Marcos

I

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Estás en un bar o en la casa de algún amigo común, entonces aparece él de una forma rutilante. Parece un anfetamínico, siempre con prisas, aunque nunca sabe si va o viene, te ofende y no quiere darse cuenta. Olvida todo y a todos y siempre mete en unos líos tremendos a quién le rodea. Todo esto lo adorna con una ligera pluma que no le abandona ni cuando está ciego de porros.

Sí, es un tipo un tanto extraño, provinciano por naturaleza se siente metropolitano y siendo capaz de perderse camino del retrete dos o tres veces, no ha tenido ningún problema en recorrer la costa mediterránea y gran parte de eso que llaman Europa.

La leyenda, que él se encarga de mantener viva propiciando, al estilo de los políticos, eso tan viejo como es la rumología, nos dice que cuando tenía 16 ó 17 años acababa de dejar una de las sectas que pululaban por aquellos entonces, y me refiero a los setenta. Te los solías encontrar en las esquinas, en las pasos de cebra, en las plazas… barbas y pelo largo, ellos, ellas te sonreían y se te ofrecían… al menos eso era lo que pensabas, “te amo” era lo que respondían a tú mirada curiosa. El los amó y amó con y para ellos, el día que creyó descubrir lo que se ocultaba detrás de todo aquel inmenso amor los abandonó. Entre amor y desamor había dejado su patria chica para redescubrirse en una plaza cualquiera de Rotterdam. Allí se reinventó el mundo, coincidiendo con el de la psicodelia en todo y en la filosofía hippy en cuanto a que todos le amarán. En lo que a él respecta, se encontraba muy ocupado amándose así mismo.

Una vez en el corazón del viejo, colonizador y explotador continente, continente con el que todos soñábamos y al que por aquel entonces no pertenecíamos !creíamos¡, se encontró que carecía de numerario o efectivo, hoy en día se dice cash, con lo cual no le cupo otro remedio que recurrir a una vieja guitarra, con un poco de suerte y contando con la complicidad del auditorio que se formaba en calles, plazas y bocas del metro, un buen día llegó a París… ¿Nunca has soñado alguna vez con recalar en dicha ciudad? ¿Tener un corrosivo amor en una bohardilla del barrio Latino? ¿No crees que es difícil dejar de soñar mientras contemplamos la foto de la pareja besándose en la barricada mientras él sostiene en alto la bandera roja de los iracundos de Nanterre? !Aquella vieja revolución a la qué quisimos tanto!

Creo recordar que no hacía mucho que las vacaciones habían desalojado de sus barricadas a los contestatarios cuando Marcos se encontró en medio de la ciudad. ¿Cuándo se percató que estaba destrozando alguna parte de sus, posibles, futuros sueños? Eso es algo de lo que nunca hemos sido capaz de hablar, ya que cuenta lo realizado, pero nunca sueña lo frustrado. Pero puedo suponer que fue delante de los Inválidos o en la Isla de San Luis, aunque me gusta más la calle Gay-Lussac, y de esta forma romper todo de una vez para siempre, destrozar a Sartre, Hemingway y la “generación perdida”, los hermanos Cohn-Bendit y a Cortazar.

Durante un buena temporada se confundió con los “clochards” ¿Era por reflejo del latinoamericano? Lo dudo. Era una pura caída en picado dentro de un vacío sin fondo. Cuando se cansó de acabar la jornada vomitando tinto peleón al Sena, decidió que había bebido bastante para el resto de su vida, apareciendo el viejo dilema, o al menos eso era lo que pensaba, integración en el sistema o la contestación feroz en cualquiera de sus facetas, y optó por una tercera opción, que era lo que siempre hacia cuando tenía que elegir entre dos caminos. Le dio por pintar la bohardilla en la que recalaba, también tiró el viejo colchón, compro uno nuevo, un somier, una mesa y algunas estanterías, al tiempo que le daba el prurito de la decoración trabajaba en oficios tan dispares como fregar platos, vender periódicos, todavía era la época dorada de Liberation, anfetas, drexis, chocolate… reanudó el bachiller durante tanto tiempo congelado. Entonces fue cuando empezó a conocer a los españoles que trabajaban en Europa, los barrenderos, limpiadores de cristales, albañiles, porteros, chachas…

Cierto día que voceaba Liberation en alguna parada del metro apareció ella. Se conocían de su ciudad natal y alguien en París le había hablado del “español” y donde podría estar vendiendo, en cuando se vieron se reconocieron. Tampoco tiene tanto mérito el reconocer a este “Marco Polo” contemporáneo, era moreno, con pelo rizado a lo “afro” bajito y el resto es tal cual dictan las normas de antropología para un mediterráneo. En cuanto a ella, no merece que nos detengamos bastante rato ya que sólo es una circunstancia remota para llegar a un fin indeterminado. Pero te puedo decir que no se alejaba mucho de las pautas de una spicodélica de finales de década, creía que había descubierto el “amor libre”, que vivía en una sociedad de consumo desaforado, que las drogas liberaban y que la “fraternidad universal” venía de la mano de R.C.A., E.M.I. y otras casas por el estilo.

