12 de octubre, 12

Una año más llegó el 12 de octubre y yo publicando las tonterías que se le ocurren a un tal Tim no se cuento sobre el control y la libertad de internet. Un día tan preclaro, tan magnífico, en el cual sucedió aquel Gran Suceso que no había sucedido antes, ni volverá a suceder después: un tal Colón chocó con todo un continente.

Hace rato que no dedico el blog a ningún libro. Así que me he dicho, hoy 15 de octubre lo vamos a dedicar al 12 de octubre ¿por qué no? Y la mejor manera, creo, es hacer que Eduardo Galeano, el Gran Eduardo Galeano, nos hable un poco del asunto, esto es, reproducción de un capítulo de su libro “Las Venas Abiertas de América Latina“, libro que considero fundamental para saber algo de ese continente. Aunque parece que Galeano, años después, no le pareció tan lindo como me lo sigue pareciendo. En eso no coincido con él. Lo leí por primera vez hace muchos años, préstamo de una amiga borinqueña, lo discutimos, los hablamos y luego cuando Eduardo vino a España, cuando pudimos lo escuchamos. A posteriori lo he revuelto a leer. Pero él, como autor, tiene derecho a ver sus libros de forma distinta al cabo de los años, por supuesto que me parece distinto, pero me sigue pareciendo un gran, gran libro. Ahora dejaré que hable Galeano y el vínculo del libro (para bajarlo) se dirige a La Historia del Día, en la que estaba seguro que se encontraría, como así ha sido. Pero al ir a buscarlo he descubierto un artículo escrito por Eduardo y dedicado a Julio Cortazar, artículo que no conocía, pero espero conocer ahora mismo.

venasNos cuenta Eduardo:

RETORNABAN LOS DIOSES CON LAS ARMAS SECRETAS

A su paso por Tenerife, durante su primer viaje, había presenciado Colón una formidable erupción volcánica. Fue como un presagio de todo lo que vendría después en las inmensas tierras nuevas que iban a interrumpir la ruta occidental hacia el Asia. América estaba allí, adivinada desde sus costas infinitas; la conquista se extendió, en oleadas, como una marea furiosa. Los adelantados sucedían a los almirantes y las tripulaciones se convertían en huestes invasoras. Las bulas del Papa habían hecho apostólica concesión del África a la corona de Portugal, y a la corona de Castilla habían otorgado las tierras «desconocidas como las hasta aquí descubiertas por vuestros enviados y las que se han de descubrir en lo futuro…»: América había sido donada a la reina Isabel. En 1508, una nueva bula concedió a la corona española, a perpetuidad, todos los diezmos recaudados en América: el codiciado patronato universal sobre la Iglesia del Nuevo Mundo incluía el derecho de presentación real de todos los beneficios eclesiásticos (Guillermo Vázquez Franco, La conquista justificada, Montevideo, 1968, y J. H. Elliott, op. cit.).

El Tratado de Tordesillas, suscrito en 1494, permitió a Portugal ocupar territorios americanos más allá de la línea divisoria trazada por el Papa, y en 1530 Martim Alfonso de Sousa fundó las primeras poblaciones portuguesas en Brasil, expulsando a los franceses. Ya para entonces los españoles, atravesando selvas infernales y desiertos infinitos, habían avanzado mucho en el proceso de la exploración y la conquista. En 1513, el Pacífico resplandecía ante los ojos de Vasco Núñez de Balboa; en el otoño de 1522, retornaban a España los sobrevivientes de la expedición de Hernando de Magallanes que habían unido por vez primera ambos océanos y habían verificado que el mundo era redondo al darle la vuelta completa; tres años antes hablan partido de la isla de Cuba, en dirección a México, las diez naves de Hernán Cortés, y en 1523 Pedro de Alvarado se lanzó a la conquista de Centroamérica; Francisco Pizarro entró triunfante en el Cuzco, en 1533, apoderándose del corazón del imperio de los incas; en 1540, Pedro de Valdivia atravesaba el desierto de Atacama y fundaba Santiago de Chile. Los conquistadores penetraban el Chaco y revelaban el Nuevo Mundo desde el Perú hasta las bocas del río más caudaloso del planeta.

Había de todo entre los indígenas de América: astrónomos y caníbales, ingenieros y salvajes de la Edad de Piedra. Pero ninguna de las culturas nativas conocía el hierro ni el arado, ni el vidrio ni la pólvora, ni empleaba la rueda. La civilización que se abatió sobre estas tierras desde el otro lado del mar vivía la explosión creadora del Renacimiento: América aparecía como una invención más, incorporada junto con la pólvora, la imprenta, el papel y la brújula al bullente nacimiento de la Edad Moderna. El desnivel de desarrollo de ambos mundos explica en gran medida la relativa facilidad con que sucumbieron las civilizaciones nativas. Hernán Cortés desembarcó en Veracruz acompañado por no más de cien marineros y 508 soldados; traía 16 caballos, 32 ballestas, diez cañones de bronce y algunos arcabuces, mosquetes y pistolones. Y sin embargo, la capital de los aztecas, Tenochtitlán, era por entonces cinco veces mayor que Madrid y duplicaba la población de Sevilla, la mayor de las ciudades españolas. Francisco Pizarro entró en Cajamarca con 180 soldados y 37 caballos.

Los indígenas fueron, al principio, derrotados por el asombro. El emperador Moctezuma recibió, en su palacio, las primeras noticias: un cerro grande andaba moviéndose por el mar. Otros mensajeros llegaron después: «…mucho espanto le causó el oír cómo estalla el cañón, cómo retumba su estrépito, y cómo se desmaya uno; se le aturden a uno los oídos. Y cuando cae el tiro, una como bola de piedra sale de sus entrañas: va lloviendo fuego…». Los extranjeros traían «venados» que los soportaban «tan alto como los techos». Por todas partes venían envueltos sus cuerpos, «solamente aparecen sus caras. Son blancas, son como si fueran de cal. Tienen el cabello amarillo, aunque algunos lo tienen negro. Larga su barba es …» (Según los informantes indígenas de fray Bernardino de Sahagún, en el Códice Florentino. Miguel León-Portilla, Visión de los vencidos, México, 1967.). Moctezuma creyó que era el dios Quetzalcóatl quien volvía. Ocho presagios habían anunciado, poco antes, su retorno. Los cazadores le habían traído un ave que tenía en la cabeza una diadema redonda con la forma de un espejo, donde se reflejaba el cielo con el sol hacia el poniente. En ese espejo Moctezuma vio marchar sobre México los escuadrones de los guerreros. El dios Quetzalcóatl había venido por el este y por el este se había ido: era blanco y barbudo. También blanco y barbudo era Huiracocha, el dios bisexual de los incas. Y el oriente era la cuna de los antepasados heroicos de los mayas (Estas asombrosas coincidencias han estimulado la hipótesis de que los dioses de las religiones indígenas habían sido en realidad europeos llegados a estas tierras mucho antes que Colón. Rafael Pineda Yáñez, La isla y Colón, Buenos Aires, 1955.).

