7.- El siglo XI en primera persona (Adaptación).

VII. Política de Abd Allah desde el regreso de Aledo: Medidas defensivas y diplomáticas.

1. Pesimismo de Abd Allah. La conducta de Garur.

d_alcazaba_guadix1El sultán se apresuró a dirigirse a Guadix, para preparar la acogida del Emir, que tenía que pasar por allí. Una vez en la ciudad, fue presa del desánimo, pues recordaba la dureza con que le había tratado Garur en Aledo, sus intimidaciones y amenazas, y teniendo en cuenta el valimiento que Garur tenía con el soberano, no era para tomárselas a broma. Si esto no fuera suficiente, recordaba lo que le había ocurrido a Ibn Rasiq, sin olvidar las amenazas de Ibn al- Qualay en su contra. Y todo esto se combinaba con su carácter melancólico. Lo cual le originó una fuerte depresión. Ya no le parecía positivo ni los miramientos que había tenido el Emir con él en la campaña de Badajoz. Veía que Garur le mostraba hostilidad, lo quería desprestigiar hasta en sus dominios y en la campaña no había sido justo con él.

El príncipe de Málaga, hermano del granadino, envió al cadí Ibn Sahl cincuenta meticales, para indisponerlo contra su hermano Abd Allah, pero este, indignado, le devolvió el dinero.

Ibn al-Qulayi pensó que era oportuno que Abd Allah demostrara su agradecimiento a Ibn Sahl, que le escribiera y le prometiera el nombramiento de cadí. También sugirió que asociara a él, Ibn al-Qulayi, con ese mismo puesto, con lo que se le solucionarían todos los problemas que tenía en su principado, entre otras cosas le dijo: “En efecto, si quieres sacar a cualquiera aunque no sea más que un dirhem contra la ley, las gentes lo tendrán por odioso, y, en cambio, si les sacas mil por vía legal, podrás hacerlo sin que nadie diga nada. No encuentro a ninguno que pueda servirte como este hombre.” (Cap VIII Ibid). Y no dejó tranquilo al príncipe hasta que este le entregó una esquela de su puño y letra, garantizando a Ibn Shal su nombramiento como cadí, junto con los emolumentos mensuales y la gratificación anual que le correspondía.

Abd Allah, le entregó el documento y con dicha entrega estaba seguro de haber hecho un gran negocio y que había asegurado su mandato y que había consolidado su autoridad. Confiaba, cada vez más, en Ibn al-Qulay que comenzó a acusar de traidores a gentes que estaban muy por encima de su rango, al primero que acuso fue a Ibn Salmun, curador de los bienes de manos muertas, intentó poner en duda su gestión y a continuación dejó caer un listado de fieles al sultán. Este dedujo que lo que intentaba era aislarlo de sus gentes de confianza. Comenzó a perseguir a los Banu Sunaydi, a los secretarios de las cancillerías y a otros personajes.

El tal Qulay había sido un individuo sin ningún tipo de importancia en la época del abuelo de Allah, este no lo dejó vivir en Granada y lo tenía recluido en una finca propiedad del sultán, pues conocía su maldad y capacidad para la intriga. Pero con la llegada de los Almorávides, Qulay buscó la protección de Muammal y otros dignatarios y estos lo recomendaron al sultán, nieto, como hombre de bien y de buenas palabras. Que era el mejor para ganarse el favor de los almorávides.

Con lo que Allah lo uso como embajador ante estos, y esté se dedico a denigrar todo lo que pudo al “nieto de Badis” “he de hundirlo en el lodo más negro y hacer que eche de menos un simple dirhem con que vivir para vengarme del modo como su abuelo nos ha tratado a mi y a otros.”(Cap VIII Ibid).

A su vuelta de la embajada, a pesar de haber recibido informes el sultán de su conducta, siguió fiándose de él. Este le convenció que hiciera purgas en el ejército regular y en la administración, “Si te indispones con el ejército, lo sustituirás con los soldados que puedas hacer venir de Berbería. Déjame a mi que piense lo que ha de hacerse, ahora que estoy asociado con Ibn Sahl, y no te cuides de dónde ha de venirte el dinero.”(Cap VIII Ibid).

Con todo esto, el sultán comenzó a desconfiar de Qulay, veía que quería ejercer el poder, pues aumentaban constantemente los comentarios de sus íntimos sobre los que Qulay, sin cortarse lo más mínimo, decía sobre él en cualquier lugar, sin cuidarse lo más mínimo. De modo, que finalmente, decidió reunirse con su ejército e intentar solucionar los malentendidos.

