🏴Capítulo V — La fortaleza — La fuga🏴

I

Esta era, pues, la terrible fortaleza donde tanta de la verdadera vitalidad de Rusia habla perecido durante los últimos dos siglos y cuyo nombre se pronuncia siempre a media voz en Petersburgo.

Aquí, Pedro I atormentó a su hijo Alexis y lo mató con su propia mano; aquí, la princesa Tarakánova estuvo encerrada en una celda de tal modo invadida por el agua durante una inundación, que las ratas se subían sobre ella para librarse de una muerte segura; aquí también el terrible Minij martirizaba a sus enemigos, y Catalina II enterraba vivos a los que no aprobaban que hubiera asesinado a su marido. Y desde los tiempos de Pedro I, durante ciento setenta años, los anales de esta masa de piedra que, al surgir del Neva, se levanta frente al Palacio de Invierno, lo fueron de asesinato y tortura; de hombres enterrados vivos, condenados a una muerte lenta o arrastrados a la demencia en la soledad de obscuras y húmedas mazmorras.

Aquí, los decembristas, que fueron los primeros en desplegar la bandera de la República y de la abolición de la servidumbre, sufrieron sus primeros martirios, pudiendo aún encontrarse sus huellas en la Bastilla rusa. Aquí, igualmente, estuvieron presos los poetas Rylévev, Shevchenko, Dostoievski, Bakunin, Chernishevski, Pisarev y tantos otros de nuestros mejores escritores contemporáneos. Aquí, Karakózov fue atormentado y murió en la horca.

Aquí, en cierta parte del revellín de Alexis, aun se halla aprisionado Niechaiev, entregado por Suiza a Rusia como un criminal cualquiera, siendo después tratado como preso político peligroso, y no volverá más a ver la luz. En el mismo revellin hay dos o tres hombres a quienes, según rumores, por saber más de lo conveniente respecto a cierto misterio palatino, Alejandro II condenó a prisión perpetua. Uno de ellos, adornado con larga barba gris, fue visto últimamente por un conocido mio en la misteriosa fortaleza.

Todas estas sombras se levantaban ante mi imaginación; pero mi pensamiento se fijó especialmente en Bakunin, quien, a pesar de haber estado después del 48 sujeto con cadena al muro de un castillo austriaco durante dos años, y entregado después a Nicolás I, que lo tuvo encerrado en la fortaleza seis años más, salió, sin embargo, cuando la muerte del zar de hierro le devolvió la libertad, más fresco y más lleno de vigor que sus compañeros que habían permanecido libres. El ha podido soportar la prisión —me dije de un modo resuelto—, y yo también lo haré; ¡no sucumbiré aquí! Mi primer movimiento fue aproximarme a la ventana, colocada tan alta, que apenas podía alcanzarla con el brazo levantado. Era una abertura larga y estrecha, tallada en un muro de metro y medio de espesor, protegida por fuertes rejas y enrejado metálico. A la distancia de doce metros de esta ventana pude ver la muralla exterior de la fortaleza, de una anchura enorme, sobre la cual vi una garita de color gris; sólo mirando hacia arriba se lograba divisar un pedacito de cielo.

Hice un minucioso reconocimiento de la habitación, en la que ahora tendría que pasar quién sabe cuántos años. Por la posición de la alta chimenea de la Casa de la Moneda deduje que me encontraba en la parte sureste del castillo, en un bastión que domina el Neva. El edificio, sin embargo, en que yo estaba encarcelado no era el bastión propiamente dicho, sino lo que se llama en fortificación un reducto; esto es, una construcción interna de dos pisos y forma pentagonal, que se eleva un poco sobre los muros del bastión, y está destinada en sus dos terceras partes a contener cañones. El local donde me hallaba era una casamata y la ventana una tronera. Los rayos del sol no podían penetrar a través de esta última; aun en verano se perdían en el espesor del muro. Había allí una cama de hierro, una pequeña mesa de roble y un banco de la misma madera. El suelo estaba cubierto de fieltro estampado y las paredes de papel amarillo. Sin embargo, a fin de amortiguar el sonido, el papel no estaba fijado directamente sobre aquéllas, sino en lienzo, tras el cual descubrí una alambrera y más allá una capa de fieltro; sólo después de ésta fue cuando pude llegar a la piedra del muro. En el fondo de la habitación había un lavabo y una gruesa puerta de roble, en la que noté un postigo cerrado por fuera, destinado al paso de los alimentos, y un agujero pequeño, con un cristal y una tapa que podía levantarse desde el exterior; éste era el judas, a través del cual el preso podía ser espiado a cada momento. El centinela que estaba en el pasadizo levantaba con frecuencia la corredera y miraba al interior, oyéndose el crujir de sus botas cuando se acercaba a la puerta. Traté de hablarle; pero entonces el ojo que se veía al otro lado del cristal tomó una expresión de terror y aquélla se cerró al momento, abriéndose furtivamente un par de minutos después; pero no fue posible obtener de él ni una palabra.