Los dioses vengativos que ahora regresaban para saldar cuentas con sus pueblos traían armaduras y cotas de malla, lustrosos caparazones que devolvían los dardos y las piedras; sus armas despedían rayos mortíferos y oscurecían la atmósfera con humos irrespirables. Los conquistadores practicaban también, con habilidad política, la técnica de la traición y la intriga. Supieron explotar, por ejemplo, el rencor de los pueblos sometidos al dominio imperial de los aztecas y las divisiones que desgarraban el poder de los incas. Los tlaxcaltecas fueron aliados de Cortés, y Pizarro usó en su provecho la guerra entre los herederos del imperio incaico, Huáscar y Atahualpa, los hermanos enemigos. Los conquistadores ganaron cómplices entre las castas dominantes intermedias, sacerdotes, funcionarios, militares, una vez abatidas, por el crimen, las jefaturas indígenas más altas. Pero además usaron otras armas o, si se prefiere, otros factores trabajaron objetivamente por la victoria de los invasores. Los caballos y las bacterias, por ejemplo.

Los caballos habían sido, como los camellos, originarios de América (Buenos Aires, 1955. Jacquetta Hawkes, Prehistoria, en la Historia de la Humanidad, de la UNESCO, Buenos Aires, 1966.) , pero se habían extinguido en estas tierras. Introducidos en Europa por los jinetes árabes, habían prestado en el Viejo Mundo una inmensa utilidad militar y económica. Cuando reaparecieron en América a través de la conquista, contribuyeron a dar fuerzas mágicas a los invasores ante los ojos atónitos de los indígenas. Según una versión, cuando el inca Atahualpa vio llegar a los primeros soldados españoles, montados en briosos caballos ornamentados con cascabeles y penachos, que corrían desencadenando truenos y polvaredas con sus cascos veloces, se cayó de espaldas (Buenos Aires, 1966. Miguel León-Portilla, El reverso de la conquista. Relaciones aztecas, mayas e incas, México, 1964.). El cacique Tecum, al frente de los herederos de los mayas, descabezó con su lanza el caballo de Pedro de Alvarado, convencido de que formaba parte del conquistador: Alvarado se levantó y lo mató (Miguel León-Portilla, op. cit.). Contados caballos, cubiertos con arreos de guerra, dispersaban las masas indígenas y sembraban el terror y la muerte. «Los curas y misioneros esparcieron ante la fantasía vernácula», durante el proceso colonizador, «que los caballos eran de origen sagrado, ya que Santiago, el Patrón de España, montaba en un potro blanco, que había ganado valiosas batallas contra los moros y judíos, con ayuda de la Divina Providencia» (Miguel León-Portilla, op. cit. Gustavo Adolfo Otero, Vida social en el coloniaje, La Paz, 1958.).

Las bacterias y los virus fueron los aliados más eficaces. Los europeos traían consigo, como plagas bíblicas, la viruela y el tétanos, varias enfermedades pulmonares, intestinales y venéreas, el tracoma, el tifus, la lepra, la fiebre amarilla, las caries que pudrían las bocas. La viruela fue la primera en aparecer. ¿No sería un castigo sobrenatural aquella epidemia desconocida y repugnante que encendía la fiebre y descomponía las carnes? «Ya se fueron a meter en Tlaxcala. Entonces se difundió la epidemia: tos, granos ardientes, que queman», dice un testimonio indígena, y otro: «A muchos dio muerte la pegajosa, apelmazada, dura enfermedad de granos» (Autores anónimos de Tlatelolco e informantes de Sahagún, en Miguel León-Portilla, op. cit.). Los indios morían como moscas; sus organismos no oponían defensas ante las enfermedades nuevas. Y los que sobrevivían quedaban debilitados e inútiles. El antropólogo brasileño Darcy Ribeiro estima (Portilla, op. Cit. Darcy Ribeiro, Las Américas y la civilización, tomo I: La civilización occidental y nosotros. Los pueblos testimonio, Buenos Aires, 1969.) que más de la mitad de la población aborigen de América, Australia y las islas oceánicas murió contaminada luego del primer contacto con los hombres blancos.

refugiados

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“Mi estómago se revolvió.

Algo había salido mal …”

cristieEl 6 de agosto de 1964, todo estaba listo para la misión. Me habían reservado billete en el tren nocturno París – Toulouse. Me encontré con Bernardo y Salvador, mis contactos anarquistas españoles de Londres, en la Place d’Italie, y desde allí caminamos por la rue Bobilot y entramos en una calle lateral angosta y descuidada con gruesos edificios grises.

Nos aseguramos de que no nos habían seguido, Salva golpeó de una manera concreta una ventana con cortinas de la planta baja del piso y, cuando se abrió la puerta, entramos rápidamente por un pasillo oscuro y estrecho y entramos en la sala principal. Era el almacen del responsable, donde podían guardarse las armas, explosivos y documentos falsos con cierto grado de seguridad.

En la habitación había tres personas. Dos estaban sentados, uno de los cuales reconocí como Octavio Alberola, el carismático coordinador del grupo anarquista Defensa Interior, y sobre cuyos hombros caía la responsabilidad de matar a Franco. El tercer hombre, conocido como “el químico“, estaba de pie junto al fregadero con guantes de goma, midiendo y vertiendo productos químicos.

Tenía sed, fui al lavabo a buscar agua y estaba acercándo un vaso a mis labios cuando el químico se giró y vio lo que estaba haciendo. Me gritó que me detuviera y se precipitó, quitándome el vaso de las manos con cuidado, explicando que se había utilizado para medir ácido sulfúrico puro.

Sobrecogido, retrocedí para apoyarme en el aparador y fui a encender un cigarrillo. Esto provocó otra reacción igualmente volcánica por parte del químico cuando explicó que el cajón del aparador estaba lleno de detonadores. Me retiré a la mesa, y fui muy cuidadoso después de eso.

El químico colocó sobre la mesa cinco tabletas de lo que parecían barras extragrandes de la tableta que hacía mi abuela (un caramelo hecho con leche condensada), cada una con 200 gramos de explosivo plástico, junto con detonadores.

stuartAlberola repasó los detalles de la operación mientras Salva traducía. Mi trabajo consistiría en entregar los explosivos al contacto, junto con una carta dirigida a mí, que debía recoger en las oficinas de American Express en Madrid. Luego, en una cita en la plaza de Moncloa, el contacto me identificaría por un pañuelo que envolvería  una de mis manos. Se acercaría y me diría: “¿Qué tal?” (“How are you?)”, A lo que respondería, “Me duele la mano” (“I’ve a sore hand”).

No hablaba español, por lo que para evitar la vergüenza de olvidar mis líneas y darle un kilo de potentes explosivos al primer español amigable que se acercara, Octavio escribió las palabras, junto con todas las instrucciones. (Esto fue, a posteriori, una estupidez). Una vez que el contacto se identificara, tenía que entregar el paquete, junto con la carta, e irme inmediatamente.

Mi tren se detuvo en la estación de Toulouse poco antes del amanecer del viernes 7 de agosto, después de una noche húmeda e incómoda. Tras un café y un croissant apresurados tomé un tren a Perpignan. Aquí, me preparé para cruzar la frontera; Haría autostop el resto del camino a Madrid.

La mejor manera de llevar los explosivos, pensé, era pegados al cuerpo, no en la mochila, en caso de que fuera inspeccionado por un oficial de aduanas puntilloso. En Perpignan, encontré unos baños públicos y pagué por un cubículo. Después de un baño caliente, y todavía desnudo, desempaqueté las placas de plástico y las pegué en mi pecho y estómago con celofán y cinta adhesiva. Los detonadores los envolví en algodón y los escondí en el forro de la chaqueta.

