🕍🏛Tristes Fiestas🕌⛪️

Francisco Ayala:

Cada vez que veía tremolar el pendón mi corazón se inundaba de tristeza. No podía soportar aquella escena, después de haber leído los cuentos de la Alhambra de Washington Irving“.

Debo de ser tan malo como el Sr Ebenezer Scrooge, pues al igual que él, no le tengo ninguna simpatía a la Navidad, pero claro tampoco se la tengo a la llamada Semana Santa, pero tampoco al 19 de marzo y más. Creo que las fiestas dedicadas a hechos políticos que pudieran resultar controvertidos y fechas religiosas de cualquier religión no deberían ser fechas “institucionales“.

Pues cambiar el nombre de Fiestas de Navidad por La Fiesta del Solsticio me parece una estupidez tan grande como quitarle al Rey dicho nombre para ponerle el de “Primus inter Pares”. Si fuéramos una sociedad agraria aún podría tener algo de sentido, pero no es así. Y lo de Primus Inter Pares en la Edad Media aún, pero actualmente me parece que sobra dicha institución, y como decía aquel, lo digo “sin acritud“.

Pero si considero tantas fiestas ridículas, la del 2 de enero en Granada, no es ridícula, es sangrante, ofensiva y desfasada. Si por lo menos fuera una fiesta de Moros y Cristianos, aún tendría salvación, pero siendo el ridículo acto reivindicativo de un Imperio, que fue un churro y que no volverá.

La Toma menos ruidosa

Un manifiesto por la convivencia para empezar a cambiar la Toma

El año de la caída 897 de la hégira (4 de noviembre de 1491—22 de octubre de 1492)

«Hizo frío aquel año en Granada, hizo frío y hubo miedo y la nieve estaba negra de tierra removida y de sangre. ¡Qué familiar resultaba la muerte, qué cercano el exilio, qué crueles, en el recuerdo, las alegrías del pasado!»

Mi madre no era la misma cuando hablaba de la caída de nuestra ciudad; para ese drama tenía una voz, una mirada, unas palabras, unas lágrimas que yo no le conocía en ninguna otra circunstancia.

Yo, que no tenía aún tres años en aquellos días tumultuosos, no sé si los gritos que se agolpan en este momento en mis oídos son el recuerdo de lo que verdaderamente oí entonces o sólo el eco de losmil relatos que desde entonces me han contado. No todos esos relatos empezaban del mismo modo. Los de mi madre hablaban en primer lugar de escasez y de angustia.

«Con los primeros días del año, decía, habían venido las nieves a cortar los escasos caminos que se habían salvado de los sitiadores, acabando de aislar a Granada del resto del país y, sobre todo, de la Vega y de las Alpujarras, al sur, de donde aún nos llegaba trigo, avena, mijo, aceite y pasas. En nuestro vecindario, la gente tenía miedo, hasta los menos pobres; compraban a diario cuanto caía en sus manos y el ver las tinajas de provisiones alineadas junto a las paredes de las habitaciones, en vez de tranquilizarlos, les infundía aún más temor al hambre, a las ratas y a los ladrones. Todos decían que si los caminos volvían a ser practicables, marcharían sin tardanza a cualquier pueblo donde tuvieran familia. En los primeros meses del sitio, eran los habitantes de los pueblos aledaños los que buscaban asilo en Granada, uniéndose así a los refugiados de Guadix y de Gibraltar; se alojaban, mal que bien, en casa de sus allegados, en las dependencias de las mezquitas o en los edificios abandonados; el verano anterior estaban incluso en los jardines y los solares, en tiendas de campaña improvisadas. Las calles rebosaban de mendigos de todo origen, a veces agrupados en familias enteras, padre, madre, niños y ancianos, todos ellos esqueléticos y despavoridos, pero también, a menudo, concentrados en pandillas de jóvenes de aspecto inquietante; y los hombres de honor que no podían dedicarse a la mendicidad o al bandidaje morían lentamente en sus casas, al abrigo de las miradas.»