El silencio más absoluto reinaba a mi alrededor. Arrimé el banco a la ventana y miré a la pequeña parte de cielo que era posible ver; procuré recoger algún sonido del Neva o de la parte de la ciudad que está al otro lado del río; pero no pude conseguirlo. Este silencio sepulcral empezó a entristecerme y traté de cantar, primero en voz baja y más alto después.

¿He de despedirme entonces del amor para siempre? —me encontré cantando, de mi ópera favorita Ruslan y Ludmila, de Glinka …

— Señor, haga el favor de no cantar —dijo una voz algo apagada que se oía a través de la ventanilla.

— Quiero cantar.

— Está prohibido.

— Pues sin embargo, cantaré.

Entonces vino el gobernador, quien intentó persuadirme de que no debía hacerlo, porque tendría que dar parte al jefe de la fortaleza, haciendo además observaciones encaminadas al mismo fin.

— Pero se me cerrará la garganta y perderán su fuerza los pulmones si no puedo hablar ni cantar —traté de contestar.

— Lo mejor será que procuréis cantar en un tono más bajo, que se sienta lo menos posible —dijo el viejo gobernador de un modo suplicante.

Pero todo esto resultó estéril, porque algunos días después se me quitó por completo el deseo del canto. Intenté hacerlo como esfuerzo por mantener lo afirmado, pero no me fue posible. "Lo principal" — me dije— "es conservar mi vigor físico; no quiero caer enfermo. Me imaginaré obligado a pasar un par de años en una cabaña en el extremo norte, durante una expedición ártica. Haré bastante ejercicio, me dedicaré a la gimnasia y no me dejaré dominar por lo que me rodea. Diez pasos desde un ángulo a otro de la habitación es ya algo; si los repito ciento cincuenta veces habré recorrido una versta (unos mil metros)". Decidí andar todos los días siete verstas (sobre ocho kilómetros): dos por la mañana, dos antes de comer, dos después y uno antes de acostarme. Si pongo sobre la mesa diez cigarrillos y muevo uno cada vez que pase ante ella, contaré fácilmente las trescientas veces que tengo que caminar arriba y abajo. Debo marchar con rapidez, pero moderarme en las vueltas para evitar el mareo y girar cada vez en sentido contrario. Además, haré gimnasia dos veces al día, sirviéndome del banco, que es pesado. Y en efecto, lo levanté por un pie, sosteniéndolo con el brazo extendido; hice con él un molinete y pronto aprendí a tirarlo de una mano a otra, por encima de la cabeza, por la espalda y bajo la pierna.

Algunas horas después de mi ingreso en la prisión, vino el gobernador a ofrecerme algunos libros, entre los cuales estaba un antiguo conocido y amigo mío, el primer tomo de la Fisiología de George Lewis, traducida al ruso; pero faltaba el segundo, que era precisamente el que yo deseaba volver a leer. Pedí, como es natural, que me permitieran tener pluma, papel y tinta, pero me lo negaron. Para poderlo obtener se necesita un permiso especial del propio emperador. Esta inacción forzosa me hizo sufrir extraordinariamente, y empecé a componer en mi imaginación una serie de novelas de carácter popular, inspiradas en la historia de Rusia, algo así como Mistéres du Peuple, de Eugenio Sué. Hice el argumento, las descripciones, los diálogos, y procuré retenerlo todo en la memoria, desde el principio al fin. Puede imaginarse fácilmente lo exhausto que me hubiera dejado este trabajo si hubiese tenido que continuarlo más allá de dos o tres meses.

Pero mi hermano Alejandro obtuvo pluma y tinta para mí. Un día me dijeron que subiera a un coche de cuatro ruedas, en compañía del mismo oficial de gendarmes circasiano de quien he hablado anteriormente. Me llevaron a la Sección Tercera, donde se me permitió comunicar con mi hermano en presencia de dos oficiales de gendarmes.

Alejandro estaba en Zurich cuando me arrestaron. Desde su primera juventud había anhelado ir a otros países donde los hombres piensan como quieren, leen lo que les gusta y expresan francamente sus ideas. La vida rusa le resultaba repulsiva. La verdad —la verdad absoluta— y una franqueza ilimitada eran los rasgos más sobresalientes de su carácter. No podía tolerar el engaño ni la doblez, bajo ninguna forma. La falta de libertad de palabra en Rusia, la predisposición de sus habitantes a someterse a la opresión y las formas veladas a que tenían que recurrir nuestros escritores, repugnaban por completo a su franca y expansiva naturaleza. Poco después de mi regreso de la Europa occidental, se trasladó a Suiza, decidiendo establecerse allí. Desde que perdió dos hijos —uno atacado por el cólera, en pocas horas, y otro de consunción—, San Petersburgo se le hizo doblemente insoportable.