Con el explosivo plástico pegado, mi cuerpo estaba increiblemente deformado. La única forma de disimularlo era con el holgado jersey de lana que mi abuela había tejido para protegerme de los vientos del Clydeside. Sin ninguna sutileza, en agosto estaba fuera de lugar en la costa mediterránea.

Caminé por las afueras de Perpignan hasta que llegué a un cruce con una señal de tráfico que señalaba a España. Tras lo que me parecieron horas, se detuvo un auto. Lo conducía un comerciante inglés de mediana edad de Dagenham. Iba a Barcelona.

Pronto se hizo evidente que la caridad estaba impulsada en gran medida por su propio interés. Cada pocos kilómetros, el viejo cacharro se detenía y tenía que salir a pleno sol de agosto en el Mediterráneo para empujar el puñetero coche hasta la colina donde lo arrancábamos. Entre empujar un auto cuesta arriba y el jersey de la abuela, el sudor comenzó bañarme. La cinta impermeable aún no se había inventado, y los paquetes de plástico envueltos en celofán comenzaron a deslizarse por mi cuerpo. Tenía que empujarlos con mis antebrazos.

condena

El tráfico era intenso cuando llegamos a Le Pérthus, el puerto de montaña más transitado de la frontera de española. Aquí era donde tendríamos que pasar un control de aduanas. En el otro lado estaba la España fascista.

Después de hacer cola durante una eternidad que estremecía, tuve que empujar el auto hacia la rampa mientras mi compañero lo conducía. Tiré de mi jersey con fuerza y ​​esperé con el corazón en la boca mientras dos Guardias Civiles de rostro severo con tricornios de charol brillante y ametralladoras listas me miraban de arriba abajo. Le entregué mi pasaporte a la guardia de fronteras mientras los oficiales de aduanas examinaban el maletero y buscaban debajo de los asientos del auto.

¿Motivos del viaje a España?

“¡Turista!” Respondí, esperando que mi acento no lo hiciera sonar como “terrorista”.

Un par de ojos oscuros me miraron con suspicacia durante un momento antes de poner el sello finalmente en el pasaporte.

El auto llegó hasta la plaza principal de Gerona, donde se averió nuevamente, esta vez en plena hora punta. Finalmente, nos pusimos en marcha de nuevo y, antes de darme cuenta, estábamos en las destartaladas afueras de la zona industrial de Barcelona.

Nunca pensé que lo lograríamos“, dijo mi compañero.

Yo tampoco“, fue mi respuesta.

Nos despedimos y nos separamos.

Las fechas posibles para mi cita en Madrid eran entre el martes 11 y el viernes 14 de agosto. Salí de Barcelona el lunes, esta vez con los explosivos en la mochila. Podía haber volado o tomado el tren, pero disfrutaba haciendo autostop y también ahorraría un poco más de dinero para cualquier emergencia.

Mi destino en la capital era la oficina de American Express. En lugar de ir a la estación de tren a buscarme una taquilla para dejar la mochila, que es lo que habría hecho un anarquista más experimentado, me la coloqué en las espaldas y recorrí la carrera de San Jerónimo para recoger la carta de mi contacto.

Era la hora de la siesta y las calles estaban tranquilas. Al doblar la esquina para entrar en la oficina de American Express, inmediatamente me di cuenta de que había tres hombres elegantemente vestidos y con los labios apretados y gafas de sol de borde grueso, de pie junto a la entrada, murmurando entre ellos. Respiré hondo y traté de controlar mi ansiedad. Al pasar junto a este grupo, fui a la oficina de American Express, donde pregunté por el mostrador de correos. Un empleado me señaló un escritorio en el extremo más alejado de la habitación.

Al entregar mi pasaporte a la recepcionista, le pregunté si tenía alguna carta. En este  momento noté por el rabillo del ojo a dos hombres y una mujer sentados en un nicho a mi derecha. Una vez más, supe de inmediato que eran policías. La sangre se me subió a la cabeza y el corazón se me disparó. Mi estómago se revolvió. Algo había salido muy mal.

La chica con mi pasaporte encontró la carta entre las bandejas bien apretadas a su espalda y la sacó. Mientras lo hacía, noté que había sido marcada con una hoja de papel rosa del tamaño de un resguardo de una casa de apuestas. La mujer del nicho, una supervisora, se acercó a la muchacha y me trajo la carta, le dijo unas palabras y le quitó la hoja.

¿Qué había en la carta? ¿Cuánto sabían ellos? ¿Me arrestarían allí o esperarían hasta que me hubiera encontrado con mi contacto? Pero si sabían lo de la recogida de Amex, probablemente también conocerían los detalles de mi cita.

La supervisora le entregó la hoja a la muchacha, indicando que debía llevarla a los dos hombres en el nicho. La supervisora me entregó la carta y mi pasaporte. Me volví para ver a los dos hombres del nicho saliendo rápidamente. Tomé nota mental de largarme de American Express a la más mínima oportunidad, si es que alguna vez la tenía.

Mi diafragma se apretó aún más y mi corazón latía como un apretado tambor Lambeg. Sin embargo, me sentía curiosamente distante cuando respiré hondo y salí de la oficina, tratando de mantener el rostro sin expresión. Reuniendo toda la confianza que pude, me detuve en la puerta para mirar al grupo de cinco hombres que ahora estaban de pie a un lado de la entrada. Hasta que aparecí en la puerta, habían conversado profundamente. Se detuvieron brevemente, intercambiaron miradas de complicidad y continuaron.

Intentando aparentar el aire alegre de un turista adinerado que acababa de cobrar sus cartas de crédito, volví por donde había venido, y tan lentamente como pude. Solo había avanzado unos pocos metros cuando el grupo de hombres comenzó a seguirme por la calle, todavía hablando entre ellos. Mis ojos se movían por todas partes, buscando desesperadamente cualquier oportunidad de escapar. Continué por la carrera de San Jerónimo, parándome para mirar por los escaparates de las tiendas que pasaba, como si estuviera mirando escaparates, pero de hecho, para ver qué tan lejos estaban. Me dejaron unos 18 metros antes de salir en mi persecución, y se mantuvieron a esa distancia.

Un taxi vacío se detuvo en la acera a mi lado. Pero cuando el conductor parecía que me invitaba a entrar, supe que era un coche policial camuflado. Me estaban acorralando.

Para entonces ya había llegado a la esquina de la concurrida calle Cedaceros. Mientras me armaba de valor para perderme entre la multitud, de repente me agarraron de los brazos por detrás, mi cara contra la pared y un cañón de pistola clavado en la espalda. Intenté volver la cabeza, pero me esposaron antes de darme cuenta de lo que había sucedido. Todo había terminado en cuestión de momentos.

