8.- El siglo XI en primera persona (Adaptación).

VIII Los últimos conflictos.

1. Sublevación de los judíos de Lucena.

Cuesta de los chinosHabía ordenado Ibn Allah la construcción del muro contiguo de la Alhambra, motivado por el oculto temor a una invasión almorávide. Al hacer los cimientos, los albañiles encontraron una orza llena de oro. Avisado el sultán de la noticia, encontró en ella 3000 mesticales, lo cual le pareció noticia de bueno agüero.

Pensó: “De los cimientos va a salir la construcción.”(Cap IX Ibid). Comprendió que el tesoro procedía del judío Abu-l-Rabi, tesorero de su abuelo, pues en ese lugar había estado situada su casa. Por consejo de Ibn al-Marra, mandó buscar a su hijo, para que este le dijera donde había enterrado el resto del dinero. Lo mandó venir mediante engaño. Este era yerno de Ibn Mamun, alamín al frente de los judíos de Lucena. El alamín se olió la trampa y no dejó que su yerno acudiera a la cita con el sulán.

Según narra el geógrafo Idrisi en su Nuzbat al-mustaq o El Libro de Roger (posteriormente le puso el nombre de: Los jardines de la humanidad) (548 = 1154), la población de Lucena era, si no toda, en su mayor parte judía. Dando a entender que era un pequeño Estado dentro del Estado zirí.

No hacía mucho que Ibn Allah había sometido a los habitantes de Lucena a unos impuestos durísimos como contribución especial (taqwia), no prevista por su derecho consuetudinario, pero que el sultán solicitó como cosa correcta y normal. Lo cual había originado que dicha comunidad se distanciara del mismo. Con lo que el intento de apresar al yerno del alamín originó que la comunidad se declarase en rebeldía. “Esforzaos, oh congregación de hijos de Israel, en defender vuestros bienes.” (Cap IX Ibid). Les dijo Ibn Mamun, según escribe Ibn Allah. Que le tomó bastante odio, ya que antes había mandado asesinar al intendente del patrimonio personal del emir, para así conseguir mayor autoridad.

A la revuelta de Lucena, no quiso el sultán darle una respuesta militar y delegó en Muammal la solución pacífica del mismo. Pero una vez que hubo enviado al negociador, pensó que este se encontraría: o con una obediencia simulada o una franca rebelión. Y en ambos casos, el envío de un ejército estaba fuera de toda duda. Con lo que siguió el embajador con tropas. Más, en el camino se encontró con Muammal que a regresaba, y le dijo: “Ya tengo arreglado el asunto con Ibn Mamun. La expedición no hará más que aumentar el desvío de estas gentes, que tal vez soliciten la ayuda de un ejército de Ibn Abbad, tanto más cuanto, que se encuentra en Córdoba, y, en ese caso, la plaza no podrá ser tomada ni por asedio ni por asalto.” (Cap IX Ibid).

Se supone que el sultán no creyó los argumentos de su enviado (así nos cuenta en su crónica). No creía que Ibn Abbad fuera a prestar atención a los amotinados. Pero aún así, suspendió la expedición y decidió dar al ejército la orden de acampar. Luego le pidió al enviado que le resumiera la negociación. Este le contó: “Ibn Maymun, jefe de Lucena, me ha enumerado las cosas que le han disgustado, tales como la llamada de su yerno, y la gran contribución que les has impuesto, junto con los restantes tributos que les obligas a pagar. Les he garantizado unas misivas oficiales levantándoles tales obligaciones, y, a Ibn Maymun el respeto de sus bienes personales”. (Cap IX Ibid). El sultán accedió e hizo que se redactaran los oportunos documentos. La situación se normalizó.

El sultán dejó pasar un tiempo prudencial, mientras que contactaba con los opuestos a Ibn Maymun, les prometió favorecerlos y a través de Ibn Siqui, logró organizar la captura de Maymun. Muammal no estuvo nada de acuerdo con la estrategia de su señor y este prescindió de sus servicios. De modo que, en una visita a Granada de los dirigentes de Lucena, mandó detener a Maymun y a su hijo, sin levantar la más mínima protesta entre quienes le acompañaban. Decidió que la comunidad no tendría jefes, solo alamines, y varios al mismo tiempo. Aparentemente la comunidad de Lucena se plegó a los deseos del emir.

