Un paseo: Cabo de Gata

Aprovecho este “paseo” para recordar a Juan Goytisolo, fallecido poco ha. Había pensado poner un trozo de su libro de viajes “Campos de Níjar“. Pero lo transcribía completo o no lo transcribía, con lo que he preferido recurrir a uno de sus relatos cortos.  Es de su libro de relatos “Para vivir aquí“.  1º edición septiembre de 1977 Editorial Bruguera S,A, Barcelona.

El libro está escrito con anterioridad a 1960, formando parte de una triología junto a “La isla” y “Fin de Fiesta” agrupa siete relatos cortos y uno último de mayor extensión. En los primeros cuatro: «Cara y Cruz»; «Suburbios»; «Otoño, en el Puerto, cuando llovizna» y el «El Viaje», Goytisolo plantea una serie de situaciones donde la historia parece detenida y retrotrayéndose continuamente. La sensación es buscada y ajusta perfectamente con lo que ocurre al interior de lo narrado: relaciones sociales que se mantienen, distancias culturales frente a las cuales es preciso permanecer neutrales, focos de comunicación que sólo siguen siendo espacios para acrecentar nuestra soledad y mutismo e, incluso, nostalgia frente al carácter permanente de las cosas. En «La Guardia y La Ronda», los personajes transforman sus roles radicalmente, pero en el fondo y, a pesar de su mirada, la historia sigue siendo la misma. Finalmente, en «Los Amigos» y «Aquí Abajo», Goytisolo parece centrar su atención ya no sólo en el absentismo de su clase, sino que sugiere, en el desarrollo de estos dos relatos, el problema de la falta de voluntad para la transformación.

 

Para vivir aquí

La Guardia

A Carlos Cortés

I

Recuerdo muy bien la primera vez que le vi. Estaba sentado en medio del patio, con el torso desnudo y las palmas apoyadas en el suelo y reía silenciosamente. Al principio, creí que bostezaba o sufría un tic o hacía muecas como un enfermo del mal de San Vito, pero al llevarme la mano a la frente y remusgar la vista, descubrí que tenía los ojos cerrados y reía con embeleso. Era un muchacho robusto, con cara de morsa, de piel curtida y basta y pelo rizado y negro. Sus compañeros le espiaban, arrimados a la sombra del colgadizo, y uno con la morra afeitada le interpeló desde la herrería. Con la metralleta al hombro, me acerqué a ver. Aquella risa callada parecía una invención de los sentidos. Los de la guardia vigilaban la entrada del patio, apoyados en sus mosquetones; otro centinela guardaba la puerta que formaba el chaflán del muro de albardilla. El cielo era azul, sin nubes. La solina batía sin piedad a aquella hora y caminé rasando la fresca del muro. El suelo pandeaba a causa del calor y, por entre sus grietas, asomaban diminutas cabezas de lagartija.

El soldado se había sentado encima de un hormiguero: las hormigas le subían por el pecho, las costillas, los brazos, la espalda; algunas se aventuraban entre las vedijas del pelo, paseaban por la cara, se metían en las orejas. Su cuerpo bullía de puntos negros y permanecía silencioso, con los párpados bajos. Durante el paseo de la víspera me había quedado en el cuerpo de guardia y me detuve a secar el sudor. En la atmósfera pesada y quieta, la cabeza del muchacho se agitaba y vibraba, como un fenómeno de espejismo. Sus labios dibujaban una risa ciega: grandes, carnosos, se entreabrían para emitir una especie de gemido que parecía venirle de muy dentro, como el ronroneo satisfecho de un gato.

Sin que me diera cuenta, sus compañeros se habían aproximado y miraban también. Eran nueve o diez, vestidos con monos sucios y andrajosos, calzados los pies con alpargatas miserables. Algunos llevaban el pelo cortado al rape y guiñaban los ojos, defendiéndose del reverbero del sol.

  • Tú, mira, son hormigas…
  • Son quirias.
  • Hormigas.
  • L’hacen cosquiyas.
  • Tá en el hormiguero…

Hablaban con grandes aspavientos y sonreían, acechando mi reacción. Al fin, en vista de que no decía nada, uno que sólo tenía una oreja se sentó al lado del muchacho, desabrochó el mono y expuso su torso esquelético al sol. Las hormigas comenzaron a subirle por las manos y tuvo un retozo de risa. «Uy, uy», hizo. Su compañero abrió los ojos entonces y nuestras miradas se cruzaron.

  • Mi sargento…
  • Sí —dije.
  • A ver si nos consigue una pelota… Estamos aburríos…

No le contesté. Uno con acento aragonés exclamó: «Cuidado, que viene el teniente», y aprovechó el movimiento alarmado del de la oreja para guindarle el sitio. Yo les había vuelto la espalda y, poco a poco, los demás se sentaron en torno al hormiguero.

Era la primera guardia que me tiraba (me había incorporado a la unidad el día antes) y la idea de que iba a permanecer allí seis meses me desalentó. Durante media hora caminé por el patio, sin rumbo fijo. Sabía que los presos me espiaban y me sentía incómodo. Huyendo de ellos me fui a dar una vuelta por la plaza de armas. Continuamente me cruzaba con los reclutas. «Es el nuevo», oí decir a uno. El cielo estaba liso como una lámina de papel: el sol parecía incendiarlo todo.

