🟥🟨🟪A un año de la muerte de Chato Galante

Por Luis Suárez-Carreño, miembro de La Comuna

u🏴n año este de pandemia que se ha hecho largo y penoso por muchas razones, una de ellas, no menor en nuestro caso, la ausencia de Chato Galante que fue víctima del virus en los albores del estado de alarma, el 29 de marzo, en unas circunstancias especialmente dolorosas como fueron las de tantas terroríficas muertes prácticamente en soledad, en unos hospitales o residencias convertidos en espectrales mortuorios donde el personal sanitario, si lo había, luchaba desesperado y exhausto contra algo que se parecía mucho a un 🏴apocalipsis.

Un año que ha puesto ante nosotros, de manera aún más cruda, las profundas debilidades del sistema productivo y social planetario ante las que Chato se rebeló y luchó, entregando generosamente mucho del tiempo que le tocó vivir: las desigualdades sociales, los fanatismos y las discriminaciones, la insostenibilidad medioambiental, la codicia empresarial y los gobiernos que se pliegan a esta. Son los ingredientes que han contribuido a esta tormenta perfecta de muerte y empobrecimiento a que hemos asistido en estos 12 meses. Y son unas condiciones estructurales, casi ya geológicas, que nos condenan a repetidos ciclos de desastres en el futuro, probablemente cada vez más frecuentes.

Este año de tantas lecciones que probablemente no aprenderemos han mostrado, como se ha repetido, lo mejor de nuestra sociedad: el personal sanitario luchando por salvar vidas arriesgando las suyas, pero también el personal docente y muchas otras personas entregándose a los demás, por ejemplo, en las colas del hambre. Ha mostrado descarnadamente el efecto demoledor de años de recortes de lo público, y ha mostrado también lo peor del género humano en forma de caceroladas de cayetanos reclamando su derecho a la insolidaridad, al clasismo, a la estupidez.

Chato luchó desde muy joven contras las injusticias, al principio contra las más próximas y acuciantes del franquismo, años más tarde contra otras más sutiles o taimadas, pero no menos dañinas, otras, apenas perceptibles, bien por su lejanía geográfica, como el hambre, el neoesclavismo y los necolonialismos, o por su naturaleza difusa, inasible, como el cambio climático. Esas injusticias son quizás las más dañinas pues apenas podríamos reconocerlas, ni por eso temerlas, salvo porque en sus manifestaciones indirectas como la de arrojar recurrentemente a muchas de sus víctimas en nuestras playas.

Habíamos compartido muchas cosas: militancias, juergas, ilusiones… también otras experiencias no elegidas como la cárcel y las palizas de la policía franquista. Compartimos un torturador, González Pacheco o ‘Billy el niño’, que murió impune y condecorado unas semanas después que Chato, el 7 de mayo, en un sarcasmo del calendario. Alguien escribió ese día en esta misma columna: ‘Hoy es un día de vergüenza nacional y así debería recordarse para las venideras generaciones; para que sepan de una sociedad tan cobarde, tan hipócrita, que fue incapaz de encararse con presuntos criminales que disfrutaban de privilegios y prebendas oficiales, que fue incapaz, más de 40 años después, de sacudirse la sombra del franquismo de sus togas y tarimas.’

Desgraciadamente, este tampoco ha sido el año de la justicia y del fin de la impunidad del franquismo, por los que Chato luchó denodadamente sobre todo en la última década, y de las que se convirtió en figura visible y mediática, sobre todo por su aparición en el premiado documental ‘El silencio de otros’ (Goya 2018), ganándose un respeto unánime que quedó fielmente retratado en la impresionante reacción social ante su fallecimiento.

Las querellas han seguido encontrando el rechazo del sistema judicial, hasta en el mismo Tribunal Constitucional, obligándonos a recurrir al Comité de Derechos Humanos de Naciones Unidas. Al mismo tiempo, un anteproyecto de nueva ley de Memoria Democrática nos ha generado ciertas esperanzas, como primer acercamiento positivo al cabo de tanto tiempo al derecho a la justicia; sin embargo, de momento, el texto no garantiza plenamente este derecho, y en esa batalla seguiremos empeñados, en particular desde la asociación La Comuna y desde la coordinadora estatal Ceaqua de las que Chato fue potente motor.

