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I. El paisaje y el medio

Salvochea

¬°C√°diz! Evoca este nombre m√ļltiples recuerdos hist√≥ricos porque son contados los lugares del mundo que han tenido un pasado tan rom√°ntico y grandioso como la vetusta ciudad andaluza a orillas del Alt√°ntico. Fue fundada por los antiguos fenicios, vinieron luego los cartagineses y despu√©s los romanos.

Ella ha presenciado las luchas sangrientas entre cristianos y mahometanos y ha reunido en sí la civilización europea y la cultura del Oriente. En sus edificios vivieron sabios árabes, escolásticos judíos y monjes cristianos, influyendo sobre el estado mental de sus habitantes.

Cuando los musulmanes fueron expulsados de Andalucía por los soldados de Fernando el Católico, llegaron los cruzados ingleses y descansaron en Cádiz antes de seguir viaje para conquistar el Sagrado Sepulcro en la Tierra Santa. Después del descubrimiento de América, Cádiz se convirtió en una de las ciudades más ricas de Europa y la arquitectura maravillosa de sus edificios nos refiere hoy todavía la historia de ese período magnífico.

¬°Y cu√°ntas luchas, cu√°ntas sublevaciones y revueltas ha presenciado esa ciudad! Centenares de veces se han alzado sus moradores en defensa de la libertad, demostrando as√≠ la exactitud del dicho espa√Īol: ¬ęLa tierra andaluza es la tierra de la libertad¬ę. C√°diz y Barcelona han sido siempre los dos focos de la vida revolucionaria en Espa√Īa y son tambi√©n actualmente los centros principales del movimiento anarquista de ese pa√≠s.

Es C√°diz una ciudad admirable, una de las m√°s hermosas del mundo. Rocas inmensas caen sobre el mar profundo y encima de ellas se levantan peque√Īas casas n√≠veas con diminutas torrecillas que se reflejan en las olas azules.

II. El hombre

En una de esas casas blancas, bien arriba, en una buhardilla, viv√≠a un anciano. La instalaci√≥n de la pieza era pobre, demasiado pobre: una cama, una mesita, una silla, algunos viejos peri√≥dicos y libros era todo lo que pose√≠a el anciano. Pero quien arrojaba una mirada a trav√©s de la peque√Īa ventana notaba inmediatamente que el anciano era m√°s rico de lo que parec√≠a; afuera se extend√≠a el oc√©ano azul, un panorama maravilloso: cielo y agua y las blancas velas de las embarcaciones que se mec√≠an sobre las ondas juguetonas. Por el mar, precisamente, viv√≠a el anciano en esa casita, porque amaba el oc√©ano, las olas ruidosas y la lejan√≠a infinita. Todas las ma√Īanas, al levantarse de su lecho, su primera mirada ca√≠a sobre el mar y de noche, antes de acostarse, sus ojos semicegados volv√≠an a buscar las olas enfurecidas, como si quisiese encargarles alguna misi√≥n. Porque ese anciano era un profeta, uno de los contados hombres que etuvieron en la monta√Īa sagrada, vislumbrando desde all√≠ el pa√≠s de nuestros hijos. Y por eso su alma era tan honda, tan tranquila y augusta, igual que el mar en un hermoso d√≠a de verano.

Y cuando llegaba la primavera y el mar comenzaba a rugir y a hervir, cuando las olas salvajes se levantaban cual monta√Īas gigantescas besando a las nubes, el anciano so√Īaba en la gran tormenta de los pueblos, cuando los pobres y los humildes, los bastardos de la sociedad, se levantaran con las armas en las manos para romper las cadenas de la tiran√≠a milenaria.

Era el 28 de septiembre de 1907. En la habitación del anciano reinaba la tranquilidad absoluta porque en la cama yacía un muerto. Había fallecido inesperadamente, sin haber estado enfermo, sin sufrir.

Pero mirad lo que ocurri√≥ afuera. Con la velocidad del rayo difundi√≥se la noticia de la muerte del anciano. Y en toda C√°diz, en Andaluc√≠a entera, en toda Espa√Īa s√≥lo se hablaba de √©l. ¬ę¬°Ha muerto!¬Ľ Por doquier se o√≠an estas dos palabras que encarnaban el hondo dolor de un pueblo. Cada cual sent√≠a la p√©rdida; en las minas, en los campos, en las escuelas y en las universidades, en todas partes la noticia produjo la impresi√≥n de una pesadilla que cuesta creer al principio, pero que finalmente es necesario reconocer.

¬ŅCu√°ndo se ha visto en Espa√Īa tantas l√°grimas, tanto dolor, tanta tristeza sincera, tanto amor y fidelidad cari√Īosa? ¬°Qu√© no dar√≠an nuestros reyes si pudiesen adquirir aunque fuera la d√©cima parte de esa popularidad! Atravesando Espa√Īa, en todas sus ciudades y aldeas se encontrar√≠an millares y millares de personas que ignoraban los nombres de los ministros de entonces, pero no habr√≠a uno solo que no supiese el nombre de aquel anciano, Ferm√≠n Salvochea. Este nombre encarnaba una idea, un programa, un mundo de esperanzas, de anhelos y necesidades.

¬°Ferm√≠n Salvochea! En los palacios se pronunciaba este nombre con labios tr√©mulos, pero en la casilla de los pobres y de los explotados resonaba como una declaraci√≥n de guerra a la sociedad capitalista, como la promesa de un porvenir mejor. Existen pocos hombres que hayan conquistado tanto amor y tanta simpat√≠a entre las grandes multitudes de un pueblo como Ferm√≠n Salvochea y son menos todav√≠a los que han merecido ese amor con tanto derecho como el gran rebelde espa√Īol. Salvochea ha sido uno de los caracteres m√°s puros e idealistas en la historia del movimiento revolucionario, grande por sus ideas, grande por sus acciones, un hombre que encarnaba el apasionamiento revolucionario y el valor heroico de un Blanqui y el amor indescriptible y la consagraci√≥n de Louise Michel. La poderosa personalidad de este hombre admirable hasta lleg√≥ a suscitar la estima y el respeto de sus adversarios m√°s empedernidos y siempre que se pronunciaba su nombre, el de Ferm√≠n Salvochea, no hab√≠a lugar para los aspectos bajos y peque√Īos de la vida.

