🏴Consejo de guerra a un gladiador🏴

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En febrero de 1942 -en plena ocupación de Francia por las tropas alemanas-, en el puerto de Casablanca, el vapor «Quanza» se disponía a zarpar rumbo a México.

Un abigarrado grupo de refugiados políticos españoles huidos a Orán en los últimos días de la guerra civil de 1939, esperaba al pie de la pasarela para subir a bordo del barco.

La cubierta del Quanza, significaba para todos ellos -lo mismo que para los demás que habían quedado en el campo de concentración sin tanta fortuna-, la plataforma neutral y salvadora que les liberaba del campo de confinamiento en el que hasta entonces habían permanecido y, a la vez, el alejamiento del Viejo Continente europeo, encendido en los horrores de la Segunda Guerra Mundial. México era la salvación definitiva, la tierra de promisión y libertad.

Comenzaron a subir por la pasarela, cada uno con sus escasas pertenencias personales. De pronto, uno de ellos fue sacado de la fila por los gendarmes y detenido.

Se trataba de un hombre de modesta apariencia, mediana estatura, pero fuerte; de gesto áspero, delgado, con aspecto taciturno, y pelo negro, indomable, como su carácter. Se llamaba Cipriano Mera.

Al comenzar la guerra civil española contaba treinta y nueve años de edad, pero había permanecido tres en el campo de internamiento al finalizar aquélla, y cumplido, por tanto, cuarenta y cinco años al ser detenido en el puerto de Casablanca por las autoridades francesas cuando estaba a punto de embarcar para México.

En sus antecedentes constaba como el refugiado político número 111 del campo de concentración de Morand.

Anteriormente, durante la guerra española, había ascendido desde simple miliciano a teniente coronel con mando del IV Cuerpo de Ejército de la República, en la Región Centro, graduación equivalente, por las funciones que desempeñaba, a la de un general.

Fue detenido por orden del comisario francés en Casablanca, señor Nougues, cumpliendo órdenes a su vez del Gobierno colaboracionista de Vichy a fin de acceder a la petición de extradición cursada por el Gobierno de Franco.

Al propagarse la noticia de la detención de Cipriano Mera y su casi segura repatriación, con todas sus ulteriores consecuencias por las responsabilidades que recaían en su persona a causa de sus actividades revolucionarias antes de la contienda y más tarde como jefe militar durante la guerra civil, se inició una campaña de protesta por parte de los medios, antifascistas de Latinoamérica. Como en casos análogos, se recurrió a la intervención de los presidentes de diversas Repúblicas latinoamericanas, para que intercedieran ante el mariscal Pétain a fin de que no accediera a entregar a Cipriano Mera al Gobierno español.

A su vez, los Gobiernos de Chile, Colombia, Costa Rica, Nicaragua, Honduras, Ecuador, Cuba y Uruguay hicieron igual petición. Por su parte, el presidente de la República del Uruguay manifestó que se le habían dado seguridades de que Mera sería liberado. El socialista Indalecio Prieto, exiliado en México, defendió en la prensa republicana y antifascista la integridad y honradez de Mera, mientras que en La Habana, Miguel González Inestal, quien durante la guerra de España había sido miembro de la CNT, en el Estado Mayor del Ejército del Centro, era invitado a dar una conferencia de propaganda, publicada posteriormente con el título de Cipriano Mera, revolucionario, por la Editorial Atalaya de Cuba, en 1943.

Pero tanto la propaganda como las gestiones llevadas a cabo resultaron infructuosas para conseguir la libertad del detenido. Cipriano Mera fue entregado a las autoridades españolas el 18 de marzo de 1942, por el Gobierno de Vichy.

El 26 de abril de 1943, compareció ante un Consejo de Guerra, en Madrid.

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Cipriano Mera Sanz, nacido el 4 de noviembre de 1897, en Tetuán de las Victorias (Madrid), era albañil de profesión y anarquista por su ideología.