· Este es un extracto de Granny Made Me An Anarchist, por Stuart Christie, publicado por Sribner.

gustazo

Dinero, poder y corrupción:

Artículo extraído de:

aurora

De la irresistible atracción del anarquismo por la novela negra

Dolors Marín Silvestre

Una aparente contradicción: los anarquistas suelen ser voraces lectores de novela negra. Y la pregunta es ¿Por qué existe esta pasión lectora hacia un universo plagado de policías, delatores, detectives y aparato policial que, además, la mayoría de las veces resultan triunfantes y atrapan al anti-héroe, es decir al ladrón o al asesino?

negraEn los últimos años, la pasión por Andrea Camilleri, Petros Márkaris o Donna Leon ha sustituido a la fascinación de nuestros mayores por Leonardo Sciascia, D. Hammett o Highsmith. Por no hablar de clásicos como Chandler y los obligados Agatha Christie, Simenon y Conan Doyle, que hicieron de sus protagonistas los héroes de la inducción-deducción darwinista, sosiego de lectores bajo la España oscurantista y fanática nacional-católica. La contradicción se nos ofrece en bandeja, ya que podemos preguntarnos qué hay de especial en adentrarse en barrios marginales, dinero negro, chantajes, prostitución, drogas y demás lindezas para un lector que está en contra de la sociedad autoritaria y además desconfía de la justicia y el aparato represor-policial.

El sitio de honor de varios de estos autores en nuestra particular y personal cosmogonía libertaria se debe sobre todo los temas tratados: la novela negra se centra en la denuncia social. Al entorno del hecho cruento se desarrolla el trasfondo de la marginalidad, y sobre todo de la desigualdad, porque la novela negra se convierte en algunos autores en una forma de narrar lo inexplicable en tiempos de censura y dictadura. La novela se convierte en algo más que la narración de un crimen intrascendente hecho con mayor o menor acierto: es un crisol donde se recogen las biografías de personas que se mueven en un ambiente real y cercano a nosotros, disfrazadas de personajes de ficción. Y aquí reside la grandeza de este tipo de narraciones: acercarnos a estas otras realidades, mostrarlas en su crudeza, evidenciar aquello complejo que no aparece en los grandes medios de comunicación o que aparece descrito como marginalidad o caso aislado.

Es en estos márgenes en los que Petros Márkaris describe en Balkan Blues el drama del asesinato de personas que no tienen papeles, donde Camilleri explica cómo se esconden aquéllos que llegan a las costas en cayucos o cómo las jóvenes del Este son obligadas a robar por pseudoONGs cristianas. Realidad explicada a través de la ficción, porque la realidad es increíble, no se puede documentar, o porque no llega a ser noticia de primera página. Aparecen obreros sin papeles y sin sindicatos que los defiendan, accidentes laborales encubiertos bajo ardides burocráticos, abogados corruptos y protagonistas vencidos antes de empezar a luchar, mujeres obligadas a venderlo todo, como en las clásicas novelas de la serie negra del siglo XX. No han cambiado ni los temas, y quizás tan solo el color de piel de los protagonistas. Hemos pasado de la ambientación exótica y colonial de las novelas de Christie o Doyle a las costas de Sicilia, Grecia o Marsella. Pero en todas, antiguas y actuales, se muestra la injusticia como telón real del drama. Una muestra en las antiguas: los ayudantes de Holmes eran un grupo de chiquillos dickensianos de la calle; las amigas de Mrs. Marple, un grupo de mujeres adultas emancipadas e incomodas para la misógina sociedad de su tiempo; el viejo Poirot, solo, exiliado y con visos de ambigüedad sexual poco explícitos para su época, se encuentra desorientado en un país que lo percibe siempre como extranjero. Y junto a ellos, ambientando la escena, los nihilistas rusos, editores marginales, emigrantes griegos o albaneses, cantantes de cabaret e ilusionistas, falsificadores de moneda, vividores, bígamos, farsantes, ladrones y, en definitiva, la vida misma narrada sin tapujos, sin romanticismo.

Y en todas las novelas, un fondo común latente y constante: la denuncia social imbricada en la vida de la comunidad. La desigualdad es narrada con una gran impudicia, con violencia, gracias a los crímenes descritos: en eso reside la fuerza de la novela negra. Y cómo no, con una chispa de humor para conjurar la pura desesperación del propio autor. Autores que son en su mayoría personajes disconformes con la sociedad que les ha tocado vivir. La mayoría de ellos murieron sin alcanzar la notoriedad mediática de los actuales. Sobrevivieron merced a otros trabajos que van desde el artículo periodístico a la peligrosa vida en el alambre del creador nato. La mayoría además fueron personajes controvertidos y molestos en su contexto social.

¿Cuáles de entre estos autores se aproximaron a las filas de los anarquistas y escribieron textos de ladrones y policías? ¿O quiénes esbozaron personajes que se puedan identificar con los antiautoritarios o los desobedientes de todas las épocas? De entre los primeros destacamos a Georges Darien o Leo Malet, lectura obligada de los anarquistas francófonos, o Xavier Benguerel y Manuel de Pedrolo, militantes de la CNT-FAI en 1936. Sobre los segundos cabe destacar que el hecho real, actual, es que los anarquistas han pasado en nuestros días de ser invisibles o vencidos en todas las batallas a formar parte de la literatura de ficción. Una ficción novelada que toma modelos reales de una historia vejada y escondida, de la que solo rescata el héroe/antihéroe y lo despoja de sus reivindicaciones más netas. El peligro es quedarse en el estereotipo fácil. Porque, indudablemente, estos héroes del pueblo permanecen en el imaginario colectivo y no hay nada más tentador que insertarlos en una narración y convertirlos en protagonistas o teloneros. Pocos autores escapan airosos a esta tentación de reconvertir la realidad en narración, o de hacerla didáctica, además de lúdica. Uno de ellos es Andréu Martín, que trata con respeto a los personajes anarquistas de sus narraciones, que se desarrollan primordialmente en un contexto conocido por el autor: Barcelona y sus ambientes bohemios. Sus escenarios abarcan desde los barricadistas de la Semana Trágica a los pistoleros de los años veinte o los últimos maquis urbanos. Grupos de afinidad conviven con ambientes obreros o los escenarios populares de La Torrassa o la Barceloneta. Escenarios de tensión y lucha donde el crimen adquiere distintas tonalidades. Unos ambientes que recuerdan al pionero Xavier Benguerel, que en sus novelas recreó autobiográficamente parte de la vida de los anarquistas del Pueblo Nuevo barcelonés.

Trabajo honesto y bien documentado, que encuentra pocos equivalentes en la tentación de describir a los anarquistas en el contexto marginal-criminal. Una de las muchas muestras de estos trabajos es la que recientemente ha puesto en el candelero las figuras de Manuel Escorza y Dionís Eroles, polémicos hombres de acción del anarquismo barcelonés. Un autor contemporáneo los adentra en una paranoica narración que pasa de la crónica negra a la ciencia ficción clásica aliñada con retazos de santurronería cristiana muy del agrado de las nuevas visiones burgeso-nacionalistas sobre los anarquistas catalanes.

Volviendo a los clásicos: Martín y Benguerel encuentran un buen homologo en Manuel de Pedrolo, un excelente narrador de historias sórdidas que escapaban, con no muy buena fortuna, a las tijeras censoras del franquismo. Pedrolo es uno de los primeros en nuestro país en escribir páginas de denuncia social encubiertas en novelas de serie negra, seguidor del francés Simenon y que puso en marcha la primera colección de novela negra: La Cua de Palla. Y junto a él, el prolífico Jordi Sierra i Fabra, que desde sus narraciones acerca las descripciones de los anarquistas a un público juvenil.

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01 - Mirlowe

Más libros, por favor

Soy un lector insaciable de Novela Negra. Creo que en alguna que otra entrega me he referido a la misma. Durante mucho tiempo he estado ¿frenado?/¿empantanado? en los clásicos. Con la excepción del tandem BorgesBioy Casares. Cuando abrí un poco la vista seguí en los EE.UU.

