🏴Algunos lugares comunes sobre cultura y anarquismo🏴

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Pretendo reflexionar sobre la relevancia de la cultura en el anarquismo, pasado y presente. El hilo conductor serán algunos lugares comunes, conceptos compartidos y frecuentados a lo largo de generaciones, hasta el punto de volverse convencionales. Me aproximo al tema a través de tres facetas que, como se verá, no son estancas, sino que están íntimamente entrelazadas.

JESÚS RUIZ PÉREZ Historiador de lo libertario.

«La base de su revolución social es la voluntad y no las condiciones económicas».Karl Marx, Glosas marginales sobre la obra de Bakunin «El estatismo y la anarquía», edición de Alfredo Velarde (México, 2013), p. 35

I. La cultura como conocimiento (saber)

1. Semilla roja

aA sí se llamaba un semanario anarquista que se publicó en La Rioja –región agraria por excelencia- en 1922. Hay otras cabeceras de periódico en las que encontramos esta imagen, como El sembrador o Germinal –el último, nombre que persiste en nuestros días1.

El cambio de mentalidad, la formación no sólo de «obreros conscientes» sino, en última instancia, de hombres libres, se consideraba condición de cualquier cambio posterior. Los ingentes esfuerzos dedicados a la propaganda denotan la importancia que tenía (y tiene) para los anarquistas: medios periodísticos sostenidos gracias a las contribuciones de los propios trabajadores, edición de libros, mítines. Así como el empeño paralelo en dar vida a organizaciones educativas, fueran ateneos culturales o escuelas racionalistas. Se trata de un trabajo paciente; cuando menos, a medio plazo. Requiere esperar a que la semilla germine y la mies crezca. Pero implica confianza en que el esfuerzo fructificará.

2. Apóstoles de la idea

london1Por este nombre se conoció a los primeros propagadores del anarquismo. La imagen está emparentada con la anterior: con sus prédicas, producen una conversión. El fervor con que el pueblo acogía las ideas anarquistas, en particular entre el campesinado andaluz, llegó a interpretarse en clave religiosa por observadores externos como Gerald Brenan2.

No se puede impulsar una revolución, al menos de forma sincera, sin tener fe en ella. Lo que en el caso de los anarquistas va unido a otra convicción íntima: el poder transformador de las propias ideas. La certeza de que, por muchas penalidades que ofrezca el camino, aun en momentos en que parece que todo está en contra, acabará triunfando «el Ideal». Un ejemplo conmovedor es la declaración que hace Joseph Déjacque en el El humanisferio (1858):

  • «Como el grumete de la Salamandra [en la novela de Eugéne Sue], no pudiendo, en mi debilidad, derribar todo lo que, sobre el navío del orden legal, me domina y me maltrata -cuando mi jornada ha concluido en el taller, cuando mi guardia sobre el puente ha terminado-, desciendo de noche al fondo de la cala, tomo posesión de mi rincón solitario, y allí, con dientes y uñas, como una rata en la sombra, araño y socavo las paredes apolilladas de la viejo sociedad. Durante el día, utilizando aún mis horas de ocio, me armo de una pluma como de un barreno, la sumerjo en hiel, a guisa de grasa y, poco a poco, voy abriendo un boquete, cada vez más grande, al torrente innovador, perforo sin descanso la carena de la Civilización»3.

En sus palabras hay rencor, como cabría esperar de alguien que participó en la insurrección obrera de París en junio de 1848 y, de acuerdo con Max Nettlau, «vio la masacre del pueblo vencido, fue arrastrado de prisión en prisión durante un año y salió de ellas anarquista revolucionario»4. Pero sobre todo con confianza en la difusión de ideas y su lenta pero inexorable zapa del orden establecido.

