LA REVOLUCIÓN: SU SIGNIFICADO Y SU MITO (I)

luce-fabbri.jpgLuce Fabbri

Los que ya alcanzamos a vivir medio siglo hemos presenciado de cerca o de lejos (y esta variable distancia no tiene nada de geográfico), unas cuantas revoluciones: la rusa, la alemana, la de Baviera, la primera revolución húngara, toda una cadena de revoluciones nacionales anticolonialistas, las autodefinidas revoluciones fascista y nacionalsocialista, la revolución española (llamada asi tanto por los franquistas como por los republicanos), y la resistencia paneuropea antinazi cuyo potencial revolucionario fue sofocado por la burocratización de la victoria militar y de los partidos que de ella nacieron o renacieron. Luego, Roznan, el movimiento de Berlín, la segunda revolución húngara, las agitaciones antifranquistas en y, tanto aparte, las revoluciones de América latina, a las que el elemento militar, el problema indígena y las repercusiones en el campo social dan un peculiar colorido. Estas últimas, por ser más indiferencias y primarias, abarcan a la vez la mal llamada extrema derecha y la mal llamada extrema izquierda, que a veces llegan a confundirse.

La última revolución, que ha reactualizado todas estas experiencias recientes, echando leña al fuego de los entusiasmos embotados y volviendo a despertar, cada vez más inquietas, las dudas, es la de Cuba, hacia la cual toda América latina, mejor dicho, toda aquella parte de la humanidad que no está conforme, ni resignada, mira con preocupada esperanza.

Ahora bien, me pregunto y pregunto a los demás: ¿Vale la pena intentar un deslinde en esta lista, situar -a modo de un particularísimo juicio final- de un lado las revoluciones revolucionarias y del otro las ”revoluciones” entre comillas, las “revoluciones” reaccionarias? Desde nuestro punto de vista se podría hacer, aunque no sería muy fácil, porque, como se sabe y se ha dicho mucho, la revolución nunca es pura, puesto que la pureza es enemiga de la acción y por lo tanto hay que tolerarle a ésta última muchas cosas que no se ajustan a los principios que intenta llevar a la práctica.

Se puede hacer, pero hay que empezar por definir los términos. De otro modo lo que dijéramos de la revolución servirá sólo para nosotros y las palabras son un medio de comunicación destinado a hacernos entender con los demás. “Nuestra revolución” la conocemos o creemos conoceria: para nosotros, la revoíución libertaria es la ruptura o la tranformación en el sentido de la máxima elasticidad de los moldes de la sociedad actual, moldes que -con términos que no han crecido en proporción a su significado- llamamos capitalismo y Estado, y que son por otra parte anacrónicos en su rigidez estructural frente a la polémica del hombre de hoy y -desde un principio- inadecuados y arbitrariamente constrictivos frente a las posibilidades y las exigencias colectivas e individuales del hombre de siempre. Romper o modificar profundamente los moldes e impedir que se formen otros tanto o más coactivos que los destruidos, dejar que las energías liberadas se den desde adentro, las estructuras que les son naturalmente apropiadas, substituir la subordinación coactiva por una coordinación orgánica y eventualmente planificada sobre la base de pactos revisables y delegaciones revocables, en la que la responsabilidad de cada uno sea en lo posible la garantía de la vida de todos: tal es el problema de la revolución libertaria. Pero, programa no es aún definición, pues para ésta, cuando de revolución se trata, se necesita la enunciación de los métodos, aunque alguien podría objetar que revolución, a secas, es un método y ios objetivos contendrán el programa.

Y aquí se nos plantea un problema muy grave, aun para los que no estén dispuestos a tomarse en serio los vocabularios: cada una de las tendencias político-sociales que se agitan en nuestro derredor con excepción de las conservadoras reducidas hoy a su mínima expresión, tiene su propio uso dei término revolución y en torno a él trata de aglutinar núcieos distintos, para luego formar alud con la sola energía de esta palabra seductora. Revolución es hoy, y en el fondo ha sido siempre, una palabra mágica.

Cassirer, en su libro “El mito del Estado”, realiza un agudo análisis del uso mágico del lenguaje, completamente distinto de su uso semántico, y le atribuye a esta duplicidad un carácter permanente, empezando por el lenguaje que emplea el brujo en las tribus de los pueblos primitivos.

Las palabras representan, mediante conjuntos de sonidos (traducidos en signos en el lenguaje escrito), objetos, hechos, ideas, según un orden que, respondiendo a la estructura de la mente humana y de su cultura sedimentada en los siglos hace de ellas el campo de comunicación y de comunión entre los hombres. En este terreno, cada palabra tiene su significado, que incluye la herencia viva de su historia pasada y los gérmenes de futuros matices. Los significados de las palabras son estudiados por la semántica, las variaciones de las palabras, según número, género, etc. por la morfología y sus vínculos recíprocos en el discurso de la sintaxis: todo esto es normal, “‘científico”, racional. Pero es indudable que -por ejemplo- el DU CE, DU CE, silabeado y coreado en Italia por muchedumbres regimentadas por obra del fascismo, había perdido todo carácter racional para adquirir la sugestión primaria del rito, de la fórmula mágica.

Es obvio que las religiones constituidas y organizadas han sido el principal caldo de cultivo en que se ha conservado y ha proliferado esta función mítica de las palabras, que es, en sí misma, una función política. Hay aquí dos trabajos posibles y necesarios que tarde o temprano habría que emprender;

  1. el estudio del influjo de las luchas políticas en la historia de los distintos idiomas, dando especial importancia a los cambios semánticos provocados conscientemente, casi diría estratégicamente, para emplear la ambigüedad o el nuevo significado como armas en esas mismas luchas, lo que da origen al Influjo inverso, de la lengua sobre la historia;
  2. el estudio del carácter político de la magia, que estamos acostumbrados a considerar especialmente desde un punto de vista religioso o artístico.

El tema encarado aquí es otro, aunque está en profunda relación con lo dos mencionados. Es otro porque se refiere a ías relaciones entre este ambiguo concepto de revolución y el valor a nosotros más nos interesa, que es la libertad, entre este ambiguo concepto de revolución y el valor que a todos los seres les interesa, que es la vida.

nose

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