Leon el Africano 144No fue ésa la suerte de los míos. Incluso en los peores momentos de penuria, en nuestra casa nunca faltó de nada gracias a la posición de mi padre. Había heredado, en efecto, de su propio padre un importante cargo municipal, el de contraste principal, que desempeñaba las funciones de pesar los granos y garantizar la honradez de las prácticas comerciales; ello fue lo que valió a los miembros de mi familia el sobrenombre de Al— Wazzan, el alamín, que sigo llevando yo; en el Magreb nadie sabe que hoy en día me llamo León o Juan León de Médicis, nadie me ha apodado jamás el Africano; allí era Hasan, hijo de Mohamed Al—Wazzan y, en las actas oficiales, se añadía «Al—Zayyati» por el nombre de mi tribu de origen, «Al—Gharnati», el granadino, y cuando me alejaba de Fez, se me designaba también por «Al— Fassi», referencia a mi primera patria adoptiva, que no fue la última.En su calidad de alamín, mi padre hubiera podido quedarse con las cantidades que deseara de los productos que le sometían, dentro de unos límites razonables, o incluso cobrar en dinares de oro el precio de su silencio ante los fraudes de los mercaderes; no creo que intentara enriquecerse, pero su posición alejaba por completo de él y de sus allegados el espectro del hambre.

«Eras entonces un niño tan gordo, me decía mi madre, que ya ni me atrevía a pasearte por la calle por miedo a atraer el mal de ojo»; también era por no revelar nuestra relativa opulencia. En su preocupación por no malquistarse con sus vecinos más afectados, mi padre hizo a menudo que se beneficiaran de sus adquisiciones, sobre todo cuando se trataba de carne o de fruta y verdura tempranas, pero siempre daba con mesura y modestia, pues toda esplendidez era provocación, toda condescendencia humillación. Y cuando la población de la capital, ya sin fuerzas y sin ilusiones, manifestó en la calle su furia y su desesperación y una delegación acudió ante el sultán para conminarlo a poner fin a la guerra como fuera, mi padre accedió a unirse a los representantes del Albaicin. Por eso, cuando me contaba la caída de Granada, su relato empezaba invariablemente en las salas tapizadas de la Alhambra.

«Éramos treinta, procedentes de todos los rincones de la ciudad, desde Nayd hasta la Fuente de las Lagrimas y desde el arrabal de los Alfareros hasta el Almendral, y los que iban dando gritos tenían tanto miedo como los demás. No te ocultaré que yo estaba aterrado y que gustosamente hubiera vuelto sobre mis pasos si no hubiera temido perder el prestigio. Fíjate en lo insensato de nuestra gestión: durante dos días enteros, miles de ciudadanos habían sembrado el desorden por has calles, gritando los peores insultos contra el sultán, injuriando a sus consejeros e ironizando sobre sus mujeres, instándolo sin miramientos a luchar o a hacer la paz, antes de prolongar indefinidamente una situación en que la vida estaba exenta de alegría y la muerte de gloria. Pues bien, como para llevar directamente a sus oídos los insultos que sin duda alguna ya le habían comunicado sus espías, allá íbamos, peculiares parlamentarios desgreñados y vociferantes, yendo a desafiarlo a su propio palacio, delante de su chambelán, sus visires y los oficiales de su guardia. Y yo, funcionario de la oficina del muhtasib, que se suponía que tenía que velar por el respeto de la ley y del orden público, estaba allí, con los cabecillas de los motines, mientras el enemigo se encontraba a las puertas de la ciudad. Pensando de manera confusa en todo ello, me decía a mí mismo que me iba a ver en una mazmorra, flagelado con un vergajo hasta que me corriera la sangre o incluso crucificado en la almena de una muralla.»