Mi hermano no había tomado parte en nuestra propaganda. No creía en la posibilidad de un alzamiento popular, y no concebía la revolución sino como obra de un cuerpo representativo, semejante a la Asamblea nacional francesa de 1789. En cuanto a la agitación socialista, sólo la conocía por los discursos que se pronunciaban en las reuniones públicas, no teniendo idea de la propaganda secreta que estábamos a punto de realizar. En Inglaterra habría sido partidario de John Bright o de los cartistas. Si se hubiese encontrado en París cuando la revolución de junio del 48, seguramente se habría batido en las barricadas al lado del último puñado de trabajadores; pero en el periodo preparatorio hubiera seguido a Ledru-Rollin o a Luis Blanc.

Cuando fue a Suiza, fijó su residencia en Zurich, simpatizando allí con un grupo moderado de la Internacional. Socialista en principio, sus ideas influían naturalmente en su género de vida, por demás frugal y laboriosa; trabajó con pasión en su gran obra científica —el objetivo principal de su existencia—, obra que había de hacer digno pendant en el presente siglo, con los famosos Cuadros de la Naturaleza de los enciclopedistas. Llegó a ser gran amigo personal del antiguo emigrado coronel Pedro Lavrov, siendo ambos partidarios de las ideas filosóficas de Kant.

En cuanto Alejandro se enteró de mi detención, lo abandonó todo —la obra de su vida, su vida misma de libertad, que le era tan necesaria como el aire a la existencia del ave—, y volvió a Petersburgo, que detestaba, con el solo propósito de tratar de endulzar mi cautiverio.

Nuestra entrevista fue conmovedora. Mi hermano estaba muy excitado. La vista sólo del uniforme azul de los gendarmes —los verdugos de todo pensamiento libre en Rusia— le era odiosa, y francamente manifestó ese sentimiento delante de ellos. En cuanto a mí, su presencia en la capital me inspiraba la más viva inquietud. Me sentía feliz al ver su rostro querido, sus ojos llenos de ternura, y saber que me permitirían comunicar con él una vez al mes; no obstante, hubiera preferido verlo a centenares de leguas de aquel lugar, al que había llegado en plena libertad, pero a donde podía volver en cualquier momento escoltado por los gendarmes. ¿Por qué has venido a meterte en la boca del lobo? Parte en seguida — pensaba yo para mí; pero también comprendía que mientras durara mi cautiverio él permanecería en San Petersburgo.

Como sabia mejor que nadie que el ocio seria capaz de matarme, hizo en el acto gestiones para que me permitieran trabajar. La Sociedad Geográfica deseaba que finalizara mi Memoria sobre el periodo glacial, y mi hermano había interesado al mundo científico de San Petersburgo, comprometiendo a todos sus miembros para que apoyaran la petición. La Academia de Ciencias se interesó también en el asunto; y finalmente, a los dos o tres meses de estar preso, el gobernador entró en mi celda y me anunció que el emperador me permitía completar mi informe para la Sociedad Geográfica, pudiendo disponer con tal motivo de pluma y tinta, pero sólo hasta la puesta del sol, añadió. Durante el invierno el sol se pone a las tres de la tarde en San Petersburgo; pero no había más remedio que conformarse. Hasta la puesta del sol — fueron las palabras que pronunció Alejandro II al conceder el permiso.


*** II

¡Ya podía trabajar!

Me sería imposible expresar ahora el inmenso consuelo que entonces sentí al saber que podía volver a escribir. Hubiera preferido vivir sólo de pan y agua en el más infecto de los calabozos, con tal de poder ocuparme de algo.

Yo era, sin embargo, el único preso que gozaba de ese permiso. Varios de mis compañeros que estuvieron encarcelados tres o más años, antes de la vista del famoso proceso de los cuatrocientos noventa y tres, sólo pudieron obtener una simple pizarra. Naturalmente, a falta de cosa mejor, en medio de su lúgubre soledad, aquélla era bien recibida. Empleábanla para escribir los temas de los idiomas que estudiaban, o para resolver problemas de matemáticas; pero todo lo que en ella fijaban desaparecía al cabo de algunas horas.