La biograf√≠a del gran anarquista espa√Īol produce la impresi√≥n de una novela fant√°stica y recuerda la vida tormentosa de Mija√≠l Bakunin. Salvochea tuvo una participaci√≥n activa en el movimiento revolucionario de Espa√Īa en los √ļltimos cincuenta a√Īos y su nombre est√° estrechamente unido a los acontecimientos revolucionarios m√°s significativos de ese per√≠odo. Los que conocen la historia de ese movimiento en Espa√Īa saben cu√°n fecundo es en rasgos grandiosos y heroicos y cu√°ntos son los que sacrificaron sus bienes y su sangre por sus convicciones libertarias, por sus ideales revolucionarios; y en esa serie hist√≥rica de luchadores valerosos el nombre de Ferm√≠n Salvochea es uno de los m√°s brillantes, un nombre para las generaciones venideras, un nombre que no ser√° olvidado jam√°s.

III. Antecedentes РLa familia РSu juventud РLondres РSociólogos e internacionalistas

Ferm√≠n Salvochea y √Ālvarez naci√≥ en C√°diz el d√≠a primero de marzo de 1842. Su padre era un comerciante de fortuna, heredero de una de esas familias de negociantes que tan importante papel han desempe√Īado en la vieja ciudad mercantil. Claro est√° que Ferm√≠n recibi√≥ una educaci√≥n cuidadosa. Su padre, siguiendo una arraigada tradici√≥n de familia, ten√≠a la intenci√≥n de hacer de √©l un h√°bil comerciante a fin de poder entregarle m√°s adelante sus negocios.

La primera juventud de Ferm√≠n fue pac√≠fica y dichosa en todo sentido. Se distingu√≠a por su inteligencia extraordinaria y por las cualidades valerosas y caballerescas de su car√°cter, que dejaba entrever desde su infancia. Su madre, mujer admirable, le refer√≠a en su ni√Īez las leyendas y tradiciones de la ciudad de C√°diz, tan ricas y fant√°sticas como un cap√≠tulo de Las mil y una noches y el peque√Īo Ferm√≠n la escuchaba leyendo las palabras en sus labios. Esas historias rom√°nticas ejercieron profunda influencia sobre el muchacho y a menudo recordaba, en medio de su vida tormentosa, aquellas horas felices.

Al cumplir los quince a√Īos su padre lo envi√≥ a Inglaterra para que perfeccionase sus conocimientos del idioma ingl√©s y continuara sus estudios comerciales. Fue este el primer acontecimiento importante en la vida de Salvochea. En Inglaterra descubri√≥se ante √©l un nuevo mundo. El car√°cter severo y puritano de la vida brit√°nica con sus formas r√≠gidas y convencionales y sus impresiones prosaicas, produjeron una influencia profunda en el joven. La diferencia era demasiado notoria: el hermoso cielo azul de Andaluc√≠a, C√°diz con sus blancas casas, sus palmeras y sus habitantes rebosantes de temperamento y de pronto Londres con su neblina, sus edificios negros, el humo de las chimeneas, las calles fr√≠as e inhospitalarias. Al principio Salvochea se sent√≠a como un prisionero en el nuevo ambiente, pero su car√°cter en√©rgico venci√≥ r√°pidamente el primer influjo desagradable de Inglaterra. Se dedic√≥ a estudiar a los hombres y descubri√≥ que el ingl√©s seco y fr√≠o posee al mismo tiempo un instinto de independencia individual notablemente desarrollado y un sentimiento de libertad personal que es raro encontrar en otros pa√≠ses.

Los cinco a√Īos que Ferm√≠n pas√≥ en Londres y en Liverpool fueron para √©l un per√≠odo de gran desarrollo intelectual. Dedic√≥ todos sus momentos libres al estudio de la literatura radical inglesa. Primero fueron los trabajos de Thomas Paine los que produjeron una influencia poderosa sobre √©l; m√°s tarde estuvo en contacto personal con Charles Bradlaugh y sus amigos. La propaganda ate√≠sta en Inglaterra tropezaba con grandes dificultades en esa √©poca, pero Bradlaugh y sus compa√Īeros luchaban con la mayor energ√≠a en favor de sus convicciones, tratando de destruir el concepto medieval del te√≠smo que impera aun hoy d√≠a en vastos c√≠rculos de la sociedad inglesa.

El joven Salvochea acogi√≥ con entusiasmo la nueva doctrina y se convirti√≥ en ateo. Para el espa√Īol el ate√≠smo desempe√Īa, en general, un papel m√°s importante que en las dem√°s naciones. Es la condici√≥n primordial de todo movimiento libertario, el primer paso de todo libre progreso individual. Espa√Īa es el pa√≠s cl√°sico del clericalismo cat√≥lico, el pa√≠s de la Inquisici√≥n, que ha sido casi totalmente arruinado por el dominio oscurantista de la Iglesia. He ah√≠ la raz√≥n por qu√© Salvochea ha sido toda su vida un propagandista radical e incansable del ate√≠smo.

pensionesPero Salvochea conoci√≥ en Inglaterra otro ideal, que ejerci√≥ una gran influencia sobre su actuaci√≥n posterior. Cuando lleg√≥ a Londres, viv√≠a a√ļn Robert Owen, el c√©lebre comunista ingl√©s. Sus ideas no s√≥lo influ√≠an poderosamente sobre la clase obrera brit√°nica, sino tambi√©n sobre los elementos idealistas de la peque√Īa burgues√≠a inglesa. Salvochea estudi√≥ las obras de Owen y de otros escritores comunistas. Los hechos sociales aparecieron de pronto a sus ojos bajo otra faz; prod√ļjose una revoluci√≥n en su mentalidad y poco a poco empez√≥ a comprender todo el significado del gran problema social. La brillante cr√≠tica de la propiedad privada formulada por Owen descubri√≥ repentinamente ante √©l todos los males sociales y al propio tiempo desarrollose en √©l el grandioso ideal de la igualdad social y econ√≥mica, como el √ļnico capaz de crear una vida arm√≥nica en la sociedad humana. Salvochea se hizo comunista y sigui√≥ si√©ndolo hasta el √ļltimo d√≠a de su vida. Muchos a√Īos m√°s tarde, en una ocasi√≥n especial, √©l mismo analiz√≥ su evoluci√≥n revolucionaria recordando su ¬ęper√≠odo ingl√©s¬Ľ con estas palabras caracter√≠sticas:

