Trump y el “patio trasero”

Grupo de Trabajo
Estudios sobre Estados Unidos de CLACSO

Trump y la reconfiguración imperial

Gabriel E. Merino (CONICET-UNLP, Argentina)

tupetroleoEl sistema mundial se encuentra en plena transición histórica. La crisis de hegemonía se refleja en la multiplicación de conflictos que tiene como protagonistas a las principales potencias mundiales, en el cambio de jerarquías del sistema interestatal y en las profundas transformaciones de la economía mundial: transnacionalización productiva, revolución científico-técnica, financiarización, sobreacumulación de capital, etc. Este proceso modifica el lugar de los Estados Unidos y de Occidente, así como del capital transnacional del Norte global en el sistema mundial.

Frente a esta situación, en los Estados Unidos y en el polo de poder angloamericano (Reino Unido, Canadá, Australia, Israel) surgen distintas respuestas imperiales y se profundiza la polarización entre proyectos políticos estratégicos, al calor de una fractura en lo que se considera su establishment y una creciente crisis de legitimidad del sistema en las clases populares. Cualquiera de las respuestas imperiales en pugna ponen en crisis el orden mundial creado por Estados Unidos y el llamado Occidente.

Con la asunción de Donald Trump se realiza un cambio de las correlaciones de fuerzas en Estados Unidos a favor de lo que definimos como fuerzas americanistas y nacionalistas (con solapamientos y contradicciones) en detrimento de las fuerzas globalistas.  Obviamente que se mantiene cierta unidad estratégica condensada en el estado, pero claramente se observan cambios en las políticas estatales y en las geoestrategias desarrolladas para la persecución de intereses geopolíticos (por ejemplo, en relación a Cuba, a Irán, la OMC, el G-20, etc.).

La estrategia nacionalista-americanista, resumida en el eslogan “Estados Unidos primero”, es el producto de un conjunto de actores que ven como una amenaza la pérdida de la capacidad de decisión nacional-estatal y la pérdida de la primacía mundial a partir de la subordinación a instituciones “globales”, acuerdos y tratados multilaterales, respeto por las alianzas tradicionales, emergencia de potencias desafiantes, etc.

Converge en el nacionalismo-americanismo un conjunto de capitales retrasados y/o con menor grado de transnacionalización, más dependientes del mercado interno estadounidense y del hardpower gubernamental. Hay un dato clave en tal sentido: mientras los sectores de punta, núcleo orgánico del capitalismo transnacional, mostraron entre 2009 y 2016 un aumento de la productividad de 3,5% anual, las empresas más atrasadas, que significan un 70% de las compañías estadounidenses, tuvieron un aumento de sólo 0,3% por año. Ello quiere decir que la mayor parte del entramado empresarial quedó estancado, produciendo una fractura económica, que se tradujo sin lugar a dudas en presiones para la adopción de políticas “proteccionistas” y nacionalistas como las que expresa el trumpismo. Robert Lighthizer, actual representante comercial de Estados Unidos y viejo batallador de los intereses siderúrgicos de su país, expresa con claridad estos intereses.

También importantes sectores militares ven como una amenaza para la seguridad nacional la desindustrialización de los Estados Unidos y vienen presionando para una política contraria al globalismo. En este sentido, de cara a las elecciones de 2016 que consagraron a Trump, 88 generales y almirantes retirados escribieron una carta pública para apoyarlo.

En Estados Unidos están en lucha dos grandes estrategias imperiales. Aunque es mucho más complejo, el esquema binario resulta esclarecedor. Por un lado, el unipolarismo multilateral – practicado en la administración Obama y sostenido por la mayor parte de las transnacionales, las redes financieras globales y el establishment liberal— que se centra en el fortalecimiento de instituciones “globales” hechas a su imagen y semejanza, mega acuerdos comerciales (TPP y TTIP), expansión y centralización político-militar de Occidente y guerras híbridas con apoyos multilaterales del Norte Global para disciplinar actores desafiantes. Como afirmaba Obama, se deben imponer ‘las reglas de juego del siglo XXI’. Para estas fuerzas globalistas Estados Unidos quedó “chico” como recipiente central de la acumulación y político-militar central del sistema interestatal. El problema, entonces, es cómo construir suficiente poder e imponer una nueva institucionalidad transnacional para garantizar una nueva fase hegemónica y contener/subordinar a los poderes emergentes.

En frente a esta posición, aunque hay muchos grises en el medio, observamos el unipolarismo unilateral americano que, con la presidencia de Trump, contiene elementos más nacionalistas e industrialistas emergentes (como expresa Stephen Bannon por “derecha”), matizando el predominio del establishment neoconservador que tuvo el unilateralismo practicado durante el gobierno de George W. Bush.

El nacionalismo-americanismo de Trump, busca “recuperar” la hegemonía yankee en el sistema mundial como Estado-nación y fortalecer unilateralmente el polo anglo americano con vértice en Washington para, desde ahí, librar las luchas contra los polos de poder desafiantes y disciplinar a los aliados. Para ello, resulta fundamental recuperar la hegemonía en el continente americano, desde el cual proyectarse a nivel mundial. Y en tal sentido se profundizan las políticas de seguridad hemisférica enmarcadas en la doctrina Monroe, exacerbando el intervencionismo en la región frente a cualquier alternativa que ose desafiar los intereses de Washington.