Luego, el cabo batió las palmas y los centinelas se desplegaron con sus bayonetas. Los presos se levantaron a regañadientes: las hormigas ennegrecían sus cuerpos y se las sacudían a manotadas. Pegado a la sombra de la herrería, me enjugué el sudor con el pañuelo. Tenía sed y decidí beber una cerveza en el Hogar. Mientras me iba (había devuelto al cabo las llaves del calabozo) vi que el muchacho se desabotonaba la bragueta y, sin hacer caso de las protestas de los otros, meaba, con una satisfacción cruel, en el hormiguero.

II

A la hora de fajina, lo volví a ver. El teniente me había dado las llaves y, cuando los cocineros vinieron con la perola del rancho, abrí la puerta del calabozo. De nuevo llevaba la metralleta y el casco y me arrimé a la garita del centinela para descansar.

Los presos escudriñaban a través de la mirilla y al descorrer el cerrojo, se habían abalanzado sobre el caldero. Las lentejas formaban una masa oscura que el cabo distribuía, con un cucharón, entre los cazos. Uno de la guardia había repartido los chuscos a razón de dos por cabeza y, mientras los demás comían ávidamente los suyos, dejó su cazo en el poyo y vino a mi encuentro.

  • Mi sargento… ¿Me podría usté hacé un favó?

Apoyé el talón de la metralleta en tierra y le pregunté de qué favor se trataba.

  • No es na. Una tontería… —Hablaba con voz socarrona y, por la abertura de la camisa, se rascaba la pelambre del pecho—. Decirle al ordenanza suyo que me traiga luego el diario.
  • ¿El diario? ¿Qué diario?
  • El que reciben ustés en el cuerpo de guardia.
  • Recibimos muchos.
  • El que habla de fútbol.
  • Todos hablan de fútbol. Ninguno habla de otra cosa.
  • No sé cómo lo llaman… —murmuró—. Digaselo al ordenanza. De parte del Quinielas. Él sabe cuál es.
  • ¿El Mundo Deportivo?
  • Pué que sea ése… ¿Es uno que lleva la lista de los partíos de primera?
  • Sí —repuse—. Lleva la lista de los partidos de primera.
  • Entonces, debe de ser el Mundo Deportivo —dijo—. Hace más de un mes que miro pa ver si trae el calendario de la temporá. Lo han de sortear un día de esos…

Me miraba a los ojos, de frente, y escurrió las manos en los bolsillos.

  • ¿Le gusta a usté el fútbol, mi sargento?

Le dije que no lo sabía; en la vida había puesto los pies en un campo.

  • A mí no hay na que me guste más… Antes de entrar en la mili no me perdía un partió.
  • ¿Cuándo te incorporaste?
  • En marzo hizo cuatro años.
  • ¿Cuatro?
  • Soy de la quinta del cincuenta y tres, mi sargento.

El cabo repartía el sobrante de la perola entre los otros y continuó frente a mí, sin moverse:

  • Cuatro temporás que no veo jugar al Málaga…
  • ¿Cuándo te juzgan?
  • Uff —hizo—. Con la prisa que llevan… Me haré antes viejo.

Su voz se había suavizado insensiblemente y hablaba como para sí.

  • En invierno al menos, cuando hay partíos, leo el diario y me distraigo un poco. Pero, en verano…
  • ¿Cuándo empieza la Liga? —pregunté.
  • No debe de faltar mucho —murmuró—. A fines de agosto suelen hacer el sorteo…

El cabo había terminado la distribución y, uno tras otro, los presos entraron en el calabozo. El muchacho pareció darse cuenta al fin de que le esperaban y miró hacia el patio, haciendo visera con los dedos.

  • Si un día abre la puerta y no estoy, ya sabe dónde tié que ir a buscarme…
  • ¿Al fútbol? —bromeé.
  • Sí —dijo él, con seriedad—. Al fútbol.

Había recogido el cazo de lentejas y los chuscos y, antes de meterse en el calabozo, se volvió.

  • Acuérdese del diario, mi sargento.

Yo mismo cerré la puerta con llave y corrí el cerrojo. Los centinelas habían formado, mosquetón al hombro y, mientras daba la orden de marchar, contemplé el patio. A aquella hora era una auténtica solanera y los cristales del almacén reverberaban. Entregué las llaves al cabo y, bordeando el muro de las letrinas, me dirigí hacia el cuerpo de guardia.

III

  • Hay que tener mucho cuidado con ellos. La mayoría son peligrosos. —Se había sentado al otro lado de la mesa y me analizaba a través de las gafas—. Cuando les des el rancho o los saques a pasear por el patio, conviene que no los pierdas de vista ni un momento. El año pasado a uno de Milicias se le escaparon tres: el Fránkestein, ese otro al que le falta una oreja y uno catalán. Al Fránkestein y al de la oreja los trincaron en Barcelona, pero el otro pudo cruzar la frontera y, a estas horas, debe pasearse todavía por Francia.

Esperaba sin duda algún comentario mío y asentí con la cabeza. El teniente hablaba con voz pausada, cuidando la elección de cada término. Como siempre que me dirigía la palabra, sonreía. Yo le observaba con el rabillo del ojo: pálido, enjuto, llevaba el barbuquejo del casco ajustado y la vaina de su espada sobresalía por debajo de la mesa.

  • En seguida te acostumbrarás a tratarlos, ya verás. Si te cogen miedo desde el principio, te obedecerán y todo marchará como la seda. Si no… —Hizo un ademán con las manos imposible de descifrar—. No conocen más que un lenguaje: el del palo. Cuando les pegas duro, la achantan y, lo que es curioso, te admiran y te quieren. Los españoles somos así. Para cumplir, necesitamos que nos gobiernen a garrotazos.