2. Pleito de los Zanatas

IMG_20141124_105036_3CSHay que comenzar aclarando, que los zanatas eran, tras los Sinhaya, la segunda agrupación étnica bereber en Andalucía, a ella pertenecían los príncipes de los pequeños emiratos taifas de Carmona, Ronda, Morón y Arcos, que fueron anexionados por los Abbadies. Con este ,motivo, no pocos Zanatas estaban al servicio de los Ziries Granadinos, al ser estos los enemigos naturales de los Abbadies. Pero dentro de la normalidad estaba que muchos de ellos no estuvieran a gusto al servicio de los Sinhaya, con lo que acechaban el más mínimo motivo para rebelarse. La mayoría llevaban mucho tiempo en España, ya que habían sido reclutados por Almanzor en el norte de África.

Los Sinhaya se encontraban en plena decadencia, por la persecución sufrida por parte de los visires, especialmente por Ibn al-Nagrela. Estos, al no contar con el apoyo de dicha tribu, se inclinaron a favor de los Zanata. Es más, cuando a Ibn al-Nagrela le sucedió con los Sinhaya lo que le pasó, al-Naya, temiendo que le sucediera lo mismo, se dedicó a perseguirlos, diseminarlos, instalarlos en los peores feudos. Con lo que quedaron debilitados, diseminados y con el poder bastante disminuido. Los Zanatas salieron reforzados y acrecentaron su poder y feudos. No hay que olvidar que los Zanatas eran los mejores soldados de Al-Andalus, siendo un grupo muy nutrido, con lo que ningún príncipe con dinero para pagarles, hubiera prescindido de sus servicios.

El príncipe granadino se hacía la siguiente reflexión: “Si los caídes que gobiernan los castillos están en mala disposición de ánimo y no reconocen los continuos beneficios que les he dispensado ¿cómo han de mantenerse en dichos castillos con qué ánimos lucharán en mi favor? Ahora bien: no tengo gentes de confianza con los que reemplazarlos en las fortalezas, pues de estos Zanatas arraigados aquí no puedo fiarme ni para la defensa de la parte alta de Granada ni para los de los castillos, a no ser para un servicio activo puramente militar, que otros cualesquiera pueden prestar. Lo mejor que puedo hacer es “asociar” a los decaídos Sinhaya con estos Zanata, que viven desahogadamente por haber disfrutado de protección, que cada Zanata tome a su cargo el mantenimiento de cinco o seis jinetes. En estas condiciones, el que se amolde que se quede, y el que no, que se vaya, pues no nos faltará otro con que sustituirlo.”(Cap IX Ibid).

Esta decisión no les gustó nada a los principales de los Zanata, y a parir de ese momento, no le obedecían o lo hacían de mala gana. Para terminar con la desobediencia decidió expulsar a tres de los que él consideraba instigadores de dicha insumisión. Encargó de dicha acción a Labib, el eunuco, zalmedina de la ciudad de Granada, en el que confiaba totalmente. Pero dicho personaje interpretó la orden a su interés, aprovechando la oportunidad para expulsar a tres enemigos personales y a sus amistades, por lo que les envió un mensaje. “En el consejo del sultán se ha tomado el acuerdo de perseguiros y se ha ordenado vuestra expulsión. No os acoquinéis, sino que habéis de esforzaros en conjuraros contra el príncipe y atemorizarlo.. Yo estoy con vosotros. Cuando el soberano vea que os habéis unido, tendrá que hacer lo que le digáis (Cap IX Ibid).

No había pasado una hora desde esta notificación, cuando un grupo del ejército regular (Zanata) avanzó hacia la puerta de la ciudad gritando: “O se anula la orden de “asociación” o todos nos iremos del lado del rey y nos pondremos al servicio de otro”. Labib, junto con un grupo de asociados, fue a ver al sultán en apoyó de los argumentos de los rebeldes. Este escribe: “me revestí de severidad y dije: “No me volveré a atrás de lo acordado, para que las personas que les he “asociado” no adopten idéntica actitud. El que quiera irse, que se vaya, y el que no, que se quede.” Tras oír estas palabras, se dispersaron.” (Cap IX Ibid).

Parece ser que en esta crisis, según las memorias del monarca, Muammal estaba de acuerdo con Labib. Visitaban mucho a los jefes del ejército regular, les querían demostrar que ellos no tenían nada que ver con la crisis. A todo este el monarca seguía en sus treces, ya que tenía muy claro que no todos los Zanatas se separarían de él, que sólo pretendían intimidarlo. Si daba marcha atrás en su disposición, sólo serviría para darle más argumentos para radicalizar sus posturas y exigir nuevas prebendas. En cambio, si se sometían a sus órdenes y presentaban excusas, sería lo más conveniente para todos y sería la mejor manera de poder negociar luego con ellos. Estaba totalmente convencido de lo correcto de sus argumentos.