Dicho encuentro fue algo providencial para ambos, a partir de aquel momento se estableció una simbiosis que les haría olvidar a ambos personajes todo lo que escapaba a su mundo, no era el amor mutuo, ni tampoco de uno de ellos por el otro, ni hablar de la soledad, no eran la Maga y Andrés, ni LOS AUTONAUTAS DE LA COSMOPISTA y tampoco pretendían serlo, era algo diferente: eran los emigrantes de la psicodelia.

Ella traía una gran cantidad de anfetaminas y algo de dexidrinas de las farmacias españolas, con eso pretendía pagarse los primeros y aciagos días en este mundo desconocido y desconcertante. Su situación, hasta que se encontró con Marco, había sido peor que la de Ana Sullivan: no hablaba el francés, y su capacidad para entender lenguas ajenas a la suya eran totalmente nulas. Pertenecía a esa clase del género humano que cándidamente creen que cuánto más alto les hables mejor te entienden, con lo cual se había quedado afónica pero no entendía nada y a nadie. Cuando la situación empezaba a ser difícil, llevaba varios días sin comer algo decente y carecía de sitio para dormir, a no ser que ofreciera su cuerpo a alguien o alguna anfeta, su más preciado tesoro, entonces fue cuando le llegó la noticia de la existencia de Marcos. Para ella la bohardilla de Marcos era un auténtico Palacio que no tenía nada que envidiarle a las Tullerías.

Todo un mundo se les ofreció a ambos, Marcos hacía tiempo que no cataba excitantes y tenía que “montársela” con los amuermantes porros, ahora volvía a la “marcha” que tanto le pedía el cuerpo. Y ella se encontraba con un ángel custodio providencial que la guiaba por aquel marasmo parisino.

Pero esta alegría duró lo que el destino le tenía mandado, ni un minuto más ni uno menos. Un buen día Yoli se sintió muy triste, todo era tan agobiante, había tanta contaminación, eran tan tristes las calles de París ¡tantos problemas! todo era un asco y encima Balta era un aburrido que sólo pensaba en él. Repentinamente notó que no tenían nada en común, era un sexista que sólo pensaba en follar, un drogadicto, no estaba por lo natural, al mismo tiempo descubrió que todos eran unos insulsos que no podían percibir la pluridimensionalidad de su espíritu ya que todos, absolutamente todos, eran unos unidimensionales, unos fanáticos, con lo cual decidió poner fin a todo aquello de una forma definitiva y radical ¡era todo tan absurdo! Una noche que Balta andaba pegando carteles de solidaridad con Vietnam, o algún que otro país igual de exótico, ella decidió que era el momento oportuno, cogió un bote de traxilium y acompañado de una botella de ginebra puso fin al drama, mientras que esperaba el final de todo se acompañaba de Gerry Mulligan, había pensado en Mozart o en Albinioni, pero le pareció demasiado teatral. Balta tenía pensado llegar pronto, así se lo había prometido pero, mira por donde, se encontró con Michel al que hacía tiempo que no veía, este acababa de llegar de Granada y tenían mucho de que hablar. Era la una de la madrugada cuando Yoli, viendo que Marco no se presentaba, decidió tomar un taxi e irse al hospital… Cuando Balta, acompañado de Michel, regresó se encontró una nota de Yoli en la que escuetamente decía que había decidido poner fin a sus días y que estaba en urgencias, añadía que quitara la cinta del cassete, que la rebobinara antes y que no olvidara de descongelar algo del frigorífico, besos. El “suicidio” no dejó de ser oportuno, pues así podían dormir Michel y él en la buhardilla, tres eran muchos. De modo que, le hicieron una visita (cosa que no resultó fácil, pues le estaban haciendo un buen lavado de estómago) y como tenía que hacer noche en el hospital…

II

Una de las cualidades de Marcos es que para él, el tiempo es relativo, no creo que se hubiera leído a Einstein, era mucho más fácil, cuando estaba a gusto, cuando no se aburría, no percibía el pasa del tiempo, muy vulgar, nos pasa a todos, pero su concepto de espacio-tiempo era bastante más “espacioso” que para el resto de los mortales.