Desde aquel instante, mi vida de cautivo se adaptó a una forma más regular, teniendo ya un objetivo inmediato. A las nueve de la mañana tenia ya casi completados los trescientos pasos a través de mi celda, y esperaba los lapiceros y plumas que debían traerme. El trabajo que preparaba para la Sociedad Geográfica contenía, además del informe sobre las exploraciones en Finlandia, una exposición de principios sobre los cuales debe reposar la hipótesis glacial.

Sabiendo que podía disponer de tiempo ilimitado, me decidí a escribir de nuevo y ampliar esta parte de mi trabajo. La Academia de Ciencias puso su admirable biblioteca a mi disposición, y pronto se llenó un rincón de mi celda de libros y mapas, incluyendo el total de las Investigaciones Geológicas Suecas, una colección casi completa de Memorias de todas las expediciones árticas, y toda la colección del Quarterly Journal de la Sociedad Geológica Londinense. Mi obra llegó a formar dos gruesos volúmenes. El primero se imprimió, debido a los cuidados de mi hermano y de Polakov (en las Memorias de la Sociedad Geográfica), en tanto que el segundo, que no había terminado por completo cuando mi evasión, quedó en poder de la Sección Tercera. El manuscrito no pudo hallarse hasta 1895, en que fue entregado a la Sociedad Geográfica, la cual, a su vez, me lo remitió a Londres.

A las cinco de la tarde —a las tres en invierno—, al mismo tiempo que me traían una pequeña lámpara, se incautaban de los lapiceros y plumas, viéndome obligado a suspender el trabajo. Entonces leía generalmente libros de Historia. En la fortaleza se había llegado a formar una biblioteca completa durante la sucesión de presos políticos que en ella fueron confinados. Me permitieron agregar a aquélla algunos libros de texto sobre la historia de mi país, y junto con los que me llevaban mis parientes, pude leer la mayor parte de las obras y de las colecciones de actas y documentos que se refieren al periodo moscovita de la historia de Rusia.

Dedicábame con gusto, no sólo a la lectura de los anales rusos, particularmente los verdaderamente admirables de la democrática república medieval de Pskov —la mejor quizás de Europa en la historia de las ciudades de esa época—, sino también a la de toda clase de documentos antiguos, y a la de las Vidas de los Santos, que a veces contienen hechos de la vida real de las masas que no se pueden encontrar en otra parte. Leí también durante dicho periodo de tiempo gran número de novelas, como igualmente los Cuentos de Navidad, de Dickens, que me mandó mi familia, precisamente en esos días del año, y que me hizo pasar dicha fiesta riendo y llorando con las soberbias creaciones del gran novelista.


*** III

Lo que más me entristecía era el silencio sepulcral que reinaba en torno mio. En vano golpeaba en el muro y en el suelo con la esperanza de obtener alguna ligera respuesta. El silencio era completo. Un mes, dos meses, quince meses pasaron sin que nadie contestara a mi llamamiento. Entonces no éramos más que seis, repartidos entre las treinta y seis casamatas, hallándose los demás compañeros detenidos en la prisión de la Litovsky Zámok.

Cuando el oficial de guardia entraba en mi celda para acompañarme al paseo, y yo le preguntaba: ¿Qué tiempo hace? ¿Está lloviendo? — mirábame él con desconfianza, y sin pronunciar palabra, retrocedía hacia la puerta donde estaban el centinela y otro oficial que lo vigilaban. El solo ser viviente cuya voz podía oír era el gobernador. Venía todas las mañanas, me daba los buenos días y me preguntaba si tenía necesidad de comprar tabaco o papel. Intentaba conversar con él; pero con una mirada furtiva que lanzaba a los oficiales que se hallaban cerca de la puerta entreabierta, parecía querer decirme: Ya veis que a mí también me espían. Sólo las palomas no temían aproximarse a mí. Todas las mañanas y las tardes venían a mi ventana a recibir su comida a través de la reja. No se percibían otros ruidos que el crujir de las botas del centinela, el casi imperceptible que éste hacía al abrir y cerrar el ventanuco y el tañido de las campanas de la catedral de la fortaleza. Tocaban un ¡Señor, sálvame! (Gospodi pomilui), una, dos, tres y cuatro veces cada cuarto de hora, doblando después la gran campana al terminar aquélla, a la que seguía una especie de canto lúgubre ejecutado por las campanas, que los cambios rápidos de temperatura desentonaban sin cesar, produciendo una horrible cacofonía que recordaba el toque de campanas de los entierros.

A media noche, después del referido cántico, oíanse las notas discordantes de Dios salve al zar. Esto duraba un cuarto de hora, y apenas finalizaba, un nuevo Señor, sálvame, anunciaba al desvelado prisionero que había pasado otro cuarto de hora de su inútil vida, y que otros muchos cuartos, horas, días y meses de su vegetativa existencia se sucederían antes de que lo soltaran sus carceleros o lo rescatara la muerte.