Al día siguiente de la arenga a los oficiales, fue a revistarlos en persona, e incluso ordenó pasar lista, para ver quien se había ido y quién se había quedado. Tal como había pensado, allí estaban todos reunidos, pues los que se habían ido, habían regresado de noche y en grupos pequeños. Con lo que solo faltaban los tres que afectados por la orden de expulsión.. Todos se disculparon “Esto ha sido lo mejor y más conveniente para el reino”, pensó el sultán.

Al sultán le pareció que tanto Muammal como Labib estaban muy descontentos, pues seguro que esperaban un conflicto irremediable con los Zanatas.

Basta mirar al interlocutor a los ojos

para ver si es de tu partido o del adverso

(supra 56)

3. Defecciones

Poco después de la sublevación de los Zanatas le dijo Muammal al sultán: “Esta sumisión que te han mostrado, no es por el deseo de quedarse a tu servicio, sino porque quieren darte largas hasta tanto que puedan cobrar las rentas de sus feudos y disponer de ellas. Entremedias, tú no tienes más feudos en que instalar a oras personas, y, cuando se vayan, te quedarás sin nadie.” (Cap IX Ibid).

IMG_20141124_105243El sultán quedo muy impresionado ante tales palabras, pues aún no había perdido la confianza en Muammal: “Esto que me ha dicho no puede interpretarse más que de dos maneras: o bien sabe de cierto que ésa es la intención de los Zanata, y entonces es una prueba de lealtad, o bien no lo sabe, y entonces es que los sigue persiguiendo con su odio, acabará por meterles esa idea en la cabeza, de lo que no me vendrán más que desventuras. En todo caso, si tengo necesidad de reemplazar a los Zanata, no dispondré de feudos en que instalar a los nuevos soldados, ni habrá dinero bastante en el Tesoro público para pagarlos, dados los gastos en que me hallo metido, para sostener a los demás grupos étnicos de mi reino.”(Cap IX Ibid). De esta manera reflexionaba el sultán.

Así que no quedó nada tranquilo y, para calmarse, mandó una nueva expulsión de zenetes, esta vez fueron un centenar de caballeros, entre ellos figuraban Muqatil ibn Attyya y los Banú Birzal (era el año 482 = 1089).

Llegó a la conclusión de que con esta expulsión la ciudad se había tranquilizado, ya que los contingentes que quedaron eran de total fidelidad. Aunque su nivel de desconfianza con respecto a Labib y los jeques Abid había aumentado, ya que creía, que no eran otros sino estos los que habían sacado a los Zanatas de sus casillas y los habían encizañado. Los mismos Zanatas habían hecho alusión a ello, cuando al excusarse, decían: “Nosotros no tenemos la culpa, pues no somos más que soldados. De no haber sido por los hombres de confianza por los Abid del soberano, que nos movían, nunca habríamos cometido contra él este crimen”. (Cap IX Ibid). El sultán sospechaba que, en plena protesta, habían enviado a los Zanatas por los zocos para incitar a la población a levantarse contra el mismo. Y pensaba que los granadinos no se sublevaron al ver que los principales de Granada no pensaban lo mismo y tampoco los Sinhaya.

Así que, tras expulsar a los Zenetes, mandó expulsar a dos jefes Abid y mandó encarcelar a Labib. En el tiempo en que dio estas ordenes de destierro Muammal se encontraba fuera de la ciudad , pero fue informado de todo lo sucedido por los desterrados. Este junto a Ibn al-Bara (Secretario de corte) se dirigió a Loja, donde gobernaban los Banu Malik, la razón que nos da Ibn Allah de este suceso era “porque de antiguo tenía un concierto con los Banu Malik, gobernadores de Loja, para refugiarse en dicha plaza, caso de verse en apuros.” (Cap IX Ibid). Acto seguido a esa declaración, nos narrá como Muammal entró en Loja de forma rastrera, engañando a todos, pues el caid y el resto del gobierno de la ciudad pensaron que traía alguna comisión a cargo del sultán. Una vez en la alcazaba reunió a la tropa y a los responsable de la ciudad y les dijo: “He tenido, como veis, que salir de Granada nada más que con los puesto, dejando en ellas a los cristianos triunfantes, y habiendo perdido mi influencia. Resistid aquí conmigo y nos dirigiremos pidiendo ayuda a todos los sultanes, para apoyarnos en el que conteste nuestra solicitud.(Cap IX Ibid). Parece que de igual forma escribió a todos los castillos de la zona occidental del reino y envió similares mensajeros a los Zanata que habían sido expulsados, para que se unieran a su propósito.