3. Eclecticismo

ortoEn las bibliotecas de los libertarios tenían cabida autores de otras tendencias políticas. No se atenían a sus libros sagrados (por seguir con la metáfora del apartado anterior), reconocían valor a las obras de autores anticlericales, republicanos o marxistas. Esta mezcla peculiar recibió el nombre de eclecticismo, y demuestra que los anarquistas tenían un genuino afán por estudiar y entender las cuestiones sociales, reconociendo las aportaciones de pensadores ajenos. El eclecticismo también estaba presente en los ateneos culturales, en particular aquellos concebidos como espacio de encuentro y contraste entre distintas ideologías, donde los libertarios confluían con otras corriente políticas, siendo el principal modelo el Ateneu Enciclopèdic Popular de Barcelona. El mismo talante los encontramos en un tipo especial de charla, la controversia con militantes de otras tendencias, y en la práctica de ceder la palabra al público al final de los mítines, sin eludir o ahogar la polémica. Por último, algunas publicaciones libertarias nacieron con una explícita vocación ecléctica. Entre ellas ocupó un lugar destacado la revista Orto (1932-1934), dirigida por Marín Civera, cuyas páginas, ilustradas por los fotomontajes del comunista Josep Renau, estaban abiertas a la colaboración de notorios marxistas extranjeros y nacionales, entre ellos el disidente Andreu Nin. El fenómeno del eclecticismo, la negativa a encerrar la cultura en los márgenes estrechos de la propia capilla, resulta significativo. Sin embargo tenemos que tener en cuenta que coexistió con el dogmatismo, y el diálogo enriquecedor que Civera pretendía entablar topó con la incomprensión de algunos militantes, que declararon un boicot a la revista5.Tal vez no sea ocioso recordar aquí un rasgo del «neo-marxismo» de Marín Civera (nombre que usaba para referirse a sus propios planteamientos), si, de acuerdo con la cita que encabeza este artículo, consideramos que un rasgo distintivo del anarquismo es hacer depender la revolución social de la voluntad de los seres humanos, y no de las condiciones económicas. Civera diagnosticó la bancarrota del capitalismo utilizando elementos de análisis marxistas –entonces se sentían las consecuencias de la crisis mundial que siguió al crack del 29. Pero su conclusión fue que la crisis económica amenazaba con conducir al fascismo, recurso de fuerza con el que el sistema intentaría salvarse de la quiebra, y lo único que podía frenarlo era la determinación de los obreros6.

II. La cultura como aprendizaje práctico (saber hacer)

4. Cultura y acción

soliOtro título de periódico, en este caso el órgano de la Regional de la CNT de Navarra, Aragón y Rioja durante la Segunda República y la Guerra Civil. La cultura y la acción, más que complementarias, son indisolubles.

El ejemplo procede del anarcosindicalismo, el que puso más énfasis en la organización. A menudo en su prensa trasluce el orgullo de sostener sindicatos sólidos, herramienta para la emancipación de los obreros construida por los obreros mismos. En el sindicato los trabajadores se capacitaban en la autogestión, de modo práctico, participando en las asambleas o aceptando responsabilidades en los comités, y también aplicando la acción directa para obtener sus reivindicaciones.

Encontramos aquí una noción amplia de cultura, que abarca no sólo conceptos y sistemas de pensamiento más o menos articulados, sino también técnicas, rutinas, costumbres, actitudes, sentimientos y, en suma, lo que E. P. Thompson denominó experiencia, y por tanto comprende todos los ámbitos de la vida, de la forma de estar en el mundo7. Tal vez la función más importante del sindicato fuera que contribuía al aprendizaje de la solidaridad, ingrediente básico para este autor británico en el surgimiento del movimiento obrero. No en vano Solidaridad Obrera ha sido, desde su fundación, el nombre del portavoz de la CNT.

Salvador Seguí se distinguió por su énfasis en que la revolución no podría emprenderse hasta que concluyera una etapa previa dedicada a desarrollar la estructura orgánica sindical y a capacitar a los obreros por medio de la experiencia y la formación adquiridas en los sindicatos8. Y esta línea tuvo su continuidad en la mantenida por aquel sector de la CNT dispuesto a aceptar la convivencia (siempre conflictiva) con la Segunda República hasta tanto se fortalecieran los sindicatos, siendo uno de los factores que originó la escisión treintista, sobre la que volveremos un poco más adelante. En esta actitud subyacía no sólo el deseo de poner en pie en el presente las estructuras que se encargarían de gestionar la economía en el futuro, sino también la voluntad de fabricar el propio sujeto revolucionario.