Fue Vázquez Montalbán el que me abrió los ojos, había y se podía hacer más allá de los EE.UU. Sin in ir muy lejos de dicho país ¿qué decir del excelente Padura?

padura

Recomendable desde todos los puntos de vista.

En los países del centro-norte de Europa también hay un gran plantel de escritores, y muchos de ellos tienen series en tv sobre sus novelas. Pero encuentro que la novela del norte de Europa tiene un ramalazo sensacionalista que no me agrada nada. Me quedo en el Sur, Por supuesto el primero que me encandiló fue Montalvano, nombre que homenajea al citado Vázquez Montalbán. Sigo encandilado por sus novelas.

A partir de él, y con la sin par colaboración de la Biblioteca de Andalucía, cuya sede central se encuentra a escasos metros de donde vivo, he ido conociendo a otros autores, no puedo dejar de citar a Petros Markaris y su comisario Jaritos. Una excelente  descripción de la situación de la Grecia actual, masacrada y expoliada por la E.U., con los refugiados allí apiñados, con los sueldos que no dan para llegar a final de mes. Muy aconsejable su lectura.

jaritos

La lectura de Markaris, me llevó a la reflexión de la mucha lectura que hacía y tenía sobre los “clásicos griegos” y el desconocimiento total de los escritores actuales, entendiendo por actuales los existentes desde su independencia de Turquía, tras la caída del Imperio Turco tras la P.G.M. A romper con ese muro me ha ayudado la citada biblioteca, encontré un excelente libro que abarcaba relatos cortos de autores y autoras actuales, desde los 40 hasta ahora.

Casi todos ellos me han gustado, no recuerdo ninguno que me resultara cansado, aburrido o sin interés. Pero he decidido reproducir este, de Rhea Galanki , por motivos varios que se explican solos:

rheaRhea Galanki nace en Heraclio, capital de Creta en 1947. Publica sus primeros textos en revistas contrarias al régimen. Vive entre Patras y Atenas. Ha publicado poemarios, libros de ensayo, relatos y novelas

El eje central de su narrativa es la identidad cultural europea tal y como se ha configurado a través de las múltiples peripecias sociales y nacionales del siglo XIX. Construida siempre sobre una trama sólida e interesante, basadas en un rico material histórico, sus novelas combinan hecho y ficción, historia y tradición, poesía y prosa.

Memoria humana, olvido humano

A Vasilis Ladás

Ninguno de ellos acercó los labios a aquella fuente que en la antigüedad predecía la evolución de una enfermedad mediante un espejo sumergido en el agua. El rostro del enfermo querido se perfilaba, vivo o muerto, un instante sobre el espejo. De esta manera, en la época en que el tiempo aún no se medía, las mujeres trataban de adivinar su destino

Pero en el año 2002, nadie rozó aquel cuenco que pendía de una cadena sobre la boca de mármol de la fuente. El hogar era conocido como el Pozo de San Andrés y nunca se agotaba, según sostenían ciertos expertos, el lagrimeo de la fuente – refirièndose naturalmente a las antiguas aguas vaticinadoras-. El apóstol había sido martirizado allí sobre dos maderos clavados en forma de cruz; o crucificado, como cuenta otra tradición, sobre el abultado tronco de un olivo situado junto a la corriente. Dicen también que quien bebe del agua sagrada de la fuente consigue vivir los suficiente como para regresar a Patras.

Pero los kurdos no quieren regresar a Patras. Por eso no bebieron. Lo que quieren es marcharse en esos enormes ferrys blancos. Alejarse todo lo posible de las escaleras de la iglesia del apóstol, que se yergue ufana junto al manantial subterráneo. Era una fría noche del mes de diciembre cuando se sentaron implorantes en la escalinata del templo, tras una increíble manifestación. La víspera había muerto uno de ellos. Se había ocultado en un remolque para salir del país – dicen – pero fue descubierto y golpeado; corrió a ponerse a salvo pero se cayó desde lo alto. Apenas tenía dieciocho años, un hombre-niño. No llegó a la Noche vieja del tercer año del nuevo milenio, que se celebraba pocos días después. Pero ojalá hubiese alcanzado a vivir, como hombre-niño, una vida en miniatura. En el interior del hombre que había salido de Kurdistán, de la zona perteneciente al temible Irak, para llegar a Patras – la ciudad que volvía a ser proclamada Puerta de Occidente para su humilde persona-, seguro que se ocultaba la semilla de una adolescencia cercenada, asfixiante, si no martirizada y por ello santificada. En su interior, ese sueño adolescente de “una vida más justa” – sueño de los siete colores del arco iris, en el que cada pie ocupa un lugar diferente- albergaba la proyección del adolescente en la figura del hombre que algún día conseguiría regresar a su lugar de nacimiento. Del hombre que al volver caminaría sobre esa curvatura del arco iris que une lugares diferentes, con paso orgulloso, con la alegría de una estampa popular dibujada en su rostro. Y para entonces tendría ya su propia patria.

Los kurdos dieron comienzo a su marcha al oscurecer. Mientras tanto, su compatriota los esperaba en la morgue del hospital universitario, sobre esas colinas que desde la lejanía contemplan un mar de papel. Él también estaba esperando sus papeles para viajar, pues èse era el deseo de su familia; que fuera enterrado junto a ellos, y no como aquellos otros kurdos que nos años antes fueron quemados en el furgón en el que viajaban clandestinamente a Italia. A aquéllos los habían enterrado apresuradamente, casi a escondidas, como a criminales famosos o a pobres suicidas, en un pequeño cementerio de la ciudad. De este modo, se quedaron para siempre en una ciudad puerta, aunque fuese la puerta hacia su último viaje. Por eso los parientes del difunto querían que regresara como hombre-niño, para que retoñase en los cuerpos de sus sobrinos aún no nacidos. Para que se convirtiese en uno de los jóvenes que llegan al paraíso musulmán con una camiseta de algodón que lleva la figura del Che. ¡Ojalá se lo encontrara allí arriba, pensaría durante el viaje, y se lo llevase de guerrillero a las cárdenas selvas del Hades y poder así vengarse!

La manifestación partió de su barriada, en la parte norte del puerto. Allí vivía la mayoría de ellos, junto a la zona del muelle, agitada por las idas y venidas de aquellos enormes barcos que zarpaban a diario para Italia, la Tierra Prometida de estos refugiados. Vivían en aquel lugar para estar más cerca de los barcos, para observar sus movimientos y así poder introducirse en ellos como emigrantes clandestinos, aun pagando verdaderas fortunas por esa infamia en la que a menudo perdían el dinero y la vida; pero si no lo conseguían, para poder creer al menos, al ver alejarse los blancos buques, que habían logrado llegar a este puerto, al lugar donde terminaba su oriente y en el que tal vez comenzase su occidente. Les bastaba con alargar su mano cobriza para alcanzar el barco de su redención, el reluciente arcángel de los cristianos. Aunque luego se malograsen. Ellos, que también provenían de antiquísimas civilizaciones, tenían como los griegos una clara noción del peligro que conllevan las decisiones extremas, las situaciones límite. Pero el peligro merecía la pena. Había otra razón por la que este deseado viaje no era un asunto sencillo: al conductor del camión que sorprendiesen transportando emigrantes clandestinos, le retiraban el carné. Por eso intervenían esas bandas que operan con dinero negro ensombreciendo el nombre de Patras, que ante todo forjan el olvido del hombre por el hombre.