Por la ventana vi pasar a un grupo de quintos en traje de paseo. Era domingo y la sala de oficiales estaba desierta. Su mobiliario se reducía al escritorio-mesa y media docena de sillas. Clavado en el centro de la pared había un retrato en colores de Franco.

  • Ya sé que a los universitarios os repugna gobernar a palo seco y preferís untar las cosas con un poco de vaselina… Estáis acostumbrados a la gente de la ciudad, al trato de personas como tú y como yo, y no conocéis lo que hay debajo. —Señaló los barracones de los soldados con la estilográfica—. Aquí nos llega lo peor de lo peor: el campo de Extremadura, Andalucía, Murcia, La Mancha… La mayor parte de los reclutas son casi analfabetos y algunos no saben siquiera persignarse… En el cuartel no se les enseña solamente a disparar o a marcar el paso. Con un poco de buena voluntad y, a base de perder varias veces el pelo, aprenden a coger el tenedor, a hablar correctamente y a comportarse en la vida como Dios manda…

Abrió uno de los cajones del escritorio y sacó un enorme fajo de papeles. El reloj marcaba las tres y diez: menos de una hora ya, para el relevo de la guardia.

  • Un día que tenga tiempo, te enseñaré el historial de los expedientados. Es muy instructivo y estoy seguro de que te interesará. Todos han empezado por una pequeña tontería, se han visto liados poco a poco y, la mayor parte de ellos, acabarán la vida en la cárcel.

Asegurándose de que yo le escuchaba, comenzó a hojear la pila de expedientes: insubordinación, deserción, abandono de arma, robo de quince metros de tubería, robo de capote, robo de saco y medio de harina… El Fránkestein, explicó, había huido tres veces y, las tres veces, lo habían pescado en el mismo bar. El Mochales se había largado al burdel estando de facción. Los quince años que el fiscal reclamaba para el Avellanas se encadenaban a partir de un insignificante latrocinio… Me acordé del preso de las hormigas y le pregunté qué había hecho.

  • Es un chico moreno, con el pelo rizado… Uno que le gusta mucho el fútbol.
  • Ah —dijo el teniente, sonriendo—. El célebre Quinielas… Seguramente te habrá pedido el diario…
  • Sí —dije yo—. Me lo ha pedido.
  • Lo hace siempre. Cada vez que hay un suboficial nuevo o de Milicias, le va con el cuento… Está allí por culpa del fútbol y todavía no ha escarmentado…

Abrió otro cajón del escritorio y sacó media docena de libretas.

  • Es un técnico —dijo—. Desde hace no sé cuántos años, anota el resultado de los partidos, la clasificación, los goles a favor y los goles en contra y hasta el nombre de los jugadores lesionados. ¿No te ha pedido que le des un par de boletos para las quinielas?
  • No.
  • Pues aguarda a que empiece la temporada y verás. Se lo pide a todo el mundo. Conociendo como él conoce la preparación de cada equipo, cree que un día u otro acertará y llegará a ser millonario.
  • ¿Y por qué está en el calabozo? —pregunté—. ¿Robó algo?
  • No; no robó nada. Mejor dicho, robó, pero de manera más complicada. —Había corrido la hebilla del barbuquejo y depositó el casco sobre la mesa—. Hace años, cuando llegó, era un muchacho la mar de servicial y, al bajar de campamento, el comandante le buscó un destino en Caja. Nadie desconfiaba de él. En el cuartel pasaba por ser una autoridad en materia de fútbol. No hablaba jamás de otra cosa y, todo el santo día, lo veías por ahí con su libretita copiando la puntuación y los goles. El tío se preparaba para jugar a las quinielas y no se nos ocurrió que, un buen día, podría llevar sus teorías a la práctica.
  • ¿Cómo, a la práctica?

El teniente echó la silla hacia atrás e hizo una vedija con el humo de su cigarro.

  • Un sábado arrambló con cuatro mil pesetas de Caja y las apostó a las quinielas. Durante toda la semana había empollado como un negro sus gráficos y sus estadísticas y estaba convencido de dar en el clavo. Lo de las cuatro mil pesetas no era un robo, era un «adelanto» y creía que, al cabo de pocos días, podría restituirlas sin que nadie se enterara… Lo malo es que el cálculo falló y, al verse descubierto, volvió a hacer otro «préstamo», esta vez de once mil pesetas, estudió la cuestión a fondo, rellenó sus boletos y, zas, volvió a marrarla… Estaba preso en el engranaje y probó una tercera vez: catorce mil. Cuando se dio cuenta había hecho un desfalco de treinta mil pesetas y, a la hora de dar explicaciones, no se le ocurrió otra cosa que ahorcarse.
  • ¿Se ahorcó?
  • Sí. Se falló. —Aplastaba la colilla en el cenicero y tuvo una mueca de desprecio—. Todos se fallan.

El alférez entrante se asomó por la puerta del bar de oficiales. Llevaba el correaje ya, y la espada y el casco y dio una palmada amistosa en el hombro de su compañero. Ladeando la cabeza miré el reloj. Faltaban unos minutos para las cuatro y me fui a escuchar la radio a la sala. Fuera, el sol golpeaba aún. Durante toda la noche no había podido pegar un ojo y ordené al chico de la residencia que subiera a hacerme la cama.