Había sido encarcelado en numerosas ocasiones en distintas prisiones españolas en los últimos tiempos de la Dictadura del general Primo de Rivera por sus actividades revolucionarias, así como también posteriormente durante la Segunda República española, principalmente en el período comprendido entre los años 1932 Y 1934, en los cuales los anarcosindicalistas emprendieron y llevaron a cabo acciones insurreccionales en su táctica de gimnasia revolucionaria, como denominaron ellos mismos a estas actividades.

A consecuencia de hechos similares, el 8 de diciembre de 1933 fue ingresado en la cárcel de Torrero de Zaragoza, por formar parte del Comité Nacional de la CNT y asimismo del Comité Revolucionario de la capital aragonesa, al que también pertenecía por la Región Centro de la CNT. También formaban dicho Comité Pedro Falomir, por la Región Norte; Orobón Fernández, por Aragón, así como el médico zaragozano Alcrudo; Durruti, por Cataluña, y el doctor Isaac Puente, de la aldea de Maeztu en Vitoria, representando a Andalucía.

Isaac Puente, teórico del anarquismo español, firmaba sus artículos con el seudónimo de Un médico rural. El comienzo de la guerra le sorprendió en Vitoria y fue fusilado. También fue encarcelado Ciriaco Asensio, maestro racionalista que ejercía en el pueblo de Epila, de Zaragoza.

El albañil, el esclavo rebelde, se encontraba ante sus jueces. Ya no era el jefe militar con sus broncas gentes sobre las armas, dispuestas a obedecer a rajatabla a sus recias y contundentes voces de mando cumpliendo las órdenes hasta el supremo sacrificio personal.

Allí estaba sin la gorra galoneada, ni la guerrera militar con los emblemas en la bocamanga. Vestía ropas de paisano, lo mismo que cualquier otro obrero a los que había comandado.

Volvía a ser el antiguo anarcosindicalista, conducido, una vez más, pero en un acto que resumía todos los juicios anteriores de su vida, a presencia de quienes iban a exigirle responsabilidades, según la gravedad que hubiesen alcanzado sus actividades.

Unos años antes, en los tiempos de lucha, que habían sido efímeros, pero gloriosos, durante «la guerra de los esclavos», en aquel hombre se había personificado, en la región centro de Madrid, como en Cataluña y Aragón con Durruti, el espíritu espartaquista de la lucha de los libertarios ibéricos por la realización práctica de la Utopía y de la libertad integral del hombre, según el lema de combate del anarquista ucraniano Néstor Majno al enfrentarse al Ejército soviético al grito de libertad o muerte.

Desde siempre, Cipriano Mera, quien, según sus propias palabras, «a los ocho años arrancaba hierba en el campo» y que no tuvo otra escuela y aprendizaje que los andamios de las casas en construcción, hasta llegar, en la dura lucha diaria, a ser albañil; ese hombre que, con su temperamento apasionado, puso corazón, inteligencia y voluntad en la lucha por las reivindicaciones obreras, dedicó toda su existencia a un solo fin y objetivo: el advenimiento de la revolución anarquista, considerada por todos los teóricos ácratas como redentora del género humano.

Mera había dedicado toda su vida, con inaudita paciencia en unión de otros de su mismo tesón, audacia, fortaleza y espíritu de sacrificio, a conseguir el poder decisivo que, en su día, llegó a tener en sus manos de albañil. Y pareció que, al fin iba a realizar el sueño por tantos otros como él deseado, proclamando, en anuncio profético, la Buena Nueva prometida a la clase trabajadora de su tiempo: derrocar el viejo edificio social injusto para levantar desde los cimientos otro nuevo y distinto en el que pudieran convivir, en armónica relación, todos los hombres que lo habitaran.

Se había empeñado en la realización de un sueño milenario, el de reconstruir, con todos los albañiles de la Tierra, la mítica torre de Babel, pero en esta ocasión hasta darle fin en toda su magnitud y altura, sin que se repitiera la confusión entre sus constructores y el posterior abandono en la ideal belleza del grandioso empeño. ¿Sería posible coronar empresa tan hermosa siendo la arcilla, no de los ladrillos sino de la materia que estaban formados los hombres, más deleznable que el barro con que se forjan los sueños?