5. Antes de destruir hay que construir

El sindicalismo revolucionario tenía la creencia de estar edificando ya, en el seno de la sociedad capitalista, aquello que sería la base de la sociedad futura. Esta sería otro de los rasgos definitorios del anarquismo: si se distingue por la coherencia entre medios y fines –en particular, no servirse de la autoridad cuando pretende destruirla- también forma parte de su esencia vivir conforme a las propias ideas, anticipar en el presente las formas de convivencia del porvenir. El ejemplo más claro son las comunas libertarias, pero aquí podríamos incluir un sinfín de proyectos colectivos, desde un centro social okupado hasta una cooperativa de consumo, y cualquier forma de experimentación vital, también la artística, desde la bohemia y el dadaísmo hasta el situacionismo y la contracultura. O más recientemente, incorporando las potencialidades de internet, la creación de «zonas temporalmente autónomas» propuesta por Hakim Bey9.

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Estos ensayos exitosos (de forma temporal o duradera) no sólo hacen real el fruto, además llevan en su interior, en tanto demostraciones prácticas, semillas del cambio venidero. Generan innovación. Construyen comunidad. Conceptos nuevos relacionados con esta práctica antigua son los de red y espacio de sociabilidad, que ahora se utilizan tanto para reelaborar el estudio del pasado como para interpretar el presente.

En la actualidad, el entramado cultural libertario se percibe como un ámbito unido a la acción, un ingrediente imprescindible de la experiencia, de lo que depende su potencial transformador. Valga citar, a modo de muestra, las palabras del Profesor Arkadio en el programa 400 de “La linterna de Diógenes” (abril de 2020):

  • «Vuelvo a recordar lo del tejido, las redes y los ámbitos, la acción, experiencia y conocimiento de esa acción y difusión para volver a conectar con la acción colectiva. Si no hay algún tipo de relación entre esos ámbitos esto no pasa de ser un simple ejercicio masturbatorio. Ya sabéis, te quedas bien pero, una vez terminado, todo sigue igual»10

III. La cultura como medio para hacer la revolución

6. Cultura versus violencia

Hasta tiempos muy recientes esta oposición sólo era una disyuntiva en los extremos: entre el tolstoiano pacifista y el terrorista. Pero para la gran mayoría el dilema no se situaba entre cultura y violencia, sino en la mayor o menor relevancia que una tenía frente a la otra en el proceso revolucionario. Se daba por descontado que la violencia sería necesaria para destruir el Estado y, casi de modo inevitable, para defender la nueva sociedad de sus enemigos declarados.

Las diferencias en la peso atribuido a uno u otro elemento no eran menores, y puede servir para ilustrarlas el momento que mejor conozco, la Segunda República, cuando provocaron una profunda división.

De un lado, una parte significativa de la FAI y de la CNT promovió la insurrección armada. Y esta llegó a ponerse en práctica de modo repetido, aunque sólo en localidades aisladas. Del otro lado, otra parte significativa de la CNT, la representada por el treintismo, confiaba en una acción de masas, metódica, que requería un periodo de preparación para, como se ha dicho más arriba, fabricar el sujeto de la revolución -es decir, un trabajo cultural previo a la destrucción del capitalismo y del Estado, la suma de voluntades-.