Poco después de que Yoli hubiera abandonado su Santa Santorum (ya que tras el “suicidio” la renacida Yoli había decidido retomar la “carretera”, Marcos decidió retornar a España, hacía años que no ponía el pié en ella, y aprovechando que Michel volvía en seguida, no le gustaba quedarse mucho tiempo lejos de su pareja, decidió el retorno. Consecuentemente, una mañana de septiembre, uno de los meses más deprimentes de París, bajó todos sus enseres de la bohardilla y se dispuso a esperar a Michel, este llegó un poco tarde, esto no se debía a que Michel se hubiera españolizado de una forma tan maravillosa, sino a que el Simca era un poco remolón a la hora de arrancar. La partida de Marcos sucedió sin ningún tipo de emoción, nadie le despidió, simplemente echó una fugaz mirada al edificio y le devolvió la llave a Michel, ya que era el legítimo y único propietario, siempre que exista la propiedad.

La vuelta de Marcos a España fue un tanto accidentada, por lo pronto en la frontera lo cachearon con bastante atención. Observó que no miraban a todos, Marcos pensó que su pinta no gustaba, a Michel apenas lo miraron, seguramente porque era extranjero. Eso lo guardó durante mucho tiempo en la cabeza, y trataba de recordar si le había pasado lo mismo cuando dejó el país. A medida que fue descendiendo hacia el sur, le llamaban las cosas bastante la atención, antes nunca se había fijado en las pintadas de las paredes que se encontraban al borde de la carretera. Aparte de esas observaciones de tipo político, también olía el sur, cuando cruzaron Despeñaperros sintió su patria, lo sintió en el ambiente, el número de olivos, el olor del aire, y las casas, más adelante puede que observara otras cosas que no dijo. Se pasó en su ciudad natal unos cuantos días, la familia y en especial los padres lo acogieron con mucho cariño, intentaban olvidar las trapacerías del niño y querían volver a empezar de nuevo, pero después de un mes de estancia allí se le hizo demasiado pequeña, además le molestaba la constante presencia de familiares y conocidos, todavía no se percataba de la soledad en las ciudades dormitorios, cómo se absorbe de tal forma que se te mete hasta la médula, aún era demasiado pronto. Finalmente decidió irse a vivir a la metrópoli, allí se sentiría más a gusto, además su padre le había buscado un trabajo en una editorial, y tenía intención de terminar el bachiller, ahora si que quería estudiar.

Cuando se trasladó a la metrópoli, se dio cuenta de que vivir dentro del sistema no era tan fácil, no se encontraba entre los que los nortemericanos llaman “triunfadores”, y la vida no resultó ser un camino de rosas. Se fue a vivir a uno de los barrios más populosos, aquello era un conjunto de edificios donde la descripción del mismo no hubiera bastado para localizarlo, todos eran idénticas moles de acero y hormigón, donde dormían miles de personas llegadas de todas las regiones y ciudades de la península para sobrevivir al socaire de la burocracia y de los planes de desarrollo. Se convirtió en uno más entre la muchedumbre que cada mañana cogía el metro para el centro, dos veces al día él y otros muchos intentaban dormitar o leer mientras aquel monstruo se desplazaba a lo largo de la ciudad, en un ambiente sobrecargado, pestilente, antihigiénico. Lo que más destacaba de esta época era el apercibirse de cosas que antes nunca se había planteado. Entonces fue la primera vez que le vino con nitidez la idea de que el mundo era una mierda.

No tardó mucho en encontrar un ambiente y unos amigos, el ambiente fue el de la asociación dhttps://secure.avaaz.org/campaign/es/jordan_marry_rapist_law_loc/?aCqlEabe vecinos, por aquel entonces comenzaba el movimiento asociativo vecinal. Le agradó aquello, era como una partida de ajedrez con varios jugadores, y un público que también tenía derecho a intervenir. Aquella asociación en concreto era el lugar donde se peleaban asiduamente los militantes del pecé., sus múltiples escisiones, los pestañistas, y los cristianos en cualquiera de sus vertientes. En principio Balta se abstuvo de tomar partido por nadie en concreto, ya que sólo se había adherido a la asociación por encontrar gente, y digámoslo sinceramente, no sabía de que iba la película. Cuando empezó a frecuentarla creía que era como las de emigrantes que había visto en París, vino, bailes, juegos, amigos… Pero algo le animó a seguir en ella, y era el precio del piso donde vivía y la necesidad de encontrar alguien con quién compartirlo. No pasó mucho tiempo sin encontrar diferentes proposiciones, finalmente se quedó con un chico que estudiaba económicas, su pareja, de filosofía y letras, y una chica más que estudiaba medicina. El piso en cuestión se encontraba muy cerca de la Glorieta de Bilbao, a diez minutos en metro, estaba en una plaza que podría resulta casi mona, si no fuera por todo aquello.

