👥Muros, concertinas, metralletas versus cambio climático👣

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Las emisiones de gases de efecto invernadero de EE.UU. están inextricablemente ligadas a los crecientes presupuestos de militarización de las fronteras y a los beneficios de la industria de la seguridad privada

Todd Miller – The Border Chronicle

Sasabe, México – Al poco de comenzar nuestra conversación, la joven del centro de recursos para migrantes de Sasabe, Sonora, me contó por qué había dejado su hogar en Baja Verapaz, Guatemala: las inundaciones habían arruinado las cosechas de su familia. Se llamaba Flor (nombre supuesto) y tenía 19 años. Dos huracanes de categoría 4 azotaron las costas centroamericanas a finales de 2020, desatando intensas inundaciones en toda Guatemala, ahogando las cosechas y amenazando con el hambre para el año siguiente. El centro de migrantes, llamado Casa de la Esperanza, está a sólo dos manzanas del puerto de entrada a Estados Unidos.

Las banderas mexicanas ondeaban por todo el pueblo ese 15 de septiembre, la víspera del Día de la Independencia. Flor me dijo que hacía exactamente un mes que había salido de casa. Estaba sentada junto a su compañera, Esmeralda, de 20 años y también de Guatemala. Me contaron que ya habían intentado cruzar a Estados Unidos la semana anterior, pero que fueron detenidas y deportadas por la Patrulla Fronteriza estadounidense.

A principios de octubre, el Banco Mundial publicó un informe titulado Groundswell, en el que preveía que, si no se mitigan las emisiones globales de carbono, 216 millones de personas se desplazarán en 2050 desde seis regiones diferentes, incluida América Latina, como consecuencia directa del cambio climático. Esto se produjo un mes después de que el informe de agosto del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático lanzara una funesta advertencia: a menos que se produzcan «reducciones inmediatas, rápidas y a gran escala de las emisiones de gases de efecto invernadero, limitar el calentamiento a 1,5 grados centígrados será inalcanzable«.

Fuera del centro de migrantes, se podía ver el muro de nueve metros que subía por la colina; construido por la administración Trump a finales de 2020, más o menos al mismo tiempo que los cultivos de Flor quedaban sumergidos por las catastróficas inundaciones. El muro rojo y oxidado dejó una amplia cicatriz de tierra arrasada visible desde kilómetros de distancia.

Esta última capa de construcción del muro fronterizo, junto con las décadas de fortificación anteriores, forma parte del plan climático de Estados Unidos. Y mi conversación con Flor y Esmeralda en un lejano refugio de Sasabe fue una muestra de lo que esto significa: una colisión entre la migración inducida por el clima y una frontera siempre fortificada.

«Y luego están las sequías«, comenta Esmeralda, comiendo un plato de huevos revueltos. La Casa de la Esperanza abrió sus puertas en septiembre de 2020 para ofrecer a los deportados como Flor y Esmeralda comida, ropa, duchas y atención médica. Desde que comenzó la pandemia mundial, el DHS ha deportado hasta 700 personas por semana a Sasabe, según el centro.

Esmeralda, que iba a Chicago a reunirse con sus hermanos, me dijo que era del departamento de San Marcos. Antes de que llegaran los huracanes en 2020, Guatemala declaró un «estado de calamidad» que incluía tanto a San Marcos como a la Baja Verapaz de Flor. Los pequeños agricultores de subsistencia perdieron el 70% de sus cosechas, afectando a más de 236.034 familias en todo el país. En 2018, el Programa Mundial de Alimentos de las Naciones Unidas ya daba la voz de alarma sobre las sequías en Centroamérica, especialmente en una amplia franja de territorio que se extiende por Guatemala, El Salvador y Honduras conocida como el «corredor seco.» El PMA informó de que al menos 2,4 millones de personas no tenían suficientes alimentos. Después, tras más sequías y los huracanes de 2020, combinados con las consecuencias económicas de Covid, el número de desnutridos se había triplicado con creces hasta alcanzar los 8 millones. En 2020 los desastres desplazaron a 339.000 personas en Guatemala y a casi un millón en Honduras. A principios de 2021, el 15% de los centroamericanos dijo tener planes concretos de migrar, casi el doble que en 2018.