Screenshot_20210103_142937Mis temores resultaron ridículos y en seguida sucedió la vergüenza al temor; afortunadamente, ninguno de mis compañeros me notó ninguna de las dos cosas. Pronto vas a saber, Hasan, hijo mío, por qué te revelo aquel momento de debilidad del que jamás le hablado a ninguno de mis allegados. Quiero que sepas lo que verdaderamente ocurrió en nuestra ciudad de Granada y en aquel año aciago; tal vez ello te evite dejarte engañar a tu vez por quienes tienen en sus manos el destino de la multitud. Yo sólo he descubierto aspectos valiosos de la vida desvelando los corazones de los príncipes y de las mujeres.

Nuestra delegación entró, pues, en el Salón de Embajadores donde presidía Boabdil en su sitio habitual, rodeado de dos soldados armados y unos cuantos consejeros. Tenía arrugas asombrosamente marcadas para ser un hombre de treinta años, la barba muy cana y los párpados marchitos; ante él, un enorme brasero de cobre cincelado nos ocultaba sus piernas y su pecho. Era a finales de muharram, que coincidía aquel año con el principio del mes cristiano de diciembre, una época tan fría que traía a la memoria las insolentes palabras del poeta Ibn—Sara de Santa—Rém al visitar Granada:

Gentes de este país, no oréis,

No os apartéis de las cosas prohibidas,

Así podréis ganaros un lugar en el Infierno,

Donde el fuego es tan reconfortante

Cuando sopla el viento del norte.

El sultán nos recibió con una sonrisa apenas dibujaba en los labios, que me pareció, sin embargo, bondadosa. Nos invitó con un gesto a sentarnos, lo que hice yo posándome apenas en el asiento. Pero antes incluso de que empezara la discusión, vi desfilar con gran sorpresa a gran número de dignatarios, oficiales, ulemas, notables llegados de todas partes, el visir Al—Mulih, el médico Abu—Jamr, cerca de cien personajes en total, algunos de los cuales se evitaban desde siempre.

Plano de Seco de Lucena028Granada y Alhambra

Boabdil habló lentamente, en voz tan baja que obligó a sus visitantes a callarse y a echarse hacia adelante, casi sin respirar: “En el nombre de Dios, el Bienhechor, el Misericordioso, he querido que se reúnan aquí, en el palacio de la Alhambra, todos aquellos que tengan una opinión acerca de la situación preocupante en que el destino ha puesto a nuestra ciudad. Intercambiad vuestros puntos de vista y poneos de acuerdo acerca de la actitud que hay que adoptar por el bien de todos, y actuaré conforme a vuestros consejos. Nuestro visir Al—Mulih dará su opinión en primer lugar; yo no hablaré hasta el final”. Tras lo cual, se recostó en los almohadones alineados contra la pared y no volvió a decir palabra.

Al—Mulih era el principal colaborador del sultán y de su boca se esperaba un elogio en prosa rimada de la actitud adoptada hasta entonces por su señor. No hubo tal. Si bien dirigió su discurso “al glorioso descendiente de la gloriosa dinastía nazarita“, prosiguió en un tono completamente diferente: “Señor, ¿me garantizáis la impunidad, el amán, si digo sin rodeos y sin reservas lo que pienso en este momento?”. Boabdil asintió con una leve inclinación de cabeza. “Mi opinión, continuó el visir, es que la política que seguimos no sirve ni a Dios ni a sus adoradores. Podemos extendernos aquí durante diez días y diez noches sobre el particular, pero ello no meterá un grano de arroz en los cuencos vacíos de los hijos de Granada. Miremos la verdad cara a cara, aunque sea horrible, y huyamos de la mentira aunque se adorne con joyas. Nuestra ciudad es grande y ya en tiempo de paz es difícil procurarle los víveres que necesita. Cada día que pasa se cobra sus correspondientes victimas y el Altísimo nos pedirá un día cuentas de todos esos inocentes a los que hemos dejado morir. Podríamos exigir sacrificios a los habitantes si les prometiéramos una pronta liberación, si un poderoso ejército musulmán estuviera de camino para liberar Granada y castigar a sus sitiadores pero, ahora lo sabemos, no acudirá nadie en nuestra ayuda. Tú, señor de este reino, has escrito al sultán de El Cairo y al otomano, ¿te han contestado?” Boabdil levantó las cejas en señal de negación. “Y, no ha mucho todavía, has escrito a los soberanos musulmanes de Fez y de Tremecén para que acudan con sus ejércitos. ¿Cómo han reaccionado? Tu noble sangre, ¡oh, Boabdil!, te prohíbe decirlo, pero yo lo haré en tu lugar. ¡Pues bien, los soberanos de Fez y de Tremecén han enviado mensajeros cargados de regalos no a nosotros sino a Fernando, para jurarle que nunca usarían las armas contra él! Granada está sola hoy, porque las otras ciudades del reino ya están perdidas, porque los musulmanes de las demás regiones son sordos a nuestras llamadas. ¿Qué solución nos queda?” Un silencio agobiador reinaba entre la concurrencia que se conformaba con lanzar, de vez en cuando, algún que otro gruñido de aprobación. Al—Mulih abrió la boca como si se dispusiera a proseguir su argumentación. Pero no dijo nada, dio un paso hacia atrás y se sentó, con la mirada clavada en el suelo. Se levantaron entonces, sucesivamente, tres oradores de origen oscuro para decir que había que negociar urgentemente la rendición de la ciudad y que los dirigentes habían perdido demasiado tiempo, pues eran insensibles a las desgracias de los humildes.

