Un paseo: Guía de Granada II

RESEÑA HISTÓRICA

Las tribus íberas, que en época remotísima vinieron a poblar la España, fundaron esta ciudad, una de las más antiguas de la Península, que ya encontramos citada en el siglo V antes de J. C. con el nombre de Elibyrge; en estas remotas edades acuñó monedas con el nombre ibérico, que se trascribe IliveRIR, y extrañas figuras, al parecer símbolos del sol. Durante la época romana continuó labrando monedas, sólo diferentes por sus caracteres latinos, los cuales en unas piezas forman la palabra iliber y en otras florentia; en las inscripciones de los siglos I a III de J. C. se nombra la ciudad Municipium Florentinum Iliberritanum, a la vez que Plinio la llama Iliberri y Ptolomeo Illiberis. Respecto a la etimología de este nombre no hay cosa segura, pero verosímil es su interpretación de ciudad florida o fructífera, que se acomoda al nombre latino Florentia. De monumentos arquitectónicos de aquella época sólo se han descubierto algunas ruinas en el collado de la Alcazaba, a más de varios cementerios y piedras con epígrafes, algunas de ellas erigidas a emperadores y otras a ilustres personajes que habían desempeñado altos cargos civiles y militares. Sábese además, que San Cecilio, uno de los siete varones apostólicos, trajo a esta ciudad la luz del Evangelio, y aquí murió confirmando la divinidad de su doctrina; ignóranse los frutos que estas predicaciones alcanzaron, pero muy arraigado debía de estar el cristianismo en nuestro país, cuando al principiar el siglo IV los prelados españoles eligieron a Eliberri para celebrar el gran concilio de su nombre, uno de los más célebres de la Iglesia por su antigüedad y la importancia de sus cánones. También en el mismo siglo floreció el santo obispo Gregorio, elogiado por sus virtudes y escritos, y durante el período visigótico sus sucesores asistieron a los concilios toledanos e hispalenses, revelándose al mismo tiempo la vida de nuestra ciudad en varias monedas, que se acuñaron con su nombre, desde Recaredo a Witiza, y en cierto epígrafe donde se conmemora la erección de tres iglesias.

A poco sobrevino la horrenda catástrofe de la invasión árabe, y en 711 Tarik envió a la cora a provincia de Elvira un cuerpo de ejército, que se apoderó de su capital Garnata, donde vivía a la sazón numerosa colonia judíos, que unidos a los invasores formaron la guarnición destinada a sujetar a los cristianos. Poco después, los árabes damasquinos se establecieron en esta provincia, que les recordaba su tierra natal, y a mediados del mismo siglo retiraron la capitalidad a otra ciudad, legua y media al poniente de Granada, llamada Castilia, que debió tener poca importancia en tiempos anteriores; pero no consta desgraciadamente su nombre en las dos inscripciones latinas descubiertas entre sus vestigios al pie de la sierra de Elvira. A la misma ciudad llamaron los moros algún tiempo después Elvira, nombre al parecer tomado del de la cora, donde se conservó corrupto el de la primitiva capital, si bien muchos, afianzados en tal circunstancia, sostienen que Castilia fue la misma Iliberri, desentendiéndose de numerosos datos favorables a su identidad con Granada.

Descontentos los indígenas muladies y mozárabes del gobierno de los emires, en la segunda mitad del siglo IX se alzaron a instigación del ilustre caudillo Omar ben Hafsum, que desde el inexpugnable castillo de Bobastro extendió su poderío hasta Elvira, enseñoreándose de Garnata a la muerte del valeroso wali Sawar ben Hamdun, que largo tiempo resistió parapetado en la Alcazaba Alhamrá; al fin Abderrahman III aniquiló el imperio de Ornar, extinguiendo él mismo la nueva y porfiada rebelión que estallara en las Alpujarras.

