🏴LUCÍA SÁNCHEZ SAORNIL🏴

Introducción a la vida y obra de una “Mujer Libre”

samotracia

MADRIGAL DE AUSENCIA

Novia lejana de la faz de cera,
dulce adorada de melena rubia,
añorando tu boca primavera
sueña el poeta mientras cae la lluvia.
Canta el agua sus arias otoñales…
dulce nostalgia de tu voz de seda,
que cantara divinos madrigales,
bajo el palio triunfal de la arboleda.
Roza una hoja la dolida frente…
‐visión amada de la blanca mano
que me da su caricia trasparente‐
Y en un divino espasmo de ansia loca
me dé un beso la lluvia…beso hermano
del beso deseado de tu boca.

 

Giuliana Miguel
Michelle Rostichelli
Thiago Lemos Silva

Pocos meses después de la caída de Cataluña, uno de los últimos baluartes de la resistencia antifascista, Lucía Sánchez Saornil pasó a reflexionar sobre las causas que generaron el fracaso de la Guerra Civil/Revolución Social desencadenada en España a partir del 19 de julio de 1936. Ya exiliada en Francia, la anarquista colocaba en evidencia la dificultad de dilucidar los múltiples y complejos factores que intervinieron en su constitución y proceso, tales como: el estancamiento de los procesos de colectivización, la falta de ordenamiento de los antifascistas, las fluctuaciones de la política internacional de no-intervención por parte de Francia e Inglaterra y la injerencia cada vez mayor de la URSS. Frente a esto, concluye que “sólo la perspectiva del tiempo nos permitirá abarcarlos en su conjunto y extraer las conclusiones generales de esta gran convulsión histórica”. En aquel momento, le restaba la tarea de recoger y organizar el material que “mañana será utilizado por los historiadores sinceros”.

Al parecer, la llegada de estos “historiadores sinceros” de los cuales nos habla Lucía, en mayo de 1939, demoró más tiempo de lo que ella habría imaginado. Una vez que durante décadas y décadas, la historiografía, hecha en su mayoría por franquistas o comunistas, apagó de la memoria lo que fue y quien participó de aquella “gran convulsión histórica”, personificada por la Guerra Civil/Revolución Social española, refiriéndose poco o nada a la colectivización de las fábricas y campos y la formación de los consejos obreros para gestionar la sociedad de manera libertaria durante tres años.

Como miembro del movimiento anarquista y feminista, Lucía fue doblemente blanco de ésta amnesia histórica. Esto nos ayuda a comprender, en parte, el hecho de que Lucía, a pesar de la gran importancia que tuvo en el movimiento anarquista y anarcosindicalista español en la primera década del siglo XX, aún sea una “ilustre desconocida”, hecho que nos llevó a escribir esta nota bio-bibliográfica, a título de introducción.

Lucía Sánchez Saornil nació el 13 de diciembre de 1895, en Madrid. Pasó su infancia en la Calle del Labrador, situada en el Barrio de Peñuelas, un barrio pobre de la capital española, junto a sus padres, Eugenio Sánchez y Gabriela Saornil, y sus hermanos, Concha Sánchez Saornil y José Sánchez Saornil.

A pesar de su origen social humilde, la familia poseía una pequeña biblioteca repleta de libros, folletos y pergaminos que el padre heredara de su tía Isabel, a quien llamaban cariñosamente “Mamá Bel”, en la cual la pequeña Lucía vivía “fisgoneando”. Recuerda que su padre siempre le decía, en tono de reprobación: “¿Qué buscas? Ya deja eso. ¿Por qué tienes que ver y tocar todo? Me irrita el hecho de que seas tan curiosa”. Llamada que siempre ignoraba y seguía con sus incursiones en el(los) nuevo(s) mundo(s) que los libros le pasan a abrir desde entonces, mostrando que, de hecho, “su poquísimo dinero” nunca fue mayor que su “incansable ardor literario”. Tal vez haya sido esta curiosidad precoz la que le impulsó a estudiar en el Centro Hijos de Madrid, llamado curiosamente Casa de los gatos según Lola Iturbe, en una época en que el acceso a la educación por parte de la población pobre de España estaba lejos de ser una realidad. Este establecimiento de enseñanza estaba dedicado a los huérfanos, y es aquí donde ella concluye sus estudios primarios y secundarios en 1913.