Presionados por todo esto, los kurdos, refugiados políticos en su mayoría, montañeses altivos, vivían en los callejones posteriores al puerto. A veces ocupaban las casas o edificios en ruinas que había alrededor. Colgaban sacos vacíos para delimitar el espacio vital de cada uno, la superficie de una miserable tumba. Así vivían, es decir, malvivían. Aunque la ciudad, despreocupada, estuviera celebrando el carnaval unas manzanas más abajo, o festejase cualquier otra cosa; aunque estuviera orgullosa de su belle époque y pregonase su nombre europeo. Tenía todo el derecho a hacerlo, ahí estaban también las raíces de sus mitos y de su historia, y de todo tipo de interpretaciones y fantasías sobre lo pasado y lo por venir. Pero Patras debía mirar de soslayo a su espejo, ese espejo que acababa de sumergir en su antigua fuente, para tratar de vaticinar si permitiría algún día regresar de las cárdenas selvas del Hades a un nombre-niño. A un vengador llamado Memoria de la Humanidad.

La manifestación partió de la estación de autobuses interurbana, que marcaba el límite de una de las partes de su barriada. En la otra parte, estaba la frontera invisible de los caros edificios costeros, recientemente construidos sobre los antiquísimos pantanos, cuyos retazos se veían todavía a lo largo del litoral. Estos pantanos, y no sólo ellos, dieron a Patras el nombre de Maremma en la mente de uno de sus más queridos hijos, un revolucionario romántico que se suicidó hace un siglo, en la tenebrosa y gélida noche de otro mes de diciembre. Pero en este diciembre de 2002, la olvidadiza ciudad apartó la vista del frío y sombrío mar para navegar hacia otros mares más luminosos y lejanos, dado que era Navidad. En esos días de invierno pronto se hacía de noche, pero sus calles céntricas, alumbradas, habían olvidado la oscuridad. Por todas partes se encendían y apagaban guirnaldas u que imitaban cometas de colores, velas encendidas, Papás Noel en trineos arrastrados por ciervos, ángeles con trompetas doradas, corderos arrodillados, magos con camellos, o simplemente unos grandes lazos rojos, hasta llegar al corazón de la ciudad, donde estaba la plaza del teatro con las dos fuentes en las que se había instalado un enorme belén. Las desnudas ramas de los árboles que lo rodeaban habían sido adornados con unas bombillitas eléctricas en forma de llama. Algunas fachadas de los edificios estaban engalanadas de extremo a extremo con barquitos luminosos, velas, nacimientos y todo tipo de ornatos festivos. La ciudad navegaba, pues, envuelta en olas de luz y melodías navideñas a todo volumen, algo distorsionadas por los megáfonos del ayuntamiento.

Los kurdos fueron dejando el mar, dieron la vuelta y entraron en la ciudad. Comenzaron a atravesar la calle comercial más importante. Caminaban en silencio. Sin hablar, casi sin respirar. Todos llevaban en la mano una vela encendida de la iglesia cercana a su barriada. Entonces la gente, que no hacía más que comprar regalos, se detuvo de repente estupefacta sobre las anchas e iluminadas aceras, abrazando toda clase de paquetes, como si éstos le transmitieran ánimos. Se preguntaban de dónde habían salido todos esos parias cobrizos, esas ratas de puerto. ¿Quien ha permitido que su negra tristeza, o su ira ensordecida, recaigan sobre los dorados adornos navideños? ¿Y por qué se han apagado todas las luces de repente?

Eso era lo que había ocurrido. Mientras pasaban los kurdos, durante unos segundos, se apagaron las luces de las guirnaldas, de los escaparates, de las ramas de los árboles, de los edificios; también las del recuerdo de la iluminación festiva de sus habitantes, las de los fuegos artificiales. El rojo, el naranja, el amarillo, el verde, el azul cielo, el azul marino, el violeta; los siete colores del arco iris. También se apagaron los faros de los automóviles de las calles perpendiculares que estaban esperando a que pasaran los kurdos. Incluso los estridentes altavoces se callaron por un momento. Reinó el silencio, aunque se oía – hubiera podido oírse – el sonido del negro y espumoso mar de todos los inviernos. Una total oscuridad, en la que relucían, como la estrella sobre el nacimiento, las llamas de las velas de los kurdos. A pesar de su intensa luz, la llama vacilante brillaba de derecha a izquierda, hacia el lado de la memoria o del olvido.

Los kurdos se alejaron y la ciudad recuperó enseguida su ritmo festivo. Hubo quienes se tranquilizaron pensando que ese oscuro paréntesis que acababa de cerrarse no era una manifestación de los kurdos sino una comitiva, o tal vez una de sus procesiones. Los kurdos naturalmente, eran musulmanes en su mayoría, pero quién sabe cómo, cuándo y qué celebra exactamente cada religión. ¿Se atreverían a decir “cada civilización”? No obstante, esa comitiva era semejante a las procesiones ortodoxas. Ojalá ellos también estuviesen celebrando una pacífica tradición religiosa, así como los habitantes de la ciudad iban a celebrar en breve la Navidad. Pero aún así, era tan pobre la procesión de estos pobres que ni siquiera disponían del cuerpo de un dios al que sacar de noche por las calles. Algunos pensaron un instante en el joven difunto que solo, allá en las colinas, estaban esperando sus papeles en el depósito de cadáveres, pero se trataba solamente de unos cuantos.

La manifestación de los kurdos confluyó en la plaza de San Andrés, más arboleda que plaza, que daba al mar. Un mar a menudo reflexivo por encontrarse lejos del ajetreo del puerto, de los enormes buques que anunciaban Italia. Tenían sed a causa de la marcha, pero ninguno de ellos acercó sus labios a aquella fuente que en la antigüedad predecía la evolución de una enfermedad a través de un espejo. Un trago de sus aguas podía absorber todo el mar que se extendía ante ellos, y entonces no podrían marcharse. Sólo se sentaron en los escalones de mármol del templo cristiano, con sus velas encendidas. Mudos. Un buen rato. Con la mirada vuelta hacia el mar. Sin verlo. Estaba oscuro y no se distinguía del cielo. Parecía como si hubiese caído ante ellos un enorme sudario. Ocultos tras él lloraban ocultando sus lágrimas de los habitantes de esta ciudad. Después volvieron a soñar con el archa que los transportaría a la salvación escondidos en sus entrañas. Porque en medio de la oscuridad, a través de las lágrimas, uno da rienda suelta a sus sueños más profundos.

Extracto

Capítulo 12 del libro “La otra historia de los Estados Unidos”, Howard Zinn

  • Es el año de 1897; Theodore Roosvelt, escribe a un amigo: “en estricta reserva. yo debería acoger cualquier tipo de guerra, pues, según pienso, este país necesita una.”

images.duckduckgo.comEl año de la masacre de Wounded Knee, 1890, la Oficina del Censo declaró oficialmente que la frontera interna había sido cerrada. También el sistema de ganancias, con su tendencia natural a la expansión, había comenzado a mirar más allá de las fronteras. Efectivamente, la grave depresión que había comenzado en 1893 fortalecía una idea que empezaba a desarrollarse en el seno de la élite política y financiera del país; la colocación de productos americanos en el extranjero podría aliviar el problema del bajo consumo interno y evitar una crisis económica capaz de atraer luchas de clases como en los que se habían dado en los años noventa.

