en el castigo. Salio, pues, de Granada, en compañía de todos sus criados y sus acémilas cargadas de todos sus muebles, ropas y tapices. Su mujer partió con todas sus joyas, alhajas adornadas de piedras preciosas, y eso sin contar todo el numerario que pudieron ocultar entre las ropas. Se desterró a Almería, donde lo esperaba al-Mutasim, que lo trataría bien, en atención al sultán granadino. Pues no terminaba de creerse que Simaya no volviese a su antiguo puesto, tras recuperar la confianza del granadino.

2. Pleitos de frontera con Almería

Con la expulsión definitiva de Simaya, el sultán se dedicó a la mejora de los negocios del sultanato. Volvió a nombrar nuevos cargos de confianza, y les encomendó un estudio pormenorizado de las cuentas y observaran cuidadosamente donde había habido algún abuso de poder.

alcazaba de FiñanaEn Almería Simaya intentó convencer a Ibn Sumadih de la debilidad del reino granadino, y animándolo a que se apoderada del mismo. Pero Al-Mutasi, que era muy ambicioso, era débil y apocado, de todas formas las palabras de Simaya le impresionaron fuertemente. De modo que concibió la idea de intentar beneficiarse de algún acuerdo con el antiguo visir, como ya había hecho, años antes con el visir judío.

Fue justo en este momento cuando surgió un conflicto de jurisdicción entre los gobernadores granadino y almeriense de Montawri y Fiñana. Ya con anterioridad había habido un desencuentro entre Granada y Almería por esa zona. Abd Allah no dudó ni un momento de que tras el conflicto de jurisdicción se encontraban tanto Ibn Sumadih, con su codicia siempre a flor de piel, y Simaya, consciente de la importancia de la zona. Con lo que se irritó bastante y le faltó tiempo para ordenar la restauración del castillo, convirtiéndose en un fuerte baluarte, y una poderosa y bien preparada guarnición. Esto hizo que los almerienses se alarmaran y pensaran en la necesidad de restaurar otros castillos que compensasen esta maniobra. Pero de nuevo el granadino se adelantó y formó toda una linea defensiva compuesta por siete castillos contra los almerienses. Ibn Sumadih se vio reducido a la impotencia y nada pudo hacer. Los intento que tuvo de retomar la situación fueron en su contra, llegando a perder a sus jefes militares más importantes en Torralba.

Finalizada la crisis a favor del sultán granadino, este hizo las paces con Ibn Sumadih y, en prueba de buena voluntad, mandó demoler los castillos, con lo cual tranquilizó a los gobernantes almerienses.

(tawil)

No es buena la magnanimidad si no la acompañan

precauciones que impidan se enturbie su pureza.(Cap VI Ibid)

Desde ese momento, reinó la paz entre Granada y Almería hasta que sucedió lo que tenía que suceder.

3. Campaña contra Málaga

Recién terminado el conflicto con Almería, Tamín ib Bulugin, príncipe de Málaga y hermano de Abd Allah ibn Buluggin, envió sus galeras a atacar Almuñecar y Jete, lanzando a unas pequeñas fuerzas de caballería a realizar incursiones por los territorios vecinos.

A este hombre no le ha hecho perspicaz el paso del tiempo ni le ha tornado más sensato la experiencia. Si lo dejo continuar sus hostilidades y no le castigo por ellas, seguiré siendo víctima de su maldad, y él pensará que es porque le tengo miedo. Por consiguiente, se crecerá más cada vez, y no le serán de ningún provecho mís exhortaciones ni mis consejos. No hay más remedio que darle una lección y detenerlo por la fuerza, pues si no prestas atención a una cosa pequeña acaba por crecer. Si hasta ahora he hecho la vista gorda, era únicamente debido a ciertos sucesos que han acaecido, y por esperar que volviese al buen camino y viese más claramente la realidad; pero estarse quieto en este momento y permanecer impasible antes sus ataques, dejándole persistir en su error, sería dar muestra de impotencia y cubrirse de vergüenza.”(Cap VI Ibid)

Justo en estos momentos al-Mutamid tenía problemas con Alfonso, que había venido con la excusa de reclamar el censo, se había presentado en Sevilla a reclamar tributo. Esto fue aprovechado por el sultán granadino para encaminarse a Málaga, no hizo más que presentarse frente al castillo de Alcázar, que está por Zalía, cuando su guarnición completa le rindió acatamiento. Este castillo se decía que era siempre “el primero en ponerse de parte de los vencedores y el último en rebelarse contra ellos”. (frase recogida en Zayyali) (Cap VI Ibid).