Al año siguiente, dio inicio a sus estudios de pintura en la prestigiosa Academia de Bellas Artes de San Fernando, en Madrid. 1914 fue también el año de su debut poético. Recién cumplidos 18 años, publicó en el semanario Avante, de Ciudad Rodrigo, el poema Nieve, en el cual narraba las sensaciones que le despertaron aquel duro invierno madrileño. La juventud, el temperamento delicado y el estilo excepcional de esta poeta, llevaron al articulista del diario, José Santos Pérez, a preguntar algo que, con el pasar del tiempo, vendría a concretizarse: “¿No les parece […] que está llamada a ser una gran escritora?”

A partir de entonces, pasará a publicar en diversas revistas literarias próximas al modernismo, en espacial en Los Quijotes y Cádiz-San Fernando. Poco después, se vincula al ultraísmo, movimiento estético de vanguardia que tenía como objetivo la renovación y la regeneración del arte, en el cambio de década de 1910 a 1920. Sus poemas en los órganos portavoces de este movimiento, tales como: Grecia, Cervantes, Plural, Ultra, Manantial, entre otras, fueron escritos bajo el pseudónimo de Luciano de San Saor, yo lírico masculino que habla a un interlocutor femenino, usando “la concepción sensual y no ideal del amor-pasión”. En su producción poética, refuta el ideal femenino que representa a la mujer en cuanto objeto amado de simple veneración, como una estatua blanca y pálida, y construye una nueva feminilidad, activa, felina y moderna.

El hecho de que Lucía Sánchez Saornil se ocultara (o se revelara) bajo el pseudónimo de Luciano de San Saor llevó a la historiografía literaria a dos interpretaciones diferentes: la primera entiende que se trata de una creación estética alejada de toda y cualquier confesión sentimental; la segunda lo toma como expresión literaria de sus inclinaciones lésbicas. Sea como fuere, la indefinición de su yo lírico generó una desestabilización de los estereotipos de género y, al mismo tiempo, significó una ruptura con el papel pasivo y recatado atribuido a las mujeres, en una España extremadamente conservadora y machista.

Con la muerte de su madre y de su hermano, Lucía quedó con el encargo de cuidar la casa, a su hermana más pequeña y de ayudar en el sustento de la familia. Siguiendo los pasos de su padre, que ya actuaba como telefonista, comienza a trabajar como operadora en la Compañía Telefónica de Madrid, en 1916. Todo indica que fue al interior de la Telefónica, donde la CNT – Confederación Nacional del Trabajo, y la FAI – Federación Anarquista Ibérica, que ya actuaban desde fines de 1910, en donde trabó su contacto inicial con el anarquismo. Entre 1927 y 1931, se convertirá en una de las principales figuras que articularán y realizarán dos episodios huelguistas que convulsionan la Telefónica. En la primera, será transferida a Valencia, en la segunda será despedida.

Con la radicalización de su compromiso militante, Lucía abandona el verso y pasa a dedicarse a la prosa, que retomará solamente, aunque con forma y contenido bastante diferentes, después del inicio de la Guerra Civil y de la Revolución Social. Para ella, los poetas vanguardistas “sabe[n] el valor de las palabras, pero, desconoce[n] que porción de futuro está contenida en la jornada de un peón”. Y remata: “La jornada, esto es lo eficaz; las palabras más o menos fuertes […] son sólo literatura”. A partir de aquel momento, inicia su colaboración en importantes órganos impresos ácratas madrileños, tales como: El Libertario, La Tierra, Campo Libre y CNT, siendo que en éste último, ocupó el puesto de secretaria de redacción en agosto de 1933.