Un paseo: Guía de Granada III

puerta judiciaria

Puerta Judiciaría.

Es acaso el más monumental edificio árabe de la Alhambra, y notabilísimo por su clásica al par que severa decoración. Ábrese en medio de su fachada un gran arco de herradura inscrito en su recuadro ó arrabá que remata en dintel adovelado, y en la clave es de notar una mano con pulsera y los dedos extendidos, grabada en hueco sobre mármol blanco. Éste era símbolo de la ley, pues z sus cinco dedos corresponden los preceptos fundamentales de aquélla, a saber: unidad de Dios, oración, limosna, ayuno y peregrinación a la Meca; por lo cual a la mano abierta atribuían virtud para enflaquecer las fuerzas enemigas, la traían al cuello, y la hallamos reproducida con frecuencia entre la ornamentación de sus vasijas, en otros edificios granadinos, ya destruidos, y en el Taller del Moro en Toledo. El encontrarse aquí no carecía de fundamento, porque estando la puerta consagrada a la Ley (Xarea), nada más oportuno que figurar su símbolo en lugar tan preferente; el nombre de puerta Judiciaria con que se la conoce, no es tradicional, sino traducción de la palabra Xarea dada por Echeverría— o más bien por Cristóbal Conde —y vulgarizada en el siglo presente; antes no se la daba nombre especial, si bien Alonso del Castillo la llama puerta del Tribunal, probablemente porque en ella acostumbraban los moros administrar justicia.

lejos1Detrás del arco hay un espacio descubierto, para defender la entrada arrojando desde lo alto piedras otros materiales, y en la pared frontera se abre un elegante arco adovelado, de la misma forma que el grande, sobre columnas con tallados capiteles cúbicos, y esta leyenda en sus abacos: “Alabanza á Dios. No hay otro Dios que AllahyMahoma es su enviado. No existe fuerza sino en Dios”. Las albanegas o enjutas están adornadas con dos conchas de relieve, otra hay sobre la clave y encima un dintel, en cuyo centro se ve esculpida en hueco una llave con su cordón y borla. No conocemos la verdadera significación de este símbolo, repetido en todas las puertas de la Alhambra, en otras de Málaga y Moclín, y en el Generalife; Hurtado de Mendoza opina que las armas antiguas de los reyes de Andalucía fueron una llave; pero el no verse en Córdoba ni Sevilla y el estar únicamente sobre puertas desautorizan no poco la hipótesis del célebre historiador granadino; otros afirman que simboliza el poder de abrir y cerrar las puertas del cielo concedido a Mahoma, y a este propósito observaremos que en algunas vasijas árabes está grabada la mano simbólica y dentro de su antebrazo una llave, indicando tal vez relación entre ambas figuras. Sobre el dintel, se extiende ancha faja de mármol con la siguiente inscripción, escrita en gallardos caracteres arábigos enlazados con ramas y hojas: “Mandó construir esta puerta, llamada puerta dé la Ley— ayude Dios en ella la ley del Islam, ya que la ha levantado para glorificarle por largo tiempo— nuestro señor el emir de los muslimes, el sultán guerrero y justo Abul Hachach Yusuf, hijo de nuestro señor el sultán guerrero y santo Abul WalidbenNazar, premie Dios en el Islam sus acciones purificadoras y acepte sus hechos de armas. Fué levantada en el mes Mulud el engrandecido, año setecientos cuarenta y nueve (1348 de J. C). Hágala Dios una potencia defensora, y escríbala entre las acciones buenas é inmortales”. Más arriba se destaca un arco escarzano, y el espacio que bajo de él queda está cubierto con adornos de relieve sobre barro cocido y vidriado; en medio de ellos hay un nicho con la imagen de Ntra. Sra. y el Niño, colocada aquí por los Reyes Católicos, la cual es de tamaño natural y correcta para aquellos tiempos.

A continuación del arco descrito hay otro igual de piedra franca, y entre ambos giran las grandes hojas de la puerta, forradas de hierro y tachonadas de clavillos; indudablemente son las primitivas y merecen estudio particular sus enormes cerrojo y pasador, curiosos ejemplares de cerrajería árabe. Después se extiende una anchurosa nave formando varios ángulos para mejor defensa, y cubierta por tres bóvedas: la una esquifada, otra baida y la última de cartón con lunetos, entre las cuales hay arcos semicirculares y otro de herradura para salir de la torre, exteriormente decorado con un festón de ladrillo, guarneciendo las dovelas, adornos de arcilla vidriada en las enjutas, y por remate un dintel, ya destruido. Antes de salir encuéntrase un retablito, hecho en 1588 por Diego de Navas el mozo, con pinturas de escaso mérito, y junto a él hay una losa de mármol con esta inscripción: “Los muy altos cathólicos y muy poderosos señores don femando y doña ysabel rey y reyna nuestros señores conquistaron por fuerca darmas este reino y cibdad de granada la qual después de auer tennido sus altezas en persona sitiada muncho tienpo el rey moro muley hazep les entregó con su alhanbra y otras tuercas a dos dias de enero de mili y cccc xcii años este mismo dia sus. al. pusieron en ella por su alcayde y capitán a don yñigo lopez de mendosa conde de tendilla su vasallo al qual partiendo sus. al. de aqui dexaron en la dicha alhanbra con quinyentos cavalleros e mili peones e a los moros mandaron sus. ai. quedar en sus casas en la cibdad e sus alcarias como primero estavan este dicho conde por mandamyento de sus. al. hizo hazer este algibe”. Fué puesta aquí en 1599, y el aljibe referido debe ser el de la plaza inmediata, como en su lugar se recordará.