Todas las mañanas me sacaban a pasear durante media hora por el patio de la prisión. Este patio tenía la forma de un reducido pentágono, con una acera estrecha a su alrededor, y en el centro un pequeño edificio destinado a cuarto de baño; pero, así y todo, esos paseos me agradaban. La necesidad de nuevas impresiones se hace sentir tanto en la prisión, que cuando me paseaba por tan estrecho sitio, fijaba constantemente la vista en la flecha dorada de la catedral de la fortaleza. De entre todos los objetos que me rodeaban era el único que cambiaba de aspecto, y me gustaba verla deslumbrante como el oro cuando el sol brillaba en un cielo claro y despejado, tomando un aspecto fantástico cuando una gasa de azulada neblina envolvía la ciudad, o adquiriendo el color gris del acero si espesas nubes obscurecían el firmamento.
Durante estos paseos solía ver algunas veces a la hija del gobernador, muchacha de diez y ocho a diez y nueve años, cuando salla del pabellón de su padre y tenia que cruzar nuestro patio para dirigirse a la puerta de entrada, única salida del edificio. Siempre lo hacía rápidamente y con los ojos bajos, como si se sintiera avergonzada de ser hija de un carcelero. Su hermano menor, por el contrario, que era un cadete a quien vi una o dos veces en dicho lugar, siempre me miraba tan fijamente a la cara con tan franca expresión de simpatía, que no pudo menos de llamar mi atención, y hasta llegar a mencionárselo a alguno después de mi salida. Cuatro o cinco años después, cuando ya era oficial, fue desterrado a Siberia. Había ingresado en el partido Narodnaia Volia y supongo había ayudado a que se comunicaran los amigos con los presos de la fortaleza.

El invierno es triste y sombrío en San Petersburgo para los que no pueden pasear por las calles brillantemente iluminadas; pero lo es todavía más para el que está en el fondo de una casamata. La humedad era peor que la obscuridad. Para preservarme de ella, calentaban el local hasta un grado tan alto que llegaba a sentir verdadera sofocación; pero, en cambio, cuando pude conseguir que bajara un poco la temperatura, la humedad traspasó los muros, corriendo el agua a lo largo del papel, y bien pronto fui presa de agudos dolores reumáticos. A pesar de todo, mi espíritu no decaía, y continuaba escribiendo y trazando cartas geográficas en la obscuridad, afilando los lapiceros con un pedazo de vidrio que había podido recoger en el patio. Caminaba regularmente mis ocho kilómetros al día, y continuaba los ejercicios gimnásticos con el banquillo. El tiempo se pasaba; pero de pronto aconteció una terrible desgracia que estuvo a punto de anonadarme.

Habían detenido a mi hermano Alejandro.

A fines de Noviembre de 1874, me permitieron tener una entrevista con él y con nuestra hermana Elena en la fortaleza, en presencia de un oficial de gendarmes. Esas entrevistas, autorizadas a grandes intervalos, producen siempre cierta excitación en el preso y su familia. Contémplanse rostros queridos, óyense voces amadas, y se sabe que la visión sólo durará breves instantes. Se siente uno alejado de los suyos, a pesar de la momentánea aproximación, con tanto más motivo cuanto que no se puede tener una conversación intima ante un extraño, un enemigo, un espía. Mis hermanos se mostraban preocupados respecto de mi salud, sobre la cual los obscuros y tristes días de invierno y la humedad habían impreso ya sus primeras huellas. Nos separamos con el corazón oprimido.

Una semana después de nuestra entrevista, en vez de la carta que esperaba de mi hermano respecto a la publicación de mi libro, recibí una breve nota de Polakov, informándome que en lo sucesivo leería él las pruebas y que a él me dirigiera para todo lo concerniente a la imprenta. Del tono de la nota deduje que algo desagradable había ocurrido a mi hermano, pues si sólo se hubiese tratado de su salud, dicho amigo me lo hubiera dicho. Una terrible ansiedad se apoderó de mí. “Alejandro” —pensé— “ha debido ser arrestado, y lo ha sido por mi causa. La vida dejó en el acto de tener el menor atractivo para mí; mis paseos, mi gimnasia y mi trabajo perdieron todo su interés. Pasaba todo el día paseando por la celda, sin pensar en otra cosa que en la detención de mi hermano. Para mí, hombre soltero, la prisión no era más que una molestia personal; pero mi hermano era casado, adoraba a su esposa y ambos habían reconcentrado en su último hijo todo el amor que antes tuvieron a los dos primeros.

Lo peor era la incertidumbre. ¿Qué podía haber hecho? ¿Por qué le habían arrestado? ¿Qué iba a suceder?