Aprovechándose de los recios disturbios que prepararon la caída del Califato de Córdoba, el aldeano Zawí ben Zirí, de la tribu de Sinacha, fundó un reino en esta comarca, derrotando al califa Abderrahman Almortadi. Elvira, capital de aquélla en tiempo de los Umeyas, era ciudad agrícola e indefensa, por lo cual durante las guerras fue adquiriendo cada vez mayor importancia la inmediata fortaleza de Garnata, amurallada en tiempo de Abderrahman I; así pues, fue natural que Zawí fijase aquí su capital, a donde emigraron los de Elvira, desolada por la guerra civil. Le sucedió su sobrino Habus ben Maquesen, uno de los más poderosos reyes de taifas, y a éste su hijo Badis, en cuyo largo y venturoso reinado dilató sus dominios con el reino de Málaga y edificó en Granada un suntuosísimo palacio; pero la extraordinaria influencia que otorgara a los judíos en el gobierno, fue origen de un sangriento motín, en el cual perecieron cuatro mil hebreos, y entre ellos el visir del mismo Badis. Su nieto Abdallah ben Bologuin reinó con adversa fortuna y fue destronado en el año 1090 por el emir almoravide Yusuf ben Tcxufín, terminando la dinastía de los Ziritas.

La cristiandad era aún poderosa en Granada, regida por obispos propios, de los cuales el último conocido es aquél célebre Recemundo ó Rabi ben Zaid, que floreció en la corte de Abderrahman III y Alhacam II después los almorávides extremaron la persecución contra los fieles, quienes solicitaron auxilio del rey de Aragón D. Alfonso el Batallador, pintándole como fácil empresa la conquista de Granada, sobre la cual se encaminó en efecto, pero lentamente, dando tiempo a aquellos musulmanes reconcentrasen tropas en la ciudad; D. Alfonso no se atrevió a sitiarla, contentóse con recorrer la tierra durante algunos meses, en 1126, llegando a la costa por cerca de Vélez, y retiróse al fin con diez mil familias cristianas, que se establecieron en Aragón. Libres de tan inminente riesgo los granadinos, pero sedientos de venganza y temerosos quizá de otra invasión, se revolvieron contra los demás mozárabes, arrojando al África a muchísimos de ellos, víctimas de los más crueles tratamientos. Pocos años después, en 1164, fueron bárbaramente asesinados los que aun permanecían en Granada, y los escasos que subsistieron al exterminio, eran el blanco continuo de las mayores humillaciones y del general menosprecio.

A la rápida extinción del imperio almoravide precedieron en Granada nuevas luchas: en 1144 sublevóse contra ellos inútilmente el pueblo; pero a los cuatro años, el caudillo almoravide Aben Gania fue muerto por los almohades, llamados para ayudar á los andaluces; entonces Aben Mardanix, emir de los almorávides, envió para rescatar a Granada un ejército, que entró en la ciudad, obligando a los contrarios a fortificarse en la antigua Alcazaba; las tropas del califa Abdelmumen fueron vencidas, y poco hubiesen tardado los almorávides en rendir a los sitiados, si de improviso no fueran sorprendidos y desbaratados por el ejército contrario.

Andalucía se vio libre de los almorávides, pero cayó bajo el poder de aquéllos sus auxiliares, quienes humillados en la gloriosísima batalla de las Navas, se hundieron tan de pronto como habían salido de los arenales africanos; ya el victorioso avance de las armas cristianas y las reyertas intestinas de los andaluces tenían a punto de ruina el imperio del Islam, cuando surgieron dos ilustres caudillos, los cuales, ya que no podían renovar su esplendor antiguo, consiguieron aplazar su acabamiento. Eran éstos Aben Hud y Aben Alahmar: el primero arrojó de Granada a los almohades en 1229, y se apropió el titulo de Emir de los creyentes, bajo la dependencia del califa abasida; mas a poco perdió corona y vida en porfiada lucha con su rival, que más diestro en política que Aben Hud, se aprovechó de sus conquistas y llegó a fundar el reino granadino con las provincias de Granada, Almería y Málaga, abandonando lo demás a la vencedora espada de S. Fernando, a quien, como vasallo, ayudó en la conquista de Sevilla. Entonces Granada vino a ser capital de un reino floreciente, donde se reconcentró la grandeza del Andalus; el arte llegó a su más alto grado de esplendor, acrecentóse la población con los de Úbeda y Baeza expulsados de sus ciudades por el Rey Santo, y se reedificó la Alcazaba Alhamrá, que tanto podía servir a la capital de amparo como de amenaza, si llegaba a rebelarse contra su señor. Afianzado en el trono, logró Aben Alahmar días pacíficos, pero en su ancianidad los revoltosos walies de algunas ciudades hicieron armas contra él, sorprendiéndole la muerte cuando se dirigía a sujetarlos en el año 1273; su nombre completo era Abu Abdallah Mohamad ben Yusuí ben Alahmar.