Son muchos los factores que obligan a la gente a abandonar sus hogares, pero estaba claro que el caos ecológico era la razón principal para Flor y Esmeralda. A menudo, una crisis ecológica puede converger con una crisis económica, especialmente cuando, por ejemplo, los agricultores sin recursos pierden sus cosechas. Y muy a menudo la migración tras un desastre es interna, como cuando la gente de las zonas rurales se traslada a Ciudad de Guatemala para conseguir un trabajo en una fábrica. Pero para Flor había otro gran atractivo. Iba a reunirse con su padre en Nueva Jersey. Me dijo que no había visto a su padre desde que tenía un año y medio.

En abril, la Evaluación Anual de Amenazas del Servicio Secreto de Estados Unidos predijo la llegada de migrantes centroamericanos como Flor y Esmeralda. El propósito de esta evaluación de la Dirección de Inteligencia Nacional es proporcionar, según sus propias palabras, «espionaje matizado, independiente y sin fisuras que los responsables políticos, los combatientes de guerra y el personal de las fuerzas de seguridad nacionales necesitan para proteger las vidas estadounidenses y los intereses de Estados Unidos en cualquier parte del mundo«. En el informe la palabra «migración» aparece 18 veces.

Una de esas «amenazas» es «el potencial aumento de la migración de las poblaciones centroamericanas, que se tambalean por las consecuencias económicas de la pandemia del Covid-19 y por el clima extremo, que incluye múltiples huracanes en 2020 y varios años de sequías y tormentas recurrentes«.

En una de las órdenes ejecutivas inaugurales del Presidente Joe Biden, éste declaró que «es política de mi Administración que las consideraciones climáticas sean un elemento esencial de la política exterior y la seguridad nacional de Estados Unidos«. La orden decretaba: «El Secretario de Seguridad Nacional deberá considerar las implicaciones del cambio climático en el Ártico, a lo largo de las fronteras de nuestra nación, y para las Funciones Críticas Nacionales«.

También convocó una Cumbre de Líderes, con jefes de Estado de 40 países. Cuando el secretario del DHS, Alejandro Mayorkas, habló en la cumbre, se hizo eco de las preocupaciones de Biden en materia de seguridad nacional, anunciando un nuevo conjunto de compromisos del DHS para hacer frente a la crisis climática: «Soy profundamente consciente de las repercusiones que esto tiene tanto en nuestra seguridad nacional como en nuestra seguridad global colectiva«.

Para usar el término del DHS, ahora parte común del lenguaje de seguridad, el cambio climático es un «multiplicador de amenazas«. Más preocupante que la devastadora tormenta o la sequía es lo que la gente hará después. Desde este punto de vista, la migración no es una forma de adaptación al clima, sino una amenaza para la estabilidad mundial, especialmente desde lugares como Guatemala y Haití. Haití no sólo ha sido devastado por los terremotos, sino que también comparte el primer puesto con Myanmar entre los países afectados por fenómenos meteorológicos devastadores.

Sin embargo, al mismo tiempo, al anunciar una nueva serie de compromisos del DHS, Mayorkas mostró una conciencia más matizada del desplazamiento climático que no es habitual entre los funcionarios estadounidenses: «Además, sabemos que los efectos negativos del cambio climático sobre las personas de todo el mundo, incluidas las poblaciones vulnerables, crean poblaciones adicionales de migrantes y refugiados«. Por eso, dijo, es vital «reducir las emisiones« y «promover la resiliencia y la adaptación«.

Es cierto que la reducción de las emisiones debería ser una prioridad absoluta para el primer emisor histórico del mundo, sobre todo después de las nefastas advertencias del IPCC. Pero al mismo tiempo, Mayorkas no dijo nada, ni hay nada en los compromisos del DHS, sobre aliviar el sufrimiento de cruzar la frontera para personas como Flor y Esmeralda. No se habló del estatus de refugiado, ni de reducir el enorme aparato fronterizo de muros, tecnologías y miles de agentes armados (el presupuesto de 2022 para la CBP y el ICE es de 24.700 millones de dólares), ni de revertir la estrategia de disuasión (que ahora incluye el Título 42) que obligó y obligará de nuevo a Flor y Esmeralda a adentrarse en las mortales y escarpadas montañas.

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Arlo Guthrie, «Deportee»

Los refugiados climáticos pueden ser casi invisibles para el público, pero están caminando por las fronteras de los países privilegiados en este mismo momento. Según las predicciones oficiales, en el futuro habrá cada vez más personas en movimiento. Para ello, los muros fronterizo «sostenibles» no son la solución.

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