En principio Marcos llegó a sentirse casi satisfecho, sí es que la persona puede sentirse así alguna vez en su vida. Tenía un trabajo, un lindo piso y algunos amigos.

Llevaban poco tiempo compartiendo el piso cuando Juan, que así se llamaba el nuevo amigo, propuso la colectivización de la economía doméstica y la “nacionalización” de los bienes de “producción” y consumo. Marcos, que no se sí ya he dicho que era un hombre acomodaticio y a quién le gustaban las nuevas experiencias no lo dudó ni un instante, la única que puso algunas pegas fue Consejo, la de medicina. De tal forma, Marcos se encontró orgulloso copropietario del Samuelson y algún libro más, junto con el Marta Hanneker y las obras completas de Lenin y Marx, edición de Moscú en lenguas extranjeras, esto era lo que aportaba Juan a la “Comuna” junto con algunos vaqueros raídos y unos cuantos discos de Zappa, Joplin, Who y Morrison. Elena aportaba todo el amor que sentía por Juan, las rutilantes teorías de Jung, Freud, algo de Rosa Luxemburgo y una colección de jerséis muy grandes. El principio que regía la vida era el de “a cada cual según sus necesidades” y el órgano decisorio era la guija, puesto que Elena, aparte del Farreras, aportaba su conocimiento de la Kábala y su interés por las fuerzas ocultas. Pronto la vida se vio poblada de acontecimientos, Marcos apenas si tenía tiempo para todo. Los lunes, a última hora, se reunía la asamblea para programar las actividades de mantenimiento, limpieza y cocina. Los martes tenía seminarios de introducción al materialismo dialéctico, los miércoles discusión de las noticias de prensa, los jueves sesión de autocrítica, los viernes asistía a un cineclub y después en casa continuaban el cineforum, con algunos amigos a los que invitaban. El sábado tenía reunión en la asociación y el domingo lo dedicaba a intentar ligar.

Para Balta, que siempre había tenido una vida bastante ajetreada, este continuo hacer no le suponía nada agobiante, pero era muy monótono, y lo que le salvaba del aburrimiento era el saber que todo aquello era un paso adelante hacia la emancipación de la humanidad, que era lo que estaba aprendiendo en estos días. Algunos días todo lo resultaba muy cuesta arriba, ya que el que la comuna considerara que las anfetas eran elementos necesarios para los estudiantes, pero si las utilizaba él eran un instrumento de alienación de la sociedad de consumo, y los porros no eran aceptados para nada, era algo que le resultaba muy difícil de aceptar, pero… si todos los sacrificios servían para la liberación de las clases oprimidas y la caída de la dictadura… quizás fuera posible soportarlo.

Pronto notó que Juan era una especie de dirigentillo de “masas”, aunque las masas fueran más bien escasas y se limitaran a Elena y los otros participantes en las distintas reuniones. Todos ellos sorbían más que escuchaban todo lo que a Juan se le ocurría y a éste se le ocurrían muchas cosas, era una auténtica máquina de parir ideas. Hasta de los “picapiedras” se montaba un cineforum. Era el reino de la dialéctica, por y para ella misma. Pero a pesar de su aire crítico inicial, pronto se sintió totalmente hipnotizado por aquella verborrea imparable, aquella boca que emitía incesantemente sonidos era algo fantástico, llegó a ser para Marcos la única verdad que existía sobre la tierra y recordaba con gran remordimiento el tiempo que había perdido en sus viajes europeos, ahora se daba cuenta que era el destino el que le había mandado ir a la Asociación de Vecinos. De esa manera, llegó a ser aceptado por la comuna de una forma inconsciente el que Juan tenía que dedicarse al trabajo intelectual, mientras que ellos se dedicaban a aprender de este y al mismo tiempo a sus estudios y trabajos respectivos y compartían el trabajo de la casa. En poco tiempo habían convertido a Juan en el Lama, y éste no hizo nada en contra, al fin y al cabo ¿Quién arroja piedras sobre su propio tejado? Sólo los imbéciles o los suicidas. Un buen día Juan apareció con un folleto de Reich dedicado a los jóvenes revolucionarios, en el mismo les decía que había que follar, había que liberar las mentes de todo tipo de trabas burguesas. El siguiente seminario debatió intensamente el libro en cuestión y las conclusiones finales del mismo fueron harto interesantes, estaba bastante claro que cuando decidieron la socialización de los medios de producción y consumo se habían olvidado de los cuerpos, la existencia de la pareja podía crear algún tipo de trabas en la tarea redentora que se habían impuesto ¿Cómo podrían luchar contra la familia, lacra gigante de la sociedad burguesa, si se empeñaban en perpetuarla aunque no pasaran por la iglesia o juzgado? Por consiguiente Juan decidió, con el silencioso asentimiento de la asamblea, la socialización de los cuerpos, decisión tan importante que no podía ser llevada a la práctica sin consultar previamente a la guija, cosa que se hizo sin perder un instante y esta respondió en forma afirmativa, ¡El cosmos los apoyaba en su ansia liberadora!. Aquella noche resultó inolvidable para los/as participantes en tal evento, para Melchor aquello fue lo más confuso que había tenido en su vida, cuerpos por todas partes. Fue entonces cuando llegó a la conclusión que tenía algún tipo de esquizofrenia, ya que su cuerpo se encontraba encima de alguna de ellas, pero su mente analizaba todo desde lo alto de esta reunión de locos, no encontró ningún placer, tampoco el ansiado orgasmo. Con excusas que no resultaron muy convincentes dio por terminar todo aquello y se fue a dar un paseo nocturno. A la vuelta todo estaba tranquilo, los “ansiosos militantes del sexo” roncaban a pierna suelta unos encimas de otros. El dio por concluido el episodio. Pero no todo termina tan fácilmente, ni mucho menos. Al día siguiente, aunque no tocaba, hubo sesión de autocrítica. Fue terrible, Juan disgregó una y otra vez sobre la necesidad de inhibirse de”trabas burguesas”, pero llegó a admitir que “posiblemente la idea de la mesa redonda, perdón cama, no se había planteado de forma correcta, había faltado un análisis socioeconómico del momento, sin olvidar los elementos subjetivos”. Todo había sido un desastre….