puertasAla salida encuéntrase un callejón, limitado a mano izquierda por la muralla, donde son notables los silla rejos de piedra de la Malaha con que fue revestida a poco de la Reconquista. Los que se conservan enteros miden 1’66 metros de longitud y otros 0’60 por término medio, su ancho no pasa de 0’20 y su grueso de 0’09; generalmente ostentan entrelazados árabes de relieve por una o dos de sus caras y por un canto, mas otros son enteramente lisos. Todos los que de nuestros monumentos árabes han tratado se ocuparon en investigar su antigüedad y aplicación, y muy especialmente el Sr. Contreras, quien afirma que servían para decorar las paredes de los edificios; mas el estar adornados por dos o tres caras imposibilitaría tal uso, y nosotros hemos probado que pertenecieron a las sepulturas de los moros, como pudo verse en las descubiertas hace pocos años junto al barranco del Abogado. Depositábase el cadáver, mirando al oriente, en una fosilla, y encima ponían estas lajas hincadas de canto en la tierra, formando un rectángulo y dejando al descubierto la parte adornada; a veces en la cabecera había una piedra de mayor altura con inscripciones, viéndose también escrita con frecuencia en las que nos ocupan la palabra “Salvación” (Alafia). Al cabo del callejón existió, si hemos de creer a Echeverría, otra puerta llamada Real, no sabemos de qué época, derribada poco después del año 1527 por estar ruinosa y con el fin de ensanchar la entrada a la plaza de los Aljibes, donde desemboca el camino. A mano derecha descuella la….

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carcecruda

Un paseo: Guía de Granada II

RESEÑA HISTÓRICA

Las tribus íberas, que en época remotísima vinieron a poblar la España, fundaron esta ciudad, una de las más antiguas de la Península, que ya encontramos citada en el siglo V antes de J. C. con el nombre de Elibyrge; en estas remotas edades acuñó monedas con el nombre ibérico, que se trascribe IliveRIR, y extrañas figuras, al parecer símbolos del sol. Durante la época romana continuó labrando monedas, sólo diferentes por sus caracteres latinos, los cuales en unas piezas forman la palabra iliber y en otras florentia; en las inscripciones de los siglos I a III de J. C. se nombra la ciudad Municipium Florentinum Iliberritanum, a la vez que Plinio la llama Iliberri y Ptolomeo Illiberis. Respecto a la etimología de este nombre no hay cosa segura, pero verosímil es su interpretación de ciudad florida o fructífera, que se acomoda al nombre latino Florentia. De monumentos arquitectónicos de aquella época sólo se han descubierto algunas ruinas en el collado de la Alcazaba, a más de varios cementerios y piedras con epígrafes, algunas de ellas erigidas a emperadores y otras a ilustres personajes que habían desempeñado altos cargos civiles y militares. Sábese además, que San Cecilio, uno de los siete varones apostólicos, trajo a esta ciudad la luz del Evangelio, y aquí murió confirmando la divinidad de su doctrina; ignóranse los frutos que estas predicaciones alcanzaron, pero muy arraigado debía de estar el cristianismo en nuestro país, cuando al principiar el siglo IV los prelados españoles eligieron a Eliberri para celebrar el gran concilio de su nombre, uno de los más célebres de la Iglesia por su antigüedad y la importancia de sus cánones. También en el mismo siglo floreció el santo obispo Gregorio, elogiado por sus virtudes y escritos, y durante el período visigótico sus sucesores asistieron a los concilios toledanos e hispalenses, revelándose al mismo tiempo la vida de nuestra ciudad en varias monedas, que se acuñaron con su nombre, desde Recaredo a Witiza, y en cierto epígrafe donde se conmemora la erección de tres iglesias.

A poco sobrevino la horrenda catástrofe de la invasión árabe, y en 711 Tarik envió a la cora a provincia de Elvira un cuerpo de ejército, que se apoderó de su capital Garnata, donde vivía a la sazón numerosa colonia judíos, que unidos a los invasores formaron la guarnición destinada a sujetar a los cristianos. Poco después, los árabes damasquinos se establecieron en esta provincia, que les recordaba su tierra natal, y a mediados del mismo siglo retiraron la capitalidad a otra ciudad, legua y media al poniente de Granada, llamada Castilia, que debió tener poca importancia en tiempos anteriores; pero no consta desgraciadamente su nombre en las dos inscripciones latinas descubiertas entre sus vestigios al pie de la sierra de Elvira. A la misma ciudad llamaron los moros algún tiempo después Elvira, nombre al parecer tomado del de la cora, donde se conservó corrupto el de la primitiva capital, si bien muchos, afianzados en tal circunstancia, sostienen que Castilia fue la misma Iliberri, desentendiéndose de numerosos datos favorables a su identidad con Granada.

Descontentos los indígenas muladies y mozárabes del gobierno de los emires, en la segunda mitad del siglo IX se alzaron a instigación del ilustre caudillo Omar ben Hafsum, que desde el inexpugnable castillo de Bobastro extendió su poderío hasta Elvira, enseñoreándose de Garnata a la muerte del valeroso wali Sawar ben Hamdun, que largo tiempo resistió parapetado en la Alcazaba Alhamrá; al fin Abderrahman III aniquiló el imperio de Ornar, extinguiendo él mismo la nueva y porfiada rebelión que estallara en las Alpujarras.