De alguna victoria, de momento más simbólica que efectiva, sí podemos enorgullecernos en este año, particularmente la toma de declaración telemática ante la jueza Servini (de Buenos Aires) por parte del jerifalte franquista y representante destacado del poder político y económico hasta hoy mismo, Rodolfo Martín Villa, el 3 de septiembre pasado, en el marco de la Querella Argentina. Aunque de momento esto no ha supuesto efectos penales concretos por sus responsabilidades en relación a múltiples crímenes de Estado durante la Transición (12 homicidios y cientos de heridos entre 1976 y 1978), ha servido para recordar en los medios la impunidad de crímenes como la matanza de obreros en Vitoria por la policía, del 3 de marzo de 1976.

Ese día, haciendo guardia frente a la Embajada argentina en Madrid durante varias horas, para asistir, aunque fuera desde la calle, a esa declaración judicial – la primera en nuestra historia por crímenes del franquismo – sentíamos muy viva la presencia de Chato, su energía, visión y capacidad de lucha; en este hito quedaba reconocida de alguna forma su labor.

En esta materia de justicia transicional y universal, el año nos ha deparado alguna paradoja: El pasado mes de septiembre la Audiencia Nacional condenó a 133 años de cárcel a uno de los asesinos del jesuita Ignacio Ellacuría y otras 6 personas en El Salvador en 1989. Un militar condenado por un crimen de estado más de 30 después, en aplicación de la doctrina internacional sobre crímenes de lesa humanidad. Ni el tiempo, ni las complicidades políticas, ni las razones de Estado: la justicia. Sencillo ¿no? ¿Por qué no aquí?

La toma de declaración a Martín Villa dio pie a una reacción corporativa a la defensiva de la casta del régimen del 78, en forma de cartas a la jueza en descargo del acusado, destacando algunos veteranos del PSOE de esos que sestean en sus consejos de administración impasibles ante cualquier injusticia, pero saltan cual resortes cuando alguien osa tocar a algún compinche, con independencia de su historial político.

Esas cartas a la jueza, al igual que la otra carta pública posterior de 70 figuras políticas en apoyo del Borbón emérito en fuga, muestran una sensibilidad extrema, enfermiza, de la piel de los defensores del régimen del 78: cualquier cuestionamiento de los hechos o de sus protagonistas provoca reacciones cuasi-histéricas. Así lo han demostrado, de nuevo, ante otra según ellos afrenta intolerable: dudar de la calidad de nuestra democracia.

Una democracia de cuya calidad este año hemos seguido recibiendo noticia a través de los procesos judiciales en torno a la corrupción económica sistémica y persistente del PP; sobre las cloacas del Estado y las actividades criminales desplegadas por la anterior cúpula del ministerio del Interior, en favor de ese mismo partido. Corrupciones a las que esa derecha constitucionalista sigue añadiendo el pasarse por el forro la Constitución en lo que le conviene, por ejemplo, negándose a cumplir con su obligación de renovar un poder judicial ‘amigo’.

El año ha servido también para confirmar que, aunque el acceso efectivo a la justicia se siga resistiendo, y aunque la derecha se halle inmersa en una ofensiva negacionista y neofranquista, la lucha por la justicia y la memoria democrática se ha instalado ya firmemente en nuestra agenda política. En este empeño, la ausencia de Chato supone un serio lastre, pero su recuerdo es un permanente estímulo para continuar su labor.

Para sus tantos amigos y amigas, compañeros y compañeras, resulta triste no poder conmemorar este primer año como nos gustaría y como merece debido a las excepcionales circunstancias que siguen constriñendo nuestro accionar colectivo.

El año se nos ha hecho largo, sí, hemos echado mucho de menos a Chato, pero su ejemplo sigue aquí; por eso, aunque la confusión es grande y los retos abrumadores, que nadie espere vernos rendidos.

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