  • ¬ęCiertos libros ejercen en determinados momentos una inf1uencia poderosa sobre el desarrollo de un hombre: Se sabe que el primer libro que ley√≥ Ravachol fue la novela El jud√≠o errante de Eugenio Sue. La influencia de este libro no se extingui√≥ jam√°s en √©l, seg√ļn su propia declaraci√≥n. Lo mismo puedo decir de m√≠; viviendo en Inglaterra le√≠ por vez primera a Thomas Paine. Sus escritos me convirtieron en internacionalista y hasta hoy d√≠a me hallo todav√≠a bajo su influencia. ‘Mi patria es el mundo, todos los hombres son mis hermanos y mi religi√≥n consiste en hacer el bien.’ Estas palabras produjeron una impresi√≥n inolvidable en m√≠; yo buscaba en cada palabra un sentido profundo y ellas se han grabado en mi mente para siempre. M√°s tarde conoc√≠ a Robert Owen, quien me ense√Ī√≥ el ideal sublime del comunismo, y a Bredlow, que me hizo conocer los puntos de vista del ate√≠smo. Todo lo dem√°s se desarroll√≥ en m√≠ por cuenta propia.¬Ľ

IV. Breve esbozo de la historia social espa√Īola de mediados del pasado siglo

En 1864 Salvochea abandonó Londres para regresar a Cádiz. En aquel entonces se iniciaba en Andalucía un vigoroso movimiento revolucionario. Rafael Guillén y Ramón de Cala, dos hombres valientes y socialistas convencidos, se consagraron con mucha energía y entusiasmo a organizar los elementos republicanos y demócratas de la provincia. El movimiento republicano en Andalucía ha tenido siempre un marcado carácter socialista y la mayor parte de sus apóstoles y propagandistas fueron partidarios del socialismo.

La propaganda socialista se inici√≥ en Espa√Īa despu√©s de la revoluci√≥n de 1840. En aquella √©poca Joaqu√≠n Abreu desarrollaba en Andaluc√≠a una propaganda vigorosa y llena de √©xito en favor de las ideas de Charles Fourier. Explicaba sus ideas en la prensa radical de C√°diz, ideas que hallaron bien pronto un eco en los peri√≥dicos de otras ciudades. Para conocer el desenvolvimiento que ha tenido ese movimiento basta recordar el hecho de que Abreu logr√≥ en un breve plazo, de cuatro a cinco millones de pesetas para fundar una colonia fourierista en los alrededores de Jerez de la Frontera. Pero el gobierno impidi√≥ la realizaci√≥n de ese proyecto, persiguiendo a los propagandistas socialistas. De √©stos, los m√°s conocidos fueron Pedro Ugarte, Manuel Sagrario y Faustino Alonso; m√°s tarde se agregaron Jos√© Barterolo, Pedro Boh√≥rquez y finalmente Guill√©n y De Cala, a quienes ya hemos mencionado.

En 1864, Fernando Garrido, el famoso historiador y socialista espa√Īol, que conoci√≥ en C√°diz las doctrinas de Fourier, fund√≥ el primer peri√≥dico socialista de Espa√Īa, La Atracci√≥n, que apareci√≥ en Madrid. La publicaci√≥n no vivi√≥ mucho tiempo pero gracias a ella se form√≥ en la capital un c√≠rculo socialista que edit√≥ m√°s tarde otro √≥rgano, La Organizaci√≥n del Trabajo. Hombres como el heroico Sixto C√°mara, que cay√≥ luego en la lucha por la rep√ļblica social, Juan Sala, Francisco Ochando y despu√©s el fogoso Cervera eran las figuras principales del c√≠rculo socialista de Madrid. Cervera ha sido el fundador de la primera escuela libre socialista de Espa√Īa, pero cuando ya contaba con m√°s de 500 alumnos el ministro Morillo sofoc√≥ esa brillante empresa, diciendo que ¬ęen Espa√Īa no necesitamos hombres capaces de pensar, sino bestias de trabajo¬ę.

En Barcelona el primer movimiento socialista fue influido por el comunismo icario de √Čtienne Cabet. En 1847 el comunista Monterreal fund√≥ La Fraternidad, primer peri√≥dico comunista de la capital catalana, en el cual public√≥ la obra de Cabet :¬ĽViaje a Icaria¬Ľ. Ya en 1840 el obrero Munst hab√≠a organizado en Barcelona un sindicato de tejadores con 200 miembros, echando as√≠ la base dcl futuro movimiento sindicalista.

Desde 1850 se desarroll√≥ en Catalu√Īa una activa propaganda por las ideas de Proudhon, que venci√≥ poco a poco a todas las otras tendencias. Ram√≥n de la Sagra y el famoso Pi y Margall tradujeron las obras del te√≥rico franc√©s y bien pronto naci√≥ en Barcelona y en otras ciudades catalanas un vasto movimiento mutualista y sindical. Este movimiento pas√≥ a Andaluc√≠a, aunque no ha tenido all√≠ la misma importancia que en Catalu√Īa. En 1853, el gobierno espa√Īol intent√≥ ahogar totalmente ese pac√≠fico movimiento; pero la ley contra las asociaciones obreras no fue m√°s que letra muerta. En 1854 se cre√≥ una federad√≥n de todas las corporaciones obreras de Catalu√Īa, contando con 90.000 socios. En 1855, el general Zapatero quiso sofocar ese movimiento por medio de la fuerza. Fueron clausurados los locales de las corporaciones y reducidos a prisi√≥n los propagandislas m√°s conocidos. Al principio los obreros se mantuvieron tranquilos, pero de pronto 50.000 proletarios pertenecientes a todos los gremios abandonaron el trabajo, el 2 de julio de 1855, en las f√°bricas de Barcelona, Sans, Cornell√°, Reus, Badalona y otras ciudades, declarando la huelga general en defensa dc sus derechos. Nadie esperaba semejante hecho; la excitaci√≥n general era enorme y el gobernador de Barcelona lanz√≥ una proclama a los obreros prometi√©ndoles reconocer sus exigencias si volv√≠an al trabajo. Los obreros consintieron. Durante los primeros momentos se habl√≥ mucho, efectivamente, de reformas sociales, pero al mismo tiempo se adoptaban con todo sigilo las medidas m√°s bajas contra la organizaci√≥n de los trabajadores, hasta que finalmente fueron proclamadas, en 1861, las conocidas leyes de excepci√≥n contra el proletariado de Catalu√Īa. Desde entonces los obreros espa√Īoles renunciaron a toda esperanza en una t√°ctica pac√≠fica y en los llamados derechos legales.