Aprovechándose de los recios disturbios que prepararon la caída del Califato de Córdoba, el aldeano Zawí ben Zirí, de la tribu de Sinacha, fundó un reino en esta comarca, derrotando al califa Abderrahman Almortadi. Elvira, capital de aquélla en tiempo de los Umeyas, era ciudad agrícola e indefensa, por lo cual durante las guerras fue adquiriendo cada vez mayor importancia la inmediata fortaleza de Garnata, amurallada en tiempo de Abderrahman I; así pues, fue natural que Zawí fijase aquí su capital, a donde emigraron los de Elvira, desolada por la guerra civil. Le sucedió su sobrino Habus ben Maquesen, uno de los más poderosos reyes de taifas, y a éste su hijo Badis, en cuyo largo y venturoso reinado dilató sus dominios con el reino de Málaga y edificó en Granada un suntuosísimo palacio; pero la extraordinaria influencia que otorgara a los judíos en el gobierno, fue origen de un sangriento motín, en el cual perecieron cuatro mil hebreos, y entre ellos el visir del mismo Badis. Su nieto Abdallah ben Bologuin reinó con adversa fortuna y fue destronado en el año 1090 por el emir almoravide Yusuf ben Tcxufín, terminando la dinastía de los Ziritas.

La cristiandad era aún poderosa en Granada, regida por obispos propios, de los cuales el último conocido es aquél célebre Recemundo ó Rabi ben Zaid, que floreció en la corte de Abderrahman III y Alhacam II después los almorávides extremaron la persecución contra los fieles, quienes solicitaron auxilio del rey de Aragón D. Alfonso el Batallador, pintándole como fácil empresa la conquista de Granada, sobre la cual se encaminó en efecto, pero lentamente, dando tiempo a aquellos musulmanes reconcentrasen tropas en la ciudad; D. Alfonso no se atrevió a sitiarla, contentóse con recorrer la tierra durante algunos meses, en 1126, llegando a la costa por cerca de Vélez, y retiróse al fin con diez mil familias cristianas, que se establecieron en Aragón. Libres de tan inminente riesgo los granadinos, pero sedientos de venganza y temerosos quizá de otra invasión, se revolvieron contra los demás mozárabes, arrojando al África a muchísimos de ellos, víctimas de los más crueles tratamientos. Pocos años después, en 1164, fueron bárbaramente asesinados los que aun permanecían en Granada, y los escasos que subsistieron al exterminio, eran el blanco continuo de las mayores humillaciones y del general menosprecio.

A la rápida extinción del imperio almoravide precedieron en Granada nuevas luchas: en 1144 sublevóse contra ellos inútilmente el pueblo; pero a los cuatro años, el caudillo almoravide Aben Gania fue muerto por los almohades, llamados para ayudar á los andaluces; entonces Aben Mardanix, emir de los almorávides, envió para rescatar a Granada un ejército, que entró en la ciudad, obligando a los contrarios a fortificarse en la antigua Alcazaba; las tropas del califa Abdelmumen fueron vencidas, y poco hubiesen tardado los almorávides en rendir a los sitiados, si de improviso no fueran sorprendidos y desbaratados por el ejército contrario.

Andalucía se vio libre de los almorávides, pero cayó bajo el poder de aquéllos sus auxiliares, quienes humillados en la gloriosísima batalla de las Navas, se hundieron tan de pronto como habían salido de los arenales africanos; ya el victorioso avance de las armas cristianas y las reyertas intestinas de los andaluces tenían a punto de ruina el imperio del Islam, cuando surgieron dos ilustres caudillos, los cuales, ya que no podían renovar su esplendor antiguo, consiguieron aplazar su acabamiento. Eran éstos Aben Hud y Aben Alahmar: el primero arrojó de Granada a los almohades en 1229, y se apropió el titulo de Emir de los creyentes, bajo la dependencia del califa abasida; mas a poco perdió corona y vida en porfiada lucha con su rival, que más diestro en política que Aben Hud, se aprovechó de sus conquistas y llegó a fundar el reino granadino con las provincias de Granada, Almería y Málaga, abandonando lo demás a la vencedora espada de S. Fernando, a quien, como vasallo, ayudó en la conquista de Sevilla. Entonces Granada vino a ser capital de un reino floreciente, donde se reconcentró la grandeza del Andalus; el arte llegó a su más alto grado de esplendor, acrecentóse la población con los de Úbeda y Baeza expulsados de sus ciudades por el Rey Santo, y se reedificó la Alcazaba Alhamrá, que tanto podía servir a la capital de amparo como de amenaza, si llegaba a rebelarse contra su señor. Afianzado en el trono, logró Aben Alahmar días pacíficos, pero en su ancianidad los revoltosos walies de algunas ciudades hicieron armas contra él, sorprendiéndole la muerte cuando se dirigía a sujetarlos en el año 1273; su nombre completo era Abu Abdallah Mohamad ben Yusuí ben Alahmar.

Varios caudillos pretendieron sucederle, mas la elección recayó en su hijo Mohamad II, el cual obtuvo del rey benimerín que llevara sus armas contra los cristianos; al efecto desembarcó en Tarifa con numerosísima hueste y marcada intención de imponerse al sultán granadino; pero se contentó con entrar en tierra de Castilla, derrotando al ejército que le opusieron, a la vez que los granadinos vencían y daban muerte al infante D. Sancho. Después Mohamad tuvo otros encuentros, tomó la plaza de Alcaudete y murió en 1302.