Así que convocó a los Abid y a los representantes del ejército regular en presencia de al-Qulay y les informó de que había decidido devolverles su derecho de inzal. Todos se rebelarón con Qulay y quisieron llevárselo, pero Allah lo impidió pues temía que lo mataran . Lo cual hubiera sido una muestra pública de su falta de autoridad y esto hubiera complicado la cosa aún más. De modo que ordenó su detención y que lo encerrarán en una casa próxima al alcázar.

Cuando se calmaron las cosas, mandó que lo soltarán y le dejó irse. Este, en lugar de dirigirse a las rábitas, como había prometido, se encaminó a donde se encontraba el Emir para presentarle sus quejas.

2. Reconciliación con el ejército y medidas defensivas

soria-al-andalus-foto-1El ejército le reprochó que hubiera dejado en libertad a al-Qulay “Ya te arrepentirás de haberlo soltado.” Pero todos mostraron obediencia, sumisión y lealtad. Así que el sultán se sintió reconfortado: “Gentes son éstas que no me cambiarían por nadie, a causa de la justicia con que las trato y de la regalada vida que conmigo llevan. Han visto además cómo viven los soldados de Berbería, y saben que el peor de sus esclavos es más rico y se desenvuelve mejor que las tropas de otros ejércitos. No es posible que quieran cambiar lo mejor por lo peor.(Cap VIII Ibid). Pensó pletórico de esperanzas, también vio que los magrebíes que guarnecían los castillos se encontraban de excelente disposición.

En estos momentos lo único que inquietaba a Abd Allah era el comportamiento de sus súbditos, pues se mostraban inquietos por los impuestos llamados magarim (impuesto extraordinario sobre los bienes inmuebles), y por las disposiciones tomadas por los Almorávides a propósito del azaque y del diezmo. Llegó a la conclusión que tenía que reforzar los castillos, restaurarlos y aprovisionarlos con todo lo que necesitaran en caso de asedio, y así hizo. Se levantaron aljibes, se instalaron molinos. Almacenó toda clase de pertrechos: escudos, flechas y máquinas de lanzar proyectiles. Formó depósitos de víveres, sacados de los pueblos… Fueron tales las medidas tomadas que el poeta granadino, exiliado en Almería, al-Símsari (famoso por sus sátiras) se burlaba de ellas.

No es posible – pensaba el sultán – que el Emir de los musulmanes hostilice a ninguno de los sultanes de al Andalus sin haber antes acabado con el rey cristiano, y la discordia que los separa tiene que tener una solución. Si el que vence es el Almorávide, no podré excusarme de entrar en su obediencia, y no urdiré en contra suya nada que pueda traer malas consecuencias, salvo velar por mis territorios y procurar que sufran lo menos posible, pues, como dice el refrán, ‘mientras no cae el burro no se rompe el odre’; cosa que estoy seguro de lograr, sin necesidad de tener a los Almorávides una mano hipócrita. Si el vencedor, en cambio, es el rey cristiano, tomadas tengo ya mis medidas, pues las construcciones de castillos que he consolidado, las nuevas fortalezas y el almacenamiento de pertrechos, me serán de utilidad, servirán de protección para los musulmanes y permitirán aguardar mejores días. Desde luego, por otra parte, estas edificaciones no servirían de nada contra el Almorávide.” (Cap VIII Ibid). Pensando en la victoria del rey cristiano, mandó fortificar Almuñecar, para hacerse ahí fuerte, “cerca de los musulmanes (de África), y poder defenderme de ella en lo posible, hasta verme obligado a cruzar el mar y salvar la vida”.(Cap VIII Ibid).

Como bien nos cuenta en sus memorias, el sultán granadino “ni quería estorbarlos en hacer la guerra santa, ni esperaba aliarme con nadie en contra suya, ni abrigaba respecto a ellos las malas intenciones que me atribuían…. Mientras musulmanes y cristianos estén enfrentados – pensaba- estaré siempre en peligro de que las aguas de los torrentes se desvíen hacia esta ciudad. Por tanto, lo mejor y más útil será fortificarla(Cap VIII Ibid).