Keynesianismo militar

tio-samUno de los elementos centrales de la estrategia nacionalista-americanista es profundizar el keynesianismo militar: déficit y endeudamiento público para financiar la expansión superlativa del presupuesto de Defensa y, de esta manera, impulsar el complejo industrial-tecnológico-financiero-militar del Pentágono, núcleo central de la economía nacional estadounidense. Ello explica, en parte, el aumento anual de 13,1% en las erogaciones de Defensa entre 2017-2018. Además, sostener la supremacía militar se vuelve crucial y, para ello, es necesario invertir enormes sumas en actualización armamentística, especialmente cuando potencias como Rusia y China muestran grandes avances.

Por otro lado, la creación de una Fuerza Espacial como una nueva rama de las Fuerzas Armadas no sólo busca desarrollar capacidades en ese plano del enfrentamiento bélico sino también impulsar desde allí la tecnología aeroespacial, junto con las grandes corporaciones privadas, en el momento en que China está planeando desafiar a Estados Unidos en esa rama tecnológica-industrial. La asunción del ingeniero y ex directivo de Boeing, Patrick Shanahan, primero como subsecretario de Defensa en 2017 y más tarde como Secretario de Defensa en lugar de James Mattis, parece tener este sentido. Ello se aprecia también con la asunción de Mike Pompeo, estrechamente ligado a Koch Industries (conglomerado industrial ligado a manufacturas, refinación y distribución de petróleo, química, etc., cuyos ingresos provienen en un 50% del mercado yankee) y miembro del movimiento conservador radical Tea Party. Pompeo desarrolló la firma aeroespacial Thayer Aeroespace, ligada al complejo industrialilitar del Pentágono y fue presidente Sentry International, un fabricante de equipos para campos petroleros donde también fue socio de Koch Industries. Por otro lado, la salida de Mattis, junto con la de Rex Tillerson y la de John Kelly indican un debilitamiento del ala conservadora tradicional y un fortalecimiento del nacionalismo conservador más radical e industrialista.

En cuanto a sus aliados tradicionales de Europa y Japón, Estados Unidos exige, con mayor moderación en el caso de los globalistas y con agresividad los nacionalistas-americanistas, el aumento sus gastos militares gran parte de los cuales deben fluir hacia el complejo industrial-militar estadounidense mediante la compra de armamentos.  Trump además reclama no sólo que llegue a 2% del PIB el gasto militar de los países miembro de la OTAN, sino que debería ser de 4% del PIB el tributo imperial de protección.

Washington también busca obligar a sus aliados a negociaciones comerciales en detrimento de sus intereses (como por ejemplo la exigencia para que Alemania renuncie al gasoducto Nord Stream 2 para proveerse de mayor cantidad de gas ruso) y a alinearse unilateralmente a los intereses geopolíticos y a la geoestrategia de la nueva administración estadounidense.

Con esta presión, el nacionalismo-americanista pone en crisis la propia OTAN, crisis que se corresponde en el plano político militar a lo que sucede en otras cuestiones a causa del unilateralismo: la crisis en la OMC, la retirada del Acuerdo de París, la ruptura del acuerdo sobre el plan nuclear de Irán, el retiro de la UNESCO, etc. Tanto en lo comercial como en lo político militar, exalta el bilateralismo en las negociaciones, en las cuales Estados Unidos puede imponer su enorme poderío relativo y, por lo tanto, imponerse de manera unilateral.

Además, el nuevo gobierno estadounidense anuncia una redefinición de la geoestrategia frente a las potencias re-emergentes (China y Rusia), dejando de lado las grandes alianzas comerciales en las periferias Euroasiáticas, junto a la centralidad de las guerras “híbridas”, la expansión de la OTAN y una alianza militar similar promovida para Asia Pacífico e Índico. Ahora se ubica a China y a Rusia explícitamente como principales rivales (aunque algunas líneas del gobierno y el propio Trump busquen un acercamiento con Rusia para enfrentar a China). Con ello, vuelve a ubicar a la lucha entre estados en primer lugar, dejando de lado los enemigos difusos que se correspondían con la borrosidad globalista de las fronteras estatales. Además, vuelve a identificar a la región del Medio Oriente como escenario principal de la disputa mundial (en lugar del giro hacia Asia-Pacífico de Obama), y a enfocarse especialmente en el enfrentamiento con Irán y sus aliados. A ello se le suma la apuesta a un “gran Israel” que desequilibre la ecuación de poder en dicha región y retomar los formatos más convencionales de la guerra (lo que no implica abandonar los otros). Luego del primer año de gobierno de Trump, el déficit comercial subió entre 2016 a 2017. Con China fue de 375.100 millones de dólares. Frente a ello, el gobierno de Trump demandó a China una reducción de 100.000 millones de dólares en sus exportaciones, tratando de imitar al gobierno de Reagan en los ochenta cuando se “obligó” a ello a Japón y a financiar al Tesoro norteamericano. El problema es que China no es un protectorado político-militar como Japón, su escala es mucho mayor (ya superó a Estados Unidos en PIB a paridad de poder adquisitivo) y la alianza con Rusia fortalece su posición político-estratégica en Eurasia.