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La casa

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Hoy he vuelto a visitarla, hacía ya bastante tiempo que no acudía a esa cita con el misterio, aunque ahora más que misterio lo que se encuentra es desolación.

Hace algunos días la vi desde un automóvil y entonces me apeteció verla de nuevo, era como si me llamará para darme el último adiós, pero aquel no era el momento ni tampoco Pepe era la persona oportuna. Aquella vez fue con Leticia y ahora no sabía si lo haría solo o no, pero, insisto, Pepe no era la persona opor­tuna.

Realmente no puedo recordar con exactitud la primera vez que oí hablar de la “Casa del Miedo”. Es algo que se pierde en la noche de los recuerdos. Cuando niño, cuando nos escapábamos del Instituto, cuando, a pesar de todo aún creíamos que se había venido el mundo a “gozarlo”, en aquel entonces muchas veces nos subíamos al Tambor y jugábamos al escondite, y es cuando aparecen las primera historias, quizá miento o exagero, nunca fueron las primera historias ya que nunca hubo historias. Siempre era el comentario horrorizado para que el posible ignorante no se aproximara al mágico círculo imaginario que rodeaba dicha casa.

El término “casa” no es, ni era exacto, porque es un Carmen y los edificios, el central más los otros anexos, se encuentran abrazados por un jardín, que de alguna manera, pretende imitar al Partal. La puerta principal es un recuerdo lejano de cualquiera de las cuatro puertas del Patio de los Leones, inclusive se encuentra enfrentada a una fuente, que por cierto imita a la de los leones y, sin dejar de parecerse al original, resulta espeluznantemente espantosa. Durante todo este rato se intercambian tiempos verbales con un ligereza digna de otra ocasión, sobre todo es chocante el uso constante de presentes en la descripción del edificio, ya que lo correcto sería el pasado, un pasado cercano, desconocido e inquietante.

DSC02558Durante toda mi juventud y adolescencia dicho Carmen me vigilaba por donde quiera que fuera. Desde lo alto de la colina, sólo sobrepasada por la carretera que rodea el Tambor. Eran los tiempos en que aún desde las partes más bajas de la ciudad podías divisar una serie de puntos que te servían, en cada momento, de elementos de referencia. La ciudad se asomaba a la Vega y por el Norte a los secanos. Desde Gran Capitán, que eran las afueras, divisabas perfectamente la Puerta de Monaita, extraña puerta que te vigilaba por donde quiera que fueras, pero cuando te aproximabas a ella desaparecía, era uno más de los duendes de esta ciudad.

Mis cotidianos recorridos diarios se encontraban vigilados por la Casa del Miedo, desde su cómoda y privilegiada posición oteaba el horizonte en busca, quizá, de un nuevo invasor bárbaro. A pesar de su constante guardia yo, como todos, la respetaba. Entonces creíamos que nadie osaría jamás franquear ese velo que la cubría de la observación, conversaciones y visitas de extraños. Ella se tenía a sí misma y a su misterio y no hacía falta que ningún ser humano la poseyera.