El sultán, tenía la idea fija de no tomar partido ni por el Emir ni por el cristiano, quería mantenerse en medio. Pero sí el Emir le solicitaba tropas o cualquier tipo de ayuda, su idea era no retrasar lo más mínimo tal petición. Más si solicitaba su presencia, entonces buscaría muchísimas excusas para no cumplir con lo pedido, si el Emir no las aceptara, el sultán entendería que las calumnias de sus enemigos habían surtido efecto frente al Emir. Con lo que tendría que buscar una solución, considerando al Emir como cualquiera de los otros sultanes que querían adueñarse de sus tierras.

En medio de todo esos problemas, Allah confiaba plenamente en sus hombre. Tenía muy claro que no lo traicionarían.

3. Tratos con Alvar Háñez

Después de Aledo los sultanes intentaron convencer al Emir de los musulmanes para que dejara en al-Andalus un ejército, en previsión de los ataques cristianos, la respuesta del Emir fue: “Si os unís con sinceridad, podréis hacer frente a vuestro enemigo(Cap VIII Ibid); más no les dejó ningún ejercito.

alvarEvidentemente, en cuanto cruzó el estrecho, los cristianos no tardaron en organizar algaradas por los territorios musulmanes y pedir el pago de impuestos. Los primeros en firmar fueron los príncipes de Zaragoza y de las distintas ciudades de Levante, así quedaron cubiertos mediante el pago de los tributos que le debían.

Esta noticia no le hizo ninguna gracia al soberano granadino, pues no hacía más que pensar en la posibilidad de que los castellanos arrasaran sus territorios. Pero no tenía dinero para pagar los tributos a los castellanos, aportar dinero anualmente para las campañas proyectadas y suministrar a los Almohades la diyafa (esto en nuestros días se llama “jugar con dos barajas”). Era todo un dilema, si se hacía tributario de los castellanos, le acusarían de traidor. Y a pesar de la posibilidad de esa “mancha” en su curriculum, se decidió por el pacto con el castellano, siempre es posible echarla la culpa al “destino” un buen creyente además le puede arrojar la pelota a “la voluntad de divina” o al destino.

Álvar Háñez era el jefe cristiano encargado de Granada y Almería, nombrado por el propio rey Alfonso y además le había dado carta blanca sobre cómo tratar el asunto. Este, anunció al sultán granadino, que o pagaba lo que debía o invadía Guadix. Abd Allah, después de un proceso de autosugestión de que “todo era culpa de los demás”, de su escasez de ejército, y de los sufrimientos de los musulmanes, se acordó de su inmenso amor a Dios y pactó con Álvar Hañéz.

Eso si, intentó pagar lo menos que pudo y conseguir el máximo de garantías. Este le dijo: “De mí nada tienes que temer ahora. Pero la más grave amenaza que pesa sobre ti es la de Alfonso, que se apresta a venir contra ti y contra los demás príncipes. El que le pague lo que le debe, escapará con bien; pero, si alguien se resiste, me ordenará atacarlo, y yo no soy más que un siervo suyo que no tiene otro remedio que complacerlo y ejecutar sus mandatos. Si le desobedeces, de nada te servirá lo que me has dado, pues esto no te vales más que en lo que personalmente me concierte, a salvo de que mi señor prescriba lo contrario” (Cap VIII Ibid).

El emir comprendió que lo que Álbar le decía era muy razonable pero… “no voy a ser el que acuda a Alfonso, tomando la iniciativa, porque sería incitarlo a que nos coma. Esperaré, y, cuando él me envíe mensajeros reclamando el pago, buscaré excusas, por ver si acepta mi súplica y si puedo no abriré la puerta para darle algo; pues esto solo aumentaría su codicia. Si logro envolverlo en negociaciones, tal vez de aquí a entonces pueda llegar un ejército almorávid, que lo desbarate y le haga abandonar sus exigencias. Y, si no viene nadie, por lo menos no me habré enemistado con él desde un principio y no habré tenido que sufrir las consecuencias de esta enemistad.” (Cap VIII Ibid).

Con esos pensamientos, le explicó a Álvar Háñez que no tenía nada que darle a Alfonso, pues sus gastos había sido muchos y variados. Este envío un mensaje a su señor en el que le sugería que enviara un embajador a Granada a reclamar los tributos, ya que él era el brazo armado.
Alfonso no tardó nada en prepararse, pero previamente envió a un embajador. Su llegada llenó de temor al príncipe granadino, como así cuenta en sus memorias. No sabía si salir huyendo o intentar aplacarlo. No creía que Alfonso se diera por satisfecho con sacar dinero, “se quedaría para ocupar el territorio, como venganza por la irritación sufrida con lo de Aledo y por el pacto mío con los Almorávides.”(Cap VIII Ibid).

 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s