Trump y la guerra comercial

calentamiento.jpegTrump ha declarado la guerra comercial al mundo. Con ello, se puso en marcha una profundización de la política proteccionista de Estados Unidos y un bilateralismo comercial que busca proteger a las fracciones de capital y ramas retrasadas en la economía global y fortalecer la producción industrial de Estados Unidos frente a China, pero también frente a aliados como Alemania, Japón o México. Los objetivos son reequilibrar el déficit comercial (agravado por las políticas de hiperestímulos de la administración Trump y el keynesianismo militar) y, sobre todo, reforzar la “seguridad nacional” (ya que la industria es la base de la defensa) y asegurar los monopolios tecnológicos estadounidenses frente a sus rivales. En el último discurso del Estado de la Unión, Trump fue particularmente enfático en la promesa sobre importantes inversiones en las próximas industrias tecnológicas de importancia estratégica.

Luego del primer año de gobierno de Trump, el déficit comercial subió entre 2016 a 2017. Con China fue de 375.100 millones de dólares. Frente a ello, el gobierno de Trump demandó a China una reducción de 100.000 millones de dólares en sus exportaciones, tratando de imitar al gobierno de Reagan en los ochenta cuando se “obligó” a ello a Japón y a financiar al Tesoro norteamericano. El problema es que China no es un protectorado político-militar como Japón, su escala es mucho mayor (ya superó a Estados Unidos en PIB a paridad de poder adquisitivo) y la alianza con Rusia fortalece su posición político-estratégica en Eurasia.

La razón central del enfrentamiento comercial con China es detener su drástico ascenso global. Para ello, el trumpismo considera que debe frenar el “alarmante” plan de  desarrollo tecnológico Made in China 2025, que tiene entre sus principales objetivos solucionar el retraso relativo en algunas ramas tecnológicas fundamentales, como robótica, semiconductores e industria aeroespacial, y ampliar el liderazgo en otras, como inteligencia artificial y autos eléctricos. De concretarse el plan, aunque sea de forma parcial, se terminaría de quebrar la relación centro-periferia del gigante asiático con el Norte Global, poniendo en crisis la división internacional del trabajo y las jerarquías en la economía capitalista mundial y planteando un desafío sistémico: que un país con más del 20% de la población planetaria se convierta en centro desarrollado.

Lo que está en juego para el trumpismo es la primacía geopolítica a largo plazo de Estados Unidos. Así lo expresa el intelectual y funcionario de la administración Trump, Peter Navarro, en su libro del año 2011 Death by China: Confronting the Dragon – A Global Call to Action. La primacía estadounidense sólo puede lograrse a través de un equivalente del siglo XXI del Informe sobre Manufacturas de Alexander Hamilton de 1791, en donde se decidan qué industrias son esenciales para la seguridad nacional, junto con una política tecnológica-industrial planificada para asegurar de que esas industrias vitales permanezcan en el país, complementadas por un fuerte  proteccionismo y una guerra económica con los rivales.

La guerra comercial tiene como trasfondo la creciente “guerra” económica, en la cual se agudizan las luchas entre capitales mediadas por los estados. El contexto de bajo crecimiento en el Norte Global desde la crisis financiera global de 2007-2008, profundiza esta situación y su perspectiva. Al haber bajo crecimiento la acumulación de los capitales particulares se da en detrimento de los más retrasados y de los trabajadores. Los  capitales globales acumulan en los territorios emergentes que crecen (particularmente China), posibilidad que no tienen los capitales dependientes de la economía nacional estadounidense. Pero a su vez, el proceso conocido como globalización económica, por el cual el comercio mundial se expandió al doble del PIB mundial y la inversión extranjera directa al triple durante casi 30 años, se detuvo con la crisis que estalló en 2008, poniéndose de manifiesto un límite estructural.

El poco crecimiento que hubo en el Norte global en los últimos años se produjo gracias a las políticas hiper-expansivas de los Bancos Centrales. Esa política está encontrando sus límites, creando una enorme burbuja en los bonos públicos, que posiblemente estalle en uno o dos años. Se observa una crisis próxima, que puede desplegarse sobre un ciclo de crisis mucho más profundo debido al agotamiento del ciclo expansivo (A) de Kondatriev iniciado en 1994 y a las tendencias estructurales de la economía capitalista. Ello pronostica una agudización de las luchas económicas que, de acuerdo a como se desarrolle y se “resuelva”, va a alimentar la grieta en los Estados Unidos, la guerra económica a nivel mundial y la lucha entre polos de poder en todos los planos.

El declive estadounidense no es ni será pacífico y promete agudizar el caos sistémico. Uno de los peligros más acuciantes es que el imperialismo nacionalista-americano convierta a América Latina, a partir del conflicto con Venezuela, en un nuevo Medio Oriente.

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