De sus publicaciones en los diarios anarquistas y anarcosindicalistas se destaca su crítica contundente al machismo estructural dentro de la CNT. Eso puede ser evidenciado por medio de la oposición trabada entre ella y Mariano Vásquez sobre la “cuestión femenina en nuestros medios”, en las páginas del periódico barcelonés Solidaridad Obrera, a fines de 1935. En seis corajudos artículos que escribió denuncia que a pesar de que la CNT reconoce en la teoría y en el derecho la igualdad en relación a los hombres, en la práctica la situación de las mujeres era completamente diferente.

El trabajo doméstico continuaba recayendo exclusivamente sobre las mujeres, continuaban las diferencias salariales en función del género, la división sexual del trabajo, y los puestos de liderazgo continuaban teniendo una mayoría masculina. El anarcosindicalismo, en general, y el español, en particular, tenía como foco de lucha la cuestión económica entre clases. De esta forma, la cuestión de las mujeres era colocada en segundo plano, y esto ya no será tolerado por las mujeres anarquistas. Al final, si las culpables por su subordinación eran las propias mujeres, como entonces declaraba el secretario de la CNT, era papel de ellas subvertir tal realidad.

La crítica de Lucía abarcaba desde el enfoque centrado en la cuestión económica hasta el contradictorio comportamiento autoritario de los hombres anarquistas en el ambiente privado. De esta forma, era imposible separar el problema femenino del social, esto es, no se podía separar la lucha contra el Estado y el capitalismo de la lucha contra el patriarcado. En suma, no podría haber igualdad social si parte de la sociedad, en este caso, las mujeres, se encontraban inferiorizadas por sus compañeros de hogar y de lucha política. Si la emancipación de los trabajadores debía ser obra de los propios trabajadores y conquistada mediante una lucha autónoma basada en la acción directa, la emancipación femenina sólo podría ser alcanzada mediante el mismo proceso.

Estas cuestiones motivaron a Lucía, Mercedes Comaposada y Amparo Poch y Gáscon a tener una participación más activa en la lucha dentro del movimiento anarquista y anarcosindicalista, escribiendo artículos sobre la situación de las mujeres en la sociedad española, formando grupos locales para discutir tales cuestiones, construyendo acciones en conjunto, hasta el momento de la unión de estas mujeres en torno de la Revista Mujeres Libres, lanzada en mayo de 1936. Como explicó la propia Lucía, la “coincidencia de esas dos palabras” –en el nombre de la Revista- “no era mera casualidad”. El nombre da cuenta de aquello que sus iniciadoras querían en la práctica, que las mujeres fueran libres y autónomas, y que no estuviesen más subordinadas ni a patrón, ni a Dios, ni al marido, ni a una organización anarquista.

En el inicio de la Guerra Civil y de la Revolución Social en España, a partir del 19 de julio de 1936, Lucía permaneció en el epicentro de los acontecimientos que desencadenaron tanto la reacción cuanto la resistencia, teniendo en vista que desde los primeros enfrentamientos Franco dejara clara su voluntad de tomar la capital a la fuerza. En Madrid, participó activamente del asalto promovido por los cenetistas al Cuartel de la Montaña en busca de armas para las milicias, actuó como cronista de guerra en los frentes de Guadalajara para los periódicos de la CNT, Juventud Libre y Frente Libertario y ayudó en la estructuración de las primeras colectividades campesinas y obreras en la región del Centro.