En Andaluc√≠a, bajo el gobierno de Narv√°ez, la reacci√≥n hab√≠a destru√≠do desde hac√≠a tiempo la fe en el progreso pac√≠fico. Hay pocos lugares en el mundo donde se haya vertido tanta sangre como en ese pa√≠s maravilloso. Andaluc√≠a ha sido siempre la regi√≥n de las conspiraciones y de las revueltas, porque m√°s que cualquier otra provincia de Espa√Īa ha sufrido bajo el yugo terrible de la reacci√≥n. Millares de hombres y mujeres valientes anegaron con su sangre la tierra de Andaluc√≠a, miles de sus habitantes perecieron en las c√°rceles de las colonias penales, mas la reacci√≥n nunca fue capaz de sofocar el esp√≠ritu rebelde que late en el coraz√≥n del pueblo andaluz.

Las sublevaciones de Málaga, Utrera y de la provincia de Sevilla en 1857 fueron reprimidas de un modo sangriento. Centenares de rebeldes fueron fusilados o recluídos. Sólo en Sevilla se asesinaron 95, meses después de haber sido sofocado el levantamiento.

En 1861 se produjo una gran sublevaci√≥n bajo la jefatura del republicano socialista P√©rez del √Ālamo. Este levantamiento tuvo las mejores probabilidades de obtener un √©xito. Fue preparado durante mucho tiempo y no menos de 30.000 hombres se unieron a los rebeldes cuando entraron en la ciudad de Loja; pero la incapacidad militar de los dirigentes fue el mayor obst√°culo para la empresa. Despu√©s de algunas luchas sangrientas los revolucionarios fueron vencidos. El gobierno reaccionario se veng√≥ horriblemente: m√°s de 200 hombres fueron fusilados por orden de los Consejos de Guerra, la mayor parte de ellos sin proceso. Centenares de personas fueron enviadas a presidio, la reacci√≥n prohib√≠a toda manifestaci√≥n de libertad y s√≥lo en 1864, precisamente cuando Salvochea regresaba de Londres, la situaci√≥n general de Andaluc√≠a era algo mejor. Creemos que esta somera revisi√≥n hist√≥rica ha sido necesaria porque ella ofrece al lector un peque√Īo cuadro de la situaci√≥n bajo la cual se ha desarrollado la acci√≥n de Salvochea.

V. De Londres a C√°diz – La comuna revolucionaria de C√°diz – La rep√ļblica traicionada por los republicanos timoratos y politiqueros – Defensa de C√°diz – Entereza ante la derrota

Ferm√≠n Salvochea volvi√≥ a Inglaterra hecho un comunista y ateo. En su patria se convirti√≥ en revolucionario y republicano. Claro est√°, en defensor de una rep√ļblica comunista. Con todo el apasionamiento entusiasta de su noble car√°cter se entreg√≥ al movimiento revolucionario conspirador. Tuvo una participaci√≥n activ√≠sima en las empresas m√°s arriesgadas y su valor personal, su esp√≠ritu de sacrificio, lo convirtieron poco a poco en uno de los dirigentes m√°s capaces y de mayor influencia en el movimiento republicano. Salvochea era rico, sumamente rico; se dec√≠a que su padre pose√≠a una fortuna de tres millones de pesetas; pero Ferm√≠n viv√≠a modestamente y se val√≠a de su riqueza como fondo para la causa revolucionaria.

Las casamatas de San Sebasti√°n y Santa Catalina, en C√°diz, eran en aquel entonces el albergue de los presos pol√≠ticos de toda Espa√Īa. Los revolucionarios que deb√≠an ser reclu√≠dos en las colonias penales de Fernando Poo o de Manila quedaban encerrados durante alg√ļn tiempo en las prisiones de C√°diz, antes de que fuesen enviados a su destino. Salvochea los visitaba a todos y ten√≠a para cada cual un buen consejo y alguna ayuda.

En 1866 Salvochea y sus amigos organizaron una empresa grandiosa. Se esperaba que los artilleros encarcelados, que habían tomado parte en la sublevación de Madrid, serían enviados a la prisión de San Sebastián para transportarlos luego a Manila. Pero por lo visto el gobierno se mostró receloso porque cambió repentinamente de opinión.

En 1867 la reina Isabel volvi√≥ a poner el mando en manos del odiado verdugo Narv√°ez y el pa√≠s desdichado sinti√≥ las consecuencias de una terrible reacci√≥n. Ya en junio de 1868 hab√≠an estallado algunas revueltas aisladas en Catalu√Īa y Andaluc√≠a, pero fueron inmediatamente reprimidas en sangre. Salvochea tuvo una participaci√≥n destacada en el levantamiento militar del regimiento Cantabria; dicho levantamiento fue el preludio de la revoluci√≥n de septiembre de 1868. √Čsta comenz√≥ el 18 de septiembre en C√°diz, propag√°ndose cual un incendio por toda Andaluc√≠a. El d√≠a 28, el ej√©rcito real fue batido por los insurgentes y el 29 la comuna de Madrid proclam√≥ la destituci√≥n de la dinast√≠a borb√≥nica.

Salvochea fue elegido miembro de la comuna revolucionaria de C√°diz y segundo comandante del segundo batall√≥n de voluntarios. Fueron muchos los que quisieron incorporarse a √©l, pero Salvochea eligi√≥ √ļnicamente a los republicanos y a los comunistas.