Luego le llegó el turno a Astaghfirullah que, desde el principio, se estaba impacientando en su asiento. Se levantó, se llevó con un gesto maquinal ambas manos al turbante para componérselo y dirigió la vista al techo ornado de arabescos. “El visir Al—Mulih es un hombre reputado por su inteligencia y su habilidad y cuando desea inculcar una idea a su auditorio le cuesta poco conseguirlo. Ha querido transmitirnos un mensaje, ha preparado nuestras mentes para recibirlo y luego se ha callado pues no quiere presentarnos con su propia mano la copa amarga que nos pide que apuremos. ¿Qué hay en esa copa? Si él no quiere decirlo con su propia boca, lo diré yo: el visir quiere que accedamos a entregar Granada a Fernando. Nos ha explicado que cualquier forma de resistencia es ya inútil, que no nos llegará auxilio alguno de Andalucía ni de ningún otro lugar; nos ha revelado que ha habido enviados de los príncipes musulmanes que se han comprometido con nuestro enemigo. ¡Dios castigue a unos y otros como sólo El sabe hacerlo! ¡Pero Al—Muhih no nos lo ha revelado todo! No nos ha dicho que desde hace semanas está en conversaciones con los rum. No nos ha confesado que ya se había entendido con ellos para abrirles las puertas de Granada.” …

…”Para éstos, lo importante es la fecha de la paz, pues el cerco les cuesta caro; para nosotros, la meta no es retrasar el inevitable desenlace unos días o unas semanas, al cabo de los cuales los castellanos se arrojarían sobre nosotros con redoblado encarnizamiento; ahora que la victoria no está a nuestro alcance, por decisión irrevocable de Aquél que todo lo rige, hemos de intentar conseguir las mejores condiciones posibles. Es decir, salvar nuestras vidas, las de nuestras mujeres, las de nuestros hijos; es decir, preservar nuestros bienes, nuestras tierras de labor, nuestras casas, nuestro ganado, el derecho de cada uno de nosotros a seguir viviendo en Granada, según la religión de Dios y de su Profeta, orando en nuestras mezquitas, no pagando más impuestos que el zakat y el diezmo prescritos por nuestra Ley; el derecho de aquellos que lo deseen a marchar atravesando el mar hacia el Magreb, llevándose todos sus bienes, con un plazo de tres años para tomar la decisión y con la facultad de vender sus posesiones a precio justo a musulmanes o a cristianos. Este es el acuerdo que he querido concertar con Femando, haciéndole jurar sobre el Evangelio que lo respetará hasta su muerte y, después de él, sus sucesores. ¿He hecho mal?