Todo eso, sin descuidar la organización de las primeras agrupaciones de Mujeres Libres de Madrid, cuyo secretariado local asumió desde el principio. Como ella misma explica, “con los ojos brillando de orgullo” en una entrevista concedida al diario francés Le Petit, después del inicio del conflicto la agrupación de Madrid ya contaba “con tres mil adhesiones en cuatro días, en su mayoría jóvenes con menos de veinte años”, las cuales ya estaban aprendiendo “a manejar armas de fuego, pero, también a conducir camiones, tranvías y trenes”, a fin de que pudiesen afectivamente “participar de este gran momento”, llevándolas a abrir “un verdadero abismo entre sus vidas de ayer y de hoy”.

A mediados de 1937, Lucía deja Madrid y parte a Valencia. En la capital levantina, asume el puesto de secretaria nacional de todas las agrupaciones de Mujeres Libres, ahora convertidas en una potente federación que se extendía por todo el territorio español liberado del yugo fascista. Este “acontecimiento histórico”, como ella misma lo definió en la editorial del número 11 de la revista, dejaba en claro las finalidades de la recién creada federación:

“capacitar a la mujer y emanciparla de la triple esclavitud a la cual estuvo y sigue sometida:

  • esclavitud de la ignorancia
  • esclavitud de la mujer
  • esclavitud de productora”.

A pesar de su contenido feminista, Mujeres Libres se diferenciaba y hasta a sí mismo rechazaba el feminismo de su época, por su ligazón directa a la idea sufragista, según la cual el límite de la acción era la transformación política de participación en el Estado. En virtud de eso, se negaron a unir sus fuerzas con otras agrupaciones femeninas, como AMA – Asociación de Mujeres Antifascistas, subordinada al Partido Comunista Español, en el cual:

[…] Toda actividad social femenina […] era mantenida en los discretos límites de una acción secundaria, como un modesto apéndice de los partidos políticos, sin […] conseguir concretizar su orientación ideológica, ni dotarla de un contenido  substancialmente revolucionario.

A lo largo de sus casi tres años de existencia, Mujeres Libres llegó a movilizar más de veinte mil mujeres en su lucha –de género y de clase- por la emancipación, estableciendo diversas acciones para modificar, a corto y a largo plazo, la situación de la mujer en la España durante la guerra y la revolución. Además de la revista homónima (que tuvo trece ediciones hasta 1938), ofrecían cursos de capacitación profesional, formación sindical y exposiciones sobre temas sociales, participando directamente en la creación de jardines infantiles, campos de entrenamiento militar, comedores populares, liberatorios de prostitución, también impulsaron orfanatos y centros de apoyo de refugiados, bibliotecas, programas de radio y centros culturales, que proponían capacitar a las mujeres para que pudiesen asumir cargos importantes en los sindicatos, fábricas, grupos específicos, ateneos y otros espacios libertarios.

La relación de Mujeres Libres con la CNT y la FAI era de apoyo mutuo, ya que
compartían la estrategia anarcosindicalista, esto es, la lucha por la emancipación femenina desde la perspectiva de la emancipación de la clase obrera. Sin embargo, no se afiliaron a las dos organizaciones. Reconocían la necesidad de que hombres y mujeres lucharan juntos, en caso contrario, nunca sería posible una revolución social, pero veían como indispensable la necesidad de una organización propia para que las mujeres pudiesen luchar por ellas mismas, porque solamente con una acción femenina autogestionada era posible adquirir la capacidad de participar como iguales a los hombres en la tarea de construir un mundo mejor.

La CNT y la FAI tenían una posición más ambigua en relación a las Mujeres Libres. Localmente la situación era más igualitaria, muchas de las mujeres de Mujeres Libres eran convidadas a dar cursos a los compañeros hombres. También usaban el espacio del sindicato local para reuniones entre las mujeres, puesto que no pretendían hacer propaganda solamente entre sus pares, aunque pensaban que entre las mujeres había la necesidad de capacitación y formación cultural y política y entre los hombres la de que entendiesen mejor sus objetivos y fines. Nacionalmente, sin embargo, la situación era más rígida, pues la CNT y la FAI no reconocerán nunca de modo pleno la importancia de Mujeres Libres para la lucha revolucionaria, viendo en ellas, muchas veces, más una organización separatista que una organización que integraría la Revolución, tanto que al solicitar su reconocimiento en una plenaria nacional del movimiento libertario en 1938, obtienen como respuesta de que una organización femenina representaría la desunión para el movimiento, trayendo graves consecuencias en el desarrollo de la clase obrera.