¿Podría acaso una aventura en el extranjero desviar parte de la rebeldía de las huelgas y movimientos de protesta hacia un enemigo externo? ¿Serviría ésto acaso para unir a la gente con el gobierno y las fuerzas armadas en vez de ponerlos en contra? No se puede asegurar que éste fuera el plan de toda una élite; pero, sí, la consecuencia natural de la simbiosis entre capitalismo y nacionalismo.

La expansión allende los mares no era una idea nueva. En efecto, aún antes de que la guerra contra México empujara a los Estados Unidos hacia el Pacífico, la Doctrina Monroe dirigía su mirada hacia el sur, hacia el Caribe y más allá de éste. Aprobada en 1823, cuando América Latina comenzaba a liberarse del control de España, la Doctrina Monroe dejaría claro a Europa que los Estados Unidos consideraban a América Latina su esfera de influencia. Poco tiempo después algunos norteamericanos comenzaban a pensar en el Pacífico; en Hawai, Japón y los grandes mercados de China.

sambombasPero pensar no lo fue todo, pues las Fuerzas Armadas norteamericanas ya habían cometido saqueos en el exterior, como se observa en una lista del Departamento de Estado encabezada: “Instancias de Uso de las Fuerzas Armadas de los Estados Unidos en el extranjero, de 1798 a 1945”, la cual fue presentada por el Secretario de Estado Dean Rusk a un comité del Senado en 1962, como argumento para el uso de la fuerza armada contra Cuba. El documento presenta 103 intervenciones en los asuntos de otros países entre 1798 y 1895. He aquí algunos ejemplos:

  • 1852 – 53 – Argentina. Los marines llegaron a tierra y se mantuvieron en Buenos Aires para proteger los intereses de los Estados Unidos durante la revolución.
    1853 – Nicaragua. Para proteger la vida y los intereses de los norteamericanos mientras duren los disturbios políticos
  • 1853 – 54 – Japón. La “Apertura de Japón” y la “Expedición Perry”. (Anque el Departamento de Estado no proporciona otros detalles, se sabe que esta operación comprendía el uso de embarcaciones de guerra para obligar a Japón a abrir sus puertos a los Estados Unidos).
  • 1853 – 54 – Ryukyu y las islas Bonin – Antes de ir a Japón y mientras esperaba una respuesta de este país, el Comodoro Perry realizó maniobras navales, desembarcando marines en dos oportunidades y asegurando una concesión de carbón otorgada por el Gobernador de Naha en Okinawa. También realizó maniobras en las Islas Bonin, con el pretexto de asegurar las instalaciones para el comercio.
  • samsalton1854 – Nicaragua – San Juan del Norte (la localidad de Greytown fue destruida para vengar un insulto hecho al Cónsul Norteamericano en Nicaragua).
  • 1855 – Uruguay – Fuerzas navales norteamericanas y europeas desembarcaron en Montevideo para proteger los intereses de los Estados Unidos durante una revolución.
  • 1859 – China – Para proteger los intereses de los Estados Unidos en Shangai.
  • 1860 – Angola – Para proteger la vida de los norteamericanos y sus propiedades en Kissembo porque los nativos se habían vuelto belicosos.
  • 1893 – Hawai – Supuestamente para proteger la vida de los norteamericanos y sus propiedades; en realidad, para promover un gobierno provisional dirigido por Sandfor B. Dole. Esta acción no fue aprobada por los Estados Unidos.
  • 1894 – Nicaragua – Para proteger los intereses norteamericanos en Bluefield después de la revolución.

tiosamgragonAsí, pues, alrededor de 1890 ya los Estados Unidos tenía bastante experiencia en tanteos e intervenciones militares. La ideología de la expansión se había diseminado por las cúpulas militares, políticas y de negocios e, incluso, entre algunos líderes de movimientos campesinos que pensaban que las ventas en el extranjero los beneficiarían.
Un popular propagandista de la expansión, el Capitán A. T. Mahan de la marina norteamericana que tuvo una gran influencia sobre Theodore Roosvelt y otros líderes de Norteamérica, decía que los países que ostentasen las fuerzas navales más grandes heredarían la tierra. Por la misma época, el Senador Henry Cabot Lodge de Massachussets escribía el siguiente artículo:

En provecho de nuestro comercio.deberíamos construir el canal de Nicaragua y, para protegerlo y por el bien de nuestra supremacía comercial en el Pacífico, deberíamos controlar las islas hawaianas y mantener nuestra influencia en Samoa. y cuando el canal de Nicaragua sea construido, iremos por Cuba. porque las grandes naciones absorben los territorios desechados para su futura expansión y defensa. Este movimiento favorece la civilización y el avance de la raza, y los Estados Unidos, como una de las más grandes naciones del mundo, no debería abandonar esta marcha.”

En un editorial del Washington Post, publicado la víspera de la Guerra entre España y Estados Unidos se puede leer lo siguiente:

Una nueva conciencia parece haberse despertado entre nosotros; la conciencia de nuestro poder, y con ella, un nuevo apetito: la ansiedad por mostrar nuestra fuerza. Ambición, interés, hambre de tierras, orgullo, el placer de luchar, no importa, por lo que sea, estamos animados por una nueva sensación. Estamos, cara a cara, con un nuevo destino. El sabor del imperio está en la boca de la gente tal como, en la jungla, el sabor de la sangre.”

Pero ¿era ese sabor el producto de algún instinto de agresión o parte de un interés individual urgente, o más bien, un sabor (si es que existía) creado, estimulado, promovido y exagerado por la prensa millonaria, los militares, el gobierno, y los académicos adulantes de la época? Según el científico John Burgess de la Universidad de Columbia, los teutones y los anglo sajones estaban particularmente “dotados con la capacidad para establecer naciones estado. se les ha encomendado. la misión de dirigir la civilización política del mundo moderno.”

intervenVarios años antes de ser elegido como presidente, William McKinley decía: “Queremos un mercado extranjero para nuestros excedentes.” A principios de 1897, el senador Albert Beverigde de Indiana declaraba que “Las fábricas norteamericanas están produciendo más de lo que los norteamericanos podemos usar y nuestro suelo, más de lo que podemos consumir. El destino ya ha trazado nuestro curso; el comercio del mundo debe ser y será nuestro.” Luego, en 1898, el Departamento de Estado daba la siguiente explicación:
Parece que cada año debemos confrontar un incremento en los excedentes de manufactura de bienes para la venta en los mercados extranjeros en la medida en que las fábricas norteamericanas y los artesanos tienen que estar empleados todo el año. A consecuencia de esto, la ampliación del mercado externo de productos de nuestros molinos y fábricas se ha vuelto una materia de estado así como un problema de comercio.”

Estos militares y políticos expansionistas estaban todos en contacto. Según uno de los biógrafos de Theodore Roosevelt, para 1890, Lodge, Roosevelt y Mahan ya habían comenzado a intercambiar impresiones, pero éstos trataban de echar a Mahan a un lado para poder “dedicarse a tiempo completo a la propaganda por la expansión”. Una vez, Roosevelt le envió una copia de un poema de Rudyard Kippling a Cabot Lodge, diciendo que esta “poesía barata, tiene sentido desde un punto de vista expansionista”.