Toda Espa√Īa salud√≥ con el mayor j√ļbilo la ca√≠da de la odiada dinast√≠a y durante un instante pareci√≥ que se iban a realizar millares de esperanzas. Pero los hombres del gobierno provisional de Madrid no eran m√°s que mon√°rquicos liberales y adversarios del ideal republicano. Gracias a la actitud vergonzosa del republicanismo burgu√©s, Castelar y sus amigos, los miembros del nuevo gobierno, los se√Īores Prim, Zorrilla, Sagasta, etc., adquirieron valor y se pronunciaron abiertamente contra la Rep√ļblica. Salvochea y sus amigos comprendieron el peligro, sab√≠an que el gobierno flamante se vengar√≠a de los republicanos en la primera oportunidad. Con el prop√≥sito de prepararse para la lucha los revolucionarios andaluces convocaron para los primeros d√≠as de diciembre de 1868 una gran asamblea en √Ālava. Salvochea seleccion√≥ los elementos fieles de C√°diz, recomend√°ndoles que no depusieran en modo alguno las armas. El 5 de diciembre apareci√≥, inesperadamente, ante los muros de C√°diz, una secci√≥n de artiller√≠a exigiendo, en nombre del gobierno, que la milicia revolucionaria hiciera entrega de sus armas en el t√©rmino de tres horas. A√ļn no hab√≠a transcurrido este plazo cuando comenz√≥ el tiroteo. Algunos revolucionarios cayeron muertos y otros heridos.

lnmediatamente Salvochea se colocó al frente de los rebeldes y organizó la defensa militar de la ciudad. La lucha duró tres días; la artillería hizo esfuerzos desesperados por conquistar la plaza sin resultado alguno. Salvochea luchó como un león, estaba en todos los sitios de mayor peligro y su valor heroico infundió a los rebeldes una fuerza increíble.

Al cuarto d√≠a los embajadores de la ciudad solicitaron un armisticio, que fue aceptado por ambas partes. Pero el gobierno ¬ęliberal¬Ľ se apresur√≥ a enviar contra los valerosos insurrectos un ej√©rcito al mando del general Caballero de Rodas. Salvochea mantuvo su posici√≥n hasta el 11 de diciembre; pero a medida que el general se iba acercando, sin encontrar resistencia, comprendi√≥ Salvochea que el peque√Īo n√ļcleo de revolucionarios mal armado no estaba en condiciones de oponerse a un ej√©rcito y que toda resistencia s√≥lo ocasionar√≠a una matanza, sin ninguna probabilidad de √©xito. En consecuencia disolvi√≥ la milicia revolucionaria envi√°ndola a otro lugar y qued√°ndose √©l solo. Se fue tranquilamente al casino militar para esperar all√≠ al general Caballero de Rodas. El coronel Pazos, jefe del tercer regimiento de artiller√≠a, lo fue a ver para pedirle que salvara su vida, abandonando C√°diz, porque el general ordenar√≠a, con toda seguridad, que fuese fusilado. Salvochea no acept√≥. El coronel le ofreci√≥ su ayuda personal, pero Salvochea se mantuvo firme en su decisi√≥n. Sab√≠a que el gobierno lo consideraba como culpable principal y en caso de no ser hallado por De Rodas la ciudad entera deber√≠a sufrir por su causa y eso habr√≠a sido para √©l peor que la muerte. Su car√°cter noble no le permiti√≥ pensar en su propia salvaci√≥n; estaba dispuesto a afrontar toda la responsabilidad y resuelto a morir por sus hechos. Esta actitud admirable impresion√≥ profundamente hasta a sus enemigos y el general De Rodas, no queriendo ser el verdugo de semejante hombre, lo envi√≥ en calidad de prisionero de guerra a la fortaleza de San Sebasti√°n.

Empero el pueblo de C√°diz supo apreciar este car√°cter elevado y pocos meses despu√©s Salvochea era elegido por gran mayor√≠a representante de C√°diz en las Cortes. El gobierno provisional hab√≠a declarado anteriormente que no reconocer√≠a esa elecci√≥n y el parlamento ¬ęrevolucionario¬ę, en efecto, apoy√≥ esta actitud. Dir√≠ase que esos extra√Īos ¬ęrevolucionarios¬Ľ quer√≠an demostrar que Salvochea no cuadraba en su compa√Ī√≠a; en este sentido ten√≠an raz√≥n, pues el verdadero sitio del gran rebelde era la barricada y no el parlamento.

VI. Amnist√≠a – Movimiento federalista de Catalu√Īa – Derrotados – Par√≠s – Vuelta a C√°diz – Salvochea alcalde de C√°diz

En febrero de 1869 se reuni√≥ el nuevo parlamento y una de sus primeras resoluciones fue la de conceder la amnist√≠a a los presos pol√≠ticos, que todo el pueblo requer√≠a en√©rgicamente. Algunos d√≠as despu√©s Salvochea y muchos otros abandonaron las casamatas de San Sebasti√°n y Santa Catalina. Salvochea reanud√≥ en seguida sus trabajos, fomentando en Andaluc√≠a una agitaci√≥n vigorosa a favor de un nuevo levantamiento republicano, porque era aquel el √ļnico modo de salvar las consecuencias de la revoluci√≥n del 68.

El 1 de junio de 1869 las Cortes adoptaron una resoluci√≥n mon√°rquica, por 214 votos contra 56, decidiendo buscar en Europa un rey adecuado para el trono espa√Īol. Emilio Castelar y otros republicanos burgueses se limitaron a protestar d√©bilmente en lugar de recurrir a la √ļnica soluci√≥n que les quedaba: la sublevaci√≥n. Pero esos comediantes republicanos no quer√≠an saber nada de tales medios y prefirieron traicionar la Rep√ļblica y la revoluci√≥n de 1868. En el mes de septiembre estall√≥ en Catalu√Īa el levantamiento federalista. Salvochea y sus amigos resolvieron en el acto apoyar a los rebeldes agitando la bandera de la revuelta en su provincia. El 30 de septiembre, Salvochea a la cabeza de 600 hombres, marchaba de C√°diz a Medina para reunirse all√≠ con los revolucionarios de J√©rez y de Ubrique. Aun cuando aqu√©llos sab√≠an que las perspectivas de triunfar no eran muy brillantes, decidieron iniciar la campa√Īa, costara lo que costara. Sab√≠an que el levantamiento era el √ļltimo recurso para defender su libertad y, hombres resueltos, estaban decididos a morir antes que someterse sin intentar la defensa.