Pasaron algunas semanas, siendo cada día mayor y más profunda mi ansiedad, sin que recibiera la menor noticia, hasta que al fin llegué a saber de un modo indirecto que lo habían arrestado por una carta escrita a P. L. Lavrov.

Los detalles no los supe hasta mucho después. Con posterioridad a nuestra última entrevista, había escrito a su antiguo amigo, que en aquella época dirigía en Londres una revista socialista rusa, titulada Vperíód. En dicha carta expresaba sus temores acerca de mi salud; hablaba de los numerosos arrestos que en aquellos días se efectuaban y exponía con franqueza su desprecio por el régimen despótico. La carta fue interceptada en correos por la Sección Tercera, y en la noche de Navidad fueron a registrar su casa, lo que efectuaron de modo más brutal aún que de ordinario. Después de media noche, varios hombres hicieron una irrupción en su departamento, revolviéndolo todo. Hasta las paredes fueron reconocidas; el niño enfermo fue sacado de la cama, a fin de inspeccionar las ropas y colchones; mas como nada había, nada pudieron encontrar.

Este registro irritó a mi hermano, quien con su acostumbrada franqueza, dijo al oficial de gendarmes que lo dirigía: “Contra vos, capitán, no siento rencor. Vuestra educación ha sido limitada y casi no comprendéis lo que estáis haciendo. En cuanto a vos —continuó dirigiéndose al procurador—, debo deciros que no ignoráis el papel que representáis en todo esto; habéis recibido una educación universitaria, conocéis la ley y sabéis que la estáis arrastrando por el suelo, dando con vuestra presencia una apariencia de legalidad al acto arbitrario que cometen esos esbirros; sois, pues, un miserable”.

Aquellos hombres le juraron un odio mortal. Lo tuvieron encerrado en la Sección Tercera hasta mayo. El hijo de mi hermano —un niño encantador, a quien la enfermedad había vuelto más afectuoso e inteligente todavía— estaba atacado de una fiebre consultiva, y los médicos habían declarado que no tenia remedio. Alejandro, que jamás había pedido el menor favor a sus enemigos, les suplicó entonces que le permitieran ver a su hijo por última vez. Les rogó que lo dejaran ir, bajo palabra de honor, durante una hora a su casa, o que lo condujeran convenientemente custodiado. Pero le rehusaron este favor; no quisieron privarse del placer de la venganza.

El niño murió, y poco después la desgraciada madre, casi enloquecida de dolor, recibió la noticia de que su esposo había sido desterrado por tiempo indefinido a Minusinsk, pequeño pueblo de la Siberia oriental, a donde tuvo que hacer el viaje en carreta entre dos gendarmes. Ella estaba autorizada para seguirlo, pero sólo después, porque no se les permitía hacer el viaje juntos.

“Decidme, al menos, cuál es mi crimen” — preguntaba mi hermano. Pero ninguna acusación pesaba sobre él, aparte de la carta mencionada. Su deportación apareció como un acto arbitrario, como una venganza tan evidente de la Sección Tercera, que toda nuestra familia creyó que no se prolongaría más allá de algunos meses. Mi hermano dirigió una carta al ministro del interior, el cual respondió que no podía intervenir en las decisiones del jefe de la gendarmería; otra fue enviada al Senado, con resultado idéntico. Todo resultó inútil.

Dos años más tarde, nuestra hermana Elena, obrando por su propia iniciativa, escribió una petición al zar. Nuestro primo Dimitri, gobernador general de Járkov, Ayudante de Campo del Emperador y gran favorito de la Corte, indignado del proceder de la Sección Tercera, entregó el documento personalmente al zar, apoyándolo con algunas palabras. Pero el rencor de los Romanov es un rasgo característico de la familia, que estaba fuertemente desarrollado en Alejandro II, y como consecuencia de ello, escribió en la petición подожди еще (que espere todavía).

Mi hermano permaneció en Siberia doce años, y no volvió jamás a Rusiia.

*** IV

Las numerosas prisiones que se verificaron durante el verano de 1874, y las salvajes persecuciones de que fueron objeto nuestros partidarios, produjeron un cambio notable en el espíritu de la juventud moscovita. Hasta entonces se había hecho propaganda en los centros obreros, introduciendo en ellos individuos capaces de ser agitadores socialistas; pero como los talleres se inundaron de espías, se corría el peligro de que fueran enviados a Siberia obreros y propagandistas. Entonces se empezó a producir un movimiento popular de un orden completamente nuevo; centenares de jóvenes de ambos sexos se esparcieron por todas partes, y sin tomar precauciones, predicaron la revolución, repartiendo folletos, canciones y manifiestos. En nuestros círculos este verano recibió el nombre de verano delirante.