Con el tiempo dejé de verla allí en lo alto, uno tenía que bajar la cabeza para poder ver donde poner los pies y sobrevivir en esta selva de asfalto. Hacía tiempo que el nuevo invasor, en forma de especuladores, había entrado a saco en la ciudad, estos y sus compañeros de “tribu” implantaron su ley. Pero es más tarde cuando vuelvo a retomarla. Ya la ciudad había dejado de abrazar a la Vega y a las tierras de secano, estas eran inmensos bosques de granito y asfalto, ya no había puntos de referencias fuera de las moles de cemento, acero y cristal.

Es entonces cuando vuelvo a retomar el asunto y me acuerdo de ella. Me la volvió a traer un artículo de un sesudo diario, sobre parapsicología y las “Casas de Misterio”. Aquello fue una calurosa tarde de agosto, un día de esos que el sol te aplasta y sólo encuentras acomodo tumbado a la sombra con un botijo bien cerca y un recipiente de gazpacho en el frigorífico.

DSC02559Tere había venido a visitarnos, se solía pasar las mañanas enteras fusilando con la cámara todo lo que se le ponía a tiro, unas veces era la “Casa Roja”, otras el barrio de los “Alconeros” o cualquier otro paisaje que encontrara pintoresco. Las tardes las dedicaba a devorar con nosotros los libros de Puig, pues aquel verano tocaba a “Paradiso” de Lima y todo lo de Puig. Cuando la recogimos del autobús traía una “Bañera Literaria” que no había abierto en todo el viaje y allí se quedó en casa, sin que la tocara para nada.

Después de aquellas orgías sudamericanas y caribeñas, cuando la luna nos dejaba respirar un poco, ya se podía salir a la calle, entonces nos íbamos de bares, fino y caracoles, salvo que ellas decidieran darse la noche libre de hombres, entonces tenían la noche del tequila y las “margaritas” y yo de televisión.

Un fin de semana, mientras se recobraban de un “viernes sin hombres”, vino a visitarnos el “Largo”, éste, como su propio mote indica, era y es de una estatura fuera de lo común. Como esto no parecía suficiente para llamar la atención, se rodeaba de un aire de misticismo hindú, entonces aún primaba oriente, el yin, el yan, el sintoísmo, la meditación transcendental y la levita­ción.

Resultaba normal que la aparición de dicho personaje arrastrara la conversación hacia el otro mundo o los otros mundos, que si la parapsicología, los marcianos, las fuerzas ocultas.. a todo esto, había que añadir el citado artículo y ya tenemos la conversación de aquel tórrido atardecer. Lógicamente apareció la “Casa del Miedo” y cómo corolario la escalada de la “Cuesta de la Cuesta” cuando ya el sol dio en encender de rojo todo el firmamento por el oeste.

DSC02560Cuando alcanzamos el muro que rodea a la casa, todo estaba ya oscuro y solo nos iluminaba la luna, esa luna morisca que venía tan al pelo de las circunstancias.

Lo único que molestaba a nuestras pesquisas eran esos perros que, a medida que cruzas por delante de las casas donde vigilan, se despiertan unos a otros. Al llegar a la muralla era un autén­tico concierto de ladridos lo que nos rodeaba, esto había ocasionado la agitación de sus propietarios y el correspondiente desconcierto del grupo. Pese a los conatos de deserciones y al decaído ánimo de la compañía, no tan presto a la escalada del muro como al comienzo de la aventura; Leticia decidió principiarla, ayudada por mis manos que sujetaron uno de sus pies mientras la elevaba hasta al altura y ponía un saquito sobre los espinosos cristales, para a continuación ponerse en cuclillas y darle la mano a Tere, que ya la estaba empujando yo. Una vez dentro del recinto ajardinado, el ánimo pareció mejorar. Hacía rato que los respectivos dueños habían hecho callar a los perros. Realmente el paseo clandestino a través de aquel simulacro de Partal a la luz de la luna tenía algo de poético y tétrico. Afortunadamente el Largo dio en no recitar algo de lo que le pasaba por la cabeza para así no provocar nuevas tentativas de deserción.

Cuando alcanzamos la casa, todo estaba cerrado, es más, la sensación de abandono parecía bastante real, a no ser por un pequeño montículo de cemento que se encontraba en la parte posterior, y algunos charcos donde habíamos metido nuestros pies que delataban la presencia de alguien que regaba y hacía obras.

No dispuesta a dejar la aventura cuando apenas principiaba, Leticia fue empujando las ventanas una por una, hasta que se encontró una entornada, la cercana al montículo.