Varios caudillos pretendieron sucederle, mas la elección recayó en su hijo Mohamad II, el cual obtuvo del rey benimerín que llevara sus armas contra los cristianos; al efecto desembarcó en Tarifa con numerosísima hueste y marcada intención de imponerse al sultán granadino; pero se contentó con entrar en tierra de Castilla, derrotando al ejército que le opusieron, a la vez que los granadinos vencían y daban muerte al infante D. Sancho. Después Mohamad tuvo otros encuentros, tomó la plaza de Alcaudete y murió en 1302.

Sucedióle su hijo Mohamad III, cuyo turbulento reinado acabó con un motín, que lo arrojó del trono en 1309, aclamando a su hermano, llamado ordinariamente Nazar. D. Jaime de Aragón, por una parte, y D. Fernando el Emplazado, por la otra, intentaron desmembrar su territorio, mas el valeroso general Otzmán se opuso a ellos con venturoso éxito. Disgustados los granadinos del gobierno de Mohamad, se rebelaron contra él, capitaneados por Abul Walid Ismael, hijo del arráez de Málaga Farach; apoderáronse de la capital y Mohamad huyó a Almería, donde falleció en 1314.

Desde cinco años antes ocupaba el trono Abul Walid, en cuyo reinado Otzmán alcanzó junto a Pinos Puente memorable victoria sobre las armas castellanas, pereciendo en la batalla los infantes D. Pedro y D. Juan, tutores de Alfonso XI; después tomó a Baza y Martos, sirviéndose de artillería, la cual hay indicios de haber sido empleada en 1257 en el sitio de Niebla, y murió asesinado en su mismo palacio, año 1325. Otzmán puso en el trono a Mohamad IV, hijo del difunto, si bien reservándose el ejercicio de la potestad real, que supo conservar hasta su muerte; bien pronto se le echó de menos en la guerra, pues aunque Mohamad ganó a los cristianos algunas plazas, al acercarse el ejército de Castilla, se vio precisado a comprar a peso de oro su retirada, y murió a manos de los hijos de Otzmán, que hicieron proclamar a su hermano Abul Hachach Yusuf en 1333.

Fue también este rey desventurado en las armas: unido al rey africano perdió la batalla del Salado, el valiente rey Alfonso XI le arrebató las plazas de Alcalá la Real y Algeciras, y no siguió adelante por haber fallecido cuando cercaba a Gibraltar; tranquilo desde entonces Yusuf emprendió obras de gran importancia y de pública utilidad, muriendo desgraciadamente asesinado por un loco, mientras hacia oración en la mezquita, a los veinte y dos años de reinado.

Eligieron para sucederle a su primogénito Mohamad V, que en breve fue desposeído del trono por su hermano Ismael; pero asesinado éste, usurpó el poder su primo y cuñado Mohamad, conocido por Abu Said el Bermejo, a quien ajustició en Sevilla el rey D. Pedro. Entonces volvió á ocupar el solio Mohamad V, manchando su nombre con la muerte de su célebre visir, el historiador y poeta Aben Aljatib; recobró a Algeciras y murió en 1391. Un solo año reinó su hijo Yusuf II, a quien sucedieron sus nietos Mohamad VII y Yusuf lII hasta 1417, en cuyos reinados se hizo sentir notable decadencia y el infante D. Fernando conquistó la importante villa de Antequera en 1410.

Mohamad VIII Alaisar, sufrió completa derrota en la batalla de la Higueruela, ganada por D. Juan II, y fue sucesivamente destronado por su tío del mismo nombre, por Yusuf, nieto del Rey Bermejo, y por su sobrino Mohamad X. Abú Nazar Saad despojó a éste de la corona, recobróla Mohamad, mas por breve plazo, porque el afortunado Saad logró dar muerte a su rival y ocupó el trono de Granada, hasta que su propio hijo Muley Abul Hasán lo usurpó en el año 1462.