La gendarmería estaba desconcertada, porque era tal el número de propagandistas, que no se disponía del tiempo material necesario para detenerlos a todos. Más de mil quinientos fueron los arrestados, muchos de los cuales sufrieron largos años de cautiverio.

Un día de verano de 1875, oí distintamente en la celda inmediata a la mía pasos ligeros y tacones que me parecieron de mujer, y algunos minutos después pude escuchar fragmentos de una conversación. Una voz femenina hablaba desde la celda, y otra recia —indudablemente la del centinela— decía algo en contestación. Después reconocí el sonido de las espuelas del coronel, sus pasos precipitados, sus reprimendas a aquél y el ruido que hacía la llave al girar en la cerradura. El dijo algo que no pude entender, y una voz de mujer le contestó en tono elevado: No hablábamos; yo no hice más que rogarle que llamara al oficial de guardia, cerrándose la puerta a continuación, y volviendo de nuevo el gobernador a reprender al centinela a media voz.

Yo no estaba, pues, solo; tenia una vecina que, desde el primer momento, había logrado quebrantar la severa disciplina que hasta entonces reinara en la fortaleza.

Desde aquel día las paredes de la prisión, que habían permanecido mudas durante los últimos quince meses, adquirieron animación. De todas partes se oían golpes que daban con el pie en el suelo; uno, dos, tres, cuatro... once, veinticuatro, quince golpes; después una pausa seguida de tres y más y una larga sucesión de treinta y tres. Lo cual se repetía en el mismo orden, hasta que el vecino llegaba a comprender que esto quería decir: Кто ты? (¿Quién sois?) siendo la letra v la tercera de nuestro alfabeto. De este modo se entablaba la conversación, que por lo general se mantenía sirviéndose del alfabeto abreviado, inventado por el decembrista Bestuyev, esto es, se le divide en seis hileras de cinco letras cada una, mareándose cada letra por su hilera y el lugar que ocupa en la misma.

Con gran satisfacción descubrí que tenía a mi izquierda a mi amigo Serdiukov, con quien pronto podría hablar de todo, particularmente usando nuestra clave. Pero esta comunicación con mis semejantes produjo penas lo mismo que alegrías. Mi amigo entablaba casi todos los días conversación, por el procedimiento indicado, con un campesino a quien no conocía, que se encontraba en una celda situada bajo la que yo ocupaba, y muchas veces, aun sin querer, seguía, mientras trabajaba, su diálogo. También yo hablé con él. Si el aislamiento absoluto, sin ninguna clase de trabajo, es duro para hombres que tengan instrucción, lo es infinitamente más para un campesino, acostumbrado a la labor física, que no es posible que pase años enteros dedicados a la lectura. La situación de este pobre amigo era bien lamentable, pues habiendo pasado cerca de dos años en otra prisión antes de traerlo a la fortaleza, su ánimo se hallaba profundamente quebrantado. Su delito consistía en haber oído propagar el socialismo. Pronto empecé a notar con terror que de tiempo en tiempo su razón divagaba; gradualmente sus pensamientos se fueron haciendo cada vez más confusos, y los dos percibimos, paso a paso, día por día, señales evidentes de que su razón se obscurecía, hasta que al fin en su conversación se reveló su estado. Ruidos espantosos y gritos terribles nos llegaban desde su celda; el infeliz estaba loco, y sin embargo, tuvo que pasar varios meses en tal estado en la casamata, antes de que lo trasladaran a un manicomio, del que ya no salió más. Es terrible tener que ser testigo de tan dramáticos sucesos, que yo creo influyeron de tal manera en el ánimo de mi verdadero y buen amigo Serdiukov que, cuando después de cuatro años de prisión preventiva fue absuelto por el tribunal y recobró la libertad, se pegó un tiro.

Un día recibí una visita inesperada. El gran duque Nicolás, hermano de Alejandro II, que pasaba una visita de inspección a la fortaleza, entró en mi celda, seguido sólo de su ayudante, cerrándose la puerta tras él. Inmediatamente se acercó a mí, dándome los buenos días, pues me conocía personalmente, y me hablaba en tono amable y familiar, como se hace a un antiguo amigo:

— ¿Es posible que vos, un antiguo paje de cámara, un sargento del Cuerpo de pajes, os halléis envuelto en semejantes asuntos y encerrado actualmente en esta horrible casamata?

— Cada uno tiene su manera de pensar —repliqué.

— En este caso, ¿creéis que era necesario provocar una revolución?