Nueva rebelión en los más etéreos que fue abortada por la política de los “hechos consumados”. Al tener cerrados todos los postigos, el interior de la casa estaba totalmente oscuro, y por más que lo intentamos no encontramos manera de encender las luces, no había interruptor que funcionara. De modo que, por turnos nos iluminábamos con los encendedores, afortunadamente faltaba tiempo para la ilegalización de los fumadores y los cuatro lo eramos.

DSC02561Una vez dentro de la casona, todo el encanto pareció esfumarse, era un cáscara vacía. Aquí y allá algún mueble viejo y algo destartalado, montones de cemento, ladrillos, palustres, palas… Formando barricada en un pasillo nos encontramos lo que parecía ser un altar mayor de alguna capilla, lo que brillaba de este y nos llamó la atención poderosamente sólo resultó ser purpurina y bastante descascarillada. Finalmente encontramos algo que parecía merecer la pena de mirar, en una gran habitación, de donde pensábamos que provenía el altar, vimos un bonito artesonado. En el piso superior nos encontramos alguna que otra lámpara, rota, de cristal veneciano y poco más. Muchos interruptores nuevecitos por los suelos, y en una habitación del segundo piso, una serie de servicios completos para “enanitos”, entonces no nos cupo la menor duda, aquello iba a ser una Escuela Infantil.

La vuelta a casa no fue todo lo decepcionante que debiera, ya que a Tere el misterio le había calado hasta los huesos y a partir de aquella noche ya no pudo dormir en su cuarto, se trasladó al cuarto de estar, próximo a nuestro dormitorio.

De nuevo un velo recubrió a la casa, un velo que, de a ratos, sólo ha sido roto por el recuerdo de aquel, al fin y a cabo, grato anochecer.

Pero hoy, cuando unas nuevas coordenadas afectivas pueblan mi pensamiento la he vuelto a ver. Como si de alguna manera mis querencias se encontraran asociadas a esa casa.

En Granada a 18 de mayo de 1989

 

 

Recuerdos del pasado

TELEDONIUS Y SUS PELICULAS FAVORITAS

1960_dolcevitaLa magia del cine va y viene, de tiempo en tiempo. En nuestros días parece que está volviendo a aparecer el encanto de ver una película en una gran pantalla. Pero en una Gran Pantalla, no en esa macro tv que tenemos colgada de la pared del cuarto de estar. Pero, siempre hay peros, no en la ciudad, no tras un paseo para ir charlando, ver la película y posteriormente tomar un vino por la zona de Plaza Nueva. No, ahora hay que coger el coche y largarse a alguna de esos horrores que están en las afueras donde primero hay que hacer un simposium sobre cual de las ocho pelis queremos ver (por favor alguna que no haya más de 200 muertos, que la sagnre no salpique mucho y que tenga “algún” parecido con la realidad) y después nos internamos en un cine del tamaño de la sala de reuniones de la oficina comiendo, fundamental, palomitas.

Para Teledonius dar nombres de autores y actores, actrices del cine actual es algo complejo, tanto del nacional como del internacional, se quedó anquilosado hace algunos años. Con lo cual prefiere la macro pantalla de su cuarto de estar que el safarí a los cines del “exterior”.

Claro que todos los vicios se heredan, es algo que pudiera crear controversia, pero no, pues nos negamos de principio a entrar en ello y es más, prometemos solemne­mente no acudir a ninguna universidad de verano a dirigir algún curso sobre los “vicios heredados”.

Teledonius tuvo esa desgracia.laspelis

En el principio fue el verbo, perdón, al principio iba al cine porque lo llevaban, sobre todos sus hermanos mayores. Pero pronto su fama atravesó todos los muros de la comprensión y humana resistencia. Famoso se hizo en cuanto aprendió a hablar, mejor dicho a preguntar. Todos escapaban de aquel monstruo pregunton impenitente. No contaremos su famosa anécdota en el cine Almansor (Algeciras), cuando su hermano mayor, en edad que no en dignidad, cansado de aquella gran pregunta en la que se había convertido la película, se desplazó varios lugares dejando su lugar a un incauto espec­tador, de la película que no del drama familiar, y este cansado ya de explicar todo lo que acontencia en la pantalla, los mandó a Chiclana. Esto cuando nuestros héroes se encontraban en plena guerra con alguna de las muy feroces tribus de indios que a lo largo de la historia, el hombre blanco se ha visto en la obligación moral de exterminar para beneficio de ellos, los indios. Decía que los mandó a Chiclana con balsa y todo, y adujo como motivo a tan largo periplo que “porque les daba la gana”. Este último añadido fue como resultas de que nuestro incauto espectador estaba ya bastante cansado del pequeño espectador de su derecha. ¡Ah! ¡Que inocente es la infancia! Mientras él deploraba la pérdida de su hermano mayor, este se regocijaba allá en la lejanía, a veces es difícil de imaginar tanta maldad en una sola persona.