En tiempo de este rey, hechos dueños los Reyes Católicos de la importantísima plaza de Alhama, decidieron concluir con la desquiciada monarquía granadina, como llegaron a conseguirlo al cabo de diez años de porfiadísima y heroica lucha. Entre tanto, Mohamad, el primogénito de Muley Hacen, llamado Boabdil ordinariamente, pagó a su padre en la misma moneda que éste al suyo, mas aprisionado por los cristianos en la batalla de Lucena, volvió el rey viejo a Granada, asociando al gobierno a su hermano Mohamad el Zagal, y a poco murió de remordimientos por haber hecho matará su hijo Yusuf. Boabdil, ya en libertad, disputó reñidamente la supremacía al Zagal, recrudeciéndose la guerra civil, atizada por los cristianos en provecho suyo. Palmo a palmo iban éstos venciendo la obstinada resistencia de los granadinos y apoderándose de todas sus ciudades, hasta llegar en 1491 a poner sitio a la capital; todavía los moros extremaron su desesperada lucha, mas al fin Boabdil hubo de capitular, y los Reyes tomaron posesión de Granada a 2 de enero del año siguiente, día memorable para toda la cristiandad y en especial para los descendientes de Pelayo, que vieron coronado por tan feliz éxito su patriótico y tenaz empeño de recobrar la tierra perdida desde la aciaga jornada del Guadalete.

La nobleza mora, siguiendo la suerte de su rey, acabó por retirarse a Fez y otros puntos de África, y los que se resignaron a vivir entre sus vencedores fueron tratados con benevolencia por el arzobispo Fr. Hernando de Talavera y el Conde de Tendilla, á quienes se confió principalmente el gobierno de la ciudad. Intentóse por la persuasión y suaves incitaciones convertirlos al cristianismo, pero muy poco debió conseguirse, y el cardenal Cisneros, en 1499, resolvió obligarlos a bautizarse, como en efecto lo hicieron, aunque siguiendo en sus ritos y costumbres tan musulmanes como antes. Esto, unido a otras vejaciones y a la licencia de los malos cristianos que vivían entre ellos, acabó por exasperarlos y se alzaron en rebelión, principalmente contra Cisneros; vanos fueron los esfuerzos para apaciguarlos, mas en cuanto se presentó ante ellos Talavera, el Santo Alfaqui, depusieron los de la ciudad sus armas y tornaron a la obediencia; no sucedió lo mismo en las Alpujarras, donde sólo a fuerza de sangre se pudo conseguir una paz ficticia.

A pesar de esto insistióse en hacerles dejar su idioma y costumbres, pues de otra manera era imposible que olvidaran su religión; ellos se resistieron con todas sus fuerzas, logrando aplazar por muchos años la ejecución de lo decretado, pero llegó un día en que ni razonamientos ni amenazas bastaron a conjurar la tormenta, y, resueltos a perderlo todo antes que confundirse con los castellanos en idioma, traje, costumbres, y sobre todo en religión, recurrieron a las armas para hacer observar las capitulaciones con que se habían entregado, y tomar venganza de las insufribles vejaciones con que se les afligía. Entonces estalló aquella horrorosa rebelión, animada por la inquina mortal de las dos razas: al comenzar el año 1569, todos los moriscos del mediodía del reino y particularmente de las Alpujarras, se alzaron invocando A su profeta, asesinaron a los cristianos con la más refinada crueldad e incendiaron las iglesias; eligieron rey a un descendiente de los califas, llamado Aben Umeya, y resistieron por largo tiempo a las armas castellanas; la misma desenfrenada conducta de la soldadesca malograba las buenas intenciones de sus jefes, cazábanse mutuamente como fieras y cada acto de barbarie era vengado con otro mayor. Comprendiendo Felipe II la gravedad del caso, resolvió enviar a su hermano D. Juan de Austria con nuevas tropas, al frente de las cuales se puso a fines del mismo año, logrando con su mucho valor y prudencia sosegar la tierra en el año siguiente, con la muerte de Aben Abóo, que había sucedido a Aben Umeya.