Tras este triunfo sin sangre, se encaminó a Alhama (al-Hamma). Desde allí se dirigió a Sajrat Dumis – castillo considerado el centro estratégico de la comarca de Reyyro, en el cual estaba concentrado la mayor parte de los ejércitos de Málaga. Abd Allah creía que si se tomaba esa plaza, las demás serían presa fácil. Con un solo ataque la plaza se rindió, sus ocupantes no tardaron en solicitar amán para que los dejara irse y salvar las vidas. El granadino accedió, esperando que esto fuera un acicate para la rendición de las restantes plazas.

A continuación atacó y ocupó Astanir, castillo que el malagueño había mandado construir para cortar las comunicaciones de Granada, desde allí a Torre de Mar (Mariyyat Ballis) que también se rindió. Siguiendo la ruta de ataque, llegó al castillo de Bentomiz, en el que se había juntado toda la población de la zona, incluidos bandoleros. El granadino les propuso que se pasaran a su bando y a los bandoleros que se apuntaran en su ejército. Y como dudaban, los dejó para que recapacitaran y se volvió para Granada. En el camino de regreso sometió a varias fortalezas, entre las que se podían destacar Jotrón y Riana, pues se consideraban las alcazabas que defenían Málaga. Al final de la campaña el granadino le había quitado a su hermano unos 20 castillos.

Después de esto volvió a Bentomiz y sus pobladores se sometieron. Y aprovecho la ocasión para hacer un acto de fuerza cerca de Málaga con el que asustar a su hermano y a los malagueños. Pero en la refriega que hubo, en una salida que hicieron los malagueños por Bib Fontanela, fue tan atrevida que estuvieron a punto de terminar con el emir granadino, pero le salvó su sangre fría y el contraataque fue tan fuerte por parte granadina que hasta liberaron algunos cautivos que habían hecho los malagueños. Muchos de los bereberes que militaban en el bando malagueño, cambiaron de bando.

Cuando todo hubo terminado, algunos consejeros aconsejaron la vuelta a Granada, pero el emir estimó que eso equivalía a una derrota, de modo que ordenó la permanencia de dos días más frente a las murallas malagueñas y en estos días no paró de ordenar desfiles y alardes en los lugares en los que había sucedido la algarada anterior. El mensaje era “Si tenéis fuerzas para ello, repetid lo que hicisteis”. La retirada final la hizo en plan victorioso y espectacular, pues consideraba que no hacerlo de esta manera, hubiera perdido todo lo ganado y puede que más.

Málaga seguía en situación crítica y el emir malagueño no tuvo otra salida que enviar embajadores a su hermano pidiendo perdón y excusas por su falta. El emir granadino estudio con mucho cuidado lo que tenía que hacer, pues conocía a su hermano y sabía que, antes o después volvería a las andadas, y por otro lado, se había comprometido con juramentos con los antiguos súbditos de su hermano, si ahora los dejaba en la estacada, no volverían a confiar en él y confiarían en algún príncipe extranjero, para liberarse del yugo de su hermano. Así que no podía dejarlos en la estacada, pues de hacer esto corría el peligro de entregar Málaga a manos ajenas, como ya había sucedido con su tío Maksan en Jaén. Eso sería una gran catástrofe, añadido a su pérdida de prestigio por obligar a su hermano a que se refugiase junto a otro príncipe y se desterrase. De modo que estudiando la situación friamente. Decidió mostrarse generoso y le cedió una comarca de cuya población de la que no tenía nada que temer y para él era muy importante y evacuó las plazas de Riana y Jotrón, cuyos habitantes eran cristianos y al estar situados entre ambos territorios, no serían conflictivos y le dio pueblos para que pudiera aprovisionarse con holgura, le entregó Cártama, comarca con cereales. Pero lo privó de territorios que pudiera usar en su contra.