Los habitantes de las comarcas y las poblaciones de los castillos se encontraron ante la tesitura de tener que elegir. Los castillos enviaron a la capital un delegado, para sondear al ambiente de la misma. Si veían que no había nada de lo que había dicho Muammal, no se indispondrían con el sultán, si veían que era verdad, eso era harina de otro costal.

Muchas delegaciones visitaron Granada y les intrigaba que la ciudad estuviera libre de cristianos. Las delegaciones, según nuestro cronista favorito, se tranquilizaron, alegraron y animaron al sultán para que sitiara a los rebeldes.

Este, con la premura que le caracterizaba, ya estaba en contacto con los mismos, les mandaba mensajes en los que le prometía que mandaría a todas sus familias e invitándoles, provistos de su amán, a que se exiliaran. Después de mucho ir y venir, se decidió a mandarles el ejército, bajo el mando de Yusuf ibn Hayyay (parece que era cuñado de Ibn Allah). Con la llegada del mismo, las tropas de Loja abandonaron la alcazaba, quedando a merced del ejército Muammal y todos sus compañeros. A ojos del príncipe granadino, aquello fue una gran victoria.

Los cautivos fueron llevados a Granada e Ibn Allah pidió a los alfaquíes un dictamen jurídico, preguntando que debiera hacerse con ellos. Unos dictaminaron que, según la Zuma, no era lícito condenarlos a muerte, ya que su disidencia obedecía al temor que habían padecido. Otros, en cambio, dictaminaron su sentencia a muerte.

Ante la duda, el sultán optó por lo más conveniente, y además “el menos susceptible de hacerme incurrir en pecado” … “Sin embargo, la buena política me obligaba a encarcelarlos y a tratarlos con rigor, para que su aventura no provocase las de otros, no abrir una puerta de las más peligrosas para un gobierno y que un monarca vigilante no puede descuidar”. (Cap IX Ibid).

 

4. Una cuestión matrimonial

IMG_105319Es en estos momentos de tranquilidad y relajación cuando el sultán tiene la ocurrencia de que ha de casar a su hermana, para que “no se encontrara sin apoyo ni sostén“. En un principio le pareció que el candidato más acertado era un primo, en concreto Ma’add ibn Ya’ila, en sus propias palabras “hombre distinguido, sensato y que me tenía afecto“. (Cap IX Ibid)

Una vez más, los cortesanos le hicieron cambiar de opinión. Éste, “velando por el interés del estado” (Cap IX Ibid), aceptó la opinión de los mismos. Un servidor, casualmente, le recomendó a su antiguo señor, al cual describió lo mejor que pudo: “Es hombre retraído y que trata poco gente, de suerte que podrás andar seguro de que no se coaligue con otros contra ti; sumamente avaro, pues nada de lo que posee sale de su casa; muy celoso, cosa muy conveniente para vivir con una mujer. Por ser quisquilloso y susceptible, no le convienen puestos de mando. Como no tiene ninguna elocuencia y balbucea al hablar, no convencerá a nadie, si quiere concitar gentes contra ti, ni podrá oponerse a lo que hagas o digas. Es, por otra parte, un hombre de clase media, de los que no puede arrogarse una ascendencia real y que no entrarán en tentación de lograr aquello para lo que no están hechos. Entre tus manos será como la trufa, que, si quieres, la arrancas sin que haya raíz que se te resistirá, o como la goma que puedes moldear a tu gusto, y siempre podrás contar con su gratitud y devoción…..(Cap IX Ibid)

Los argumentos le sonaron al sultán a música celestial, con lo que ordendó hacer las capitulaciones matrimoniales y, se olvidó de la princesa para seguir con sus ocupaciones habituales.

Pero la vida es muy dura, hasta para un sultán. Resultó que, una vez que el hijo de Hayayy se vio en su nueva posición, se empeñó en ser el Gran Visir, ya que la plaza estaba libre desde el visirato de Sinaya, al no ser admitido en tal cargo, pasó a la oposición.

El bueno del sultán, al casar a su hermana con dicho elemento, lo único que pretendía era “poner a seguro a una criatura indefensa, para que, caso de que ocurriere algo grave, fuera el marido el que se ocupase de su mujer, e incluso se la llevase del país en caso de necesidad. Nos cuenta que a la mano de la princesa aspiraban varios sultanes de al-Andalus, pero temía las consecuencias, ya que si aceptaba alguna de las peticiones, eso supondría un gasto considerable para el reino, y si se negaba, pondría al pretendiente en cuestión en su contra (este segundo argumento es un poco extraños, pues anulo a todos los emires para casarla con un ….)

Como resultado de no querer “diferenciar a un sultán de otro, terminó más enemistado con al-Muasim de Almería.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s