Traducción libre: Andrés Algara

12 febrero 1984

Tal día fallecía uno de los escritores más importantes del siglo XX:

Julio Cortázar.

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Retrato de Enrique VIII de Inglaterra
por
HOLBEIN

Se ha querido ver en este cuadro uña cacería de elefantes, un mapa de Rusia, la constelación de la Lira, el retrato de un papa disfrazado de Enrique VIII, una tormenta en el mar de los Sargazos, o ese pólipo dorado que crece en las latitudes de Java y que bajo la influencia del limón estornuda levemente y sucumbe con un pequeño soplido.

Cada una de estas interpretaciones es exacta atendiendo a la configuración general de la pintura, tanto si se la mira en el orden en que está colgada como cabeza abajo o de costado. Las diferencias son reductibles a detalles; queda el centro que es ORO, el número SIETE, la OSTRA observable en las partes sombrero-cordón, con la PERLA-cabeza (centro irradiante de las perlas del traje o país central) y el GRITO general absolutamente verde que brota del conjunto.enrique8

Hágase la sencilla experiencia de ir a Roma y apoyar la mano sobre el corazón del rey, y se comprenderá la génesis del mar. Menos difícil aún es acercarle una vela encendida a la altura de los ojos; entonces se verá que eso no es una cara y que la luna, enceguecida de simultaneidad, corre por un fondo de ruedecillas y cojinetes transparentes, decapitada en, el recuerdo de las hagiografías. No yerra aquél que ve en esta petrificación tempestuosa un combate de leopardos. Pero también hay lentas dagas de marfil, pajes que se consumen de tedio en largas galerías, y un diálogo sinuoso entre la lepra y las alabardas. El reino del hombre es una página de historial, pero él no lo sabe y juega displicente con guantes y cervatillos. Este hombre que te mira vuelve del infierno; aléjate del cuadro y lo verás sonreír poco a poco, porque está hueco, está relleno de aire, atrás lo sostienen unas manos secas, como una figura de barajas cuando se empieza a levantar el castillo y todo tiembla. Y su moraleja es así: «No hay tercera dimensión, la tierra es plana, el hombre repta. ¡Aleluya!» Quizá sea el diablo quien dice estas cosas, y quizá tú las crees porque te las dice un rey.

El avión de los cronopios

Lo primero que se nota al entrar en el avión de los cronopios es que estos cronopios tienen muy pocos aviones y se ven obligados a aprovechar lo más posible el espacio, con lo cual este avión se parece más bien a un ómnibus, pero eso no impide que a bordo prolifere una gran alegría porque casi todos los pasajeros son cronopios y algunas esperanzas que regresan a su país, y los otros son cronopios extranjeros que al principio contemplan bastante estupefactos el entusiasmo de los que vuelven a su país hasta que al final aprenden a divertirse a la manera de los otros cronopios y en el avión reina un clima de conversatorio sólo comparable al estrépito de sus venerables motores que es propiamente la muerte en tres tomos.

A todo esto pasa que el avión tiene que despegar a las veintiuna, pero apenas los pasajeros se han instalado y están temblando como suele y debe hacerse en esos casos, aparece una lindísima aeromoza que da a conocer el discurso siguiente, a saber:

Manda decir el capi que abajo todos y que hay retraso de dos horas.

Es un hecho conocido que los cronopios no se preocupan por cosas así, puesto que en seguida piensan que la compañía les va a servir grandes vasos de jugos de diferentes colores en el bar del aeropuerto, sin contar que podrán seguir comprando tarjetas postales y enviándolas a otros cronopios, y no solamente sucede todo eso sino que además la compañía les manda servir una cena suculenta a las once de la noche y los cronopios pueden así cumplir uno de los sueños de su vida, que es comer con una mano mientras escriben tarjetas postales con la otra. Luego vuelven al avión que tiene un aire de querer volar, y en seguida la aeromoza les trae mantas azules y verdes y hasta los arropa con sus lindas manos y apaga la luz a ver si se callan un poco, cosa que sucede bastante más tarde con gran indignación de las esperanzas y de unos cuantos cronopios extranjeros que están acostumbrados a dormirse apenas les apagan la luz en cualquier parte.

Desde luego el cronopio viajero ya ha ensayado todos los botones y palanquitas a su alcance, porque eso le produce una gran felicidad, pero vano es su deseo de que al apretar el botón correspondiente venga la aeromoza a traerle otro poco de jugo o a arroparlo mejor en la manta verde que le ha tocado, porque muy pronto se comprueba que la aeromoza está durmiendo como un osito a lo largo de los tres asientos que con gran astucia siempre se reservan las aeromozas en esas circunstancias. Apenas el cronopio ha decidido resignarse y dormir, se encienden todas las luces y un camarero se pone a distribuir bandejas, con lo cual el cronopio y su mujer se frotan las manos y dicen así, a saber: Nada comparable a un buen desayuno después de un sueño reparador, sobre todo si viene con tostadas. Tan comprensibles ilusiones se ven cruelmente diezmadas por el camarero, que empieza a distribuir bebidas con nombres misteriosos y poéticos tales como añejo en la roca, que hace pensar en una estampa con un viejo pescador japonés, o mojiito, que también hace pensar en algo japonés. En todo caso al cronopio le parece extraordinario que los hayan arrancado del sueño con el solo objeto de sumirlos inmediatamente en el delirio alcohólico, pero no tarda en comprender que todavía es peor puesto que la aeromoza aparece con bandejas donde entre otras cosas hay una tortilla, un helado de almendra y un plátano de aplastantes dimensiones. Como apenas hacen cinco horas que la compañía les ha servido una cena completa en el aeródromo, al cronopio esta comida le parece más bien innecesaria, pero el camarero le explica que nadie podía prever que cenarían tan tarde y que si no le gusta no la coma, cosa que el cronopio considera inadmisible, y así tras de absorber la tortilla y el helado con gran perseverancia, se guarda el plátano en el bolsillo interior izquierdo del saco, mientras su mujer hace lo mismo en el bolso. Esta clase de episodios tiene la virtud de acortar los viajes en el avión de los cronopios, y es así que después de una escala en Gander donde no sucede nada digno de mención, porque el día en que suceda algo en un sitio como Gander será tan insólito como si una marmota ganara un torneo de ajedrez, el avión de los cronopios entra en cielos muy azules, y por debajo hay un mar todavía más azul, y todo se pone tan azul por todas partes que los cronopios saltan entusiasmados, y de pronto se ve un palmar y uno de los cronopios grita que ya no le importa si el avión se cae, proclamación patriótica recibida con cierta reserva por parte de los cronopios extranjeros y sobre todo de las esperanzas, y así es como se llega al país de los cronopios.

Desde luego el cronopio viajero visitará el país y un día, cuando regrese al suyo, escribirá las memorias de su viaje en papelitos de diferentes colores y las distribuirá en la esquina de su casa para que todos puedan leerlas. A los famas les dará papelitos azules, porque sabe que cuando los famas las lean se pondrán verdes, y nadie ignora que a un cronopio le gusta muchísimo la combinación de estos dos colores. En cuanto a las esperanzas, que se  ruborizan mucho al recibir un obsequio, el cronopio les dará papelitos blancos y así las esperanzas podrán apantallarse las mejillas y el cronopio desde la esquina de su casa verá diversos y agradables colores que se van dispersando en todas direcciones llevándose las memorias de su viaje.

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