Ese hombre que se encontraba ante el tribunal que debía dictar sentencia había demostrado poseer una fuerte personalidad, levantada en el solo pedestal de su modestia.

Había algo en su carácter de la aparente mansedumbre del toro que se transformaba en arranque y bravura cuando la pasión le encendía, impelido por su extraordinaria energía interna. Todo el poder involuntariamente ejercido sobre los demás era un don innato que brotaba de la fortaleza de su carácter de resoluciones inamovibles. Conocía a los hombres y sabía, con raro sentido común, hacer que sus decisiones fuesen aceptadas por la claridad de sus frecuentemente acertados juicios. Por su profesión de albañil, era capaz de reparar, sin rebelarse por ello, el muro de la cárcel donde estaba recluido con sus compañeros de ideología, y, a la vez, considerar en silencio la posibilidad remota de conseguir volar, algún día, la prisión en pedazos.

La paciencia había sido el crisol de su carácter a lo largo de las largas vicisitudes, de su existencia, y los períodos de encarcelamiento pasados en compañía de otros revolucionarios contribuyeron tanto a su capacitación de dirigente como al fortalecimiento de su personalidad.

Durante la guerra civil, Cipriano Mera fue, de entre los jefes militares procedentes de las Milicias, el que más y mejor evolucionó, amoldándose a las exigencias de la contienda en su proyección antifascista y adaptándose, con sentido posibilista, a la realidad inmediata con objeto de lograr la victoria. Había reconocido el alto valor de la disciplina militar y supo hacer comprender de su necesidad a sus tropas confederadas aplicándola a sus hombres con mano de hierro. Su evolución fue notable, y Miaja, y Rojo reconocieron y estimaron tanto su valiosa colaboración como su extraordinaria transformación de simple jefe de milicias en militar con excelentes dotes para el mando. Con esto les bastaba, pues la parte técnica, corría a cargo de los Estados Mayores, en los que, en opinión del general Miaja, habían soldados con talento.

El procesado fue condenado a pena de muerte, pena que fue confirmada por el Auditor, así como también por el entonces capitán general de la 1a Región Militar, general Andrés Saliquet Zumeta.

El 15 de diciembre de 1944, la pena de muerte le fue conmutada a la inferior de 30 años de prisión mayor, que le fue comunicada por la Asesoría Jurídica Militar, constando así en el acta número 17.679, y en los correspondientes sumarios con los números 20.213 y 111.712, respectivamente.

Durante su estancia en la cárcel de Madrid, llamada de Porlier, antiguo colegio de los Salesianos, y posteriormente en la de Santa Rita, se encontraban allí, entre otros, Manuel Amil, Antonio Moreno, David Antona y el periodista y director de «Castilla Libre», Eduardo de Guzmán.

El 1o de octubre de 1946, Cipriano Mera, beneficiado por un indulto, salió de la cárcel en libertad vigilada.

Contrariamente al infundio difunido con mala fe, Mera vio conmutada su pena de muerte, que en opinión de sus jueces le correspondía, cumpliéndose la condición impuesta por el comisario francés Nougues al entregar a Mera, tal como había hecho antes con otros, en la seguridad de que les sería respetada la vida.

Una vez reincorporado a la vida civil en Madrid, reanudó sus contactos con la CNT en la clandestinidad, preparando su salida de España, que consiguió, concretamente el 11 de febrero de 1947, huyendo a Francia, donde, pasadas las circunstancias que durante la guerra de España le habían dado relevancia, reanudó su trabajo de albañil y su modesta vida de obrero de la construcción. Como él había dicho durante la contienda española: «Cuando termine la guerra, el teniente coronel Cipriano Mera dejará las armas para volver a empuñar el palustre».

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