No se detuvo Al—Mulih a escuchar las respuestas; prosiguió: “Dignatarios y notables de Granada, no os anuncio una victoria pero quiero evitaros la amarga copa de la derrota humillante, de la matanza, de la violación de las mujeres y de las muchachas, del deshonor, de la esclavitud, del saqueo, de la destrucción. Para ello, es menester, vuestro consentimiento y vuestro apoyo. Si así me lo pedís, puedo romper las negociaciones o alargarlas; eso es lo que haría si no buscara sino las alabanzas de los necios y de los hipócritas. Les daría a los enviados de Fernando mil pretextos para retrasar la paz. ¿Pero sería ése, en verdad, el interés de los musulmanes? Estamos en invierno, las fuerzas del enemigo están más diseminadas y la nieve lo ha obligado a reducir sus ataques. Se refugia tras los muros de Santa Fe y las fortificaciones que ha construido, bastándole con cortarnos los caminos. Dentro de tres meses, estaremos en primavera, Fernando tendrá tropas de refresco, dispuestas a lanzar eh ataque decisivo contra nuestra ciudad a la que el hambre habrá dejado ya exangüe. ¡Ahora es cuando hay que negociar! Ahora es cuando Fernando aceptará nuestras condiciones pues todavía podemos ofrecerle algo a cambio”.

Abu—Jamr, que había permanecido silencioso desde el comienzo de la discusión, saltó súbitamente de su asiento, empujando violentamente a sus vecinos con sus macizos hombros: “Podemos ofrecerle algo, dices, pero ¿qué? ¿Por qué ocultas las palabras en el fondo de tu garganta? Lo que quieres ofrecerle a Fernando no es ni un candelabro de oro, ni un traje de gala, ni una esclava de quince años. Lo que quieres ofrecerle a Fernando es esta ciudad, de la que el poeta ha dicho:

Granada, ninguna ciudad se te asemeja

Ni en Egipto, ni en Siria, ni en Irak,

Tú eres la novia

Y esos países son tu dote.

Wikileaks.- La Nobel de la Paz Mairead Maguire nomina a Julian Assange para el galardón de este año

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¿Qué es la libertad? ¿Qué es la esclavitud? ¿Consiste la libertad del hombre en una rebelión contra todas las leyes? Diremos No, en tanto que esas leyes sean naturales, económicas y sociales; no impuestas autoritariamente, sino inmanentes a las cosas, las relaciones y las situaciones cuyo desarrollo natural es expresado por esas leyes. Diremos Sí cuando son leyes políticas y jurídicas, impuestas por el hombre sobre el hombre: sea violentamente por el derecho de la fuerza; sea por el engaño y la hipocresía, en nombre de la religión o de cualquier doctrina; o, finalmente, por la fuerza de la ficción, de la mentira democrática llamada sufragio universal.
El hombre no pude rebelarse contra la Naturaleza ni escapar de ella. No es posible la rebelión del hombre contra las leyes de la Naturaleza, por la simple razón de que el hombre mismo es un producto de la Naturaleza y sólo existe en virtud de esas leyes. Una rebelión por su parte sería… un empeño ridículo, una rebelión contra sí mismo, un verdadero suicidio. El hombre que ha tomado la determinación de destruirse, e incluso lleva a cabo tal designio actúa otra vez de acuerdo con esas mismas leyes naturales, de las que nada puede eximirle: ni el pensamiento, ni los deseos, ni la desesperación, ni otras pasiones, ni la vida, ni la muerte.
El propio hombre no es otra cosa que Naturaleza. Sus sentimientos más sublimes o más monstruosos, las decisiones o manifestaciones más perversas, más egoístas o más heroicas de su voluntad, los pensamientos más abstractos, teológicos o insanos –todo ello no es otra cosa que Naturaleza. La Naturaleza envuelve, penetra, constituye toda su existencia. ¿Cómo podría escapar alguna vez de esta Naturaleza?

Bakunin, sobre la libertad

🚌🕍 El Gobierno de Azcón y Avanza utilizan el autobús urbano para insertar publicidad religiosa

🛥Las corbetas que vende Navantia se usan para bloquear puertos en Yemen y que no pueda entrar ayuda humanitaria

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