Salvochea fue perseguido inmediatamente por las tropas del gobierno. No lejos de Alcal√° de los Gazules se llevaron a cabo los primeros encuentros sangrientos. Los militares eran cien veces m√°s fuertes que los revolucionarios mal armados; pero √©stos lucharon con notable hero√≠smo y en pocos d√≠as presentaron tres batallas encarnizadas. Rafael de Guill√©n fue hecho prisionero y los soldados lo asesinaron en una forma salvaje, por orden del coronel Luque. Crist√≥bal Boh√≥rquez, el defensor incansable y heroico de la libertad e igualdad sociales, cay√≥ en el campo de batalla. Salvochea luch√≥ como un h√©roe; sab√≠a que su causa estaba perdida, pero su valor era inquebrantable. Finalmente, despu√©s que el ej√©rcito hubo conquistado los sitios estrat√©gicos m√°s importantes y despu√©s de haber recibido los rebeldes la noticia de que no hab√≠a sido posible promover un levantamiento en M√°laga y en Sevilla, los revolucionarios dispersaron sus filas para salvarse aisladamente. Someti√©ndose a varios peligros, Salvochea y otros lograron llegar a Gibraltar. De all√≠ pas√≥ a Par√≠s, donde frecuent√≥ los c√≠rculos avanzados que se agrupaban en torno de La Revue, Le Rapell y otros peri√≥dicos radicales. De Par√≠s Salvochea parti√≥ para Londres, de donde pudo regresar a Espa√Īa gracias a la amnist√≠a de 1871. En C√°diz el pueblo lo acogi√≥ con indescriptible entusiasmo y ese mismo a√Īo fue elegido alcalde.

Como alcalde de C√°diz, Salvochea trabaj√≥ mucho por el embellecimiento de la ciudad, convirti√©ndola en una de las m√°s hermosas de Espa√Īa. Estableci√≥ tambi√©n algunas reformas √ļtiles en la administraci√≥n pol√≠tica. Pero no dur√≥ mucho tiempo en su cargo porque en julio de 1873 estall√≥ en Espa√Īa la revoluci√≥n cantonalista y Salvochea fue uno de los primeros en tomar el fusil en la mano para la conquista de la igualdad econ√≥mica y la autonom√≠a local.

VII. El movimiento cantonalista y sus consecuencias РBarcos ingleses y prusianos en ayuda de la reacción РPrisión en La Gomera РSus estudios y su evolución filosófica РIndulto rechazado РLa fuga

El 9 de febrero de 1873 el rey Amadeo renunci√≥ al trono y pocos d√≠as despu√©s fue proclamada la Rep√ļblica espa√Īola. La lucha sangrienta de la Comuna de Par√≠s hab√≠a producido gran impresi√≥n en Espa√Īa y se present√≠a que iban a ocurrir grandes acontecimientos. Por eso Amadeo prefiri√≥ renunciar. Pero el pueblo tampoco estaba conforme con la rep√ļblica centralista y debido a eso los hombres del nuevo gobierno se vieron obligados a proclamar la rep√ļblica federativa el 8 de junio de 1873. Para pacificar a los descontentos se eligi√≥ para la presidencia del ministerio al conocido proudhoniano Pi y Margall; pero el 3 de julio, al establecerse la nueva Constituci√≥n, los federalistas se dieron cuenta de que se trataba de enga√Īarlos. Pi y Margall, el √ļnico hombre honesto y resuelto del nuevo gobierno, renunci√≥ a su cargo por no querer traicionar sus principios. Entre el 5 y el 13 de julio se sublevaron numerosas ciudades proclam√°ndose como comunas independientes.

No puede ser, desde luego, el objeto de nuestro trabajo ofrecer un cuadro de ese movimiento complicado, que s√≥lo concluy√≥ el 11 de enero de 1874 con la represi√≥n sangrienta de la comuna de Cartagena. Esta ciudad heroica estuvo sitiada durante seis meses por el ej√©rcito espa√Īol y por buques de guerra prusianos e ingleses antes de que se consiguiera someterla.

Salvochea se adhiri√≥ inmediatamente al movimiento federalista y fue elegido presidente del comit√© administrativo de la comuna de C√°diz. Pero su situaci√≥n era dif√≠cil a causa de que hab√≠a m√ļltiples tendencias en el movimiento mismo. A principios de agosto lleg√≥ a las puertas de C√°diz el general Pav√≠a al mando de un ej√©rcito. Salvochea y sus amigos defendieron la entrada de la ciudad, pero los buques de guerra brit√°nicos del puerto de C√°diz se pusieron del lado de las tropas del gobierno, terminando con ello toda tentativa de defensa interior.

Salvochea se hallaba en un lugar seguro cuando los soldados del general Pavía entraron en la ciudad. Le hubiera sido muy fácil llegar en bote hasta Gibraltar, pero al saber que muchos de sus amigos habían sido arrestados él mismo se entregó en manos del enemigo a fin de compartir la suerte de sus camaradas.

El consejo de guerra de Sevilla, lo conden√≥ a reclusi√≥n perpetua en una de las colonias penales de √Āfrica. Su noble amigo Pablo Laso se present√≥ voluntariamente ante el tribunal con la intenci√≥n de acompa√Īar a Salvochea en su encierro. En marzo de 1874 ambos fueron enviados al presidio de La Gomera. Salvochea soport√≥ su destino con la mayor calma. Su familia le ayudaba con dinero, pero √©l compart√≠a hasta el √ļltimo c√©ntimo con los desdichados presos y con los habitantes pobres de la colonia que lo veneraban como a un santo. Salvochea era el esp√≠ritu bueno de la isla, amigo y hermano de todo el mundo; su consuelo influ√≠a sobre todos evitando la desesperaci√≥n. En 1876, fue trasladado a Ceuta, pero de all√≠ fue nuevamente llevado a La Gomera. Durante los ocho a√Īos que pasara en las colonias penales, Salvochea estudi√≥ la medicina te√≥rica y pr√°ctica, dedicando todos sus esfuerzos a los moradores de La Gomera. Pero √©l mismo cumpli√≥ tambi√©n una notable evoluci√≥n intelectual en su cautivero. Estando a√ļn en Espa√Īa FRE-AIT.svghab√≠a tomado una participaci√≥n entusiasta en el movimiento obrero espa√Īol y fue uno de los primeros miembros de la Internacional en ese pa√≠s; pero fue en la reclusi√≥n donde hall√≥ el tiempo necesario para ocuparse de las ideas y aspiraciones de la federaci√≥n espa√Īola de la Asociaci√≥n Internacional de Trabajadores; comprendi√≥ poco a poco que la rep√ļblica federativa no era m√°s que el √ļltimo escal√≥n en la evoluci√≥n libertaria y los escritos de Bakunin y de otros pensadores avanzados lo llevaron finalmente al anarquismo, que propag√≥ con la mayor energ√≠a hasta el √ļltimo momento de su vida.