¿Qué debía yo contestar? Si respondía que sí, daría lugar a que dijeran que yo, que me había negado a manifestar nada a los gendarmes, lo declaraba todo al hermano del zar. Me parecía el jefe de una escuela militar cuando trata de hacer cantar a un cadete. Y sin embargo, tampoco podía decir no, porque hubiera sido una mentira. No sabiendo, pues, qué contestar, opté por no decir nada.

— Lo veis; os avergonzáis ahora de vuestro proceder.

Esta frase me irritó y en el acto le repliqué con viveza:

— Ya he contestado al juez instructor y no tengo que añadir nada nuevo.

— Me extraña que no comprendáis —me dijo en un tono familiar— que no os hablo como un juez, sino como simple particular, completamente como tal —agregó bajando la voz.

En aquel momento invadió mi mente una multitud de pensamientos. ¿Tenia que proceder como el marqués de Posa? ¿Debí decir al emperador, por conducto de su hermano, que Rusia estaba desolada, que los campesinos se hallaban arruinados, que los funcionarios públicos cometían toda clase de crímenes, que en perspectiva se presentaba terrible y amenazador el espectro del hambre? ¿Habría de manifestar que lo que nos proponíamos era ayudar a los campesinos a salir de su desesperada situación, hacer que levantaran la cabeza, y procurar así, por todos los medios posibles, influir en el ánimo de Alejandro II?

Estos pensamientos pasaron rápida y sucesivamente por mi imaginación, hasta que al fin dije para mi:  — ¡Jamás! ¡Qué tontería! Todo eso lo saben ellos demasiado; pero son enemigos del pueblo, y semejantes palabras no les harían cambiar. - Le contesté, pues, que para mí siempre sería una persona oficial, y que no podía considerarlo de otra forma.

Entonces empezó a hacerme preguntas, al parecer indiferentes.

— ¿No fue en Siberia, con los decembristas, donde comenzasteis a sustentar tales ideas?

— No; sólo conocí a uno de ellos, y no hablé con él nada de particular.

— ¿Fue acaso en San Petersburgo donde las adquiristeis?

— Siempre he pensado de igual modo.

— ¡Cómo! ¿Teníais semejantes ideas cuando estabais en el Cuerpo de pajes? —me preguntó con asombro.

— Allí era un niño, y lo que se encuentra indefinido en la juventud toma forma y carácter en la edad adulta.

Después me hizo otras preguntas de la misma índole, y a medida que hablaba me parecía leer en su pensamiento su intención. Era indudable que se proponía sacar de mí algo concreto, para poder decir a su hermano: Los jueces son unos imbéciles; a ellos nada ha contestado, y yo, en menos de diez minutos, he logrado hacerle confesar. Esto empezaba ya a molestarme, lo cual hizo que, al preguntarme:

— ¿Qué queríais hacer con esos campesinos y gente desconocida? —le respondiera secamente:

— Ya os he dicho que he contestado al juez de instrucción.

Entonces el gran duque salió bruscamente de mi celda.

Los soldados de la guardia forjaron una leyenda sobre la citada visita. Por parecerse ligeramente al gran duque Nicolás la persona que vino en carruaje a recogerme en el momento de mi fuga, llevar como aquél gorra militar y tener también barba rubia, supusieron que había sido el gran duque en persona quien me había prestado tal servicio. Así se crean las leyendas, hasta en esta época de periódicos y diccionarios biográficos.

*** V

Habían transcurrido dos años; varios de mis compañeros perdieron durante ese tiempo la vida, otros la razón, y, sin embargo, aun no sabíamos cuándo se vería nuestra causa en la Audiencia. Mi salud empezó a quebrantarse hacia el fin del segundo año. El banco de roble se me hizo más pesado, y los ocho kilómetros me parecieron interminables. Como éramos unos sesenta los que estábamos en la fortaleza, y los días de invierno son cortos, sólo nos sacaban a pasear veinte minutos por el patio, una vez cada tres días. Hice todo lo posible por mantener mis energías; pero tan prolongado invierno ártico, sin tener descanso alguno en el verano, me causó un daño atroz. De mis excursiones siberianas había traído como recuerdo ligeros síntomas de escorbuto, que ahora, en la obscura y húmeda casamata, tomaba caracteres más distintos. Esta calamidad que tanto abunda en las prisiones, se había apoderado de mí.
memorias
Salvador Puig Antich, compañero militante del Mil fue asesinado “legalmente” por el estado, a garrote vil, hoy hace 47 años el 2 de marzo del 1974 ¡¡¡Ni olvidó ni perdón!!!

 🟥⬛️CGT muestra su desacuerdo con una nueva decisión judicial en relación al archivo de la causa de la fosa de los maestros en Soria

📢La lucha por la Sanidad Pública y Universal es también la lucha antifascista⬛️

 

 
 

 

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