Alcazaba de Málaga
Alcazaba de Málaga

Aparentemente todo quedó arreglado de la mejor forma posible, con el contento de la madre de ambos y el elogio de mucha gente. Pues por un lado había castigado sus acciones, pero por otro, había respetado los vínculos de sangre.

Como quiera que el malagueño no quedó nada contento de la situación, no cesó, siempre que se le presento la ocasión, de criticar a su hermano. La conclusión, sobre el asunto, del granadino era: “El que me ofenda de palabra es mejor que el que me pudiera ofender de obra, si le hubiera devuelto los castillos. Sé que él está en situación cómoda y apacible, gracias al dinero que tiene, que es el que mi abuelo dejó en Málaga, y del que no necesita gastar ni un solo dirhem. Por otra parte, nunca ha sufrido rebeliones ni ha padecido contrariedades. Yo soy, en cambio, el que está en primera fila; el que tiene que combatir, en lugar suyo, contra árabes y cristianos; mientras él permanece tranquilo. Sería, pues, excesivo que, viviendo bien como vive, yo dejara en su poder más tierras de las que le son suficientes para sus limitados aprovisionamientos o que puede necesitar para reprimir revueltas o atender a sus gastos personales.”

No había embajador de Málaga, del ejército o de los ciudadanos, que fuera a visitar al granadino y no le diera las gracias y alabara el comportamiento que había tenido para su hermano. Esto reafirmó a Abd Allah en su creencia de que el asunto no se podía terminar de otra forma.

4. Fin de la rebelión de Kabbab ibn Tamil

Alcazaba de AntequeraKabbab ibn Tamil, gobernador granadino de Archidona y Antequera, llevaba tiempo usurpando la autoridad del emir. En apariencia obedecía sus órdenes, había subido al poder en el período de la guerra civil, mediante el despojo de bienes, la acumulación de víveres ajenos y salteando caminos. Mostraba una aparente sumisión que rayaba en la desobediencia. Su nombramiento era obra de Simaya, que no tuvo más remedio, a la larga, de arrepentirse por el nombramiento. Cuando el emir firmo la paz con al-Mutamid ibn Abbad, él no hizo caso de lo pactado, siguió haciendo su guerra particular, pese a que el emir una y otra vez lo reconvino. Le escribía el emir: “Cuando a un hombre le ha convenido la paz, debe respetarla, y, si tú la violas, es que eres uno de mis enemigos.” Pero por mucho que le escribió y mucho que lo amonestó, él no presto atención a nada.

Al-Mutamid no cesaba de mandar quejas sobre sus conducta. Abd Allah comunicó al sevillano que el podía lanzarse contra el rebelde, siempre que, en última instancia, no encontrara apoyo en Sevilla, con lo cual pedía el compromiso por parte de al-Mutamid de no intervenir y de no olvidar todas sus fechorias. Así se comprometió al-Mutamid.

Abd Allah exigió a Kabbab a que abandonara las plazas y respetara los compromisos. Su respuesta fue el aumento de la conflictividad y escribir a ibn Abbd, pidiéndole que se hiciese cargo de los castillos. Pero Al-Mutamid cumplió lo pactado e informó al granadino puntualmente de toda la correspondencia animándole a aplicar mano dura. Y así hizo el granadino. Cuando Baeza se sublevó contra al-Mutamid, y los ciudadanos enviaron correos al granadino, este actuó igual que Mutamid.

Kabbad, después de los sucesos de Málaga había perdido toda esperanza de reconciliarse con el emir, pues había castigado a su propio hermano ¿que no haría con un desconocido?. Iguales pensamientos tenía Ibn Tagnaut, zalmedina de Granada, “hombre perverso, injusto, apartado del bien y muy inclinado al mal” (Cap VI Ibid). Este tenía un hermano que era el gobernador del castillo de Yarisa, al que Simaya había confiado el gobierno de todo el distrito de Nimes. Este individuo pensaba lo mismo que Kabbad y ambos se confederaron e hicieron causa común.