Además de secretaria de Mujeres Libres, Lucía fue secretaria de la SIA – Solidaridad Internacional Antifascista, otra importante organización libertaria surgida al calor de la guerra, con vistas a la ayuda de las víctimas del fascismo, en especial, los infantes, los ancianos y los combatientes heridos. Inicialmente, ocupó la secretaría de imprenta y propaganda, y, posteriormente, la secretaría general de su Comité Internacional. Como podemos leer en un reportaje publicado en el Semanario Gráfico Umbral, del cual Lucía era redactora jefa, SIA vino a conferir “una nueva fisonomía a la asistencia social”, imprimiendo en ella “no el cálculo cerebral frío” o el “calor ingenuo, pero ignorante”, sino un sentimiento más elevado, “compuesto de cerebro y de corazón”.

Para realizar estas y otras actividades, Lucía contaba siempre con el apoyo de América Barroso, a quien conoció en Valencia en la redacción de Umbral. “Abnegadas y eficientes una para con la otra”, nos cuenta Antonia Fontanillas, “iniciaron una amistad que habría se hacerlas inseparables”. Tal hecho generó testimonios contradictorios en torno a la naturaleza de la relación entre ambas, en cuanto las compañeras de militancia en Mujeres Libres, Suceso Portales y Sara Berenguer afirman que Lucía y América eran pareja, en tanto, las sobrinas de América, María Elena Samada y Helena Calvillo Samada, aseguran que apenas eran amigas. Sea como fuere, Lucía (y tal vez América que compartía su visión) creía que:

[…] la intromisión pública en el acto carnal [era] la traducción de una función simple y natural en un acontecimiento espectacular de categoría pornográfica [y que] para la unión de dos seres bastaba el libre consentimiento de ambos

(Ver: Carta de Helena Calvillo Samada a Antonia Fontanillas, Valencia, 5 de mayo de 2011. En: Ibid, p. 64-68. SÁNCHEZ SAORNIL, Lucía. “La ceremonia matrimonial o la cobardía del espíritu” en Juventud Libre, 27 de marzo 1937).

Desde Barcelona, a donde se traslada a principios de 1938, Lucía prosigue con su infatigable trabajo, que se intensifica considerablemente en la medida en que la guerra avanza y comienzan a perderla los antifascistas. Con la inminencia de la victoria de las fuerzas lideradas por Franco, Lucía atravesó la frontera de los Pirineos en dirección a Francia, a principios de 1939. Como secretaria de la SIA, ayudó en la evacuación y acogida de los españoles y españolas que buscaban el exilio, pero que temían caer en los campos de trabajo forzado. A pesar de la derrota, no se sentía vencida, pues:

[…] a partir de nuestra miseria física, aún podemos ver con desprecio la miseria moral
de un altraderechismo que ni siquiera conoce la elegancia del gesto y pretende hacer de nuestra derrota el chiquero donde regocijar su cráneo y hocico de puerco. No nos importa. El antifascismo español siente la dignidad de su misión; sabe que realizó su obra; que escribió en la historia, para ejemplo del mundo, una página cuya profunda y luminosa marca, que los inmundos escupos de la chusma fascista no pueden apagar.

(SÁNCHEZ SAORNIL, Lucía. “Indomables”, SIA, Paris, 9 de marzo de 1939.)

