La casa

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Hoy he vuelto a visitarla, hacía ya bastante tiempo que no acudía a esa cita con el misterio, aunque ahora más que misterio lo que se encuentra es desolación.

Hace algunos días la vi desde un automóvil y entonces me apeteció verla de nuevo, era como si me llamará para darme el último adiós, pero aquel no era el momento ni tampoco Pepe era la persona oportuna. Aquella vez fue con Leticia y ahora no sabía si lo haría solo o no, pero, insisto, Pepe no era la persona opor­tuna.

Realmente no puedo recordar con exactitud la primera vez que oí hablar de la “Casa del Miedo”. Es algo que se pierde en la noche de los recuerdos. Cuando niño, cuando nos escapábamos del Instituto, cuando, a pesar de todo aún creíamos que se había venido el mundo a “gozarlo”, en aquel entonces muchas veces nos subíamos al Tambor y jugábamos al escondite, y es cuando aparecen las primera historias, quizá miento o exagero, nunca fueron las primera historias ya que nunca hubo historias. Siempre era el comentario horrorizado para que el posible ignorante no se aproximara al mágico círculo imaginario que rodeaba dicha casa.

El término “casa” no es, ni era exacto, porque es un Carmen y los edificios, el central más los otros anexos, se encuentran abrazados por un jardín, que de alguna manera, pretende imitar al Partal. La puerta principal es un recuerdo lejano de cualquiera de las cuatro puertas del Patio de los Leones, inclusive se encuentra enfrentada a una fuente, que por cierto imita a la de los leones y, sin dejar de parecerse al original, resulta espeluznantemente espantosa. Durante todo este rato se intercambian tiempos verbales con un ligereza digna de otra ocasión, sobre todo es chocante el uso constante de presentes en la descripción del edificio, ya que lo correcto sería el pasado, un pasado cercano, desconocido e inquietante.

DSC02558Durante toda mi juventud y adolescencia dicho Carmen me vigilaba por donde quiera que fuera. Desde lo alto de la colina, sólo sobrepasada por la carretera que rodea el Tambor. Eran los tiempos en que aún desde las partes más bajas de la ciudad podías divisar una serie de puntos que te servían, en cada momento, de elementos de referencia. La ciudad se asomaba a la Vega y por el Norte a los secanos. Desde Gran Capitán, que eran las afueras, divisabas perfectamente la Puerta de Monaita, extraña puerta que te vigilaba por donde quiera que fueras, pero cuando te aproximabas a ella desaparecía, era uno más de los duendes de esta ciudad.

Mis cotidianos recorridos diarios se encontraban vigilados por la Casa del Miedo, desde su cómoda y privilegiada posición oteaba el horizonte en busca, quizá, de un nuevo invasor bárbaro. A pesar de su constante guardia yo, como todos, la respetaba. Entonces creíamos que nadie osaría jamás franquear ese velo que la cubría de la observación, conversaciones y visitas de extraños. Ella se tenía a sí misma y a su misterio y no hacía falta que ningún ser humano la poseyera.

Con el tiempo dejé de verla allí en lo alto, uno tenía que bajar la cabeza para poder ver donde poner los pies y sobrevivir en esta selva de asfalto. Hacía tiempo que el nuevo invasor, en forma de especuladores, había entrado a saco en la ciudad, estos y sus compañeros de “tribu” implantaron su ley. Pero es más tarde cuando vuelvo a retomarla. Ya la ciudad había dejado de abrazar a la Vega y a las tierras de secano, estas eran inmensos bosques de granito y asfalto, ya no había puntos de referencias fuera de las moles de cemento, acero y cristal.

Es entonces cuando vuelvo a retomar el asunto y me acuerdo de ella. Me la volvió a traer un artículo de un sesudo diario, sobre parapsicología y las “Casas de Misterio”. Aquello fue una calurosa tarde de agosto, un día de esos que el sol te aplasta y sólo encuentras acomodo tumbado a la sombra con un botijo bien cerca y un recipiente de gazpacho en el frigorífico.

DSC02559Tere había venido a visitarnos, se solía pasar las mañanas enteras fusilando con la cámara todo lo que se le ponía a tiro, unas veces era la “Casa Roja”, otras el barrio de los “Alconeros” o cualquier otro paisaje que encontrara pintoresco. Las tardes las dedicaba a devorar con nosotros los libros de Puig, pues aquel verano tocaba a “Paradiso” de Lima y todo lo de Puig. Cuando la recogimos del autobús traía una “Bañera Literaria” que no había abierto en todo el viaje y allí se quedó en casa, sin que la tocara para nada.

Después de aquellas orgías sudamericanas y caribeñas, cuando la luna nos dejaba respirar un poco, ya se podía salir a la calle, entonces nos íbamos de bares, fino y caracoles, salvo que ellas decidieran darse la noche libre de hombres, entonces tenían la noche del tequila y las “margaritas” y yo de televisión.