Sucedióle su hijo Mohamad III, cuyo turbulento reinado acabó con un motín, que lo arrojó del trono en 1309, aclamando a su hermano, llamado ordinariamente Nazar. D. Jaime de Aragón, por una parte, y D. Fernando el Emplazado, por la otra, intentaron desmembrar su territorio, mas el valeroso general Otzmán se opuso a ellos con venturoso éxito. Disgustados los granadinos del gobierno de Mohamad, se rebelaron contra él, capitaneados por Abul Walid Ismael, hijo del arráez de Málaga Farach; apoderáronse de la capital y Mohamad huyó a Almería, donde falleció en 1314.

Desde cinco años antes ocupaba el trono Abul Walid, en cuyo reinado Otzmán alcanzó junto a Pinos Puente memorable victoria sobre las armas castellanas, pereciendo en la batalla los infantes D. Pedro y D. Juan, tutores de Alfonso XI; después tomó a Baza y Martos, sirviéndose de artillería, la cual hay indicios de haber sido empleada en 1257 en el sitio de Niebla, y murió asesinado en su mismo palacio, año 1325. Otzmán puso en el trono a Mohamad IV, hijo del difunto, si bien reservándose el ejercicio de la potestad real, que supo conservar hasta su muerte; bien pronto se le echó de menos en la guerra, pues aunque Mohamad ganó a los cristianos algunas plazas, al acercarse el ejército de Castilla, se vio precisado a comprar a peso de oro su retirada, y murió a manos de los hijos de Otzmán, que hicieron proclamar a su hermano Abul Hachach Yusuf en 1333.

Fue también este rey desventurado en las armas: unido al rey africano perdió la batalla del Salado, el valiente rey Alfonso XI le arrebató las plazas de Alcalá la Real y Algeciras, y no siguió adelante por haber fallecido cuando cercaba a Gibraltar; tranquilo desde entonces Yusuf emprendió obras de gran importancia y de pública utilidad, muriendo desgraciadamente asesinado por un loco, mientras hacia oración en la mezquita, a los veinte y dos años de reinado.

Eligieron para sucederle a su primogénito Mohamad V, que en breve fue desposeído del trono por su hermano Ismael; pero asesinado éste, usurpó el poder su primo y cuñado Mohamad, conocido por Abu Said el Bermejo, a quien ajustició en Sevilla el rey D. Pedro. Entonces volvió á ocupar el solio Mohamad V, manchando su nombre con la muerte de su célebre visir, el historiador y poeta Aben Aljatib; recobró a Algeciras y murió en 1391. Un solo año reinó su hijo Yusuf II, a quien sucedieron sus nietos Mohamad VII y Yusuf lII hasta 1417, en cuyos reinados se hizo sentir notable decadencia y el infante D. Fernando conquistó la importante villa de Antequera en 1410.

Mohamad VIII Alaisar, sufrió completa derrota en la batalla de la Higueruela, ganada por D. Juan II, y fue sucesivamente destronado por su tío del mismo nombre, por Yusuf, nieto del Rey Bermejo, y por su sobrino Mohamad X. Abú Nazar Saad despojó a éste de la corona, recobróla Mohamad, mas por breve plazo, porque el afortunado Saad logró dar muerte a su rival y ocupó el trono de Granada, hasta que su propio hijo Muley Abul Hasán lo usurpó en el año 1462.

En tiempo de este rey, hechos dueños los Reyes Católicos de la importantísima plaza de Alhama, decidieron concluir con la desquiciada monarquía granadina, como llegaron a conseguirlo al cabo de diez años de porfiadísima y heroica lucha. Entre tanto, Mohamad, el primogénito de Muley Hacen, llamado Boabdil ordinariamente, pagó a su padre en la misma moneda que éste al suyo, mas aprisionado por los cristianos en la batalla de Lucena, volvió el rey viejo a Granada, asociando al gobierno a su hermano Mohamad el Zagal, y a poco murió de remordimientos por haber hecho matará su hijo Yusuf. Boabdil, ya en libertad, disputó reñidamente la supremacía al Zagal, recrudeciéndose la guerra civil, atizada por los cristianos en provecho suyo. Palmo a palmo iban éstos venciendo la obstinada resistencia de los granadinos y apoderándose de todas sus ciudades, hasta llegar en 1491 a poner sitio a la capital; todavía los moros extremaron su desesperada lucha, mas al fin Boabdil hubo de capitular, y los Reyes tomaron posesión de Granada a 2 de enero del año siguiente, día memorable para toda la cristiandad y en especial para los descendientes de Pelayo, que vieron coronado por tan feliz éxito su patriótico y tenaz empeño de recobrar la tierra perdida desde la aciaga jornada del Guadalete.