Entonces los moriscos de todo el reino granadino, en número de cuatrocientos mil, fueron repartidos por otras comarcas interiores de España y no volvieron a formar pueblo, aunque tampoco se confundieron con los castellanos ni dejaron sus usos, a pesar de la vigilancia de la Inquisición, lo cual obligó a expulsarlos al Africa, al mismo país donde sus padres, algunos siglos antes, habían lanzado a los mozárabes granadinos, que tampoco querían trocar su religión por la de los vencedores. Casi todos los pueblos de nuestro reino quedaron desiertos, por lo cual vinieron castellanos a poblarlos y pronto su número fue mayor que el de los expulsos.

Entre tanto la ciudad cristiana crecía y brillaba en aquella gloriosísima centuria: los Reyes Católicos la habían colmado de honores y aun le confiaron sus cenizas, muchos de los héroes de la Reconquista quedaron en ella, y el Gran Capitán acabó aquí su gloriosa vida; hombres ilustres en santidad y doctrina, como los venerables Talavera y Juan deÁvila, S. Juan de Dios, S. Juan de la Cruz, D. Pedro Guerrero y la M. Ana de Jesús, la santificaron con su ejemplo; esclarecidos ingenios tuvieron en ella su cuna: D. Diego Hurtado de Mendoza (1503), Fr. Luis de Granada (1504), D. Alvaro de Bazán (1526), Fr. Luis de León (1528), Fr. Hernando del Castillo, Luis del Mármol y el Padre Francisco Suárez (1548), y arquitectos, escultores pintores insignes la adornaron con bellísimos monumentos.

Nada de extraordinario tuvo lugar en nuestro país en los siglos XVII y X VIII, mas en los primeros años del presente la odiosísima invasión francesa hizo también sentir aquí su funesto estrago. Granada vio asesinar jurídicamente a muchos compatricios, en particular religiosos, a quienes miraban los franceses como principales fautores del levantamiento nacional; varios antiguos monumentos fueron destruidos, y muchos conventos saqueados y despojados de sus más valiosas obras de arte.

El heroísmo e inimitable constancia del pueblo español acabó por lanzar de la Península a las huestes napoleónicas, pero no consiguió arrancar la semilla de las ideas revolucionarias que habían sembrado, y cuyo triste fruto ha sido cubrir de sangre nuestro suelo, y la irreparable pérdida de gran parte de nuestra riqueza artística y literaria, atesorada en los conventos.

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Un paseo: depuradora de agua

Visita a una planta de depuración de agua situada en la vega de Granada. Planta de la compañía de agua del Ayuntamiento de la ciudad y pronto de los pueblos del Área Metropolitana. Compañía que en su momento, fue vendida por el Ayuntamiento, en un caso más de vandalismo, a la compañía Aigües de Barcelona, la cual, a su vez, pertenece a una multinacional francesa, al igual que Aguas de Lanjarón.

Esto es, el agua es de la provincia de Granada, la consumimos, usamos y marraneamos los habitantes de dicha zona, y pagamos por su uso y contaminación y una empresa que no pertenece al territorio, se lleva las ganancias. Eso hay que agradecerselo al anterior grupo municipal en el poder. Pero el actual debería de recuperar su propiedad. Cosa que no creo que haga.

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Un paseo: casa del XIX recuperada

En una ciudad donde gran parte del casco morisco, del XVI, XVII, XVIII, XIX y XX ha sido demolido para elevar atrocidades, cajitas de 9 o más plantas, algún que otro arquitecto, o constructora, se entretiene en mantener la estructura original y “actualizarla” o como le digan, eso a veces origina atrocidades y otras veces no.

Esto desde el punto de vista de alguien que no tiene ni idea de Arquitectura, pero sabe apreciar el edificio tirado para levantar el horror sustituto.

La casa de este “paseo” es, por casualidades de la vida, una que conocí hace muchos años, justo en la transición. La tiraron, por dentro, y ahora vive un amigo. La estructura de patios la han dejado, pueden ser más grandes o más chicos, pero son los originales. El apartamento que conozco, no tiene nada que ver  con el original, es mucho mejor en todo. Para mi solo tiene un fallo, grande, todo depende de la electricidad.

Para mi lo importante era y es el respeto a la estructura interna del mismo y eso es lo que reproduzco. Son dos patios diferentes.

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