Un fin de semana, mientras se recobraban de un “viernes sin hombres”, vino a visitarnos el “Largo”, éste, como su propio mote indica, era y es de una estatura fuera de lo común. Como esto no parecía suficiente para llamar la atención, se rodeaba de un aire de misticismo hindú, entonces aún primaba oriente, el yin, el yan, el sintoísmo, la meditación transcendental y la levita­ción.

Resultaba normal que la aparición de dicho personaje arrastrara la conversación hacia el otro mundo o los otros mundos, que si la parapsicología, los marcianos, las fuerzas ocultas.. a todo esto, había que añadir el citado artículo y ya tenemos la conversación de aquel tórrido atardecer. Lógicamente apareció la “Casa del Miedo” y cómo corolario la escalada de la “Cuesta de la Cuesta” cuando ya el sol dio en encender de rojo todo el firmamento por el oeste.

DSC02560Cuando alcanzamos el muro que rodea a la casa, todo estaba ya oscuro y solo nos iluminaba la luna, esa luna morisca que venía tan al pelo de las circunstancias.

Lo único que molestaba a nuestras pesquisas eran esos perros que, a medida que cruzas por delante de las casas donde vigilan, se despiertan unos a otros. Al llegar a la muralla era un autén­tico concierto de ladridos lo que nos rodeaba, esto había ocasionado la agitación de sus propietarios y el correspondiente desconcierto del grupo. Pese a los conatos de deserciones y al decaído ánimo de la compañía, no tan presto a la escalada del muro como al comienzo de la aventura; Leticia decidió principiarla, ayudada por mis manos que sujetaron uno de sus pies mientras la elevaba hasta al altura y ponía un saquito sobre los espinosos cristales, para a continuación ponerse en cuclillas y darle la mano a Tere, que ya la estaba empujando yo. Una vez dentro del recinto ajardinado, el ánimo pareció mejorar. Hacía rato que los respectivos dueños habían hecho callar a los perros. Realmente el paseo clandestino a través de aquel simulacro de Partal a la luz de la luna tenía algo de poético y tétrico. Afortunadamente el Largo dio en no recitar algo de lo que le pasaba por la cabeza para así no provocar nuevas tentativas de deserción.

Cuando alcanzamos la casa, todo estaba cerrado, es más, la sensación de abandono parecía bastante real, a no ser por un pequeño montículo de cemento que se encontraba en la parte posterior, y algunos charcos donde habíamos metido nuestros pies que delataban la presencia de alguien que regaba y hacía obras.

No dispuesta a dejar la aventura cuando apenas principiaba, Leticia fue empujando las ventanas una por una, hasta que se encontró una entornada, la cercana al montículo.

Nueva rebelión en los más etéreos que fue abortada por la política de los “hechos consumados”. Al tener cerrados todos los postigos, el interior de la casa estaba totalmente oscuro, y por más que lo intentamos no encontramos manera de encender las luces, no había interruptor que funcionara. De modo que, por turnos nos iluminábamos con los encendedores, afortunadamente faltaba tiempo para la ilegalización de los fumadores y los cuatro lo eramos.

DSC02561Una vez dentro de la casona, todo el encanto pareció esfumarse, era un cáscara vacía. Aquí y allá algún mueble viejo y algo destartalado, montones de cemento, ladrillos, palustres, palas… Formando barricada en un pasillo nos encontramos lo que parecía ser un altar mayor de alguna capilla, lo que brillaba de este y nos llamó la atención poderosamente sólo resultó ser purpurina y bastante descascarillada. Finalmente encontramos algo que parecía merecer la pena de mirar, en una gran habitación, de donde pensábamos que provenía el altar, vimos un bonito artesonado. En el piso superior nos encontramos alguna que otra lámpara, rota, de cristal veneciano y poco más. Muchos interruptores nuevecitos por los suelos, y en una habitación del segundo piso, una serie de servicios completos para “enanitos”, entonces no nos cupo la menor duda, aquello iba a ser una Escuela Infantil.

La vuelta a casa no fue todo lo decepcionante que debiera, ya que a Tere el misterio le había calado hasta los huesos y a partir de aquella noche ya no pudo dormir en su cuarto, se trasladó al cuarto de estar, próximo a nuestro dormitorio.

De nuevo un velo recubrió a la casa, un velo que, de a ratos, sólo ha sido roto por el recuerdo de aquel, al fin y a cabo, grato anochecer.

Pero hoy, cuando unas nuevas coordenadas afectivas pueblan mi pensamiento la he vuelto a ver. Como si de alguna manera mis querencias se encontraran asociadas a esa casa.

En Granada a 18 de mayo de 1989

 

 

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