En 1875, la madre de Salvochea trat√≥ de obtener el indulto de su hijo. Gracias a la ayuda de varios amigos influyentes logr√≥ el consentimiento de C√°novas del Castillo; pero cuando Salvochea tuvo noticia de esta gesti√≥n escribi√≥ a su madre una carta apasionada en la cual le prohib√≠a hacer esfuerzo alguno en favor de su indulto, declarando que prefer√≠a morir en la prisi√≥n antes que aceptar un favor de sus enemigos m√°s ac√©rrimos. En 1883 la Municipalidad de C√°diz hizo una nueva tentativa en este sentido, con todo √©xito, y el Tribunal Supremo resolvi√≥ conceder la amnist√≠a a Salvochea. Pero no hab√≠an contado con el f√©rreo car√°cter del gran revolucionario. Cuando el gobernador de la colonia penal le ley√≥ su indulto, Salvochea rompi√≥ el documento en presencia suya, declarando que para √©l s√≥lo exist√≠an dos maneras de ser libertado: o bien por su propia fuerza o por medio de una amnist√≠a general para los presos pol√≠ticos. Es de imaginar la impresi√≥n que produjo su actitud. Renunci√≥ Salvochea a la libertad y continu√≥ en la prisi√≥n. Pero nueve meses m√°s tarde consigui√≥ huir de La Gomera. Logr√≥ alcanzar un peque√Īo velero √°rabe con el cual lleg√≥ a Gibraltar. Despu√©s de una corta permanencia en Lisboa y en Or√°n se estableci√≥ en T√°nger, residiendo all√≠ hasta 1886, cuando, en virtud de la muerte de Alfonso XII, pudo volver a Espa√Īa, donde fue recibido con un entusiasmo indescriptible.

VIII. 1881 – Primer congreso p√ļblico de los anarquistas espa√Īoles – El proceso de La Mano Negra – Proceso y condena de Salvochea – Penurias de su prisi√≥n – Intento de suicidio – Amnist√≠a – Muerte de Salvochea

Volvi√≥ Salvochea en un momento oportuno. De 1874 a 1881 el movimiento anarquista en Espa√Īa atraves√≥ un per√≠odo espantoso. Las b√°rbaras leyes de excepci√≥n impidieron toda propaganda p√ļblica. Centenares de compa√Īeros padec√≠an en las c√°rceles y sin embargo el movimiento subsist√≠a en las organizaciones secretas. Se editaban peri√≥dicos clandestinos, como por ejemplo El Orden, Las Represalias, La Revoluci√≥n Popular, El Movimiento, etc. S√≥lo en 1881 termin√≥ ese per√≠odo aciago y ese mismo a√Īo se celebr√≥ el primer congreso p√ļblico de los anarquistas espa√Īoles. De 1881 a 1892 el movimiento tom√≥ un considerable incremento, estando Salvochea siempre a la vanguardia de sus camaradas. En 1886, es decir, poco tiempo despu√©s de volver a C√°diz, fund√≥ un peri√≥dico anarquista, El Socialismo, y llev√≥ a cabo una en√©rgica propaganda en Andaluc√≠a. En todas las aldeas organiz√°ronse los labriegos y el anarquismo hizo un progreso enorme en la provincia entera. El gobierno contemplaba con terror ese movimiento. Trat√≥ de suprimir el peri√≥dico por medio de una serie de procesos, pero s√≥lo consigui√≥ fortificar la propaganda an√°rquica. Durante la aparici√≥n del peri√≥dico, de 1886 a 1891, Salvochea fue arrestado y condenando numerosas veces, pero su defensa en√©rgica ante los jueces produc√≠a gran impresi√≥n, infundiendo cada proceso m√°s vigor al movimiento.

Entonces el gobierno se vali√≥ de otro recurso. Ya a principios de 1880 hab√≠a difundido la noticia de que exist√≠a en Andaluc√≠a una sociedad conspiradora, La Mano Negra, compuesta de asesinos y ladrones e influida por los principios anarquistas. La prensa reaccionaria repiti√≥ tantas veces esta invenci√≥n que finalmente todo el mundo la crey√≥ y millares de personas fueron detenidas y a menudo condenadas por ser miembros de la presunta Mano Negra. En el fondo, la polic√≠a ten√≠a la intenci√≥n de disolver en esta forma la poderosa Asociaci√≥n de los labriegos espa√Īoles. El 1 de mayo de 1890, Salvochea organiz√≥ una grandiosa demostraci√≥n revolucionaria en toda Andaluc√≠a, que produjo una impresi√≥n soberbia sobre los trabajadores de Espa√Īa. Al a√Īo siguiente, en la misma fecha, se verific√≥ una manifestaci√≥n an√°loga, aunque el gobierno hab√≠a arrestado d√≠as antes a Salvochea y a otros compa√Īeros. Poco despu√©s del 1 de mayo estallaron dos explosiones en la ciudad. A consecuencia de una muri√≥ un obrero y de la otra cuatro j√≥venes. La prensa reaccionaria, desde luego, sospech√≥ de los anarquistas. El Socialismo declar√≥ inmediatamente que aquello era una estratagema de la polic√≠a, pero poco despu√©s un ej√©rcito de pesquisas y vigilantes invadi√≥ la redacci√≥n del peri√≥dico, ¬ędescubriendo¬Ľ all√≠ dos bombas que ellos mismos, claro est√°, hab√≠an preparado. El resultado fue que detuvieron a gran n√ļmero de camaradas; Salvochea tuvo la misma suerte algunas semanas despu√©s.