Después de recorrer Perpignan, Paris, Marsella y Monteuban, Lucía decide regresar a España. Al parecer, el miedo de ser enviada a un campo de concentración nazi, sumado a la preocupación por el padre y hermana que estaban enfermos y de vuelta del exilio en La Coruña, desempeñaron un papel nada despreciable en su elección. Gracias al apoyo de los familiares de América, ambas atraviesan la frontera y se establecen en Madrid, en 1942.

Aparte de una efímera articulación con las hermanas Carmen y Visitación Lobo, para la reactivación de una organización clandestina de Mujeres Libres, en 1945, parece que Lucía no dio continuidad a las actividades políticas. Un año después de eso fue reconocida y, temiendo caer en las cárceles franquistas, ella y América se mudan a Valencia, donde se reencontró con su padre y hermana. No podemos olvidar que durante esa década, los integrantes del Frente Popular Antifascista estaban siendo duramente perseguidos por el franquismo, lo que, a su vez, contribuyó a una sociedad española mucho más autoritaria y represiva. En medio de tantos delatores, Lucía deja de participar en la vida pública y se recoge a la esfera privada.

A partir de la década de 1950, cuando consigue regularizar su situación y obtener documentación legal, retoma la pintura como oficio, pintando lienzos, abanicos y cuadros. Durante ese periodo, también retomó la poesía, con la cual animaba las tertulias poéticas en su casa, que contaba con figuras ilustres del ambiente literario valenciano, tales como: Genaro Lahuerta, Pedro Sánchez, Antonio Gala, Libertad Blasco Ibáñez y otros. Por eso, como Lucía decía que sabía todas sus poesías de corazón, no se precavió en dejarlas escritas y se perdieron para siempre.

Las únicas a las que tenemos acceso hoy fueron las que escribió poco antes de ser diagnosticada de un cáncer de pulmón, que la asesinó el 2 de junio de 1970, en los cuales registra el balance de su vida con el reconocimiento de los fracasos, pero también la exaltación de entrega apasionada a un ideal. En la lápida de su tumba, América escribió, a pedido de la propia Lucía, la siguiente frase: “¿Pero es verdad, que la esperanza ha muerto?”, pregunta que, extraída de la primera estrofa de sus “Sonetos de la desesperanza”, persiste y persigue a diferentes generaciones de luchadoras que soñaron con un mundo más libre e igualitario.

Pasados algunos años, las discusiones y demandas apuntadas por Mujeres Libres continúan a la orden del día, aunque de manera un poco diferente. Ellas se transformaron en referencia respecto del feminismo revolucionario, influenciando a muchas mujeres y grupos de mujeres, pues trajeron a la luz una discusión que la izquierda y parte de los anarquistas actuales aún no comprenden: la marginalización de las mujeres en la lucha libertaria.

Lucía Sánchez Saornil, que “fue el alma de Mujeres Libres” anticipó, lo que
posteriormente trajo el feminismo de los años ’60, como el amor libre y la liberación sexual, al desafiar las relaciones de poder que tenían lugar en el espacio privado y de opresión aún existente entre sus compañeros de lucha. Más allá de la crítica, ella y las demás militantes de Mujeres Libres fueron responsables de proponer y colocar en práctica nuevas relaciones, basadas en el antiautoritarismo, en la igualdad, en el apoyo mutuo y en la lucha entre clases. Su lucha femenina despreciaba ese feminismo burgués por su carácter reformista y proponía un anarco-feminismo revolucionario, conquistando espacios al mismo tiempo en el ambiente privado y público. Proponen un feminismo de clase, que lucha por la transformación de las estructuras sociales. De esta forma, y para nuestros días, el anarquismo tiene mucho que aprender de estas mujeres que integraban Mujeres Libres, aun siendo un periodo histórico diferente, muchas de las demandas apuntadas por ellas todavía son motivo de lucha.

Aproximándose a los 80 años de la Revolución Española, retomamos el mote de Lucía Sánchez Saornil en el “Himno de las Mujeres Libres”, pues tenemos que escribir y reescribir cotidianamente la palabra ¡MUJER!

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