Pero alejémonos del anecdotario familiar y centremos nuestra propuesta en algo palpable, objetivable en primera instancia y busquemos la contradicción principal entre varias secundarias. A saber Buñuel. Más ¿Qué tiene que ver el pobre con todo este galimatías?. Fácil, hablar de cine es hablar de Buñuel, Ford, Wells, Huston y otros muchos que ya saldrán. Decíamos Buñuel. ¡Con que ansia acudían al cine para ver, no lo que don Luis filmaba, sino más bien lo que se suponía que filmaba!, de todos era conocido que desde su exilio combativo e inaccesible al desaliento nos transmitía mensajes de resistencia y solidaridad. Eso sí, había que buscarlos escena a escena e incluso secuencia a secuencia, pero teníamos que ir más allá de lo visuable, eso con permiso de don Camilo, el del premio, y sus colegas de laborioso trabajo censurador. Una vez terminada la visuali­zación en el Príncipe (Sic transit gloria mundi)  o en el Alhambra, se imponía en el Suizo (Ahora convertido en tugurio de yankeesporquerías) el desarrollo de una tesis doctoral a cargo del gurú de la banda, que siempre los hay, y acompañado de una excelente ensaladilla sin salmonera. El tema de esta noche era “significado de la entrada del avestruz en el dormitorio” ¿Habían dejado los amiguetes de don Camilo bastantes imágenes sin recortar para que pudiéramos descifrar aquella revolucionaria alegoría?

thequietCuando en este master sobre la “Simbología en Buñuel” Teledonius llegó a “Belle de Jour“, estaba agotado, seriamente agotado, no se le ocurrían mensajes a los resisten­tes, era incapaz de ver más allá de sus narices y menos aún elaborar tesis doctoral alguna sobre, no una secuencia o escena, sino sobre la película en su conjunto. Esto repercutía negativamente en su vida social y sexual, pues perdía el poco respeto ganado entre sus iguales y ligaba menos que de ordinario, situación más absurda, si cabe, que la de cualquier película del admirado maestro.

Pero cuando en compañía de un amigo, hoy no recordado, vio en Málaga aquella tan relacionada con el Camino de Santiago, Teledonius dio en dejar su mente libre de todo, eso simplemente por puro agotamiento cerebral, y cuando don Luis fusilaba al Papa, simplemente vio eso, unos anarquistas fusilando al Papa. Si había curas jugando a las cartas, pues había curas jugando a las cartas. ¡Como disfruto entonces a Buñuel!

No quedan ahí sus desazones con el cine y su significado político-social. ¡No! Eso se hincha. La amargura mayor que tuvo que pasar a lo largo de su vida fue con Ford. ¡Como lo había disfrutado de niño! ¡Como recordaba con alegría la visión de “Ford Apache” en el cine Municipal (Cádiz), acompañado de su hermano, insistimos, mayor. “Centauros del Desierto” ¡Que gran película! “Rio Bravo” ¡Maravilloso! “El hombre tranquilo” ¡Entrañable! Hasta envidiabas a ese pueblo tan aburrido y sacristánico, con perdón.

Pero un buen día, en pleno master de rojería, descubrió que además de ser un “pequeño burgués”, pecado por el que tendría que pagar, la lástima era que no existieran granjas de “reeducación”. Era un traidor a su clase, no a Primero de la Mañana de Derecho, sino a la Clase, con mayúsculas, y ¿Por qué era tan fementido traidor? Pues por que le gustaba Ford. Ese criptonazi, judeoyanqui, irlandés, pequeño burgués y además salvaindios. Todos esos pequeño pecados escatológicos eran razón bastante y suficiente, olvidaban lo del catolicismo, quizás por el IRA, y acusarle de gitano, quizá porque aún la gente guapa no bailaba sevillanas.

Mucho tuvo que purgar su amor a Ford, pero incluso después de mucho purgarlo, siguió prefiriendo “El delator” a las “Naranjas Mecánicas“, a pesar de la defensa de la segunda, del que con el tiempo, y el peloteo, sería Aconsejado de Incultura de la J.A., y de las tonterías que entre cerveza y cerveza escupía Manolo Peras, el cual lleva 40 años diciendo estupideces y se considera muy culto e inteligente. Decíamos que a pesar de tanta paliza dialéctica se empeñó en que le gustaba más Ford que Kubrik, con perdón, y es más, aun sigue considerando al primero un genio del séptimo arte y disfrutando muchas de sus películas.

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