Sucesos an√°logos ocurrieron tambi√©n en Jerez de la Frontera, una de las ciudades m√°s revolucionarias de Andaluc√≠a. En agosto de 1891 fueron arrestados all√≠ 157 anarquistas, acusados de pertenecer a La Mano Negra. Es claro que esas infamias de la reacci√≥n provocaron un odio encarnizado entre los labriegos y campesinos. Viendo pisoteados sus derechos m√°s elementales, algunos centenares de ellos resolvieron libertar por la fuerza a sus camaradas encarcelados en Jerez. La noche del 8 de enero de 1892, 500 labriegos y artesanos penetraron en la ciudad de Jerez al grito de ¬ę¬°Viva la revoluci√≥n social! !Viva la anarqu√≠a!¬Ľ Fueron muertos dos terratenientes; al principio los soldados se asustaron y de este modo los rebeldes lograron poner en pr√°ctica parte de su plan. Al amanecer, los revolucionarios se tuvieron que retirar despu√©s de una lucha sangrienta con la fuerza armada. La venganza de la burgues√≠a fue terrible. El 18 de febrero de 1892 los anarquistas Lamela, Valenzuela, Bisiqui y El Lebrijano fueron ajusticiados. Murieron her√≥icamente, saludando a la muerte con el grito de ¬ę¬°Viva la anarqu√≠a!¬Ľ Y ellos resultaron los m√°s felices; otros diez y siete compa√Īeros fueron condenados a diez, doce, quince y veinte a√Īos de presidio y algunos aun a perpetuidad. Entre los acusados estaba tambi√©n Salvochea.El gobierno lo acusaba de haber organizado la sublevaci√≥n de jerez, estando encerrado en la c√°rcel de C√°diz. En esta √ļltima ciudad no hubo ning√ļn juez que se hiciese cargo del proceso. En consecuencia Salvochea fue puesto a disposici√≥n de un consejo de guerra, el cual lo conden√≥ a doce a√Īos de presidio.

La actitud de Salvochea ante sus jueces fue valiente. Bien sabía que iba a ser condenado, costara lo que costara. Véase su diálogo con el

juez: ¬ęEst√° usted obligado a contestar la verdad a todas las preguntas que le voy a formular¬ę.

Salvochea: ¬ęEste proceso no es m√°s que una comedia vergonzosa y yo estoy condenado ya antes de presentarme ante ustedes; por lo tanto no tengo nada que contestar¬ę.

El juez: ¬ęLa ley establece que el acusado que renuncia a responder a las preguntas que le plantea el juez reconoce su culpabilidad¬ę.

Salvochea: ¬ęEstoy resuelto a asumir la responsabilidad de mi silencio¬ę.

El juez: ¬ęPero debe usted respetarme como juez¬ę.

Salvochea: ¬ęPara m√≠ todos los hombres son iguales. Yo no reconozco superiores y no tengo por qu√© respetarle¬ę.

El juez le formuló todavía una docena de preguntas, pero Salvochea guardó silencio.

Salvochea fue transportado a la c√°rcel de Valladolid, donde deb√≠a cumplir su condena. Al principio se le tuvo aislado completamente del mundo exterior y ni siquiera se le permit√≠a escribir cartas. S√≥lo el 7 de noviembre de 1893, cuando estaba ya gravemente enfermo en el hospital de la prisi√≥n, se permiti√≥ que algunos √≠ntimos amigos suyos lo visitaran. Su estado era de lo m√°s espantoso que imaginarse pueda. El primer domingo despu√©s de haber llegado a la c√°rcel de Valladolid, el director le exigi√≥ que asistiese a misa. Salvochea se neg√≥, diciendo que era ateo. ¬ęNo importa –replic√≥ el director– usted ir√° a la iglesia o de lo contrario lo encerrar√© en una celda subterr√°nea¬ę. -¬ęPrefiero la celda¬ę- contest√≥ Salvochea. Fue alojado en una cueva horrible, en un agujero oscuro, h√ļmedo y fr√≠o. Pasaron algunos meses; Salvochea enferm√≥ a causa de la humedad y sinti√≥ que sus fuerzas le iban abandonando de d√≠a en d√≠a. No pod√≠a esperar salvaci√≥n alguna, porque Espa√Īa atravesaba entonces un per√≠odo reaccionario. En este estado resolvi√≥ suicidarse, para poner fin a sus dolores. Con una vaina rota se produjo dos heridas profundas en las venas del cuello y en un costado. Luego se tendi√≥ en el suelo y perdi√≥ el conocimiento. Pero debido al horrible frio que reinaba en la celda su sangre se congel√≥ en las venas y esta fue su salvaci√≥n.

Habi√©ndolo encontrado en tan espantoso estado el director se acobard√≥. Lo traslad√≥ al hospital y poco a poco fue reponi√©ndose. Al recobrar la salud el director le ofreci√≥ un puesto de escribiente en la prisi√≥n, pero Salvochea se resisti√≥ a aceptar, diciendo que no quer√≠a ser un sirviente del Estado, ni siquiera en esa forma. El 21 de agosto de 1898 fue trasladado a la c√°rcel de Burgos. All√≠ su situaci√≥n era mejor. Tradujo una obra de astronom√≠a de Flammarion, produciendo algunos otros trabajos de car√°cter literario. Por fin, en 1899, cuando los prisioneros de Montjuic fueron libertados, gracias al vasto movimiento de protesta, se abrieron tambi√©n para Salvochea las puertas de la prisi√≥n. Se dirigi√≥ a C√°diz donde el pueblo lo acogi√≥ con se√Īalado j√ļbilo. Su esp√≠ritu segu√≠a siendo siempre el mismo, pero su salud, sobre todo la vista, sufr√≠a mucho a causa de los largos a√Īos de encierro.

Salvochea se mostr√≥ activo hasta el final de sus d√≠as. Sacrific√≥ sus bienes y su sangre, toda su fortuna, por el ideal en que cre√≠a y lleg√≥ a ser tan pobre como el proletario m√°s indigente. Escribi√≥ numerosos art√≠culos para la prensa anarquista de Espa√Īa y edit√≥ tambi√©n algunos folletos. Su √ļltimo trabajo literario ha sido una excelente traducci√≥n de ¬ęCampos, f√°bricas y talleres¬Ľ de Kropotkin, que se public√≥ primeramente en La Revista Blanca y luego en libro.

IX. Sepelio de Salvochea

Esta es, brevemente narrada, la biograf√≠a de Ferm√≠n Salvochea, h√©roe y luchador. Su muerte caus√≥ un mar de l√°grimas y su sepelio di√≥ lugar a una manifestaci√≥n enorme, en la que participaron cerca de 50.000 personas. De todos los pueblos y aldeas afluyeron los pobres y desheredados para despedirse del extinto. Centenares de mujeres besaban los labios fr√≠os que antes llamaran con tanta frecuencia a la lucha por el pan y la libertad. Y al ser depositado en la fosa el cad√°ver del inolvidable camarada, millares de bocas exclamaron: ¬ę¬°Viva la anarqu√≠a!¬Ľ

Salvochea ha muerto, pero un movimiento que cuenta en sus filas con semejantes hombres es invencible.

Rudolf Rocker (1945)
 

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