La nobleza mora, siguiendo la suerte de su rey, acabó por retirarse a Fez y otros puntos de África, y los que se resignaron a vivir entre sus vencedores fueron tratados con benevolencia por el arzobispo Fr. Hernando de Talavera y el Conde de Tendilla, á quienes se confió principalmente el gobierno de la ciudad. Intentóse por la persuasión y suaves incitaciones convertirlos al cristianismo, pero muy poco debió conseguirse, y el cardenal Cisneros, en 1499, resolvió obligarlos a bautizarse, como en efecto lo hicieron, aunque siguiendo en sus ritos y costumbres tan musulmanes como antes. Esto, unido a otras vejaciones y a la licencia de los malos cristianos que vivían entre ellos, acabó por exasperarlos y se alzaron en rebelión, principalmente contra Cisneros; vanos fueron los esfuerzos para apaciguarlos, mas en cuanto se presentó ante ellos Talavera, el Santo Alfaqui, depusieron los de la ciudad sus armas y tornaron a la obediencia; no sucedió lo mismo en las Alpujarras, donde sólo a fuerza de sangre se pudo conseguir una paz ficticia.

A pesar de esto insistióse en hacerles dejar su idioma y costumbres, pues de otra manera era imposible que olvidaran su religión; ellos se resistieron con todas sus fuerzas, logrando aplazar por muchos años la ejecución de lo decretado, pero llegó un día en que ni razonamientos ni amenazas bastaron a conjurar la tormenta, y, resueltos a perderlo todo antes que confundirse con los castellanos en idioma, traje, costumbres, y sobre todo en religión, recurrieron a las armas para hacer observar las capitulaciones con que se habían entregado, y tomar venganza de las insufribles vejaciones con que se les afligía. Entonces estalló aquella horrorosa rebelión, animada por la inquina mortal de las dos razas: al comenzar el año 1569, todos los moriscos del mediodía del reino y particularmente de las Alpujarras, se alzaron invocando A su profeta, asesinaron a los cristianos con la más refinada crueldad e incendiaron las iglesias; eligieron rey a un descendiente de los califas, llamado Aben Umeya, y resistieron por largo tiempo a las armas castellanas; la misma desenfrenada conducta de la soldadesca malograba las buenas intenciones de sus jefes, cazábanse mutuamente como fieras y cada acto de barbarie era vengado con otro mayor. Comprendiendo Felipe II la gravedad del caso, resolvió enviar a su hermano D. Juan de Austria con nuevas tropas, al frente de las cuales se puso a fines del mismo año, logrando con su mucho valor y prudencia sosegar la tierra en el año siguiente, con la muerte de Aben Abóo, que había sucedido a Aben Umeya.

Entonces los moriscos de todo el reino granadino, en número de cuatrocientos mil, fueron repartidos por otras comarcas interiores de España y no volvieron a formar pueblo, aunque tampoco se confundieron con los castellanos ni dejaron sus usos, a pesar de la vigilancia de la Inquisición, lo cual obligó a expulsarlos al Africa, al mismo país donde sus padres, algunos siglos antes, habían lanzado a los mozárabes granadinos, que tampoco querían trocar su religión por la de los vencedores. Casi todos los pueblos de nuestro reino quedaron desiertos, por lo cual vinieron castellanos a poblarlos y pronto su número fue mayor que el de los expulsos.

Entre tanto la ciudad cristiana crecía y brillaba en aquella gloriosísima centuria: los Reyes Católicos la habían colmado de honores y aun le confiaron sus cenizas, muchos de los héroes de la Reconquista quedaron en ella, y el Gran Capitán acabó aquí su gloriosa vida; hombres ilustres en santidad y doctrina, como los venerables Talavera y Juan deÁvila, S. Juan de Dios, S. Juan de la Cruz, D. Pedro Guerrero y la M. Ana de Jesús, la santificaron con su ejemplo; esclarecidos ingenios tuvieron en ella su cuna: D. Diego Hurtado de Mendoza (1503), Fr. Luis de Granada (1504), D. Alvaro de Bazán (1526), Fr. Luis de León (1528), Fr. Hernando del Castillo, Luis del Mármol y el Padre Francisco Suárez (1548), y arquitectos, escultores pintores insignes la adornaron con bellísimos monumentos.

Nada de extraordinario tuvo lugar en nuestro país en los siglos XVII y X VIII, mas en los primeros años del presente la odiosísima invasión francesa hizo también sentir aquí su funesto estrago. Granada vio asesinar jurídicamente a muchos compatricios, en particular religiosos, a quienes miraban los franceses como principales fautores del levantamiento nacional; varios antiguos monumentos fueron destruidos, y muchos conventos saqueados y despojados de sus más valiosas obras de arte.

El heroísmo e inimitable constancia del pueblo español acabó por lanzar de la Península a las huestes napoleónicas, pero no consiguió arrancar la semilla de las ideas revolucionarias que habían sembrado, y cuyo triste fruto ha sido cubrir de sangre nuestro suelo, y la irreparable pérdida de gran parte de nuestra riqueza artística y literaria, atesorada en los conventos.

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Un paseo: depuradora de agua

Visita a una planta de depuración de agua situada en la vega de Granada. Planta de la compañía de agua del Ayuntamiento de la ciudad y pronto de los pueblos del Área Metropolitana. Compañía que en su momento, fue vendida por el Ayuntamiento, en un caso más de vandalismo, a la compañía Aigües de Barcelona, la cual, a su vez, pertenece a una multinacional francesa, al igual que Aguas de Lanjarón.

Esto es, el agua es de la provincia de Granada, la consumimos, usamos y marraneamos los habitantes de dicha zona, y pagamos por su uso y contaminación y una empresa que no pertenece al territorio, se lleva las ganancias. Eso hay que agradecerselo al anterior grupo municipal en el poder. Pero el actual debería de recuperar su propiedad. Cosa que no creo que haga.

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