Abd Allah sabía que tenía que terminar de una vez por todas con estos elementos, y decidió comenzar con los Banu Tagnaut, ya que uno tenía la capital en su manos y el otro tenía una fortaleza. Para acabar con el segundo se concertó con al-Mutamid, ya que este también tenía motivos para desear su desaparición. Con lo que el sevillano envió tropas en socorro del granadino para el asalto de Yarisa e hizo de intermediario. Le mandó un mensaje que decía “Si tienes miedo de tu soberano, abandona ese castillo suyo, y yo te garantizo, en su nombre, que nada te ocurrirá y que gozarás de su amán y de su benevolencia. Si tampoco te fías de esto, ven a mí, toda vez que yo te aseguro bajo juramento y de doy la certidumbre de que jamás te entregaré a tu señor(Cap VI Ibid). Siendo su respuesta “¿Y que harás con el castillo?”, como Mutamid le respondiera que lo devolvería a su dueño, este le contestó “Lo único que deseo es poner este castillo en poder de quien esté dispuesto a hacer mal al rey de Granada y a declararle la guerra(Cap VI Ibid).

El mediador en todo este asunto era Ibn al-Asbahi, embajador de Mutamid en Granada que le comunicaba a Abd Allah toda la negociación según se desarrollaba. En todo este tiempo, el bandido no cejó ni un momento de seguir salteando rutas, sembrando el pánico y matando a los viajeros de las caravanas, lo cual originó que nadie se atreviera a pasar por esa comarca.

Después de pensarlo, el granadino decidió cerrar el cerco y durante seis meses lo tuvo rodeado, la situación llegó a ser insostenible, debido principalmente por el inmenso volumen de gastos que aquello implicaba. Durante todo este período de cesó de mandarle mensajes en el que le ofrecía el perdón. La hermano, que estaba en prisión, le ordenó que le escribiera invitándole a la rendición. Pero a cada correo, a cada mensaje, si volvía más insufrible e insolente.

Castillo de Archidona

Finalmente tomó el castillo y lo detuvo. Consultó a los alfaquíes y magnates de la ciudad que hacía con los detenidos y estos le aconsejaron que obrara “con arreglo a la excitación divina… “(Cap VI Ibid). Con lo que fueron ejecutados.

Kabbab ibn Tamit no reaccionó positivamente ante la ejecución de los dos hermanos, sino que se volvió peor. Aprestó máquinas de guerra, reunió guardias, sembró el pánico en las vías de comunicación y cometió todas las tropelías que pudo. En vista de lo cual, Abd Allah decidió usar e mismo método que con los hermanos, ordenó movilización de tropas y de suplentes.

Al ver como se desarrollaban los acontecimientos. Se rindió, pidiendo clemencia, ya que ningún soberano estaba dispuesto a darle refugio y solicitó el amán. Allah se lo concedió, para que así sirviera de ejemplo a todos los que lo habían ofendido, mientras que la primera servía de escarmiento para todos los revoltosos que no solicitaron su amán.

Estos asuntos no los decidía el sultán a la ligera, sino que eran producto de profundas reflexiones. No prestándose al consejo de las gentes. Ya que partía del hecho de que las decisiones, casi siempre son producto del dictado de la pasión, de modo que decidió seguir exclusivamente su propia opinión, pensando que su juicio era el más acertado y que “nadie te rasca la espalda como tus propias uñas” Refrán Maydani, Mayma al amtal (Cap VI Ibid). Aunque no por ello dejaba de oír las opiniones de los demás.

Volviendo a Kabbab, le concedió el amán y lo mantuvo en el ejército, pero nunca más volvió a confiarle un castillo ni puesto fortificado, de acuerdo con el refrán “un creyente no se deja picar dos veces por el escorpión escondido en un misma piedra” Refrán Maydani, Mayma al amtal (Cap VI Ibid).

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