7. El mito de la huelga general

Debemos al francés George Sorel la interpretación de la huelga general como mito y, lo que es más interesan-te, la puesta en valor de los mitos compartidos en tanto motor de la acción revolucionaria. Precisamente en su obra más célebre, Reflexiones sobre la violencia (1908), con la que Sorel se convirtió en uno de los principales ideólogos del sindicalismo revolucionario, al que había llegado desde una revisión crítica del pensamiento de Marx. Para Sorel el mito integra ideología y sentimiento, lógica y pasión, es un producto cultural en el sentido amplio, y su resultado es la confianza en la victoria:

  • «Los hombres que participan en los grandes movimientos sociales imaginan su más inmediata actuación bajo la forma de imágenes de batallas que aseguran el triunfo de su causa. Yo propuse denominar mitos a esas concepciones cuyo conocimiento es de tanta importancia para el historiador: la huelga general de los sindicalistas y la revolución catastrófica de Marx son mitos» .

Volviendo al debate entre Bakunin y Marx, Sorel toma partido por el anarquista al privilegiar el mito de la huelga general, capaz de movilizar la voluntad colectiva, algo que considera imprescindible para emprender la revolución.

  • «Se puede hablar indefinidamente de revueltas sin provocar jamás ningún movimiento revolucionario, mientras tanto no haya mitos aceptados por las masas».

Dentro del repertorio de la lucha de clases, la huelga general queda más cerca de los medios pacíficos que de los violentos, por más que para Sorel constituyera la máxima expresión de la violencia. Para entender esta aparente contradicción en su justa medida hay que tener en cuenta que Sorel oponía la violencia, propia de los obreros, esencialmente antiautoritaria, a la fuerza, la coerción ejercida por los burgueses desde la maquinaria estatal. La huelga general es violencia por cuanto destruye el Estado y no consiente en usar la fuerza y erigir uno nuevo. Al margen de la retórica bélica soreliana, es posible imaginar una huelga general similar a la descrita por Jack London en su relato «El sueño de Debs» (1909), donde fantasea con un disciplinado movimiento de desobediencia y no cooperación que acaba por doblegar a los burgueses.

Un mito compartido por una cantidad suficiente de personas puede destruir el Estado, porque es una convicción igual de mítica, aunque conservadora, la que lo sostiene. Recientemente el historiador Yuval Noah Harari, que goza de gran predicamento, ha contribuido a propagar la idea de que el Estado, en sus distintas modalidades (desde Sumer hasta nuestros días) constituye un «orden imaginado». La jerarquía y la explotación se perpetúan sostenidas, en última instancia, en un mito, principios sin validez objetiva, pero compartidos de buena fe por grandes segmentos de la población, en particular entre las élites y las fuerzas de seguridad. Y esto las hace sumamente estables, porque «para cambiar un orden imaginado existente, hemos de creer primero en un orden imaginado alternativo».

IV. Recapitulación

Todos los lugares comunes que concurrieron en el anarquismo de forma histórica persisten en la actualidad, y tejen una continuidad entre pasado y presente. Quizás el que más se haya clarificado, y también el más importante, sea el de la cultura como medio para hacer la revolución, en detrimento de la lucha armada y otras formas de violencia, cada vez más minoritarias e improbables. Hoy en día está ampliamente aceptado que cualquier revolución con perspectiva de éxito requiere contar previamente con el respaldo de una amplia red de comunidades y colectivos, una masa crítica de personas unidas por la cultura libertaria.

La producción cultural libertaria goza de gran vitalidad, y cuenta con numerosos espacios web, editoriales, publicaciones periódicas y programas de radio dedicados a la difusión de sus ideas. Es también considerable la presencia y la influencia de los libertarios en movimientos sociales más amplios, como el antiglobalización, el ecologista, el feminista, el antimilitarista, el de okupación, o, hace ya casi una década, las asambleas populares del 15M. Y, en suma, continúa ofreciendo perspectivas prometedoras la apuesta por dar vida a múltiples y diversos espacios de autonomía autogestionados y desmercantilizados. Son triunfos parciales, pero podrían ser síntoma de que la idea va calando, y permiten conservar la esperanza de que la semilla roja dará fruto.

notas

🐃Una carta abierta en apoyo de Richard M. Stallman

🇸🇳Senegal en su segunda primavera. La indignación por los métodos de Macky Sall genera una unidad transversal que podría suponer un punto de inflexión en la política senegalesa. Por Sarah Babiker.

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